...y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene
Esta historia (¿cuál historia?) debe terminar algún día y es mejor que termine hoy. Bueno, para serte franco hubiera dado lo mismo que terminara ayer o que termine mañana. La trama, si es que alguna vez la hubo, se agotó hace tiempo. En tu vida de viene-viene hay pocas variaciones, ínfimas alegrías y monumentales aburrimientos. La gran fiesta de tu día a día es el momento en que acompañas a Marichuy a tomar su calafia o el conteo final de monedas arrojando siempre cifras de dos dígitos en donde a veces hay lo suficiente para poner alguna morralla en la mano regordeta de Narcedalia y guardar un sobrante para comprar una caguama y beberla en la esquina, siempre afuera de la casa (porque Narcedalia se ha vuelto cristiana evangélica y piensa que el alcohol es el elixir o los meados del diablo). Tu vida va cambiar radicalmente el día (probable y no tan lejano) en que la rechoncha mujer con la que compartes el lecho se decida a correrte de una vez por todas de la traila, o la noche (absolutamente improbable y bastante lejana) en que Marichuy acepte tus propuestas amorosas mientras la escoltas a la calafia. Cambiaría el día fantástico en que un excéntrico millonario, seducido por tu grácil forma de dirigir reversas, te regale su cartera rebosante de dólares y centenarios; o cambiará el día en que las masas hambreadas e insurrectas se decidan a saquear de una vez por todas el supermercado en cuyo estacionamiento trabajas. Cambiará (o se apagará) el día que quedes entre el fuego cruzado de dos comandos de sicarios que se enfrentan en el estacionamiento y cuyas balas quedarán alojadas en tu voluminoso vientre sólo por estar en el lugar equivocado. Llegaremos al final la noche en que subas por el solitario puente peatonal que atraviesa la carretera escénica y un sudoroso asaltante urgido de su dosis de heroína adulterada te raje de un navajazo o te arroje a la carretera donde caerás despedazado. Como narrador de esta historia soy tu amo y señor y tengo la potestad para inventarte el final que me venga en gana. Un final anticipado y trágico como los que te he platicado (la bala perdida, el navajazo) puede interpretarse como un desenlace triste, pero si no te mato o te cambio el destino de golpe y porrazo ahora que estás a punto de cumplir 47 años, lo que te espera será mucho peor. Vamos, suponiendo que nadie se tome el trabajo de matarte y la aleatoriedad no te reserve un accidente o una atípica sorpresa. ¿Qué te espera entonces? Sin duda una enfermedad crónico-degenerativa que te matará a los sesenta y tantos. Diabetes, hipertensión, glaucoma, cáncer de próstata, cirrosis, venas tapadas, un corazón cansado de bombear y drenar en un cuerpo gordo y decadente. Tardarás un rato en morir y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene, porque pese a su omnipresencia no hay novela o cuadro costumbrista que les dedique un elogio o un malogrado escritor sin que hacer que se tome el trabajo de desparramar 20 mil palabras dedicadas a tu intrascendente paso por el mundo. Venga, seré un narrador empático y de mente abierta. Te concedo el libre albedrío para decidir tu final. Tú decides si te consumes o duermes oxidado. La única certeza es que la vida (la tuya y la mía) seguirá o se apagará, como siguen o se apagan esas cosas absurdas que no tienen mucho sentido que digamos.




