Eterno Retorno

Monday, August 17, 2026

...y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene


 

Esta historia (¿cuál historia?) debe terminar algún día y es mejor que termine hoy. Bueno, para serte franco hubiera dado lo mismo que terminara ayer o que termine mañana. La trama, si es que alguna vez la hubo, se agotó hace tiempo. En tu vida de viene-viene hay pocas variaciones, ínfimas alegrías y monumentales aburrimientos. La gran fiesta de tu día a día es el momento en que acompañas a Marichuy a tomar su calafia o el conteo final de monedas arrojando siempre cifras de dos dígitos en donde a veces hay lo suficiente para poner alguna morralla  en la mano regordeta de Narcedalia y guardar un sobrante para comprar una caguama y beberla en la esquina, siempre afuera de la casa (porque Narcedalia se ha vuelto cristiana evangélica y piensa que el alcohol es el elixir o los meados del diablo). Tu vida va cambiar radicalmente el día (probable y no tan lejano) en que la rechoncha mujer con la que compartes el lecho se decida a correrte de una vez por todas de la traila, o la noche (absolutamente improbable y bastante lejana) en que Marichuy acepte tus propuestas amorosas mientras la escoltas a la calafia. Cambiaría el día fantástico en que un excéntrico millonario, seducido por tu grácil forma de dirigir reversas, te regale su cartera rebosante de dólares y centenarios;  o cambiará el día en que las masas hambreadas e insurrectas se decidan a saquear de una vez por todas el supermercado en cuyo estacionamiento trabajas. Cambiará (o se apagará) el día que quedes entre el fuego cruzado de dos comandos de sicarios que se enfrentan en el estacionamiento y cuyas balas quedarán alojadas en tu voluminoso vientre sólo por estar en el lugar equivocado. Llegaremos al final la noche en que subas por el solitario puente peatonal que atraviesa la carretera escénica y un sudoroso asaltante urgido de su dosis de heroína adulterada te raje de un navajazo o te arroje a la carretera donde caerás despedazado. Como narrador de esta historia soy tu amo y señor y tengo la potestad para inventarte el final que me venga en gana. Un final anticipado y trágico como los que te he platicado (la bala perdida, el navajazo) puede interpretarse como un desenlace triste, pero si no te mato o te cambio el destino de golpe y porrazo ahora que estás a punto de cumplir 47 años, lo que te espera será mucho peor. Vamos, suponiendo que nadie se tome el trabajo de matarte y la aleatoriedad no te reserve un accidente o una atípica sorpresa. ¿Qué te espera entonces? Sin duda una enfermedad crónico-degenerativa que te matará a los sesenta y tantos. Diabetes, hipertensión, glaucoma, cáncer de próstata, cirrosis, venas tapadas, un corazón cansado de bombear y drenar en un cuerpo gordo y decadente. Tardarás un rato en morir y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene, porque pese a su omnipresencia no hay novela o cuadro costumbrista que les dedique un elogio o un malogrado escritor sin que hacer que se tome el trabajo de desparramar 20 mil palabras dedicadas a tu intrascendente paso por el mundo. Venga, seré un narrador empático y de mente abierta. Te concedo el libre albedrío para decidir tu final. Tú decides si te consumes o duermes oxidado. La única certeza es que la vida (la tuya y la mía) seguirá o se apagará, como siguen o se apagan esas cosas absurdas  que no tienen mucho sentido que digamos. 

En mi cartera había pesetas, después hubo euros y ahora no hay nada


 

 ¿Qué es un país en el Siglo XXI? Un montón de bancos fraudulentos dueños de millones de destinos y futuros, un paro raquítico que sirve para alimentar los intereses de los mismos bancos y una patera llena de africanos que juran ver destellos dorados en nuestras costas.  La España del Siglo Oro le presumía al mundo a su Quevedo, a su Góngora, a su Calderón de la Barca; Velásquez dibujaba a la Infanta Margarita rodeada de sus sirvientas y el mismísimo Dios le dictaba poemas a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz mientras nuestro católico rey exprimía las minas de Guanajuato y el Potosí para pagarle los intereses a los banqueros judíos que tenían hipotecada la Corona. La España tan culta y exquisita en donde los tercios desempleados y mutilados se mataban en los garitos por dos maravedíes entre putas rechonchas y cueros de vino pendenciero, sacando a relucir sus aceros oxidados, reviviendo miserias de guerras perdidas. Nuestra España no tiene un Velásquez ni tiene un Quevedo y tan solo le resta legarle al mundo los goles de un argentino chaparrito y un portugués petulante, encargados de mantener vivo ese viejo de negocio de poner a pelear a catalanes y castellanos, mientras nuestro rey, feliz de la vida,  mata elefantes en África para después pedir perdón como niño  regañado y hacer  como que no ve las manos tan largas de su yerno.  

Los dos últimos años han corrido lentos, a paso de tortuga. Zapatero se largó por donde vino y a Rajoy le dieron la bienvenida millones de indignados. En mi cartera había pesetas, después hubo euros y ahora no hay nada y no queda muy claro si algún día volverá a  haber ahí alguna moneda o papel que ampare alguna riqueza que no sea humo o arena mojada, con nuestra pija casa de Madrid a punto de ser embargada y rematada por el banco que es dueño de nuestro futbol y nuestras vidas. En Bruselas,  Ángela Merkel y los europeos que aun se creen habitantes del primer mundo meditan si vale la pena darnos de una buena vez una patada en el culo y expulsarnos del edén de la moneda común como quien expulsa de casa a un maloliente pordiosero que se ha acercado a pedir limosna. Pronto un gran serrucho caerá sobre los Pirineos y la miserable península se irá navegando son sus sueños de primer mundo hasta el África subsahariana, mientras Europa, con su dignidad de vieja prostituta, le entrega el culito a los jeques árabes.  

...y yo seguí aferrado al arte de ser decadencia

 



La Copa del Mundo, como era de esperar, puso muy cachondo al país. Banderas, banderas, emociones a tope, cara al Sol, Non plus ultra, no pasarán. España era campeón del Mundo, pero la burbuja inmobiliaria seguía reventada y hecha mierda. Supongo que Zapatero lo agradeció, aunque poca renta pudo sacarle a la  repentina subida en el termómetro patriotero. La Copa del Mundo es el sueño húmedo de cualquier mandatario impopular y que le pregunten sino a Mussolini y a Videla. No cualquier presidente puede gozar de unos cuantos días de gracia en que parados, especuladores, yonquis, arribistas, PSOE y PP se fundan en fraternal abrazo como si Lepanto hubiera vuelto a ganarse una y mil veces y Trafalgar se peleara nuevamente con saldo favorable. Y España va bien, decía Aznar y Vicente del Bosque para presidente. España campeón del Mundo y mi vida siguió igual de jodida que en los últimos dos años y yo seguí aferrado al arte de ser decadencia, empeñado en aparentar que no pasaba nada, que seguía siendo tan pijo y aristócrata como toda la puta vida, sin atreverme a confesar en público mis miserias, sin tener los huevos para contarle a mis ex colegas, tan desempleados, jodidos y carentes de futuro como yo, que pasaba la vida bebiendo whisky barato, contemplando mi teléfono móvil de última generación yaciente en sepulcral silencio, sin recibir la mágica llamada salvadora que me devolvería a mi estatus de pequeñoburgués tan bien instalado en mi zona de confort. Pero carajo, tampoco es que hubiera nada nuevo en la nevera de nuestra historia, tan llena de muertos de hambre empeñados en parecer aristócratas. Y que le pregunten a los miserables hidalgos del Siglo XVI, tan letrados, tan atiborrados de heráldica y rimbombancia y sin un maravedí partido por la mitad en el bolso. Mucha lectura, mucha caballería andante, mucho latinajo y en la olla sólo había huesos sin carne. Puedo ahorrarme la descripción de mi descenso a los fangos del lumpen con complejos de grandeza. Acaso no haga falta puntualizar que el coche hace tiempo que dejó de estar en mi cochera y a estas alturas doy por hecho que yace en un remate donde ha sido adquirido por un árabe o por un chino o por el banco, que con crisis o sin crisis nunca pierde.