Eterno Retorno

Wednesday, March 06, 2019

Cuando el Hotel Rosarito deviene en Palacio de Minería, un recinto ferial de patrañosos horarios en donde he de presentar uno o dos libros de historia rosaritense, de pasta dura y frágiles hojas (pero no de baratos cartones y burdos colores pastel como la biblioteca del historian). No me queda claro si soy autor del libro o solo participo de alguna manera y ni siquiera sé si en verdad lo presento o si aquello es un premio de consolación. El texto trata sobre un ancestral Rosarito casi virreinal en donde hay ranchos y misiones donde vivir despavorido por las incursiones kiliwas parece ser el estado natural. No recuerdo si las páginas derrochaban arte de cartógrafo, pero al menos cumplían con regalar dibujos y fotografías de huesos y animales despellejados por el malón kiliwa procedente de la sinaloense lejanía. En una mesa de comedero yacían un par de libros rayados con pluma roja y a punto del desmembramiento (alguien rayó un intento de monito en la primera página) Le digo a un empleado que alguien dejó olvidados dos libros. Naaa, nada de eso. A propósito los han tirado. Nadie los quiere. Al final, creo, no presenté ni putas madres. En cualquier caso, fue una noche larga.

Tuesday, March 05, 2019

De repente, inmerso en mis naufragios de lector disperso, Mircea Cărtărescu me habla de cierto “colorete fabricado con pis de gato, en perfume de esperma de marta cibelina, en flores exóticas marchitas y sospechosas, en ojos maquillados con un rímel grasiento que se escurriera como en los cuadros de Dalí”. Clarice Lispector describe la forma en que “la clara mancha de sol trepa por el muro rojo de la casa haciendo brillar la hiedra con mil luces de rocío. Encuentra una abertura, la ventana. Penetra. Y se apodera de repente del aposento, burlando la vigilancia de la cortina leve” Luis Humberto Crosthwaite narra (o canta) sobre “una canción que se pegó a los pensamientos de los cínicos y denostadores; hizo bailar a los hombres rudos; convenció a mujeres indecisas. El mundo dio un paso al frente. Frases y palabras nunca dichas salieron a tomar el sol”. José Luis Peixoto retorna a “ciertas noches, cuando se abrazaba a su madre, a su tibieza, sin poder dormir, oía pedazos de su voz rasgados pasándole por la cabeza como serpentinas”. Y desde el umbral de una villa-miseria, Gabriela Cabezón nos arroja “una llamarada humana corriendo una carrera epiléptica, con movimientos imposibles para un cuerpo humano y en un grito desgarrador, corría como quien cae, se abismaba sobre sus propios pies, contorsionándose al calor del fuego que la quemaba viva y la ondulaba con dinámica de llama”. A veces, el lector disperso y catastrófico en que me he transformado topa con algún párrafo que le sugiere un umbral hacia quién sabe dónde, mostrencas puertitas rumbo a abismos e idilios prosísticos que irrumpen como relámpagos o coletazos. La furtiva palabrería como la arena húmeda con la que levantarás un castillito para ofrendarle a la alta marea. Ya no aspiro a leer libros todopoderosos y absolutistas capaces de apoderarse de mí durante semanas. Hace tanto que no me ocurre. Hoy soy un lector picaflor e inconexo; leo y ruedo de allá para acá y con un párrafo volador me suelo dar por bien servido. Acaso ello explica el que poco a poco devenga en pepenador de poesía y similares. En fin, estas son mis lecturas y mis relecturas ¿No le gustan? No se preocupe, tengo otras.

Monday, March 04, 2019

Solo en las postrimerías del invierno se envuelve Tijuana en esta sábana de flores amarillas. Me gusta este paisaje por efímero, porque no dura en plenitud más de seis o siete semanas. Es el paisaje de los Idus de Marzo y la Liebre Loca. Cuando la primavera esté cómodamente instalada entre nosotros, el verde y el amarillo emprenderán la retirada. También las lenguas de sombra sobre el mar plateado y esas nubes tan cargadas de chubascos y presagios. Al arribar a mayo no quedará ni rastro de este entorno y retornaremos al abrazo de lo yermo. Comparado con el centro de la República, nuestra temporada de lluvias es apenas simbólica, aunque algunos eneros le dé por jugar al Apocalipsis. Por ahora los cerros te juran que el vaivén de los ciclos y el Eterno Retorno existen. Marzo se infiltra en las venas y en la inspiración.

Demasiado idílica la postal como para entregarse a ella. Patrañoso cliché de espíritu juvenil ampliamente recompensado, de hormona en ebullición, de libertad con código de barras. Aun así, la arena y las olas eran reales y mojaban, aunque no me explico dónde conectaba sus tornamesas aquel dj que inundaba la atmósfera con su chick-retrolounge-afterhours trance, ideal para una playita oculta y lejana, sobre todo lejana, porque si algo me queda claro es que llegar hasta allá costaba sudor y lágrima. La ida (puro caminito de bajada a gusto) espetaba en la conciencia la mega chinga por venir, trepando colinas de arena suelta bajo un sol picante. Alguna burguesa hablaba de llegar a pie y regresar en avión y yo, aunque deseaba mi dosis de mar, era consciente de mi teléfono en la bolsa delantera de la camisa, de la cartera, de esas monsergas de vida diaria que no se llevan bien con el agua salada. No había embriaguez ni nada remotamente parecido a un carpe diem publicitario. Había en cambio una brutal conciencia de la chinga por venir y hoy, a un café de distancia en el mojado amanecer, una conclusión a posteriori: pese a haber un océano mojando mi duermevela, por su ausencia brillaron los cetáceos de la inspiración. Estaba que ni pintada la escenita para el repentino brote de colas y aletas que tan bien conocemos, pero hoy no se dignaron a irrumpir en superficie.