Eterno Retorno

Tuesday, January 28, 2020

En algún momento yo leí mucha novela negra escandinava. Muchísima. Leí casi todo Mankell y luego Stieg Larsson disparó la moda y las traducciones. La novela negra escandinava es como la socialdemocracia del Noir, muy clavados en temas como feminismo, migración, violencia contra la mujer. Herencia de Maj Sjowall y Per Wahloo. De hecho han puesto de moda a las detectives del sexo femenino como ocurre con Asa Larsson y Camila Lackberg. Es una ola, una movida y la industria editorial a menudo actúa en automático. Entre los escandinavos hay cosas muy buenas, pero muchas otras prescindibles. Los latinoamericanos tenemos que picar piedra. Parecería que hoy en día es irrelevante dónde vives y dónde editas, pero la verdad es que nos seguimos perdiendo de muchas cosas. Hay muchísimos colombianos muy buenos que solo editan en Colombia o argentinos que solo editan en Argentina, o ecuatorianos que solo editan en Ecuador y jamás los leemos en México. Hablo de esos tres países porque he estado en estrecho contacto con ellos y los he visitado recientemente. En Sudamérica son muy receptivos. España, por desgracia, sigue monologando y ni hablar de Estados Unidos. Son mercados editoriales cerrados y guiados por el estereotipo. Me parece que en Estados Unidos solo se acepta a nivel masivo lo que corresponde con el cliché latino o chicano. Creo que lo que están haciendo sellos como Nitro Press ayuda mucho a que nos conozcamos. Gracias a Nitro conocí a Lorenzo Lunar, Nicolás Ferraro, Rebeca Murga, Gabriela Cabezón, Kike Ferrari, Paula Parisot. Es como una guerra de guerrillas del underground literario. Gracias a Contrabando este año publicamos en España De narcos a luchadores, un libro tripartita en donde comparto el espacio con Carlos Padilla y Aldo Rosales. Gracias al premio Fundación El Libro pude editar en Argentina Juglares del Bordo y gracias que llegué a la final del García Márquez edité Días de whisky malo en Colombia. Es una brega de terquedad y persistencia, pero somos tercos.

Hay un canon muy ortodoxo que respeta, sobre todo, a la figura del detective, el crimen a resolver, e incluso hay quienes siguen siendo fieles a la habitación cerrada. Creo que mientras el crimen esté en el centro neurálgico del relato podemos hablar de negritud, pero yo mismo no sé dónde está la frontera. Por ejemplo, yo jamás he tenido un personaje que sea detective o policía y tampoco narco. Mis personajes suelen ser reporteros. ¿Quepo dentro del Noir? En Juglares del Bordo parto plaza con un cuento puramente Noir, pero los ocho cuentos restantes nada tienen que ver con el género (solo en dos aparece el crimen como contexto o fondo, pero no como tema central) y aún así en Argentina me colgaron el traje de narcoliteratura.

Monday, January 27, 2020

En mi antigua talacha de reportero volé no pocas veces en helicópteros. Nunca olvidaré cuando en la primavera de 1998, trabajando en periódico El Norte, abordé la aeronave de Protección Civil Nuevo León para sobrevolar Chipinque y ver desde las alturas la magnitud de los incendios que lo abrasaban. Recuerdo que aquella vez volamos entre los dos peñascos de la M en la Sierra Madre. Fue algo impactante. Aquí en Tijuana, siendo reportero de Frontera, me tocó subir a uno de los vuelos de estreno del recién adquirido helicóptero de la Policía Estatal Preventiva (y no podría asegurar si se trataba del mismo helicóptero que se desplomó después en el Centinela). En aquella ocasión sobrevolamos la conflictiva zona Este tijuanense. Alguna vez volé de San Quintín a Tecate y en otra volamos sobre la sierra de San Pedro Mártir para tomar fotos de los fuegos forestales. Una sola vez me tocó abordar un helicóptero marcado por la fatalidad. Ocurrió en el verano de 2015, cuando volamos con el empresario Fernando Maiz desde el hangar de Villa Montaña, en San Pedro, a su quinta en el municipio de García, Nuevo León. Un año y medio después de aquel viaje, el gran Fernando caería en ese mismo helicóptero en Bustamante (y el país perdió a un filántropo ejemplar). En cualquier caso, nunca olvidaré que alguna vez volé en un helicóptero que hoy es ceniza. La muerte de Kobe Bryant me ha llevado a hacer un recuento de personajes públicos que han muerto recientemente en caídas de helicópteros y la conclusión es que son demasiados. Los gobernadores poblanos Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle; el secretario de Seguridad de Fox, Ramón Martín Huerta; Gustavo Alberto Vázquez Montes, ex gobernador de Colima; el empresario Moisés Saba y por supuesto, los caídos del 11/11/11, Francisco Blake Mora, el colega Alfredo García Medina y otros integrantes de la Segob, a quienes los bajacalifornianos conocimos bien. Esos son los que me acuerdo sobre la marcha, pero sin duda son más. ¿Tantas muertes no dan como para considerar al helicóptero un artefacto de altísimo riesgo? Acaso dentro de algunos años, desde el cómodo palco del futuro, nuestros nietos o bisnietos recordarán a quienes arriesgaban la vida en esas inseguras aeronaves tan propensas a la caída, que para entonces ya estarán en desuso. Una tragedia de helicóptero, ocurrida en Mexicali durante el Domingo de Ramos de 2017, me inspiró a escribir una crónica-cuento llamada Infortunios del Centinela. El fallido rescate de una excursionista a la que encontraron muerta, costó la vida a dos rescatistas, un piloto y su asistente. La caída de esa nave (al igual que la de Bryant) la vimos todos en YouTube. El helicóptero chocó con un cable de alta tensión y seis segundos después estallaba sobre el árido suelo. ¿Volvería a subirme a un Hellacopter? La verdad es que a estas alturas ya no estoy tan seguro.