Eterno Retorno

Friday, September 15, 2023

La pinche otredad escritural me ha dejado plantado como novia de rancho


 

Ser muchos escritores a la vez. Ser esos escritores que te daría pena encarnar. Escribir como no escribirías nunca, o mejor dicho, como no firmarías nunca.

Esquizofrenia escritural, personalidad múltiple. Escribir es vampirizar, chuparle la sangre a quienes admiramos, jugar a imitar a los grandes. En mi temprana juventud leía muchos narradores de estilos muy diversos y yo quería ser todos ellos. Era un imitador en búsqueda permanente de su voz narrativa, pero esa mentada vocecita era un espectro elusivo y casquivano. El Aleph de Borges,  La Tumba de José Agustín y el Calígula de Howard me volaban la cabeza por igual y yo quería escribir como ellos tres, pero resulta que Borges,  Agustín y más aún el chatarrero Howard son harto distintos ¿Cuál elegir?  Mis primeros cuentos eran un tutifruti, un chocochorro, una sopa de sobras en donde había algodón de azúcar, aceituna con anchoa  y chile habanero, ajos y chocolates. Muchos de mis cuentos juveniles los compilé después en un volumen llamado Cartografías absurdas de Daxdalia, mi primer libro publicado de ficción pura. Como los fallidos relatos eran tan descaradamente contrastantes en temática y estilo, recurrí a la chapuza de inventar una falsa antología. Cada cuento era escrito por un narrador distinto, que tenía su propia semblanza biográfica al principio del relato. Era mi manera de justificar esa catástrofe narrativa tan disímil.

No sé si algún día encontré mi voz narrativa. Yo creo que sí, porque de un tiempo para acá todo lo que escribo me suena odiosamente igual, lo cual no es desde luego una buena noticia. Redundo en las mismas expresiones, los mismos temas y entornos con personajes repetitivos, cortados siempre con la misma tijera.

A veces quisiera ya no ser yo, pero la mentada voz narrativa es una arena movediza de la que no me es dado escapar. Trato de hacer algo distinto pero todo me suena odiosamente familiar. Quisiera disfrazarme de otro escritor y escribir como acaso nunca escribiría,  pero mis redundancias me delatan. Si escribir es ser otro, entonces me enfundaré en algo más que un seudónimo y viviré la heteronimia como  un auténtico esquizofrénico. Me enfundaré en la piel de un escritor que no le teme al ridículo ni al cliché a la hora de crear una oscurísima novela sobre satanismo, magia negra y aquelarres urbanos en la periferia marginal, pero también seré un soez e impúdico pornógrafo dando rienda suelta a una orgía barebacking o un exquisito vilamatiano dedicado a escribir literatura sobre literatura, novelas en clave que solo un lector de literatura culta podría entender, un escritor para escritores

Seré una mujer retacada de vino y psicotrópicos como Ámber Aravena, una trabajadora de sala de masaje como Ipanema Dávila, una inocente cuentista primeriza como Lluvia Salguero.  Seré todo eso y más, un travesti narrativo, un mil máscaras prosísticas, un multipolar derramador de palabrería. Algún día diré “pero hoy ya no soy yo” pero por ahora sigo anclado al único jodido escritor que he podido ser, chapoteando en el fango de frases hechas y odiosas manías. Soy el que soy. La pinche otredad escritural me ha dejado plantado como novia de rancho.

Thursday, September 14, 2023

Si el horóscopo o las galletas chinas espetaran al chile y sin tapujos la negritud del futuro inmediato

 


Como este es un relato cuyo tema tiene que ver con ir a buscar la vida en la parte líquida del mundo a bordo de una nave de los locos, podría comenzar diciendo que al encontrarme sin ningún dinero en mi cartera y nada  interesante para mí en tierra,  se me ocurrió ir mar adentro rumbo a una isla rodeada de tiburones blancos. Quiero creer que esa es la manera  como puedo disipar la melancolía de este noviembre lluvioso y también tengo sobradas sospechas para intuir que este viaje será en verdad el sustituto de un revólver y seis balas. Ah, se me olvidaba: llámenme Habacuc (sí, ese es mi nombre).

Si el horóscopo o las galletas chinas espetaran al chile y sin tapujos la negritud del futuro inmediato, habrían tenido a bien advertirme que una fatal alienación de astros o una suma de aleatoriedades hostiles acabarían de derrumbar los despojos de mi vida en tan solo una semana. 

Monday, September 11, 2023

Las alamedas están pelonas, grafiteadas e infestadas de basura

 

 

 


 Medio siglo ha transcurrido y aunque a veces parecen abrirse las grandes alamedas por donde paseará el hombre libre, aún no hemos sido capaces de construir en Latinoamérica algo parecido a una sociedad mejor.

Retornaron los libros, las canciones que quemaron las manos asesinas, pero no veo al pueblo renacer de su ruina.

El 11 de septiembre de 1973 yo ya estaba en el vientre de mi madre pero ella aún no se enteraba. Asumo que ese día hizo calor en Monterrey y me consta (porque he consultado las hemerotecas) que los opinólogos de la prensa regia y los empresarios del Grupo Monterrey celebraron la caída de Allende. Seis días después sería asesinado Eugenio Garza Sada y el odio a todo lo que oliera a socialismo se exacerbó en mi ciudad natal.

Del sangriento septiembre chileno me enteré hasta sexto de primaria gracias a los libros de texto de hechura echeverrista. Lo más triste del asunto fue que cuando tuve conocimiento de esa terrible historia, Pinochet seguía gobernando Chile. Los malos habían ganado y seguían tronando sus chicharrones. Tampoco olvido que Baltasar Garzón mandó aprehender a Pinochet justo el día en que puse por primera vez un pie en Baja California

Con sus senderos de traición, el 11 de septiembre chileno tiene todos los elementos de una tragedia shakespeareana.

Creo que Allende se sabía destinado al martirio y aceptó estoico su destino de víctima en el altar sacrificial.

La escena del bombardeo de la Moneda es siniestramente teatral, acaso la más representativa estampa del doloroso vía crucis latinoamericano.

Más allá de filias y fobias, me queda claro que Pinochet y sus patrocinadores de la CIA desataron una carnicería innecesaria. Allende habría caído mucho más temprano que tarde pues su gobierno ya no podía sostenerse y creo que la derecha habría podido retornar al poder sin mancharse las manos de sangre.

Carol y yo visitamos el Palacio de la Moneda cuando se habían cumplido 35 años del golpe. Traté entonces de imaginar los muros derruidos, el fuego asomando por las ventanas, las avionetas y helicópteros escupiendo bala desde el cielo gris, pero ese diciembre de 2008 se respiraba una calma chicha en Santiago.

Recuerdo que ese día se estaba celebrando un torneo internacional de futbolito infantil en unas canchas montadas en la parte trasera del palacio.

Michelle Bachelet gobernaba Chile y durante nuestro viaje conocimos a más de un apologista de Pinochet.

Encajonada entre los cerros, Santiago nos pareció de entrada una ciudad recia, acaso algo hostil y con cierta vocación estoica, aunque pronto descubrimos lo divertida que puede ser. Nunca hemos vuelto desde entonces.

Me cuesta dimensionar si medio siglo es mucho o poco tiempo. En cierta forma, los muros de la Moneda siguen estando en llamas. Los latinoamericanos no parecemos aprender de tantísima sangre derramada. Políticamente somos adictos a las montañas rusas, como desquiciados péndulos oscilantes entre los extremos. Nos seducen los discursos tremendistas y los merolicos redentores. Tal vez hoy no vemos militares traidores sacando a bombazos a un gobierno democráticamente electo, pero estamos infestados de caudillos ególatras. Somos la región más violenta del planeta y hemos cambiado las dictaduras por narcoestados. Deberíamos estar curados de espanto, pero hay Bolsonaros, Bukeles, Maduros y Milleis que aún enamoran a millones y hoy los Nixons y Kissingers son burdos Trumps y DeSantis. Tal vez volvieron a abrirse las grandes alamedas, pero hace tiempo que talamos sus álamos a hachazo limpio. Las alamedas están pelonas, grafiteadas e infestadas de basura y aunque seas un hombre libre, si entras ahí te asaltan. No solo Santiago, sino Latinoamérica entera está ensangrentada y nomás no renace el pueblo de su ruina.

Pd- Nunca lo olviden: el 11 de septiembre siempre amanece temprano.