En mi cartera había pesetas, después hubo euros y ahora no hay nada
¿Qué es un país en el Siglo XXI? Un montón de
bancos fraudulentos dueños de millones de destinos y futuros, un
paro raquítico que sirve para alimentar los intereses de los mismos bancos y
una patera llena de africanos que juran ver destellos dorados en nuestras
costas. La España del Siglo Oro le presumía al mundo a su Quevedo, a su
Góngora, a su Calderón de la Barca; Velásquez dibujaba a la Infanta Margarita
rodeada de sus sirvientas y el mismísimo Dios le dictaba poemas a Santa Teresa
y a San Juan de la Cruz mientras nuestro católico rey exprimía las minas de Guanajuato
y el Potosí para pagarle los intereses a los banqueros judíos que tenían
hipotecada la Corona. La España tan culta y exquisita en donde los tercios
desempleados y mutilados se mataban en los garitos por dos maravedíes entre
putas rechonchas y cueros de vino pendenciero, sacando a relucir sus aceros
oxidados, reviviendo miserias de guerras perdidas. Nuestra España no tiene un
Velásquez ni tiene un Quevedo y tan solo le resta legarle al mundo los goles de
un argentino chaparrito y un portugués petulante, encargados de mantener vivo
ese viejo de negocio de poner a pelear a catalanes y castellanos, mientras
nuestro rey, feliz de la vida, mata elefantes en África para
después pedir perdón como niño regañado y hacer
como que no ve las manos tan largas de su yerno.
Los dos últimos años han corrido lentos, a paso de
tortuga. Zapatero se largó por donde vino y a Rajoy le dieron la bienvenida
millones de indignados. En mi cartera había pesetas, después hubo euros y
ahora no hay nada y no queda muy claro si algún día volverá a haber ahí
alguna moneda o papel que ampare alguna riqueza que no sea humo o arena mojada,
con nuestra pija casa de Madrid a punto de ser embargada y rematada por el
banco que es dueño de nuestro futbol y nuestras vidas. En Bruselas,
Ángela Merkel y los europeos que aun se creen habitantes del
primer mundo meditan si vale la pena darnos de una buena vez una patada en el
culo y expulsarnos del edén de la moneda común como quien expulsa de casa a un
maloliente pordiosero que se ha acercado a pedir limosna. Pronto un gran
serrucho caerá sobre los Pirineos y la miserable península se irá navegando son
sus sueños de primer mundo hasta el África subsahariana, mientras Europa, con
su dignidad de vieja prostituta, le entrega el culito a los jeques
árabes.


