Eterno Retorno

Friday, September 10, 2004

Cartografía rebelde de Tijuana

Tijuana es rebelde y anárquica hasta en lo que a coordenadas se refiere. Y es que el trazado de la ciudad y la forma en que se le denomina, es una soberana mentada de madre a los puntos cardinales.
Aquello que conocemos como Centro de Tijuana, es en realidad un punto ubicado en el Noroeste de la Ciudad. Si uno ve la mancha urbana en un mapa o desde un avión, ese conjunto de callejuelas congestionadas por miles de taxis que conocemos como Centro, está muy lejos del punto central de la urbe.
Si quisiéramos ubicar el punto estrictamente central de Tijuana, tendríamos que señalar el Parque Morelos o la Tercera Etapa del Río Tijuana. Esa es la mitad de Tijuana. Lo que conocemos como Zona Norte, no abarca más que unas cuentas callejuelas. En términos cardinales, la Libertad y el Aeropuerto también son también Zona Norte, pues se ubican en ese punto, mientras que nuestra Zona Sur sería La Gloria y El Tecolote.
Sin embargo, todos sabemos que la Zona Norte es la denominación con la que identificamos la Coahuila y la calle de Baja California, sedes de nuestra mundialmente famosa zona roja.
Sí, yo se lo que una persona de la Sociedad de Historia de Tijuana me respondería: Hace muchos años, cuando Tijuana era la Libertad, la Zona Norte, el Centro y la Cacho, estas denominaciones tenían sentido.
Algún día, hace muchos años, el Centro fue Centro. Tijuana también le escupe a la cara al típico trazado virreinal de las ciudades. Los colonizadores españoles no se rompían la cabeza. Las ciudades tenían su Centro, mismo que era enmarcado por una catedral frente a la que suele haber una plaza y un parque, junto a la que se encuentra la sede del Gobierno. La sede del poder eclesiástico y el poder civil divididos por la plaza pública. Desde la mismísima Ciudad de México hasta el más humilde rancho del cerro están trazados así. Los urbanistas virreinales imponen su ley.
Pues bien, en Tijuana se la han pelado. Sí, lo sé, alguna vez nuestro Palacio Municipal estuvo en el Centro, hasta que Don Federico Valdez, último alcalde priista de Tijuana antes de Hank Rhon, apadrinó la mudanza al sitio actual, en Paseo del Centenario. Sin embargo no había frente a él plaza alguna, fuera de la Santa Cecilia, que no obedece a los patrones virreinales. Nuestra humilde catedral, que siguiendo esta tendencia modernizadora dejará también de estar en el Centro, no se encuentra en un lugar apacible ni tiene placita o parque alguno donde las católicas almas se pongan a contemplar la sede de los poderes celestiales, ubicada dicha sede a unos cuantos metros de la residencia oficial de los vicios carnales. Los católicos empresarios ya se han dado a la tarea de reunir fondos para construir una nueva catedral en Tijuana, pues la actual está más que encajonada, pero por supuesto, estará muy lejos de eso que llaman centro. He visto la cartografía de Tijuana trazada por el Instituto Municipal de Planeación. En ella nos reflejan como será la ciudad dentro de 25 años. Según esta profética cartografía, Valle Redondo y Valle Las Palmas, más cercanos a Tecate que a eso que conocemos como Centro, serán las nuevas ciudades satélites de Tijuana. Habrá cuatro garitas, nuevas zonas industriales, miles y miles de casitas liliputenses en fraccionamientos habitacionales promovidos por Geo y Urbi.
Cuando eso suceda, en la Tijuana del año 2029, ya ni siquiera el Parque Morelos será el centro geográfico de Tijuana.
Mi gran duda es ¿Qué será de esas calles que todavía hoy llamamos Centro dentro de 25 años? ¿Sobrevivirá o se transformará en una zona fantasma? ¿O habrá en ese perímetro urbano un nuevo Gaslamp?
Lo único que puedo estar seguro es que si para entonces vivo donde mismo, seguiré viviendo en el extremo Suroeste de Tijuana, pues donde habito ya no hay para donde hacerse. A unos cuantos metros al Sur está el límite con la Hermana República de Rosarito y a unos cuantos metros al Oeste está el final de la plataforma continental americana y el inicio de nuestro Pacífico Océano. Pero quién sabe, dejaré de ser extremo Suroeste el día que Rosarito vuelva a ser incorporado como delegación de Tijuana y el día en que las codiciosas inmobiliarias empiecen a construir fraccionamientos sobre el mar.

Queequeg y el tatuaje

Ahora que estuve leyendo los breves cuentos titulados Tatuaje del taller Hipertextos, reflexioné en torno al sentido que la tinta en la piel tiene para todos nosotros. Sin duda un sentido muy distinto el que le empezamos a dar a partir de 1989 o 90, cuando el tatuaje dejó de ser asunto de presidiarios, marineros o cholos, para transformarse en parte de la estética de las chicas fashion.
Entonces recordé que mi primer conocimiento teórico del concepto tatuaje fue a través de la literatura, concretamente del libro Moby Dick de Hermann Melville que leí en mi niñez.
Para ser más específico, mi conocimiento de la palabra tatuaje se dio en el capítulo en que Ismael conoce a Queequeg en la habitación de la posada y describe su cuerpo tatuado. Mi edición de Moby Dick era ilustrada y aún recuerdo la imagen del salvaje llena de dibujos tribales. Desde entonces, el concepto tatuaje me remite a la imagen de Queequeg.


La primera vez que encontré la palabra tatuaje como título literario, fue en 1992 y me refiero concretamente al poema Tatuaje Púrpura, escrito por el poeta regiomontano Gerardo Ortega. Paradójicamente el tatuaje al que alude el poema de Ortega es un tatuaje metafórico que está en el pecho del amante y desaparece qcuando es abandonado por Laura, un suspiro después.

Por lo demás, he de confesar que me siento gratamente sorprendido por varios de los cuentos incluidos en esta etapa del taller. Esperen mis comentarios.


Patriotas

No soy ni por mucho un conocedor de la NFL, sin embargo después del Futbol Soccer, el americano es el deporte que más sigo en la tele. Soy un aficionado ignorante, lo reconozco, pero ello no implica que no esté convencido de los colores que defiendo. Y es que desde hace casi 20 años me declaro seguidor de los Patriotas de Nueva Inglaterra. Un equipo que durante años arrastró la capa caída, pero que hoy se embriaga en las mieles de sus merecidos triunfos.
Cuando era un adolescente, mis compañeros en la secundaria no concebían que yo pudiera irle a ese equipo. ¿A los Patriotas? ¿Y esos cuáles son? Estaban acostumbrados a escuchar Dallas, Gigantes, 49, Broncos.
Aún recuerdo el Super Domingo de 1986 cuando los Osos de Chicago nos apalearon sin piedad. Hasta el final del Siglo XX, ese subcampeonato (y el de 97, en donde también fuimos apaleados) era la mayor gloria de New England, hasta que llegó el Siglo XXI y con él la era de las vacas gordas. Hoy en día, la gente cree que le voy a los Patts por ese típico síndrome de arrimarse al equipo ganador, siendo que durante años padecí temporadas malísimas.
¿Por qué le voy a los Patriotas? Pues porque tengo familiares muy cercanos y queridos que habitan en Massachussets. Cuanbdo era niño, todas las navidades me regalaban productos de los Patriotas, camisetas, piyamas, gorras y bueno, le tomé cariño al equipo. La región de Nueva Inglaterra es la que mejor conozco y la que se me hace por mucho la más hermosa de Estados Unidos. Es también el lugar fuera de México donde más tiempo he vivido (más de seis meses habité en la cuna de la nación estadounidense) y por si fuera poco, el estadio Foxboro fue el primer estadio de Estados Unidos que visité (y no me gusta eso de que le llamen Gillete, que pinche manía de las marcas de nombrar a los templos del deporte). La cuestión es que una parte de mí vive en los bosques de Nueva Inglaterra, cuyos seis estados he recorrido, saboreando su deliciosa langosta y su suculenta cerveza Sam Adams. Pure Boston Ale.
Después de los Patriotas, mi equipo son los Cargadores de San Diego, por mera solidaridad regional con nuestra vecina ciudad. Además, mi padrino José Manuel, el analista experto de la NFL en El Norte, siempre ha sido un aficionado de los Chargers. Recuerdo su cuarto tapizado con los colores de los Rayos (que son los mismos colores de Tigres). Ser aficionado a los Cargadores es algo común en Tijuana, más no en Monterrey. Los azares de la vida y de mi autoexilio me trajeron a vivir a esta región y es por ello que mi segundo equipo después de Patriots, es San Diego.
En nuestro país al aficionado se le cierra el mundo. ¿A quién le vas? A los Dallas Cowboys. Ufff, que derroche de originalidad. Para mi los Vaqueros de Dallas es un parámetro para definir a una persona como ordinaria. Además, he de decir que el equipo texano me cae bastante mal y siempre le deseo la derrota.
De los típicos equipos que le gustan a las masas, hay uno me cae bien: Los Acereros de Pittsburgh, cuyo uniforme es mi favorito en la NFL. Siempe he amado la combinación del negro y el amarillo. También me caen bien los 49 de San Francisco tal vez en memoria de la apoteosis de Montana, en aquel Superdomingo de 1989 contra Cincinnati.

Thursday, September 09, 2004

Pasos de Gutenberg

Por Daniel Salinas Basave

Hace unos años, concretamente en la primavera de 2001, entrevisté en San Diego al General Rosso José Serrano, quien fuera el jefe de la Policía Nacional de Colombia en la década de los noventa.
En aquella ocasión, el General me regaló su libro ?Jaque Mate?, en donde narra la forma en que logró desarticular al temible Cartel de Cali.
Cuando le pregunté cómo se podía combinar la labor de zar antidrogas con la de escritor, Serrano me confesó que él en realidad entendía poco de redacción y que para la elaboración del libro había contado con la ayuda de un joven periodista colombiano, cuya pluma era más que una promesa: Santiago Gamboa.

Hace unos días, deambulando por la librería del Cecut, me topé por vez primera con un libro del joven periodista que asesoró a Serrano y de inmediato lo compré.
La primera gran sorpresa que me llevé al leer ?El cerco de Bogotá? de Santiago Gamboa, es que no se trata de una novela, sino de un conjunto de relatos.
?El cerco de Bogotá?, único al que alude la breve reseña de la contraportada, es sólo el primero y más largo de los seis relatos que conforman el libro. También el único escrito en tercera persona.
Aunque estamos ante un texto de literatura de ficción que no pretende revelar verdades, desde los primeros párrafos puede uno descubrir la pluma de un periodista.

De hecho, ?El cerco de Bogotá?, es una suerte de homenaje a los reporteros del mundo, pues el punto en común de los relatos, es que en todos se relatan de una u otra forma las peripecias que debemos llevar a cabo los comunicadores en plena persecución de la noticia, la crónica o el reportaje.
Aún así y pese a sentirme más o menos identificado con casi todas las narraciones, he de decir que al final me quedo con un calificativo de ?bueno a secas?.
Pese al prometedor comienzo del primer relato que me hacía augurar un libro inolvidable, al final me quedo con la sensación de que el colega Gamboa se quedó a medias en las posibilidades que le daban los textos.
La escena de una bella reportera islandesa que despierta desnuda y con resaca en la cama de un hotel de una Bogotá devastada por la guerrilla introduce al lector de forma vertiginosa a la narración.
¿Ficción pura o funesto presagio? La cuestión es que Gamboa nos presenta la historia de una capital colombiana en llamas tomada por la guerrilla con un gobierno derrocado que ha huido a Cartegena.
Más introspectivos y cortos, los textos restantes narrados en rigurosa primera persona, se centran en el diálogo interno del reportero que viaja a otro país a cubrir conflictos bélicos o eventos políticos.
De ellos el mejor me parece ?Urnas? y ?Muy cerca del mar te escribo?, en donde se relata la cobertura de una elecciones en un Argel asolado por los extremistas islámicos, mientras que ?Clichy-, días de vino y rosas?, me parece el más débil de todos.
Al final, me quedo con la sensación de haber leído un buen libro, pero con la certeza de que pudo ser mucho mejor.

El cerco de Bogotá
Santiago Gamboa
Ediciones B

Wednesday, September 08, 2004

Indudablemente, el drama de Irena y Josef es el que enfrenta Kundera que acaso no encuentra el camino de regreso a esa patria literaria que él mismo fundó. Sí, su trilogía en francés tiene ese infalsificable sello kunderiano en el que la filosofía de la historia parece explicarse a través del ser erótico, pero hay algo que parece haberse ido para siempre cuando Milan decidió dejar de escribir en checo. Acaso su pluma se sintió extraña ante la blanca llanura de papel o tal vez una musa que no entiende la lengua Rabelais y añora la de Kafka, decidió morir y dejar al escritor a la deriva y ahora imagino a este otro K. checo pensando en francés mientras camina por los Campos Elíseos o los Jardines de Luxemburgo, como un Ulises en busca de su Ítaca literaria que ya nunca encontrará. DSB

Alguien me preguntó hace poco que dónde había quedado aquello que alguna vez escribí sobre las torres. Confieso que lo había olvidado por completo. No me gusta ser repetitivo, pero a petición expresa ahí va de nuez este texto.

De torres y falos

La torre expresa el eterno deseo humano de alcanzar los cielos. Toda torre es un desafío a lo divino. El hombre, otrora cuadrúpedo y luego androide jorobado, se yergue con la columna recta, su periférico campo visual es capaz de abarcar los cuatro puntos cardinales y sus ojos miran a los cielos. El hombre sumiso baja la vista y clava sus ojos en la tierra. El soberbio mira al cielo y quiere alcanzarlo. Entonces empieza a construir esa estructura material capaz de alejarlo del humillante e infernal suelo y elevarlo hasta las divinas alturas celestiales.
La torre es el rostro de las grandes urbes, su vanidosa carta de presentación. Hagamos un ejercicio. Pensemos en París, ¿Qué imagen inmediata nos llega a la cabeza? Sí, es hermoso el Barrio Latino y los Jardines de Luxemburgo, pero queramos o no, la mente está condicionada a pensar en la Torre Eiffel. Ya no digamos Pisa. Esa pequeña ciudad italiana amamanta de su torre.
La Latino del DF, la CN Tower de Toronto, la Sears en Chicago, nuestro horrible faro del Comercio en Monterrey, vaya, para no ir más lejos: ¿Cual es la imagen de nuestro Apocalipsis Now Total? Un par de torres que caen. Los terroristas árabes supieron bien que el derrumbe de un símbolo tiene un efecto devastador en el ánimo de una cultura. La misma cantidad de muertos o incluso un baño de sangre aún mayor, no hubiera tenido el mismo efecto de no haber existido el derrumbe de las torres.
La siempre represora Biblia no se olvidó de consignar la ambición que llevó a los hombres a construir la Torre de Babel y la ira que ello generó en la suprema deidad.
El celoso Jehová sembró la confusión y puso a todos los albañiles a hablar idiomas distintos para impedir la construcción de la Torre de Babel. Pero el cruel dios de los judíos jamás imaginó que las torres, esos fálicos desafíos a la altura del creador, congregarían eternos bables a sus píes. Pensemos en la Torre Eiffel. ¿Cuántos idiomas podemos escuchar entre el atiborre de turistas que toman fotos a sus píes? ¿En cuántas lenguas se describe la belleza de la Ciudad de la Luz una vez que se ha ascendido a su punto más alto. Millones de personas viajan cada año a París y tienen a bien tomarse una foto frente a esa Torre. Ahí los puedes ver todos y cada uno de los días del año. Cientos de japonesitos con sus ultramodernas cámaras del Siglo 24. Yo mismo sucumbí a la tentación de tomarme esa foto tan odiosamente ordinaria. Ahí voy con mi carota de turista embobado a retratarme sonriente frente a ese machacado símbolo. Ordinario como soy, aquí en mi escritorio tengo un par de fotos comunes. Una en París y otra en Pisa. Los seres humanos somos ordinarios. Sucumbimos con facilidad al magnetismo de un edificio. Alguien me dijo una vez que la Torre Eiffel es un enorme pene que todos deseamos felar. Y ya entrando en el terreno de las freudianas interpretaciones, yo prefiero contestar, blasfemo y apóstata como siempre, que las torres son los falos con los que los humanos buscamos sodomizar al cielo.




En una partida de ajedrez, el universo de movimientos imaginados pero no realizados forma parte de la estructura del juego y es tan trascendente como aquellas jugadas que se concretan en el tablero. La teoría, bien se ha dicho, es plenamente aplicable a algunos libros, cuyo néctar se encuentra depositado en el corazón de las palabras no escritas.

Periodismo free lance

Retomando el tema sobre le ser y quehacer del periodista, Julio Sueco 2 toca un punto clave sobre la cultura del freelance en México. Es un tema que me preocupa de sobremanera y sobre el que ya he escrito algo.
Hace unos años, trabajando con un periodista de Milán que vino a hacer un reportaje sobre Tijuana, me llamó mucho la atención ver lo sorprendido que estaba mi colega italiano por mi estilo de vida como empleado de una casa editorial. Me dijo que en Europa ya son muy contados los reporteros que trabajan en nómina y de tiempo completo para algún medio. La gran mayoría tienen un pequeño staff de redactores de casa, las más de las veces muy antiguo y consolidado y un enorme universo de freelancers que andan por el mundo vendiendo su trabajo al mejor postor. Algunos diarios muy tradicionales, como The Guardian de Manchester, trabajan con un equipo muy reducido, muy especializado y no le publican a cualquiera. Otros como El País tienen redacciones macrocefálicas al estilo Reforma. Sin embargo, hay una enorme cantidad de medios que basan más de la mitad de su publicación en el free lance. En Europa la cultura del freelanceo está más que institucionalizada. Lo mismo en Estados Unidos. En México por desgracia está en pañales.
Empieza a consolidarse un interesante movimiento de fotografía free lance que cada vez toma más fuerza. El asunto me parece lógico después de todo, pues el lenguaje de la fotografía es universal. La fotografía habla por si sola y no necesita currículum. Te gusta o no te gusta, la tomas o la dejas. El reportaje de texto en cambio requiere algo más que un título poderoso para ser comprado. El periódico debe conocer al reportero free lancer, confiar planamente en su profesionalismo e integridad, pues al publicar un reportaje se juega el prestigio. De ahí que a diferencia del fotógrafo, el reportero free lancer debe armarse de un sólido currículum para poder vender sus trabajos al mejor postor.
Un fotógrafo no necesita saber inglés para venderle su foto a la revista Time. Yo en cambio, aunque hablo buen inglés, me costaría muchos meses de práctica poder redactar correcta y rápidamente una nota al estilo del Time.
Yo no me puedo hacer free lancer de la noche a la mañana así nomás por que se me antoje o por amor al arte, pues estaría condenado a morir de hambre.
Trabajar de planta en la nómina de una redacción tiene sus ventajas. Tu sueldo es fijo, está asegurado y no debes preocuparte por andar sacando para el chivo por otras vías o subempleos. Tiene la desventaja de que perteneces a una empresa y por ende debes respetar al píe de la letra sus políticas.
Si yo fuera free lance, puedo jurarles que en este momento estaría en Irak o en Chechenia. Uno de mis sueños es poder cubrir una guerra. Pero no voy a lanzarme a lo quijotesco nomás por amor al arte. Es muy bonita la visión idílica del periodismo, pero en este mundo debes vivir de algo. Ya es bastante heroico dedicarme a esto y no a otra cosa. Tengo una cédula profesional de Licenciado en Derecho y no provengo de una familia precisamente pobre como para pensar que me vi obligado a trabajar en esto porque no tenía otra alternativa en el mundo. Si estoy en esto y si estoy aquí, es ante todo porque aunque usted no lo crea, me gusta, le tengo cariño a esta profesión y a este estilo de vida. Llevo once años en este negocio y algo le entiendo como para que alguien a miles de kilómetros de distancia desde las heladas tierras de Kurt Wallander, me venga decir como debe ser un periodista.

Los viejos periodistas

También me sorprende la idolatría de Julio hacia símbolos caducos del periodismo. En este negocio los viejos son los más viciados, los más chayoteros, los que son felices con la cultura de la sanguijuela. La libertad de expresión en México no es por cierto una conquista de los viejos periodistas. Los caracamanes de las viejas redacciones pasaron más de medio siglo redactando boletines de alabanzas al Presidente en turno, redactando adjetivales y soporíferos artículos colaboracionistas. ¿De qué carajos les servía a ellos la libertad de expresión? ¿Para qué luchar por ella? Por ejemplo: ¿Cree usted que un Vázquez Raña es feliz con la libertad de expresión? Yo creo que él con gusto cambiaría la libertad de expresión por unos cuantos chayotes jugosos al estilo de los gobiernos priistas y gordos contratos de publicidad oficial. Esa es la mentalidad de muchos de los viejos periodistas de Tijuana a los que Julio parece rendir pleitesía. Pasan más tiempo cobrando comisiones por publicidad y chayotenado a funcionarios corruptos que haciendo quijotescos reportajes.

PD- Los absolutos no existen en sociedad alguna, pero los promedios sí. Dentro de lo heterogénea que es Tijuana, sí se puede hablar de un ciudadano tijuanense promedio con ciertos usos, costumbres, valores y preferencias que lo identifican. Creo que a cualquier tijuanense le preocupa más cómo quedaron los Padres de San Diego que los Diablos Rojos de México y aquí si puedo generalizar, de la misma forma que he visto más mucha más atención del tijuanense promedio en torno al fenómeno del Governator en California, que del Peje en el DF.
Por cierto, tenemos muchísimo éxito publicando información de Culiacán, Badiraguato, Mazatlán y Los Mochis, toda vez que los cientos de miles de sinaloenses que viven en nuestra ciudad, lo que refuerza la teoría de que la gente nunca consuma un exilio total con su terruño. Los sinaloenses quieren saber de Sinaloa de la misma forma que en San Quintín circulan pequeños semanarios y gacetas que traen harta información de Oaxaca.
No he visto mucha gente interesada en el referéndum de Hugo Chávez en Venezuela y las noticias sobre rabietas y desplantes de Fidel Castro suelen seguirlas nuestros aguerridos socialistas que hacen su super en Wall Mart y pasan sus vacaciones viviendo como ricos en Varadero explotando esclavas sexuales cubanas.
Respecto al uso de la palabra proclamación, obedece al hecho de que nunca me había quedado claro si Julio es tijuanense o es chicano de California. Hecha la aclaración, despejada la duda.

Tuesday, September 07, 2004

La independencia del texto

Una de las mayores enseñanzas que me lleve del taller de mi maestro Rafael Ramírez Heredia, fue la de callarme el hocico cuando un texto mío es criticado.
Lo primero que te enseñaba Ramírez es que tú no podías entrar a defender lo que escribiste. Eso me ha quedado siempre muy claro y lo respeto al píe de la letra.
Aún cuando algún miembro del taller destrozaba públicamente tu texto con comentarios estúpidos que delataban que no había entendido un carajo, tú debías guardar silencio y aguantar.
¿Por qué? Sencillamente porque el texto ya no es tuyo, ya lo leíste, ya lo soltaste, te ha dejado de pertenecer.
Ponerte a defenderlo te haría ver como una mamá cuervo que sale a defender a su bebé en las peleas callejeras de secundaria. El muchacho ya es independiente, vuela con sus propias alas. Así debes ver a los textos.
Hasta la interpretación o lectura más estúpida es válida. El lector no tiene por qué leer lo que tú le quisiste decir. Si tuviera que aplicar la máxima zapatista de la tierra es de quien la trabaja, diría que el texto es de quien lo lee. Nunca de quien lo escribe.
Mi creencia en la independencia del texto es algo más que una metáfora. En efecto, creo que un texto es y debe ser libre de su autor. El texto le pertenece al lector.
Yo sí le creo a Borges cuando dice que el Quijote se vuelve a escribir cada vez que un lector lo toma en sus manos.
Las posibilidades de un texto pueden superar con creces la intención del autor. El Quijote mismo es un gran ejemplo. Para Cervantes era una deliciosa sátira sobre los burgueses aficionados a la novela caballeresca, pero tal vez jamás tuvo la intención de hacer de su historia un manantial infinito de enseñanzas filosóficas y sociales.
Empezando por lo más básico, diré que un texto le pertenece al lector desde el momento en que a cada uno le evoca imágenes diferentes.
A ver ¿Cómo se imaginan ustedes a Dulcinea? ¿O a La Maga? ¿O a Emma Bobary? ¿Coincide su imagen con la que concibieron Cervantes, Cortázar y Flaubert? Sí, digamos que te apegas a su descripción, pero tú le pones el rostro que tú quieres y ningún rostro es igual a otro. ¿Cómo nos imaginamos a Gregorio Samsa? ¿Como una tropical cucaracha de costa mexicana o como un escarabajo pelotero? ¿Cómo era la habitación petersburguesa donde Raskolnikov vive torturado por los demonios de la culpa? ¿Cómo son los ojos de la fantasmal Aura? ¿De qué color son las paredes de la habitación donde Borges encuentra el Aleph? O, para no ir más lejos ¿Cómo chingados te imaginas el Aleph? Eso le pertenece a cada lector. Ya no digamos la sensación que provoca la obra, las evocaciones que trae consigo, los pasajes de tu vida que te hace recordar, las fibras sensibles que te toca. Eso no lo gobierna ni lo gobernará el autor. Si tú deseaste escribir una novela tétrica, deprimente, oscura y resulta que un lector la encontró tan simpática como una historia de Chespirito, no podemos decir que esté equivocado. También tienes derecho a tomar con solemnidad las comilonas del gigante Pantagruel o a imaginarte a Ti Noel con cara de blanco. El libro es tuyo. Te gastaste una lana en comprarlo o te tomaste el riesgo de robarlo o de convencer a tu amigo de que lo prestara. Luego entonces, eres libre de interpretarlo, entenderlo, gozarlo o detestarlo como te de la regalada gana. El autor no podrá venir a regañarte por ello y a decirte: disculpa, pero creo que me estás malinterpretando, yo no quise decir eso cuando lo escribí. Cállese el hocico autor. ¿Para qué lo escribía entonces? Yo soy el lector, yo mando y usted a callar.





Leo lo que escribe Julio Sueco 2 en torno al periodismo tijuanense. Creo que no hace falta decir que estoy en desacuerdo con muchos de sus conceptos, pero lo comprendo. Después de todo Julio es alguien que nunca ha ejercido el periodismo y que vive muy lejos de Tijuana, por lo que su visión adolece de una terrible subjetividad. Aún así, leo con gusto sus comentarios y analizo las críticas.


Señala Julio que no hay amor a la profesión y que vivimos en un mundo aislado de la realidad nacional y latinoamericana. Me extraña que él, quien se proclama tijuanense, ignore la tradicional apatía que muestra el habitante de Tijuana hacia los problemas del Centro de la República o de Latinoamérica.
Nosotros escribimos para un público tijuanense y nosotros nos debemos a nuestros lectores, así que tenemos que escribir aquello que a nuestro público le resulte interesante. Y resulta que la gente que nos hace el favor de leer nuestro periódico cada mañana le interesa conocer noticias de Tijuana, saber qué pasa en SU ciudad, no en otra.
Nosotros tenemos encuestas diarias con nuestros lectores, medimos el impacto que genera lo que publicamos y sabemos que las noticias del Centro de la República tienen nulo impacto. A un habitante promedio de Tijuana le vale un carajo si desaforaron a López Obrador o si en Tlaxcala hay un conflicto de faldas mezclado con la política. Claro, lo publicamos, le dedicamos espacio, pero jamás podrá ser nuestra nota principal. El DF está a 3 mil kilómetros de distancia, Latinoamérica es en el mejor de los casos un concepto idílico.
Eso sí, debo admitir que hay muchos periodistas que adolecen una pavorosa falta de cultura general y viven aislados en sus mundos ignorantes, pero es en todo caso un problema de índole cultural.


Sobre el periodismo de USA y México

Imposible no caer en la tentación de ceder a la odiosa comparación entre medios de USA y México. Aquí en Tijuana es nuestro pan de cada día. De entrada, déjenme decirles que la idealización del periodismo estadounidense (al que yo por cierto jamás he idealizado) se hizo pedazos al ver la actitud mostrada por los comunicadores más serios frente a la guerra en Irak. El nivel de sumisión y colaboracionismo hacia el régimen de Bush fue repugnante. Aludiendo un mal entendido patriotismo, los medios más poderosos se sometieron a los designios de Bush. Su actitud fue una vergüenza para el periodismo, algo que me genera un asco indescriptible. Los periodistas no podemos ser patriotas. Nuestra única patria es la verdad.

Por lo demás, la tradición de periodismo de investigación que se tiene en Estados Unidos, es algo que algunos medios mexicanos explotamos desde hace algún tiempo. La única diferencia son unos cuantos millones de dólares. Las personas que hacen lo mismo que yo en el New York Times, son personas que tienen tal vez seis meses o un año para dedicarse a una sola investigación y que cuentan con recursos ilimitados para ello.
El medio se puede dar el lujo de que así sea. Para un diario apostar e invertir en un trabajo de investigación es un riesgo. Es un gasto de tiempo y dinero que no siempre se ve redituado y que corre el riesgo de no concretarse. Aún así, aquí hemos hecho nuestro esfuerzo y en algo ha redituado.


Sobre la solidaridad entre periodistas

De entrada, debo dejar muy claro la repugnancia que me inspira el concepto de pertenecer a un gremio. Yo no pertenezco a ninguno ni quiero pertenecer. La sola idea me genera asco. Sólo algunos profesionales del periodismo tijuanense merecen mi respeto y consideración. Sí, estoy consciente de que mi actitud me hace ver como un tipo pedante. Mi impopularidad y mi absoluta falta de amigos dentro del mal llamado gremio es una consecuencia de ello, lo se, pero a mí me complace tenerlos lejos de mí. Yo he luchado para que sea así. El día que ustedes me vean en una fiesta convocada por algún político o funcionario a las que las sanguijuelas gustan tanto de acudir, tendrán el derecho de escupirme e insultarme.
En realidad a mí me gusta seguir el ejemplo de Ryszard Kapuscinski, quien dice que el buen periodista debe estar lejos de la bola, alejado de donde se aglomeran las masas de reporteros borregos incapaces de investigar e indagar por su cuenta. A veces, cuando tengo la desgracia de acudir a eventos concurridos en los que se aglomera toda la prensa, los volteo a ver y digo para mis adentros ¿A poco estos tipejos son mis colegas? ¿Éstos son los seres que supuestamente se dedican a lo mismo que yo? Puta madre, que asco. Cuando los veo en los desayunos de grupos políticos o en los grandes eventos gubernamentales, siento vergüenza de dedicarme a esta profesión. Me enferma saber que esos tipos van por la ciudad diciendo que son periodistas y lo peor es que les fascina gritar a los cuatro vientos que trabajan en medios, pues lo ven como un símbolo de poder, de prepotencia. En Tijuana hay decenas de hampones, baquetones y sanguijuelas de diversa índole que se dicen periodistas y abogan por la unidad del gremio.
No puedo sentir solidaridad con ellos, porque aunque en teoría nos une una misma actividad, nuestra motivación, formación e ideales contrastan en absoluto. Yo no metería las manos al fuego por ellos. Precisamente por el amor que siento por esta profesión, no podría hacer causa común con gente como esa.


Monday, September 06, 2004

En Tijuana el tiempo y el dinero se esfuman con rapidez y no atino a sujetarlos en mi mano. El día, la semana la vida misma se suceden como una película en cámara rápida, una sucesión interactiva de instantes disfrazados de ordinarios aunque con una carga terrible de improbabilidad.

Al final de la jornada todos los rostros, al igual que sus historias, son dolorosamente iguales. Tan sólo las voces de los recién llegados remiten a un origen particular. Después, hasta el sonido se va impregnando de fragmentos asfálticos. Voz de lodo, silente y a un tiempo furiosa, aferrada al musical origen, rebanada por bélicos monosílabos. Y tu voz emerge insurrecta y desconocida, desafiando a ese dolor que quisiste volver hierático. Brota el sonido deforme y traidor arrojando tu historia al valle del olvido alcohólico mientras el aguardiente labra puntas de obsidiana en tus entrañas. Y ahí están junto a ti cinco sombras anónimas hermanadas por una botella de plástico que circula entre sus labios y de pronto ya está muerto el frío de la noche y esa peste perpetua a sudor y amoniaco, es solo aroma humano que recuerda el hambre de carne. El aguardiente riega el germen de las falsas esperanzas y de un momento a otro están frente ti los mismos palacios que construiste al abordar el camión que te sacó de Chiapas. El oro vuelve a ser posible y palpable y el horizonte enseña otra vez las torres de un edén abundante y prodigioso. Las palabras fluyen y el paraíso parece estar cada vez más cerca mientras madrugada y alcohol se consumen y sin saber porque deseas que la oscuridad se perpetúe sobre el callejón y no vuelva a surgir el sol enemigo que volverá a arrojar luz sobre tu desgracia, dormida en las tinieblas y arrullada por el aguardiente.

Esta mañana, deambulando por la Librería El Día de la Calle Sexta, me entretuve contemplando la portada de la revista bulbo press www.bulbo.tv
Y dije, puta madre, como que ese guey de la portada me resulta muy conocido ¿Quién chingados será? Ah cabrón, pero si soy yo. Vaya sorpresa.
La verdad no me imaginé que iría a la mismísima portuaria. En honor a la verdad se siente muy raro. Hace mucho tiempo, a mis siete años de edad, fui portada del Sierra Madre en Monterrey donde aparecí promoviendo campamentos y actividades de verano. Desde entonces no experimentaba esa extraña sensación.
Yo no nací para el blog ¿O sí? se titula el reportaje escrito por mi paisana de sangre regia Cristina Velasco, quien incluye una entrevista con Rafa Saavedra y otra conmigo, en donde se habla sobre el fenómeno de la blogósfera.
Para abrir boca, la revista incluye en su primera página una fotografía del músico de Nortec pg beas meciéndose en un columpio. Lo interesante es que la fotografía data del ya lejano 1974, cuando Camilo Sesto rifaba en la radio.