Un día, busqué entrar sin pollero al país de la literatura...
Autoprologación
Solo una vez en mi vida me ha dado por empezar a escribir mi autobiografía, pues según yo ya había vivido mucho y tenía demasiadas cosas que contarle al Mundo. Tenía 9 años de edad y estaba seguro de poder escribir un libro de miles de páginas. El proyecto de recopilar los años pasado de mi vida no prosperó, pero sí en cambio el de iniciar un diario.
En el orwelliano y heavymetalero año de gloria 1984 inicié la escritura de un diario que hasta la fecha mantengo. Mi diario es más reflexivo que narrativo y la verdad nunca me ha dado por narrar pasajes concretos de mi vida.
Hace poco, mi compañera Camelia García me hizo llegar un texto en el que defendía apasionadamente las lecturas poéti-cas, argumentando el derecho de la gente a la poesía en voz alta.
No la contradigo. Que bueno que en cada rincón de la ciudad hubiera un poeta leyéndonos su trabajo. Simplemente me pu-se a pensar en las razones por las que yo en lo personal no me gusta ser participe de las lecturas de poesía y prefiero leer solo y en silencio que escuchar leer en voz alta.
Pensé en hacer un comentario bloguero al respecto y sin saber la razón, me puse a escribir sobre la ya lejana etapa en que yo pertenecía a talleres literarios y participaba en lecturas de poesía.
De pronto, me di cuenta que había escrito uno de los relatos más autobiográficos que yo recuerde. En fin dudé si debía o no subirlo al blog, pero no se pierde nada. Si resulta demasiado aburrido, pues basta con dejarlo de leer y ya. Es un simple pasaje de la existencia que nunca se volverá a repetir.
Capítulo I
Cuando fui poeta
Hace algún tiempo, mucho tiempo, pensé que era tiempo de entrar a formar parte del mundo de la literatura. Yo tenía 18 años y al igual que ahora, escribía y leía compulsiva y desordenadamente.
Alguien, que supongo me debe haber querido mucho, me dijo: “Oye, tu escribes muy bonito, ¿porque no publicas tus tex-tos?”
Fue entonces cuando hice mi primera incursión furtiva al universo formal de las letras. En ese entonces yo acababa de de-jar la facultad de Ciencias Políticas para ingresar a Derecho. En la primera semana de clases, una egresada de dicha escuela, Mara Gutiérrez, llegó al salón de clases para promover el Departamento de Difusión Cultural en donde ella coordinaba un ta-ller de literatura. Yo dije: “esta es mi oportunidad”. Ese mismo sábado me presenté. Yo no tenía la más mínima idea de que era exactamente eso que llamaban taller de literatura. ¿Sería como una taller mecánico en donde se arreglaban libros? ¿Le co-locarían balatas a mis textos? ¿Le checarían el aceite a mis metáforas? ¿Le pasarían corriente a la batería de mi inspiración? Fuera lo que fuera, yo sospechaba que un taller era mi garita obligatoria para entrar a la nación literaria.
El taller era en realidad un club de amigos bastante sui generis. Nostálgicos, melancólicos, cambiantes. Carolina diagnos-ticaría a más de uno como “border” o acaso “esquizo”, aunque todos ellos eran de noble corazón. Generacionalmente eran mayores que yo, pues habían nacido entre 1969 y 1971.
En aquel entonces, al igual que lo había hecho desde que medio aprendí como agarrar un crayola y al igual que lo hago ahora en esta máquina infernal, yo hacía como que escribía narrativa. Ellos eran poetas y me convencieron que algunos de los coléricos accesos vomitivos que se transformaban de manera compulsiva en palabras escritas podían ser considerados como poesía. Yo tenía montones de esos textos desparramados entre mis cuadernos, colados entre los apuntes de Introducción al es-tudio del derecho de García Maynez y el Derecho Romano de Pina Vara.
Aquellos textos eran como rolas de black y thrash metal. Escupían odio en su estado más puro. Oscuridad, depresión y en algunos casos, cierta melancolía de tiniebla. Yo no sabía proyectarle otra cosa al mundo. Empecé a publicar dichos accesos vomitivos en la Sección de Los Talleres, de el periódico El Norte (que a la postre me debutaría como reportero profesional cuatro años más tarde). Publiqué mis textos menos viscerales y aún así eran considerados demasiado oscuros. Mojigato como ha sido siempre El Norte, supuse que no admitiría mis textos donde explícitamente eructaba mi odio hacia o todo lo que olie-ra a cristiano.
El taller lo integraban Mara Gutiérrez, Jorge Sáenz, Alfonso Araujo, Lorena Kawas, Gerardo Ortega y algunos elementos satelitales que iban y venían sin constancia. Yo me lo tomé demasiado en serio y le puse mucha más pasión que a mis estu-dios jurídicos. Por las noches, trabajaba como locutor en la radio y una bicicleta color púrpura era mi medio de transporte a todo lo largo y ancho de Monterrey.
Luego de algunos meses, los compañeros me convencieron para que hiciera yo una lectura.
“¿Una lectura? ¿Pues que diablos es eso?”
“Sí, lees tus textos ante un auditorio”.
“Carajo, pues nunca lo había pensado y ¿no sería mejor repartirles unas hojas y que cada quien los lea a su ritmo?”
“No, esto es todo un espectáculo”
Y en efecto, lo era. Las lecturas del taller de Mara eran todo un performance. Les metíamos demasiado tiempo de prepara-ción. De hecho en sus lecturas, Mara cantaba (era sumamente entonada) actuaba, lloraba y Alfonso Araujo tocaba la guitarra.
Entonces Gerardo Ortega y yo nos animamos a hacer nuestra primera lectura. La preparamos minuciosamente, como quien conspira para cometer un crimen perfecto. No se porque razón ensayábamos afuera del Obispado, pero lo cierto es que era muy inspirador. La lectura se llamó “Nostalgia en Penumbra”, título de uno de mis poemas de aquel entonces que hasta este día soy capaz de recitar de memoria. La Universidad nos dio presupuesto para imprimir unos pequeños libretos y unas invita-ciones. Sugerí imprimir la imagen del cuadro de la Bebedora de Lautrec. Con toda honestidad, quedaron poca madre. Convo-camos a una rueda de prensa dos días antes (azares de la existencia: las primeras tres o cuatro ruedas de prensa de mi vida no las cubrí, las convoqué)
La lectura se celebró el 17 de agosto de 1993 en el Teatro Cervantes de la Unidad de Difusión Cultural de la Universidad Regiomontana. El escenario que montamos fue como un bar en penumbras. La lectura era una suerte de bodas del cielo y el infierno. Gerardo es un poeta en el sentido más puro de la palabra. Es como un Amado Nervo o un Pablo Neruda. Romántico hasta decir ya. Yo en cambio jamás escribí sobre nada que evocara el Eros. Muerte, desolación y sepulcros engusanados in-festaban mis letras. A la lectura acudieron unas 40 personas. Obviamente amigos todos (Que me perdone mi compañera Ca-melia, pero nadie, absolutamente nadie, acude a una lectura por genuino interés literario. En el mejor y más honesto de los ca-sos se acude por el vino) Desde entonces inauguré mi tradición de salir a esta clase de espectáculos mal llamados lecturas, vestido todo de negro y descalzo. Mi pelo por aquel entonces era larguisimo. Gerardo leyó poemas como Sárdica, Tatuaje púrpura, La mañana arrastra, Ashley, Eugenia triste. Hoy, diez años después, puedo recitar algunos de los textos orteguianos memoria. Yo leí Sangre oscura, Muerte es lo que eres, Nostalgia en penumbra, Oscura guarda, Mazmorra encinta.
Nos fue bien. Notitas en las secciones culturales de El Norte, Porvenir y Diario, vino malo, felicitaciones hipócritas y pos-teriormente me largué una caguamiza en la casa de unos punkies de Guadalupe que tuvieron la atención de acudir a la lectura y consumirse todo el vino en un par de sorbos. Celebré mi ingreso al depravado club de la literatura oyendo hard core en una terraza.
(*Dos años después, en ese mismo Teatro Cervantes, el equipo de debate que yo capitaneaba venció a la Escuela Libre de Derecho, con quienes por cierta aleatoriedad caprichosa inicie una amistad más larga y sincera que la que mantenía con los miembros de mi equipo. Seis años después, rentamos el primer departamento que Carolina y yo compartimos por dos meses, que aleatóriamente, estaba justo frente a ese teatro. Como podrán deducir, ese es para mi un sitio con historia*)
Empecé a acudir a lecturas, conferencias, tocadas, exposiciones y de más parafernalia. Mandaba mis textos a revistas, fan-zines y periódicos (nunca a concursos) Dicho en otras palabras, seguí paso a paso el recetario de actividades de todo poetastro pretencioso que chapotea en los residuos del mal vino de institución cultural. Después tuvimos otras lecturas. Recuerdo un performance en el aniversario de la Revista Nave en diciembre de 1993. Yo salí, como era mi costumbre, descalzo y de ne-gro, pero con unas alas de ángel demoníaco. Para ese entonces ya era novio de Patricia y ella tenía cierta repulsión hacia los miembros del Taller y hacia muchas de mis amistades.
En mayo de 1994, previo al Mundial de Estados Unidos, se publicó nuestro libro. Una antología llamada “Después del eclipse”. Ese día rompí con el Taller. El formato y el diseño del ejemplar me agradó, pero para entonces yo ya no era feliz en la literatura. Disfrutaba más empeñando mi tiempo libre en las liturgias erótico-alcohólico- sadomasoquistas con Patricia que escuchando lamentos románticos. La escena cooltural me comenzaba a aburrir soberanamente. La presentación de la antolo-gía fue en el Teatro Lope de Vega, el mayor de la Universidad. Ese día Rayados de Monterrey jugaba un partido amistoso con un Milán plagado de suplentes que aún así los venció. Mara quería que estuviéramos en el teatro desde la mañana. Yo la mandé al carajo y me fui al futbol (siempre ha sido un placer orgásmico ver perder al Monterrey) Llegué unos minutos antes de empezar la presentación con algunas cervezas encima. Mara bebía tequila y sugirió que me echasen a patadas. Al final, a regañadientes, participé en la presentación. Después me largué a la chingada. Ya nada fue igual. Tuve derecho a cinco libros y los demás los debía de pagar (costaban 30 pesos) Regalé todos mis libros. Ya no recuerdo a quien. Solo mi primo Héctor compró uno. Hoy en día tengo en casa un solo ejemplar. bastante maltratado.
Volvía participar un par de veces con el Taller en dos lecturas. De hecho Gerardo Ortega y yo repetimos Nostalgia en pe-numbra y comprobé que nunca segundas partes son buenas. Siempre mantuve una cercana relación con ellos aunque ya no volvimos a trabajar juntos. Solo con Ortega conservé una amistad. Algún día escribiré sobre él. Es sin duda el poeta más ra-biosa y encabonadamente poeta que he conocido. Todos sus actos, sobre todo los más absurdos, eran poesía. Después se casó con una militante zapatista radical y tuvo un hijo. Lo último que de él supe, hace tres años, fue que trabajaba como corrector en Milenio Monterrey.
Mara se casó con un argentino. Jorge no se. Alfonso puso un negocio de computadoras. Yo me hice periodista, deserté de la literatura tallereada y decidí nunca jamás volver a tallerear ni a publicar nada que se pareciera a la poesía. Lo mío es na-rrar. Esa cosa que yo hacía me salía como un vómito. Necesitaba expulsarlo, me sentía desahogado cuando lo largaba de mi cuerpo, pero lo que arrojaba al piso era un aborto hinchado de odio. No se puede poner reglas a los vómitos. Salen como sa-lieron y ya. Sigo escribiendo cosas así, todos los días, infestan mis cuadernos de notas periodísticas, pero son escupitajos que hacen erupción cuando la vida cotidiana me intoxica.
Tampoco volvería a participar en una lectura. No creo en ellas. El mejor tributo que alguien puede dedicarle a un texto es leerlo en silencio, absorberse en él, diluirse, largarse de este mundo. Alguien que en un camión, en un bar o en la soledad de su hogar se logra alejar un poquito de la realidad mientras lee un texto, le está dando al escritor la mayor de las satisfaccio-nes. Yo no creo en la lectura en voz alta. No me concentro y me aburro fácil. Prefiero leer en papel y en soledad, si es con vino, mejor. La lectura es para mi una actividad solitaria y no volverá a ser pública. La lectura es la droga perfecta, pero es una droga autista y silenciosa.
La literatura es mejor disfrutarla que discutirla y para beber vino, disfruto más las cantinas que los eventos coolturales.
Capítulo II Mi maestro el Rayo Macoy....por ahí seguirá

