Eterno Retorno

Thursday, December 21, 2023

Venga, toma un trago, carajo

 


En el partido contra Avellino ocurrió lo increíble, una ceremonia de unidad y camaradería que marcó el cruce de un umbral: Radelgardo te dio por primera vez a beber de su pomo de whisky. Hasta ese momento su pacha de licor había estado reservada a un consumo personalísimo.

-      Venga, toma un trago, carajo. Así de tenso no podrás conseguir  nunca una buena foto. Para capturar la esencia del juego tienes que estar un poco entonado  y esta es mi poción mágica.

Bebiste de ese mal whisky con la solemnidad y la devoción de un templario que de pronto bebe elixir divino del Santo Grial.

Quince días después el  trago compartido  consumó su embrujo. Después de darte de beber,  Radel te puso un reto relativamente fácil. Debías tomar la foto del momento en que el veterano delantero inglés, Trevor Francis, era sustituido en el segundo tiempo por un novato. Que el entrenador Nedo Sonetti se atreviera a ordenar el cambio sacrificando al jugador más caro del club era toda una declaración de principios, una nota periodística en sí misma. Claro, tomar la quietud de un jugador que sale a paso de tortuga del campo de juego mentando madres contra su entrenador no es un reto tan complicado como captar el lance de un arquero o un penalti cañoneado. El resultado de tu intento fue más bien mediocre, pero Radel cumplió con palomear tu humilde fotografía  que ilustró una pequeña nota anexa en la edición de L Eco de Bérgamo en donde se hablaba de la inconformidad del delantero británico al ser sustituido. Aquella noche en el bar Botticelli, Radel derramó un tarro cervecero sobre tu cabeza.

-      Este es tu bautizo. Yo también recuerdo cuando publiqué mi primera fotografía. Fue en marzo de 1948, en la temporada en que fuimos quintos en Serie A. Era una foto horrible, por supuesto, pero solo una foto es la primera.

 

Mi Pushkin

 


Mi Pushkin de Marina Tsvietáieva es una mirada personalísima y sui generis. Es Pushkin visto a través de los ojos de una niña que se enamora primero de su estatua y después de sus personajes - Tatiana y Oneguin-  a los que conoce en clandestinas lecturas infantiles. Tal como marca el manual con Marina, se trata de una inmersión casi surrealista en la vida y obra del gran romántico ruso, a la fecha su poeta nacional. Lo primero que supo Marina (y también lo primero que supe yo) fue a que Pushkin lo mataron en un duelo. Después se enteró (y eso yo no lo sabía) que Aleksandr era bisnieto de un príncipe etíope que llegó como esclavo a Rusia (solo hasta ahora reparo en los rasgos mulatos del poeta que, viéndolo bien, se da un aire a Vicente Guerrero). Traducido como todo lo Tsvietáieva por la gran Selma Ancira, Mi Pushkin me recuerda la fascinación de mis lecturas infantiles. Puedes releer infinitas veces a un clásico, pero nada se igualará a la primera lectura si lo leíste cuando eras niño.