Eterno Retorno

Wednesday, December 12, 2018

La catarata de los libros

De repente, cual si fueran gremlins o langostas, los libros se empezaron a multiplicar en mi biblioteca. Es como si cada nuevo viaje se transformara en una sacra canasta de panes y peces que nunca acaban. Entre las ferias de Quito y Guadalajara sumé más de 60 nuevos ejemplares al atiborrado redil. Ello sin sumar lo que traje de Hermosillo y de la Feria del Libro Antiguo. Creo que necesitaría un año tan solo para leer la pepena de otoño. Se acerca el tiempo de desazolvar la biblioteca, un doloroso ritual de liberación de libros que emprendo cada cierto tiempo. El acervo crece cada semana, pero el espacio es el mismo desde hace casi 16 años Hubo un tiempo, durante la temprana juventud, en que sabía exactamente cuántos y cuáles libros tenía. A los 17 o 18 años comprar un buen libro significaba ahorro y sacrificio. La adquisición de un ejemplar nuevo era todo un acontecimiento. En aquellos primeros noventa leí lo que había en casa, lo que caía en mis manos, lo que sacaba de la biblioteca, lo que me prestaban, me regalaban (y sí, lo confieso, también lo que furtivamente pepenaba al más puro estilo infrarrealista). Entre 1994 y 95 trabajé en la Librería Castillo, lo que me permitió diversificar al máximo mis lecturas. Fue la época en que me leí todo Kundera (cuando los Tusquets costaban una fortuna impagable para un joven trabajador de librería). Durante mis tiempos de reportero solía comprar un libro cada viernes en El Día. Era una suerte de premio que yo mismo me daba después de una buena semana laboral. En los últimos cinco años, conforme la vagancia libresca se fue intensificando, la pepena alcanzó niveles obscenos. A menudo acudo a santuarios donde es imposible resistir la tentación de llenar la canasta de libros. No se puede estar en Eterna Cadencia en Buenos Aires, en El Péndulo en México o en el stand de Zorro Rojo en la FIL y no partirle los huesos a la tarjeta de crédito. El detalle es que además de las compras compulsivas, de un día para otro se multiplicó la cantidad de gente que me regala libros. En toda convivencia de feria o festival, siempre hay por lo regular cuatro o cinco colegas que me regalan libros de su autoría amablemente dedicados. En verdad aprecio el gesto y en más de una ocasión me he llevado gratas sorpresas, pero la realidad es que no pocas veces el regalo se transforma en una carga. Me duele confesarlo, pero he dejado intencionalmente no pocos libros en habitaciones de hotel. Cuando alguien me regala un ejemplar demasiado pesado cuyo tema no me llama y que desde la primera página me espeta la imposibilidad de hacer química conmigo, el libro en cuestión deja de ser una puerta hacia el embrujo y se transforma en un objeto monserga. Hubo un tiempo en que hacía una lista de lo que leía y tenía muy claro cuántos y cuáles libros me había chutado en un año. Había también un inventario más o menos claro de los libros que entraban a mi biblioteca. Dentro de lo caótico y anárquico que fui en mi juventud, reconozco que fui un lector más disciplinado. Hoy, más que una lista de los mejores libros del año, haría una lista de instantes embrujados en que una lectura me llevó, al menos por unos segundos, a hablarme de tú con lo sublime. A mucho más ya no puedo aspirar.

Sunday, December 09, 2018

entreveros de xeneizes y millonarios

1- Hoy el banderín de franja roja yaciente en el tablero de la nave del Capitán Beto ondea en algún lugar del Universo junto la triste estampita de un santo. 2- Lo esperaba así: de cuchillo en los dientes y puño cerrado; de sangre, sudor y un chingo de calambres (las lágrimas del perdedor iban por descontado). Era más grande el pavor al tatuaje eterno de la derrota que la ambición por levantar la Copa Libertadores. Nunca esperé un futbol sublime y aun así hubo ráfagas casi apoteósicas como el gol de Quintero. Cuando hay tanto manoseo, politiquería y pasta sucia, uno se olvida que el show incluye también un poco de futbol. El final fue como correspondía: jugadores tullidos, los xeneizes con nueve, un gol sin portero, la natural soberbia millonaria, cataratas de tinta, torrentes de saliva. 3- A veces pienso en la historia de lo que pudo haber sido, en la final River vs Boca que me habría gustado ver. Pudo ser una experiencia mística verla entre 1999- 2001, en la época de Palermo, Palacio, Riquelme Schelotto dirigidos por el Virrey; contra Salas, Aimar, Almeyda, Gallardo dirigidos por Tolo Gallego. El River vs Boca palpado desde California por Javier Fernández en Seguir a los Gansos. El Súperclásico argento más cacareado en más de un siglo y la final de la Copa Libertadores más vista en el planeta desde la creación del torneo, no enfrentó a equipos legendarios y sin embargo desde hoy este partido ya alimenta mil y una leyendas. Hoy solo queda polvo de tímidos lodos, Tévez y Gago en plan de deidades en el fango, Pratto y el Pity reclamando su lugar en el Olimpo, un ex xolo hiper tatuado como Benedetto llenándole al ojo a los europeos, y algunas medianías que se fueron sin pena ni gloria de nuestra mexicana liga. 4- Claro, en el terreno de los hubieras pudo haber también una repugnante galería de opciones: que Boca se coronara en la mesa de los abogados sin necesitar jugar el partido de vuelta (para mí y para cualquier jugador o aficionado honesto habría sido humillante). También pudo ser que se llevarán el show en calidad de extravagante bisutería sudaca a algún edén artificial de nuevo rico futbolero como Qatar, China o Estados Unidos, lo cual habría sido el non plus ultra del asco (juro que me habría declarado en huelga y no habría prendido la tele). Al menos eligieron Madrid, un altar de pedantería futbolera pero con prosapia bien ganada. Me hizo recordar que mucha de la mejor literatura argentina se escribe desde Europa, que Juan José Saer captó como nadie el espíritu santafecino después de más de medio siglo de autoexilio francés y que Cortázar es un escritor argentino nacido en Bruselas y enterrado en París cuya esencia yace en los puentes sobre el Sena. 5- Mi equipo en Argentina es el Tigre (felina solidaridad con los Matadores de Victoria) y en su defecto soy del Independiente. Boca y River se han vuelto demasiado turísticos, como un tango show para las cámaras japonesas. 6- Dentro de las páginas de El Libro de Boca, comprado usado en Parque Rivadavia, encuentro un telegrama fechado 20 de diciembre de 1954 firmado por Alberto Armando (el directivo boquense cuyo nombre lleva el estadio de la Bombonera). La primera página de mi libro Boquita de Martín Caparrós está adornada por una firma de César Luis Menotti (era mi única superficie firmable a la mano la noche en que lo encontramos cenando en el restaurante Pepito de la calle Montevideo). Dentro del libro una respetable colección de boletos de grandes gestas (Independiente vs Racing, River vs San Lorenzo, Racing vs Boca, Tigre vs River etc) 7- Felicito al gran Flaco Spinetta, a Jorge Castillo, a Kike Ferrari. Me imagino que se sienten como me sentía yo hace 364 días, cuando Tigres me dio la alegría futbolística más grande de mi vida. Salucita con el peor whisky del mundo. PD- Se me olvidaba: Gracias Cruz Azul.

Thursday, December 06, 2018

de pendencia y caguamazo

Era arrabalera esa virgen chola de pendencia y caguamazo, una madona pandillera capaz de impregnar el ambiente de pura víspera infernal. Los pochos le encienden velas y la celebran bebiendo a pico de botella y armándola de pedernal entre grafiteadas esquinas malandras en Lomas del Porvenir. La virgencita ni se inmuta. Por aquellas callejuelas infonaviteras de cryko barato y malandrada hay una sucursal de librería El Día en donde los aspirantes a palabrero hacen de las suyas sobre unas sillas de plástico formadas en círculo. Les sorprende e incomoda mi repentina aparición, pero yo voy en pos de un libro (sin duda un librazo) que don Alfonso me ha dejado apartado. ¿Llevo acaso una negra sudadera del Lets start a war de Exploited? ¿Me pongo en plan de punketo veterano? Lo cierto es que hociconeo de más y hablo de tocadas a las que nunca acudí (GBH, y el Guati bajado a punta de chingazos en algún arrabal de Neza). No brotaron aletas cetáceas entre los eternos baches del edén arrabalero, pero sí la intuición de estar dando forma a algún engendrito ensayero, un diarito tijuano de Renzi, un compulsivo liberar vivencial palabreja.

Wednesday, December 05, 2018

Cuenteros somos y en la Feria anduvimos

Instrucciones para sobrevivir a la FIL y no naufragar en el intento podría ser el título de un buen libro utilitario para los cientos de miles de peregrinos que viajan a Guadalajara en la última semana de noviembre. En la Feria Internacional del Libro todo es descomunal, desbordante, excesivo, simplemente inabarcable. Veo los rostros de quienes acuden por primera vez y simplemente no dan crédito. Ríos humanos, filas kilométricas, controles de seguridad, salas abarrotadas. Caminar por ahí en la tarde es el equivalente a tratar de entrar al juego de moda en Disneylandia durante la temporada navideña. Lo fascinante es cuando uno repara en que en esa fiesta capaz de convocar a más 900 mil personas a lo largo de nueve días, el festejado es el libro. Durante el 2018 acudí a las ferias de Bogotá, Buenos Aires, Quito y Guadalajara, además de otras ferias mexicanas. En las alforjas me queda una rica herencia en libros y en recuerdos. Aunque la Feria del Libro de Frankfurt se celebra desde tiempos de Gutenberg, lo cierto es que esto de los grandes shows de la industria editorial es una moda relativamente reciente en la historia de la lectura. La Feria del Libro de Guadalajara se celebra desde 1987 (créalo usted o no, es siete años más joven que la Feria de Tijuana), pero ha sido en la última década y media cuando ha ido adquiriendo estas dimensiones bestiales. Comparada con la mayoría de las ferias librescas que se celebran en el país, la de Guadalajara es el equivalente a un megalodón nadando en la pecera de un acuario. Lo primero que un bibliófilo debe aprender en la FIL es a sacrificar. El deseo primario es tenerlo y abarcarlo todo. Poder desdoblarse en tres o cuatro entes para estar al mismo tiempo en varias presentaciones y tener una cartera todopoderosa y un espacio ilimitado en la maleta y en la casa para poder llevar cientos de libros. Lo primero que hiere es tener que descartar. Elijo una presentación o evento que en verdad vale la pena, pero a cambio se debo sacrificar cinco o seis. Compro unas dos decenas de libros que con trabajo hago caber en el equipaje, pero a cambio debo descartar unos cincuenta o sesenta. Hay vicios caros e irrenunciables como los libros de la editorial Zorro Rojo, alguna novedad sorprendente, un as bajo la manga, sin contar los infaltables regalos de colegas. Esta es la tercera vez que acudo a la FIL de Guadalajara y en esta ocasión lo hice como integrante del Encuentro Internacional de Cuentistas, un homenaje al arte del cuento emprendido por el físico cuéntico Ignacio Padilla que cumple ya diez años. A ese encuentro han sido invitados personajes como Sergio Pitol, Ricardo Piglia, Mempo Giardinelli, Juan Villoro, Irvine Welsh o Goran Petrovic. En esta ocasión, coordinados por Alberto Chimal, acudimos el israelí Shimon Adaf; los argentinos Valeria Correa y Eggardo Cozarinsky; el portugués Alonso Cruz; la brasileña Teolinda Gersao; el español Jordi Lara; la mexicana Elpidia García y yo. Aunque en el pasado han acudido algunos norteños como Herbert, Boone, Parra y la misma Elpidia (orgullosamente juarense) creo que en diez años soy el primer escritor de Tijuana que es seleccionado para el encuentro. Me queda por herencia el gusto de haber llevado por vez primera a Carolina y a Iker como compañeros de viaje, los mil y un abrazos con colegas, los libros de José Luis Peixoto, el concierto de Moonspell, la antología El caso Lowry, compilada por Martín Solares, donde participo junto con Patrick Deville, Villoro, Lumberas, Ortuño entre otros. Mil y un recuerdos. Valió la pena. Cuentistas somos y en la feria anduvimos.

Tuesday, November 27, 2018

El ágora y sus trincheras

Más de una vez he escrito en este espacio sobre la transformación de nuestro mundo en una descomunal plaza pública, un ágora digital cacofónico y enfebrecido en donde millones de personas vociferan sus opiniones a grito pelado. De acuerdo, en un mundo democrático todos tenemos en teoría el derecho a opinar. El problema es que en nuestro mórbido ágora de hoy la prioridad no es ya expresar un pensamiento, sino emitir sentencias tajantes y, sobre todo, descalificar al oponente. Creo que ese ha sido el secreto del éxito electoral de personajes como Trump, Bolsonaro o López Obrador. Los tres fueron capaces de mirar a los ojos a esos millones de ciudadanos enojados y decirles exactamente lo que quieren escuchar. El ciudadano enrabiado quiere a un líder bravucón que le diga que su país es controlado por gente muy mala que es culpable de todos los infortunios posibles y quiere asegurarse que esa gente mala sea castigada. Atacar, hostilizar e insultar a aquel que no piensa como nosotros parece haberse transformado en la esencia misma de nuestra plaza pública. Desnaturalizar al que piensa distinto, transformarlo en apestado y negarse a entender sus razones parece ser la única meta posible. Es como si el ágora estuviera fragmentado en trincheras de combate, un campo de batalla en donde no parece haber alternativa para dialogar y encontrar coincidencias o puntos de acuerdo. La consigna es desacreditar al otro, denostarlo, ridiculizarlo y mostrar su forma de pensar como una aberración antinatural, una herejía merecedora de hoguera. La moderación, el claro-oscuro o las mil y una tonalidades del gris que definen a todo ser humano son muy mal vistas en estos tiempos. O se es blanco o se es negro y se es hasta las últimas consecuencias y con vocación de sentenciar, anatemizar e imponer. Nunca como en 2018 había visto mi entorno tan polarizado, tan aferrado a la intolerancia. La crisis migratoria que vivimos en Tijuana es una clara muestra de ello. Tenemos lo mismo a neofascistas tijuanenses que desean quemar en leña verde a los migrantes centroamericanos, pero también tenemos una horda chaira que se tira a los pies de los recién llegados para acto seguido concentrar todas sus energías en insultar a quienes los rechazan, lo cual parece ser más importante. La guerra entre bandos se recrudece pero mientras tanto nadie mueve un dedo en el terreno práctico. Las autoridades evaden responsabilidades, miran para otro lado y mientras tanto Tijuana bordea el abismo de una hecatombe y un conflicto binacional. Lo mismo sucede en otros tópicos donde la división en bandos irreconciliables parece haberse vuelto marca registrada. Chairos y fifís, morenazis crecidos y panáticos en bancarrota, inquisidores del lenguaje incluyente, mártires de lo políticamente correcto, un país en virtual guerra civil por un aeropuerto mientras al sur del continente los hinchas de Boca y River convierten a un partido de futbol en un asunto de seguridad nacional. A veces dan ganas de apagar las redes sociales, de aislarse de la torturante cacofonía, de vivir en lo alto de una montaña o en lo abrupto de un bosque, de dormir y despertar en el futuro mediano, cuando toda esta demencia sea tan solo un mal recuerdo, pero la canija realidad nos jala los pies y nos arroja al ruedo. Arrieros somos y entre la intolerancia andamos.

Friday, November 23, 2018

Miradas desde la Mitad del Mundo

Escribo esta columna mientras cae la tarde en Quito, Ecuador, inmerso en un ritual de niebla y montañas. Acompañado de mi esposa Carolina, he venido a esta ciudad invitado por la Feria del Libro y la Lectura y al cabo de cinco días, sólo puedo concluir que este país derrocha hospitalidad, calidez y una elevada dosis de embrujo. No sé por qué habíamos tardado tanto en visitar tan fascinante tierra. Gracias a la invitación del escritor colombiano, Guido Tamayo y del director de la Feria, Antonio Correa, tuve la oportunidad de participar en esta fiesta libresca y ahora lo que me llevo por herencia son las ganas de retornar muy pronto y pasar más tiempo en este país. También anduvo por estos rumbos mi amigo Joel Flores y juntos enarbolamos la bandera de la narrativa tijuanense que por vez primera se presenta en la Mitad del Mundo Ha sido grato conocer a tantos y tan entusiastas amantes de la lectura que compartieron con nosotros sus inquietudes y sus libros. Tanto la presentación de Joel como la mía, así como el par de mesas redondas que compartimos con narradores colombianos y ecuatorianos tuvieron una entusiasta participación por parte de los lectores. Por supuesto, me llevo la mochila atiborrada de literatura ecuatoriana, pues no exagero si digo que me han regalado más de 20 libros. Mención especial para Edgar Allan García, autor de una vastísima obra que incluye poesía, ensayo y decenas de libros para niños, o Alexis Cuzme, colega metalero que ha hecho una interesante fusión entre heavy y literatura. Grato conocer al cronista rasta de Guayaquil, Francisco Santa Ana o a Edwin Alcaraz, mi presentador, o a los entusiastas colegas de Kaviernícolas, un creativo club de amigos en donde hay narradores, dramaturgos, poetas y artistas visuales, hermanados todos por su genialidad y sentido del humor. La omnipresencia de las nubes, la densidad del abrazo andino, la profundidad del verde en cerros y barrancas, el amanecer ataviado con su mejor traje de niebla han sido el entorno de nuestros días ecuatorianos. El clima, eso sí, es impredecible. El sol de la mañana puede transformarse de un momento a otro en una tormenta de mil y un relámpagos y truenos que retumban en las montañas. El manto de tormenta se desliza sobre Quito, las cúpulas góticas de la Basílica acarician el cielo ennegrecido mientras los amuletos de ancestrales chamanes se hablan de tú con lo sagrado en el museo del Alabado. Abrazamos mundos paralelos en nuestras correrías ecuatorianas, mientras la tardecita andina nos narra sus secretos. Subo al cerro del Panecillo ¿Es acaso una virgen o un ángel exterminador la guardiana de esta ciudad de repentinas tormentas? Sinfonía de truenos, manto de rayos. El cielo ecuatoriano tiene un cofre de sorpresas donde cualquier embrujo es posible. Desde una altura de 4 mil 200 metros, en las cumbres del volcán Pichincha, contemplamos Quito diluirse fantasmal entre la niebla. Comemos Locro, Menestras, plátanos machos. Llegamos al punto de latitud 00,00, 00 desde donde damos pasos indistintos al Sur y al Norte. Qué fascinante nos parece el mundo contemplado desde su exacta mitad.

Thursday, November 22, 2018

De migrantes, gratitudes y guajolotes

Había una vez unos migrantes pobres y hostilizados que huyeron de su país y se hicieron a la mar con rumbo desconocido en busca de una suerte de tierra prometida en donde poder prosperar. Un helado día de otoño llegaron a una rocosa costa en Massachusetts en donde encontraron pavos salvajes y algunos nativos que los miraban con curiosidad. Esa noche los migrantes pobres comieron guajolote con los indígenas y agradecieron a su puritano dios por haberles dejado llegar con bien a ese terruño. La acción de gracias se prolonga hasta nuestros días. Lo demás es historia. En los tres siglos siguientes la tierra prometida fue poblada por millones y millones de migrantes: ingleses, irlandeses, escoceses, holandeses, alemanes, chinos y muchísimos mexicanos que ya vivían ahí antes de que el Tratado de Guadalupe-Hidalgo trazara con sangre la cicatriz del Río Bravo en 1848. Esta noche los habitantes de esa tierra prometida comerán su guajolote y darán gracias al cielo por los dones recibidos en tan próspero país. También comerán los miles de soldados de la Guardia Nacional y agentes de la Patrulla Fronteriza que hoy resguardan la frontera para que otra horda de migrantes pobres y hostilizados no entre por la fuerza a su tierra prometida. Lo sentimos mucho, pero no hay guajolotito para todos. Cuestión de timing. Los hondureños llegaron tarde a la fiesta. Ya no hay nativos con cara de incredulidad ni pavos salvajes listos para ser comidos, sino un muro y un chingo de tanquetas preparados para darles una bienvenida de mil amores. Cuando firmamos nuestra Acta de Independencia de 1821, Honduras Y Guatemala eran parte de México. También lo eran Texas, California, Arizona, Nevada y Nuevo México. Pudimos ser el imperio más grande y poderoso de América pero también pudimos ceder a la tentación secesionista y fragmentarnos en un montón de republiquitas miserables como le pasó a Centroamérica. La historia de lo que pudo haber sido es tan seductora como escalofriante. A veces me pregunto cuánto tiempo perdurará el estado nacional como la figura jurídica determinante de la geopolítica mundial. Tal vez cuando el planeta se divida en mortales y amortales, en homo sapiens y cyborgs (Yuval Noah Harari dixit) la división por nacionalidades dejará de importar demasiado. Entonces habrá otro sistema de castas (acaso más tajante, cruel y radical) para dividir a la humanidad. Por ahora lo que nos divide es nuestro pasaporte, como una suerte de marca de la bestia. No será eterno, pero por ahora es lo que hay. Este conflicto migratorio-diplomático llega en el peor momento posible. Odio el espíritu de esta época, este mórbido zeitgeist que ha derivado en una conferencia de sordos, un monólogo de intolerantes. Trump se regocija, pues las hordas del caos legitiman su discurso de odio y le abren el caminito a la reelección hacia donde marcha en caballo de hacienda. Las autoridades de Baja California hacen lo que mejor se les da: esconder la cabeza como avestruces, fingir que no pasa nada, rezar para que las cosas se resuelvan solas, eructar la peor estupidez posible, gobernar con las patas. Nuestros parodiables nazis tijuanos hacen su ridícula pasarela sin mirarse la puerca cola, mientras los chairos y los políticamente correctos se regodean en su perorata hipócrita y en su pose de mártires, esperando a que su retrógrada tlatoani tabasqueño convoque nuevas consultas (bastaría con que cada chairo hocicón invite a un centroamericano a dormir a su casa para que se solucione el problema). Mientras tanto las armas ya están cargadas y las garitas a un suspiro o a un twit de cerrarse. Así encontré Tijuana a nuestro regreso de Ecuador en este sagrado jueves de gratitud. En fin, vamos sazonando el guajolote. Es tiempo de dar gracias.