Eterno Retorno

Sunday, March 24, 2019

El paraíso lowryano-

Malcolm Lowry concibió la idea de emular a Dante y escribir una monumental obra dividida en infierno, purgatorio y paraíso. El infierno fue (obvia decir) Bajo el volcán y fue el único que vio la luz de manera íntegra. Paradójicamente el purgatorio ardió en llamas cuando se incendió su cabaña en la Columbia británica el 7 de junio de 1944. Su esposa Margerie logró salvar de la quemazón el manuscrito del Volcán, pero el borrador de En lastre hacia el mar blanco, su novela purgatorio, fue consumido por las llamas. Malcolm nunca superó la pérdida. Muchos años después de la muerte de Lowry, su primera esposa, Jan Gabrial, entregó a la imprenta un primer e inconcluso borrador del mar blanco conservado en Nueva York, pero es apenas un esbozo de la obra quemada. La novela paradisiaca nunca fue escrita ¿Habría sido México el escenario o acaso Oaxaca y Cuernavaca solo eran posibles como recintos infernales?

Saturday, March 23, 2019

El Quijote criollo o el Buscón virreinal-

Es sabido que tanto Miguel de Cervantes como Francisco de Quevedo (cada uno en su momento) desearon embarcarse a América e incluso solicitaron licencia a la Corona, misma que en ambos casos fue negada (en los siglos XVI y XVII se requería una autorización real para embarcarse a las Indias). Por pura ley de probabilidad, si Cervantes o Quevedo hubieran vivido en la Nueva España se habrían inspirado para escribir una obra con temática americana. Tal vez un entremés, alguna novelita picaresca o (por qué no) una obra mayor. El 7 de febrero de 1582, Cervantes - recién liberado de su cautiverio en Argel- escribió al Consejo de las Indias (concretamente a Antonio de Eraso) una carta en donde le solicitaba licencia para embarcarse al nuevo mundo. La solicitud fue denegada. Volvió a intentarlo en 1590 y nuevamente encontró una negativa. Las grandes deudas que arrastraba fueron el impedimento para viajar. En cualquier caso, ambas solicitudes fueron hechas mucho antes de 1605, fecha en que se publicó la primera parte del Quijote. De haber recibido el permiso para ir a América, el Quijote no habría sido escrito en la cárcel de Sevilla. ¿Sería posible imaginar un Quijote novohispano? Alonso Quijano pudo ser un criollo que cabalgara con su rocinante al pie de los volcanes y se indignara ante las injusticias de la sociedad virreinal y el Buscón don Pablos de Quevedo habría sido un pícaro en las calles de la Ciudad de México. Tal vez la primera gran novela mexicana pudo anticiparse por dos siglos de Fernández de Lizardi y su Periquillo.

Wednesday, March 20, 2019

La carretera de los prófugos estaba ahí, marcada con su nombre después de la caseta (¿o era acaso una garita?) Sobre aviso no hay engaño: ahí podía leerse profuge y si tomabas esa autopista sabías a qué atenerte. Las patrullas estaban listas para perseguirte, pero acaso esa ruta de escape era una suerte de ley fuga, un rayito de esperanza para el buen criminal en aquel país oriental. Cuando comenzaba yo a acelerar, decidido ya a jugarme el todo por el todo y descararme como un prófugo, algo me hacía pensar en estar cometiendo un suicidio y optaba por meter reversa, aunque no sin jurarme a mí mismo que antes me dejaría matar que volver a pisar una cárcel (al parecer ya había estado encerrado en una milimétrica celda en aquel terruño asiático y fue una experiencia claustrofóbica). Así, decidido a huir o morir, pero sin querer auto etiquetarme como un prófugo, metí reversa y di vuelta en U. Aún no sé por cuál autopista infernal estoy circulando ahora mismo. El límite entre dos entidades federativas de una asiática nación a la que llamé Malasia solo por llamarla de una forma, los contrastes entre la aplicación del reglamento y la tolerancia en cuanto a límites de velocidad. Las ciudades en cuestión, a las que llamaremos Peng y Peong, rivalizaban en materia de ingeniería vial. La única certidumbre es que pasando el tope fronterizo todos disminuíamos la carrera y nos íbamos a pasito hacia el extraño hotel balneario de madera que nos recibiría justo en la duermevela de los Idus de Marzo. ¿En qué parte de ese alojamiento se oculta el cuchillo afilado listo para matarme? ¿O acaso el asesino soy yo?

Tuesday, March 19, 2019

La Vía Rápida es un torrente de mierda y lodo, un caudaloso río de pestilencia tomado por trascabos que en mangas cortas de camisa contemplo desde la Buena Vista, resignado a que no me será dado volver andando hasta Playas y he de resignarme a aparecer por la redacción con esta cara de amanecido y con la ropa salpicada de lodo, sabiente ya de lo endeble de la nota que acabo de publicar, con apenas una fuente y una versión débil y subjetiva sobre el despoblamiento de los partidos. Por ahora tengo mil dudas y alguna certidumbre sobre el merdoso torrente como autor intelectual del caos vial que desquicia a Tijuana. ¿Dónde he dormido la noche anterior? Me espera la mórbida densidad de una mañana en la redacción, la necesidad de cazar reacciones a mi notita chafa y ahora hay un moreno flaco que me aguarda en la planta baja de un edificio que no es ya el de la Rápida sino el de Washington, quien me busca por segunda vez con fines facinerosos y me aguarda del lado poco convencional del elevador, aquel al que llaman Rosarito y una supervisora me acompaña para tenderle una celada. Lo demás será la filtración de una carta de finiquito que nos entregarán por la tarde o en la noche y hay una premonitoria KJ en la firma, y alavarito filtrador y espía y acaso (aunque esto al parecer es totalmente aparte) un inocente-culpable y mórbido y espontáneo toque incestuoso que alcanzo a atajar con templanza. Tampoco vale omitir la sombra del mastodonte mirándome desde la pared y la densidad de la rica modorra que en este amanecer me sepulta.

Saturday, March 16, 2019

Esto es un mórbido Déjà vu, la siniestra sonrisa del eterno retorno brillando bajo el sol de San Luis Río Colorado, Sonora. El 15 de julio de 1997, cuando un sicario acribilló a Benjamín Flores en la puerta de la redacción de La Prensa, yo tenía apenas unos meses de haber debutado como reportero en El Norte y en aquel entonces el asesinato de un periodista aún era noticia nacional e indignaba a un país. Hoy, en la noche de los Idus de marzo, un asesino llamó a la puerta de la casa del colega Santiago Barroso. Los vecinos escucharon al menos diez detonaciones. Santiago expiró al llegar al hospital. En los casi 22 años transcurridos entre estos dos asesinatos cometidos en tierra sanluisina, podemos narrar las historias de al menos 130 periodistas mexicanos que han corrido la misma suerte. Acaso la diferencia estribe en que hoy la muerte de un comunicador ya no sorprende ni indigna. De una forma u otra se ha transformado en el ritual de lo habitual. A Santiago lo mataron hace unas horas y la única certidumbre es que no pasará nada. La ejecución llega a domicilio en el momento en que alguien decide que tu trabajo molesta e incomoda. Tan sencillo como eso. Leo la dedicatoria que Javier Valdez Cárdenas escribió en la primera página de su libro Narcoperiodismo: “A los periodistas mexicanos valientes y dignos, exiliados, escondidos, desparecidos, asesinados, golpeados, atemorizados y pariendo historias, a pesar de la censura y los cañones oscuros.” Un año después de la publicación de ese libro, los cañones oscuros acabaron con la vida de Javier en el centro de Culiacán. En su libro yacía su propio epitafio. Santiago murió hace unas horas. Dentro de un rato, cuando amanezca, tocará a las autoridades cumplir su parte en el ritual. De la misma forma que el sicario acribilló con su arma automática, ellos acribillarán con su perorata y su “estamos investigando, no habrá impunidad, no se puede descartar el móvil personal o pasional en este homicidio, el crimen puede no tener nada que ver con el oficio periodístico, pudo tratarse de un asalto” y el olvido llegará puntual dentro de unos días y la vida seguirá, tan absurda y sinsentido, en este oficio paria cuyo horizonte es el desbarrancadero.

Thursday, March 14, 2019

Nonaka enfoca Tijuana de sur a norte. Cuando finalmente llega a su cuarto oscuro y revela el negativo su propia foto tiene la capacidad de sorprenderlo. Ahí está por vez primera la anatomía completa de esa tierra prometida eternamente calumniada. La foto es larga y se extiende horizontalmente. Su punto de fuga es la línea fronteriza y entre la colina y la garita se despliegan casas y corrales. Aunque la ciudad crece a un ritmo aceleradísimo, en 1924 no supera aún los 5 mil habitantes. Lo sorprendente es la amplitud del espacio que hay entre una casa y otra, las grandes extensiones de tierra seca que se interponen entre las escasas construcciones. Más que una ciudad parece un conjunto de granjas desperdigadas entre una cartografía vial de ángulos rectos, cuadrados y rectángulos por donde se entrometen las diagonales de algunos estrechos callejones. Desde la lejanía se distingue la escuela Miguel F. Martínez entre las calles Cuarta y Quinta en donde estudian los pequeños Nonaka-García y en realidad todos los niños tijuanenses de aquel entonces, pues es la única institución educativa que existe en el poblado. En el extremo derecho de la fotografía aparece el antiguo hipódromo, bañado e inundado a perpetuidad por las crecidas del río y un poco más cerca la vieja placita de toros de la calle Sexta de tan efímera existencia. Al final se observa el lecho del Río Tijuana y en la línea del horizonte las casas de San Ysidro, California. En la parte inferior derecha alcanza a distinguirse una carreta pero en el lado opuesto circula un automóvil. La escena debe haber sido recurrente. Sobre esas veredas circulan hatos de burros y elegantes Ford u Oldsmobile último modelo manejados por los ricos turistas que llegan desde Los Ángeles y más allá. El poeta Gabriel Ledón Flores imaginará además la rompedora e improbable existencia de un dron atravesando el espacio en esa mítica fotografía, mismo que habría sido fabricado por el enigmático inventor George de Bothezat, quien fue contratado por el ejército estadounidense para crear el primer helicóptero de su historia, un cuadrirrotor que fue un monumental fracaso. Despedido y desprestigiado, Bothezat viene a parar a Tijuana en 1924 y se encuentra en la ciudad probando sus inventos fallidos el día en que Nonaka toma esa fotografía.

Sunday, March 10, 2019

Leo en algunas notas que los becarios del Fonca chillan, vociferan, sacan las uñas. Lo entiendo: para cualquier lactante debe ser traumático que lo desteten. “¡Los becarios de esta generación hemos sido los más maltratados!!!”. Ay mis chilpayates, no me vengan con eso. A mí ni siquiera hay quien se pueda dar el lujo de maltratarme, porque nunca en toda mi vida he sido becario y ya me hice a la idea de que nunca lo voy a ser. “¿Qué va a pasar con nosotros? No conocemos a nuestros tutores”. Snif, me van a hacer llorar. Por favor mis niños, yo nunca he conocido a un tutor ni nada remotamente parecido. ¿Quién carajos me ha tutelado a mí? ¿Cuándo he tenido un padrinito, un coach o alguna ridiculez semejante? Cada uno de mis doce libros publicados los he escrito solo y mi alma, sin un centavo de apoyo de ninguna institución cultural. Mi única beca es la confianza de mi esposa Carol. He construido este camino tirando de una yunta en tierra seca y sacándole sangre a las piedras. De mis doce libros, nueve se ganaron su lugar gracias a que fueron ganadores o finalistas de un premio. Sí, ya sé que los premios son muy relativos, una aleatoria e injusta ruleta rusa, pero en cualquier caso es más democrático subirte al ring con seudónimo y poner libro contra libro. Así, echándole chingazos, ganando premios y con el apoyo de mi familia llevo siete años dedicado de lleno a la escritura. Al principio ni siquiera me atrevía a solicitar becas. En los recuadros iniciales te pedían que anotaras tus premios internacionales y como yo todavía no tenía ninguno, pues me abstenía. Cuando gané mi primer premio internacional pensé que ahora sí podría calificar, pero me dieron una sopa de agua y ajo. Tarde comprendí que lo de los premios internacionales no importa un carajo. Que hay muchos que jamás han ganado uno y están becados. Vaya, hay quienes lo máximo que han ganado es un premiecito regional y tienen dos o a lo mucho tres libros y son flamantes miembros del SNCA. Tengo colegas a los que en verdad aprecio y cuyo trabajo admiro que son becarios y con el apoyo recibido han creado libros que valen la pena ser leídos. Mis respetos para ellos. Por desgracia también conozco a un montón de zánganos. También conozco a muy buenos pintores, fotógrafos y músicos que se dedican de tiempo completo a su labor, que trascienden internacionalmente y que nunca han tenido una beca. Yo no espero nada de este ni de ningún gobierno. Lo más que puedo pedirles es que sigan convocando a premios, que sean imparciales y que dejen trabajar. En el último año he ido cinco veces a Sudamérica y ni una sola a la CDMX (hace dos años que ni me paro ahí) Créanme: se puede ser escritor viviendo sin beca en la esquina norte. En fin, si les sirve, aquí les comparto esta propuesta: http://www.infobaja.info/una-pizca-transparencia-sector-cultural/?fbclid=IwAR35bgiB-j-gspELAhEhOTGpMqAnsOAU1VGzX71IbPugvedQR2wboWiQQP0