Eterno Retorno

Thursday, September 21, 2017

El primer libro no eclesiástico publicado en México trata sobre un terremoto. ¿Sabe usted cuál fue este fundacional texto no sacro salido de la imprenta de Juan Pablos en 1541? Se llamó “Relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en la ciudad de Guatemala”. Antes que cualquier poema, novela o relato épico de la conquista, circuló en la Nueva España esa crónica de la destrucción. Eso sí, el primer gran temblor que inspiró una obra mayor y también los primeros estudios de sismología moderna fue el de Lisboa en 1755, que casi alcanzó los nueve grados y destruyó por completo la capital portuguesa. Hasta el mismísimo Kant formuló teorías sobre el mismo. Entonces como ahora había un montón de mojigatos y oscurantistas que atribuyeron el movimiento telúrico a un castigo divino, pero por fortuna existía el gran Voltaire, que en su Poema sobre el desastre de Lisboa y en el mismo Cándido, se encargó de ridiculizar la idea. Tiempo después, Theodor Adorno diría que el de Lisboa fue un terremoto tan contundente, que tuvo la fuerza para barrer de la mente de Voltaire todo vestigio de la teodicea de Leibniz. Heinrich von Kleist, el suicida romántico por excelencia, escribió en 1807 Terremoto en Chile, relato de ficción sobre un sismo que sacudió al colonial Santiago en 1647, antecedente directo del extraordinario 8.8 El miedo en el espejo, de Juan Villoro, una crónica ensayística sobre el terremoto chileno de 2010. La bibliografía histórica sobre temblores es vasta. Aquí tenemos el clásico Nada, nadie, las voces del temblor de Poniatowska o el No sin nosotros: los días del terremoto de Carlos Monsiváis o el poema Miro la tierra del gran José Emilio Pacheco. Crónicas del 85 hay muchísimas y muy buenas. La crónica incluida en El último mundo de Laura Emilia Pacheco tampoco tiene desperdicio. Yo ahora he estado releyendo Después del terremoto del popular Haruki Murakami, donde incluye seis historias de ficción sobre el terremoto de Kobe en 1995 y recordé El suelo bajo sus pies de Salman Rushdie, que comienza con un ficticio terremoto que destruye Guadalajara y sorprende a la cantante Vina Apsara en una hacienda tequilera. Los temblores inspiran y dejan huella literaria. ¿Quién narrará este nuevo 19 de septiembre? ¿A quién inspirarán las bromas siniestras del Eterno Retorno?

Wednesday, September 20, 2017

Ayer por la mañana, luego de seguir la sesión plenaria de la Asamblea General de las Naciones Unidas y escuchar a Trump hablar de arrasar por completo a Corea del Norte, tuve la sensación de estar siendo acribillado por una galería del horror, una catarata de imágenes y palabras que espetan con desparpajo el lado más infernal de la condición humana. En mi mente desfilaba el rostro de Mara Castilla, la foto de los adolescentes masacrados en Guerrero, la cabeza cercenada que fue arrojada a las puertas de un kínder aquí en Rosarito. Con un ánimo particularmente oscuro empecé a escribir mi columna semanal a la que titulé Cuando la pantalla escupe Apocalipsis. La envié a las 10:49 de la mañana, hora de Tijuana. Los niños de la escuela Enrique Rebsamen aún reían. Faltaban 25 minutos para que la tierra temblara. Después los posts de angustia y confusión, las primeras imágenes de edificios caídos y antes del mediodía la conciencia real del horror. Lo que más me hiere es la historia de los niños. Toda muerte lacera, pero no hay dolor que se compare al de saber que tu pequeño hijo, al que dejaste en el kínder como todas las mañanas, está entre los escombros de un edificio que de un momento a otro se desmoronó. Cualquier otra cosa es soportable. Eso no. Soy susceptible a la idea de un Eterno Retorno, la Historia como una espiral siniestra. El que haya sido en 19 de septiembre al final de un verano particularmente hostil y esta omnipresente sensación de dejá vu me hacen pensar demasiadas cosas. Y de pronto, en la tierra que se emborracha de muerte y averno, surge lo más noble de nuestro espíritu. Miles de mexicanos levantando ladrillos para sacar al prójimo sepultado, la fuerza de un país que cierra el puño y planta cara al horror. El suelo bajo nuestros pies, los muros de nuestra vida y nuestras certidumbres que de un segundo a otro se resquebrajan y son polvo. Somos estructuras frágiles y efímeras pero a veces el estar reducidos a escombro nos hace fuertes. Esto va a ser un umbral, una frontera. Algo sucederá a partir de esta herida. Por ahora es tiempo de ayudar y solidarizarse desde esta lejana esquina y que nuestra Tijuana ponga sus barbas a remojar.

Saturday, September 16, 2017

“Podemos leer este libro como un relato de espías. Una historia de agentes secretos infiltrados en las entrañas de una república embrionaria, narrada (e imaginada) a través de sus exhaustivos informes”. Señoras y señores, con ustedes Cartógrafos de Nostromo. El onceavo cachorro de la familia por fin está en casa. Ahora sí ya armamos un equipo completo de futbol para la reta. Hace poco más de tres años, en la primavera del 2014, me puse a escribir un ensayo (más literario que historiográfico) sobre las vidas paralelas de Henry George Ward y Joel Robert Poinsett, primeros representantes de Gran Bretaña y Estados Unidos en México independiente. La idea original era un relato sobre el juego de espionaje entre el británico y el gringo en el país de Guadalupe Victoria, pero así como no queriendo la cosa otros extraños personajes se fueron infiltrando furtivamente en la historia mientras la escritura fluía libre y naturalita. Para mi gran sorpresa, Cartógrafos llegó a buen puerto y se ganó el Premio Malcolm Lowry, inaugurando la gran racha del sexteto. Fui a Cuernavaca a recibir el premio y al año siguiente, Elizabeth Delgado Nazario, del Fondo Editorial del Estado de Morelos, realizó un profesional y pulcro trabajo de corrección y edición que en verdad agradezco. El libro estaba listo para salir a navegar, pero entró en una suerte de región límbica, un triángulo editorial de las Bermudas. El tiempo pasó, en Cuernavaca hubo cambios y a mí me cayó un ciclón de libros que me mantuvo ocupado y en plan de pata de perro, hasta que un día me enteré por terceras personas y de manera no oficial que el libro había salido de la imprenta. El detalle fue que nadie se tomó la molestia de decirme, pero hoy no voy a hablar de eso. Me quedo con la gratitud. Anoche, mientras las luces artificiales iluminaban el cielo de Rosarito, llegamos a casa y aquí estaba Cartógrafos esperando en la puerta. El diseño e ilustración quedó a cargo de Joanna Slazak, la formación correspondió a Teresa Peyret y aunque su nombre no aparece en los créditos, yo quiero reconocer especialmente el trabajo de Elizabeth Delgado en la edición. El Día de la Independencia siempre ha estado lleno de sorpresas para mí y hoy no ha sido la excepción. La sensación es un poco extraña, pero la única certidumbre es que hoy se cierra un ciclo. Nostromo ha llegado a casa. La oncena ya está completa.

Monday, September 11, 2017

Por herencia tengo una piedra, que sólo yo sé proveniente de la Zona Cero. Es una cuestión de fe, pues es sólo una roca, sin sello de subasta que la acredite como un pedazo de las torres derrumbadas. Guardo también una banderita regalada afuera del Yankee Stadium en una misa multitudinaria, una credencial que me acredita como rescatista sin serlo y algunas malas fotos impresas que aparecen y desaparecen a placer dentro del perpetuo caos de mi biblioteca. Sobrevive un diario de falsa piel vacuna donde liberé pensamientos al vuelo, junto a las notas que publiqué en Frontera a lo largo de más de tres semanas y algunos recuerdos difusos, rayanos en la ficción. Aún no ponía en marcha mi blog y por su ausencia brillaban Facebook, Twitter y compañía. Permanece por siempre en mis oídos el God Hate Us All de Slayer, mi apocalíptico sountrack, omnipresente en mis audífonos mientras escribía mis notas en un pequeño cuarto en el Herald Square Hotel. Con relativa frecuencia me preguntan cuál ha sido la experiencia más extrema e intensa vivida en mis años de reportero. Mi respuesta es que las calles de Tijuana siempre han sido un cuerno de la abundancia cuando de narrar historias se trata, pero acaso por su trascendencia, dimensión e impacto para la humanidad, mi catarsis periodística haya sido caminar sobre los restos de las Torres Gemelas en septiembre de 2001. El detalle es que la posteridad, los recuerdos y ese canijo duende al que algunos llaman inspiración narrativa, suelen ser caprichosos e impredecibles a la hora de transformarse en relato. A diferencia del personaje de mi cuento, yo sí llegué a mi cita con la Historia. La hija de la chingada pasó frente a mí a bordo de dos aviones y yo me fui a corretearla allá por los rumbos del Hudson. Sí, acudí a mi cita, pero el 11 de septiembre sigue siendo una deuda pendiente en mi vida. Mi mayor deuda sin duda. Algo de lo que he hablado y escrito muy poco. Extraño, pues otras experiencias reporteriles menos trascendentes sí las he transformado en relato. Me queda la historia de lo que pude haber escrito y no escribí y lo que acaso algún día escriba, aunque tampoco estoy tan seguro.

Sunday, September 10, 2017

En involuntaria sintonía con las apocalípticas caricias de tanto ciclón caribeño con nombre de mujer, terminé hace unos días de leer Temporada de huracanes de Fernanda Melchor. No exagero si les digo que la sensación fue casi idéntica a la primera vez que escuché el Reign in Blood de Slayer o el Vulgar Display of Power de Pantera o (para hablar el mismo idioma) cuando leí Dios en la Tierra o El luto humano de Revueltas. Así, sin adornos literarios se los digo: esta novela es un soberano chingazo, duro y sin piedad. De verdad, no es común encontrar un libro tan potente y tan crudo, capaz de mantener semejante tono y semejante ritmo. Si alguien cree que la generación ochentera es frívola y banal, Temporada de huracanes le va a callar el hocico de una patada. Sentí lo mismo que en un concierto de Slayer en 4&B cuando el encore fue tocar completito el Reign in Blood, sin pausas, sin cortes, sin descanso, sin concesión, sin respiro. Un Blitzkrieg de trancazos prosísticos, un nocaut absoluto. Así es el libro de Fernanda. Es morbidez en bruto, sin adorno ni matiz. Es el México profundo descarnado. Más allá de la trama, aquí lo rompedor es la atmósfera de miseria y deprave, de violencia y podredumbre ontológica. La historia ocurre en la costa petrolera del Golfo, pero igual podría ocurrir en la sierra o en el desierto. La entraña podrida es la condición humana, las pulsiones oscuras y las absurdas ilusiones siempre rotas. No todos los días se beben tragos narrativos capaces de hacerte escupir fuego.

Friday, September 08, 2017

Talk with the Dead. Hablar con Maiz entre viejos libros de pasta dura yacientes en una feria de viejo en la Macro, perder mi chaleco entre papelajos, observar una larga marcha hacia la frontera tamaulipeca, solitario entrenamiento en solitaria cancha de futbol rápido por una lona cubierta. Vodka con quedo, queso apestoso a patas flotando como si tal cosa dentro del vaso de Absolut. Amadís, pinches cosas del Amadís en un libro gordo y de pasta dura. Y clafro, Aimaro de Barnabó. El de Amadís era un libro blanco y el de Aimaro era un cierre de ojo a Italo Calvino, un seudónimo italiano de noble estirpe y Fernando (if you talk toi the Dead) lloraba y no….no me hablaba de un idílico camino celestial. xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx Hablemos pues de los lentes rotos. Los escuchaste crujir bajo tu cabeza cuando los usaste como almohada. Hablemos por favor de esa pordiosera e irrenunciable intemperie, del almohadón de libros u objetos duros, forradas ásperas sábanas. ¿Viajábamos o simplemente maldormíamos? Recordarías a Santibañe hablándote de su fallida incursión como Rob Halford de ocasión, su obvia imposibilidad de llegar a los agudos y las estrofas largas…y así la charla, como de linieras de la puerca noche suburbana, divinos teporochos de central camionera.

Thursday, September 07, 2017

La diosa maya del viaducto reina en su Infonavit, la lejana plaza en el oriente de la ciudad, un lento camión que no llega nunca, la sensación de yacer en irremediable forastería en un oasis de mal concreto en el extrarradio, - camión o metro da lo mismo- el cielo del Altiplano y los corredores que bajan la cabeza en el asiento trasero del carro, la liberadora catarsis de un moshpit sin intenciones asesinas…continuamos. xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx