Eterno Retorno

Tuesday, March 28, 2017

Hablemos de ese viento de cambio tan de primavera revolucionaria. Hablemos de la bandera argelina sustituyendo a la de estado islámico. Hablemos de la blanca ropa de manta y lino, de los huaraches y la guerrillera de pantalón turco y sugerida trenza. Hablemos de la euforia: han triunfado nuestros laicos ideales, hemos escupido sobre superchería e infamia. Bajo la bandera de Argelia hay ahora escuelas públicas y yo, camino al cruce de Lomas del Valle y Vasconcelos en una tarde pre navideña, pensando en la redacción de mi post virulento e iconoclasta, elogiando el triunfo de la diosa razón y el liberador deicidio. Todos los dioses son malos, hemos herido de muerte al oscurantismo y algo me dirá Coneja en torno a la blanquísima ropa, un tanto pretenciosa e impráctica. PD- De la perogrullada del amanecer ya no sobrevivió vestigio.

Saturday, March 25, 2017

“Al amparo de las sombras acababa de entrar en su casa, y es posible que algo lo mordiera por dentro. Nunca lo sabremos del todo. Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba y en la tumba de Nicolás Carranza ya está reseca la tierra”, escribe Rodolfo Walsh en el primer párrafo de Operación Masacre. También es posible que algo mordiera por dentro al mismo Rodolfo la mañana del 25 de marzo de 1977, hace exactamente 40 años, cuando salió con su esposa Lilia de su casa en San Vicente y fue herido y secuestrado por los gorilas de la dictadura a quienes acababa de enviar una carta en el primer aniversario del golpe militar. Su cadáver jamás apareció. Hay quien ha llamado a Walsh el anti-Borges, o acaso el mejor personaje de ficción de la literatura argentina. Lo cierto es que una década antes de A sangre fría de Capote y cuando la crítica aún no cacareaba los nombres de Wolfe, Thompson, Mailer y otros pavos sagrados de las redacciones gringas, Walsh inauguró con Operación Masacre el nuevo periodismo latinoamericano narrando los fusilamientos ejecutados en la infausta madrugada del 9 de junio de 1956. Y hoy que se cumplen cuatro décadas de su desaparición, al gremio periodístico le queda por herencia la rabia y el dolor por Miroslava Breach, corresponsal de La Jornada en Chihuahua, acribillada frente a su hijo cuando lo llevaba a la escuela. La sangre de Mirsolava salpica una tierra donde la inmolación de un reportero ha dejado de ser noticia. Hace una semana fue Ricardo Monlui en Veracruz y hace un mes Cecilio Pineda en Guerrero. El gobernador Corral dice que el crimen de Miroslava no quedará impune. ¿Debemos creerle? En década y media suman ya 103 periodistas asesinados en México y sólo en tres de estos casos ha habido una sentencia penal. Los únicos países que actualmente suman cifras semejantes en número de reporteros muertos en cumplimiento de su labor son Siria y Afganistán. Estos dos países han estado inmersos en sangrientos y desgastantes conflictos bélicos y los colegas asesinados eran en su mayoría corresponsales de guerra. ¿Y en México? No, cómo creen, en este país reina la santa paz, ya nos mandaron decir de Los Pinos. Casos aislados dirán. Conflictos relacionados la vida personal de los reporteros, casi siempre casquivana y disoluta y nada relacionado con el ejercicio de su profesión. ¿Atentados contra la libertad de expresión? No, por favor. Nada que ver. Si ser reportero en México es segurísimo. Los que han muerto es que porque de una u otra forma se lo buscaron por pisar terrenos vedados y andar en malas compañías. Y mientras tanto nosotros, con dirían los Ratos de Porão, Contando os mortos.

Hace algunas semanas un compadre locochón y metalero le mostró a Zavala algunas danzas de la muerte, unas raras imágenes medievales donde se ve a reyes y príncipes en medio de un banquete o de un baile en donde siempre hay una parca oculta. Las danzas de la muerte, le dijo su amigo, se volvieron populares en los tiempos de la peste negra, cuando la omnipresencia de la guadaña se reveló con desparpajo a nobles y plebeyos. Zavala no quiere externarlo, pero en el momento en que la hélice empieza a girar tiene la certeza de que hay seis pasajeros en ese helicóptero. El quinto pasajero es la pobre excursionista, tan chula ella, a la que Zavala se imaginó dando primeros auxilios y el sexto pasajero es la muerte misma, así, con manto y con su guadaña como en esas danzas macabras. Está ahí, elevándose hacia el cielo mexicalense mientras una sacudida hace temblar la aeronave y Zavala siente la irrupción de una nausea incontrolable que no alcanzará a transformarse en vómito.

Monday, March 20, 2017

El invierno se despedirá dentro de una semana pero en Mexicali el termómetro ha pasado la raya de los 30 grados al medio día de ese 13 de marzo mientras el McDonald Douglas color negro con 600 caballos de fuerza matriculado XC-PEP destella en el azul cielo del desierto cachanilla. Horas más tarde los expertos escupirán mil hubieras y teorías. Ante el desprendimiento del rotor de cola es preciso desacelerar completamente para estabilizar el helicóptero e intentar aterrizar. Un piloto experto habría sido capaz de hacerlo dirán desde la comodidad de sus pantallas. Del rotor ni siquiera alcanzarán a enterarse los rescatistas y acaso lo haya sabido solamente Noe cuando el helicóptero gira violentamente en dirección contraria a la hélice principal y los sacude como en una licuadora. Acaso alguno reviva la sensación infantil de un juego mecánico extractor de vómitos o el vértigo inducido de la montaña rusa y no faltarán místicos que hablen de la vida entera vista en cámara rápida en medio de la caída, cuando el impacto es inminente y la muerte está por arrojar el manto, pero los seis y medio segundos que transcurren entre choque y caída sólo hay tiempo para un grito, un chingada madre al unísono o alguna invocación a Dios antes de que metal, arena, carne humana y turbosina se fundan en un abrazo de fuego.

Friday, March 17, 2017

Imagina un desvanecimiento en el aire, desintegrarse y ser viento fresco sobre el desierto, un hada de vapor frío, una ráfaga de lluvia sobre esas rocas que parecen haber estado secas por toda la eternidad. El suelo bajo sus pies torna en plastilina, arena movediza, alfombra voladora, una superficie que de un momento a otro puede desparecer. La tierra y sus piernas son cuerpos gaseosos y la vereda una serpiente cada vez más angosta bifurcando en el vacío a donde cae la roca que Violeta pisa con su pie derecho. Roca que antecede a su cuerpo en la caída por el barranco. El abrazo del abismo es idéntico a algunas alucinaciones de duermevela tras una noche insomne y las neuronas borrachas de sol serán simples luces apagadas cuando la cabeza reviente como un melón sobre el lecho pedregoso y todo se desvanezca y se vuelva sustancia de desierto y abandono

Monday, March 13, 2017

En el cenicero de mis duermevelas yacen tormentas de rayo y trueno, un canapé mordido con tinta frágil en el centro y seguramente esos viajes con escala en distópicos aeropuertos y las estaciones de metro en línea recta con el Armagedón. El tejido neuronal es la arena empapada tras la ola, verde lama en los acantilados del limbo donde yace todo este marchitante sueñerío. Hubo un varano o lagarto monitor. Hubo (y esa es la mayor y fatal certidumbre) un cruce sobre un puente en tinieblas para atravesar el anal del Río Tijuana (¿anal o canal?.. subconscientes errores de dedo arrojan sepultados deseos a la estepa del papel blanco). Oscuridades y silencios que sólo en las más profundas horas de la duermevela pueden irrumpir con su pinta de espectrales teporochos. Recuerdo la redacción a la media noche, un aventón postergado hacia el oeste de la ciudad y el quehacerista sonorense en buen plan, pidiendo aguardar media hora mientras yo me preguntaba si aún existiría el gran Vallejo al volante de la Urban. Y hubo más, mucho más, como el entrevero de la noche anterior con alguna señora con no pocas dosis de petulancia y el blowing bubbles sonando en la esquina de un bajo barrio londinense y algún imaginario quehacer de final de Copa Sudamericana entre Liniers y Boedo para acabar en el Defensores del Chaco.

Yo al lector que más aprecio es precisamente al espontáneo, al que no está relacionado con el medio literario. A mí me sucede una cosa, no sé si también a los demás: dentro de la poquísima gente que me ha leído o que va a mis presentaciones, ubico lectores que son mayores o menores de edad que yo, pero nunca de mi generación. Los lectores a los que les dedico libros en una presentación suelen ser personas andan en los 50 o sesenta años o de plano morros veinteañeros, pero no de mi generación. Los setenteros que me leen son porque son del medio literario o son mis presentadores y no les queda de otra más que soportarme. Eso me lleva pensar que la generación setentera es la que menos lee. Yo no tengo lectores espontáneos de mi edad y los que están fuera o son ajenos al medio literario de plano no leen ni madre. Están muy ocupados en sus respectivas chambas. Al respecto, insisto, tengo más dudas que certezas. Por ejemplo, dos veces me ha tocado ser presentador de Benito Taibo en Tijuana y ambas han sido una locura. Cientos de catorceañeros que agarran carretera desde Mexicali o vienen desde Estados Unidos y luego lo ves a Benito cuatro horas firmando libros sin parar. Puros morritos de secundaria. O lo de George RR. Martin en la FIL, morros acampando desde la noche anterior. Vas a las ferias de libros y lo que ves son muchos morros. Ahora yo pregunto ¿alguna vez coincidimos miles de setenteros haciendo fila frente a un autor cuando éramos adolescentes? ¿Alguna vez acampamos para ver a un rockstar literario? ¿Quién es el autor emblema que marcó a nuestra generación? Porque los jóvenes de los sesenta se enamoraron de Rayuela y poco después del Gabo y los más cursis de Benedetti y Sabines, pero a nosotros el Boom e incluso la Onda ya nos llegó de bajada. No fue ya un rollo generacional y los post-onderos de finales de los 80 y principios de los 90 no trascendieron a ese nivel. Los millenials en cambio tuvieron su Harry Potter, sus vampiritos adolescentes, tienen su Game of Thrones (y me consta que leen el libro, no nada más la serie) y llegan a las librerías y tienen su enorme sección de literatura juvenil y tienen sus booktubers, muy posers y pretenciosos si tú quieres, pero ahí están. ¿Nosotros a quién tuvimos? ¿Cuál fue nuestro parámetro o nuestro hito generacional? ¿Tenemos los setenteros un escritor que nos represente como lectores? Vaya, de plano no sé si decir que Bolaño, que como fenómeno en cualquier caso llegó tarde y póstumo cuando los setenteros ya le andábamos pegando a los treinta, o Irvine Welsh. No sé. Con mis amigos pachecones de la prepa el autor que más nos rolábamos y comentábamos, ahora que lo recuerdo, era Carlos Castaneda. Fuera de eso cada quien andaba en su pedo y pepenaba de aquí y de allá.

Monday, March 06, 2017

Sólo al momento de ser elevado por el elevador de la torre Auriga sintió el paulatino retorno de la serenidad a su ritmo cardiaco. Contra esos ataques no hay mejor medicina que la contemplación de la ciudad desde la altura de su ventanal. El paraíso, la plenitud, lo inmaculado sólo pueden existir en las alturas, se dijo al mirar la noche sampetrina salpicada de neón. En las alturas no hay perros muertos ni infectos pordioseros moribundos. En el imaginario cristiano el hombre virtuoso asciende a los cielos y el malvado desciende a los infiernos. La liberación sólo es posible elevándose, pero sus pesadillas son pertinaces y ascienden junto con él en el ascensor, viajan en el helicóptero y brotan furtivas y traicioneras en la zona límbica de la madrugada. Ahora está despierto, coronado por el sudor frío y sin acertar a borrar las imágenes que irrumpen como infernales diapositivas: perro muerto, acróbata mutilado, manos pringosas, baba en su mejilla. La cama lo expulsa. Imposible permanecer bajo las sábanas cuando en su mente desfila el museo de los espantos. Descalzo camina por la habitación a oscuras hacia el gran ventanal panorámico de la sala. El único sosiego posible es certificar con la mirada los cientos metros que lo separan del pestilente suelo, pero ni siquiera la visión de la ciudad desde el piso 39 alcanza a consumar inmediatamente su exorcismo.

Thursday, March 02, 2017

Fue una tormenta de plomo, pero a estas alturas mi única certidumbre es que hubo mucho más de lo que recuerdo. Un principito estilo Sons of Anarchy repartía generosos balazos a granel, como si el parque fuera gratis. Sus rivales deben haber sido de plano timoratos. Cuando estaba acorralado lograba ocultarse (sugerencia de mi yo durmiente) en lo alto del rellano de una puerta donde pasaba horas o días haciendo equilibrio. Después saltaba una barda y escupía más ráfagas de fuego, un Rodolfo Fierro sin facilidades pero con idéntico instinto asesino. Hubo una suerte de ceremonia teatral que a punto estuvo de ser interrumpida y al final un avión de carga a punto de salir rumbo a Irak con toda la runfla a bordo. Lo peor es que hubo más, muchísimo más, pero los casquillos percutidos de Morfeo requieren un cable a tierra, un vestigio en la altamar de la mañana que me lleve de regreso a la densidad de sus arenas. Fue un conejo el causante de una fatal carambola de autos en la carretera Escénica, en la curva anterior al centro de convenciones, yendo de sur a norte. Aún recuerdo el brillo de las torretas, el ulular de las sirenas y esa caótica aglomeración de patrullas que indican catástrofe segura. Los socorristas me enseñaron al culpable, un conejo pardo y zancón al que una muchacha no quiso atropellar. Lo demás fue la sinfonía del fierro contra fierro caucho y pavimento. El conejo yacía en una canasta o camilla sobre la ambulancia ¿Estaba muerto o sólo conmocionado? No tenía sangre ni huella de haber sido impactado, pero acaso el susto y el remordimiento lo llevaron al infarto. En torno a los cadáveres humanos nada puedo agregar, pues no alcancé a verlos. Todo terminó al momento en que busqué mi celular para tomar la foto del conejo mientras en la mente iba construyendo la redacción de mi siguiente post que empezaría, cómo no, narrando la peripecia o la travesura del inoportuno lagomorfo.