Eterno Retorno

Saturday, June 06, 2020

No había rostros únicos e identificables de güeyes diabólicamente guapos e infernalmente seductores con sus oscuros ojos azulísimos y sus largas lenguas de íncubos devoradores de mil y un clítoris, ni frondosas greñas larguísimas y brazos ultra tatuados hasta en el último milímetro de carne. Solo máscaras y negras túnicas exterminadoras del último vestigio de personalidad. El nombre de la banda carecía de siniestras grandilocuencias y en su sencillez reafirmaba su misterio: Ghost. Así, simplemente. Fantasma. Rostros e identidades reservadas bajo un ritual vestuario que podría ocultar la identidad de cualquier pendejazo Godínez sometido a la dictadura del pantalón de vestir y la camisa con el ridículo bordado del logo de la empresa. Esos anónimos enmascarados que simulaban tocar guitarra, bajo y batería carecían de nombre propio. Se llamaban simplemente Ghoul 1, Ghoul 2, Ghoul 3, Ghoul 4. Detrás de esos disfraces podía habitar cualquiera, incluso entes apocados, aplastados, ninguneados e invisibilizados por la tiranía de un uniforme alienante pero que de un momento a otro obtenían su pasaporte al inframundo donde moraban los seres que escupían consignas a menudo incomprensibles a través de los audífonos. La conclusión era contundente: él era uno de ellos. No se llamaba José Luis, Juan Carlos o Jesús. Su nombre era Ghoul. El Ghoul número 5.

Friday, June 05, 2020

En todo lo que va del pandémico confinamiento solo he visto una serie completa en Netflix de apenas seis capítulos. Se llama The English Game y me ha gustado bastante. La serie trata sobre el periodo embrionario del futbol en Inglaterra en el Siglo XIX y recrea, con no pocas licencias ficcionales, la historia de los dos primeros jugadores que conquistaron cierta fama jugando este nuevo deporte: el aristócrata inglés Arthur Kinnaird, estrella del Old Etonians y el obrero escocés Fergus Suter, considerado el primer futbolista de la historia que ganó dinero por jugar. La serie también aborda otros tópicos como la vida en las fábricas en la era de la Revolución Industrial, las injusticias cometidas contra las obreras madres de familia y la doble moral victoriana. En cualquier caso, no deja de ser fascinante ver cómo un simple jueguito practicado en colegios aristocráticos británicos se acabaría convirtiendo en el lenguaje universal del planeta, el gran deporte de la humanidad. Cuando miras la pasión con que ya era disputada la FA Cup desde 1870, entiendes el significado y la trascendencia cultural y social de los clubes y sus aficiones en Inglaterra y Escocia. Equipos con más de siglo y medio de existencia y tradiciones encarnadas por generaciones. La gran paradoja, es que al final de la serie el mensaje es muy simple: el dinero, al menos inicialmente, acabó por democratizar al futbol. Si hubiera continuado como un juego de honorables caballeros, habría sido por siempre un pasatiempo de lords, pero al permitirse cobrar por jugar, se abrió una fuente de ingreso y una nueva aspiración de vida para la clase trabajadora. La prueba es que desde que Blackburn se convirtió en el primer equipo obrero en ganar la Copa, nunca un equipo aristocrático volvió a conquistarla. A los principitos del Eaton les ofendía profundamente que un peón de fábrica pudiera cobrar por jugar futbol, pero fue precisamente el profesionalismo lo que permitió que miles de hombres pobres dedicaran su vida a patear un balón. Claro, mucho faltaba entonces para la mafia de la FIFA y sus lavanderías, para las corruptelas de los jeques qataríes y para la irrupción en el negocio de basuras humanas como Ricardo Salinas (lo que le ha hecho a la afición de Morelia es asqueroso). El dinero democratizó al futbol pero el dinero acabó por corromperlo y desbarrancarlo. Yo de hecho, de no ser por los partidos de Tigres (a los que me une un sentimiento que va más allá de lo racional) ya no veo futbol mexicano, el non plus ultra de la corrupción y vileza. Con todo y pese a todo, sigue siendo el deporte más hermoso, fascinante, adictivo y poético inventando por la humanidad. Pd-Por cierto, hace ya muchos años escribí un cuento llamado "De puro becerro británico", una ficción sobre el primer balón profesional que rodó en México y el primer campeonato disputado entre Pachuca y Orizaba en 1902.

Wednesday, June 03, 2020

El Siglo XX fue “rico” en Apocalipsis diversos. No se llegó al final de la raza humana, pero sí a la completa devastación de culturas y formas de vida. Cuando creemos que la humanidad ha domado a sus ancestrales pesadillas, renacen de sus cenizas nuestros añejos jinetes apocalípticos y nosotros demostramos con nuestras reacciones ser no tan distintos al hombre medieval. Una enfermera que atiende a decenas de moribundos infectados de Covid-19 en el hospital de una ciudad estadounidense cuyas calles arden bajo el fuego de las protestas raciales, tiene motivos de sobra para sentirse dentro una maldita profecía. Tal vez como raza humana no hemos vivido algo tan contundente como el meteorito que acabó con los dinosaurios del periodo jurásico, pero lo cierto es que después de cada guerra o de cada epidemia, hay algo que se pierde para siempre aparte de las miles de vidas humanas y también algo nuevo nace.

Tuesday, June 02, 2020

Los ejemplares de El Bordo yacían bajo las llantas de los carros que seguían avanzando a paso de tortuga en medio de la cacofonía del claxon. Papeles pisados, rotos, ennegrecidos mientras yo ponía pies en polvorosa con el orgullo hecho cagada. Así nació el pinche Bordo, abriéndose camino a madrazos. Ya después Santiago Hill y sus abogados, con payola de por medio, se encargaron de aflojar al gremio de voceadores que entonces era todavía dirigido por la ya muy anciana Agustina Caporal, la madre de Pepe Nacho Tello. Por supuesto, hubo presiones. El dueño de El Patriota, Eligio Valenciano, era un charro sindical de anacrónica estirpe, sempiterno líder estatal de la CTM, quien ejercía toda la presión posible para que los voceadores solo vendieran su periódico y nada más, pero Agustina Caporal no vio con malos ojos que sus agremiados pudieran diversificar su oferta con un producto novedoso que sin duda les traería más ingresos, pues mordiéndose el codo de hierro, Santiago Hill accedió a dar al voceador dos pesos por cada ejemplar vendido, es decir, la tercera parte de su precio total. Al final, Agustina fue más cabrona que el charro sindical e impuso su voluntad. Los voceadores de Tijuana vendieron El Patriota y El Bordo. Ley de oferta, demanda y libre competencia. En el último año del Siglo XX vender un periódico todavía era negocio, pero la decadencia tenía prisa por llegar.

Monday, June 01, 2020

En los buenos relatos cada párrafo cuenta y trasciende. Acaso me atrevería a decir que a medida que un cuento es mejor, cada una de sus frases es casi insustituible. Sin embargo mentiría si les dijera que cada línea vale exactamente lo mismo. También entre los párrafos hay jerarquías. Grábense muy bien esto colegas: ustedes se juegan la vida en la apertura de su cuento. En torno a este tema no suelo caer en relativismos ni voy a salir con un “depende”. Si fracasas en tus primeros párrafos entonces tu cuento está condenado al naufragio. Punto. Aquí no hay ni para dónde hacerse. En el improbable caso de que logres enderezar el rumbo y consigas navegar el barco hacia buen puerto, el lector ya no tendrá tiempo de esperarte, al menos no si el lector es un juez o editor. Si lo que quieres es llenarle el ojo a un jurado o conquistar el favor de una editorial, tienes que partir plaza pisando muy fuerte. Te voy a dibujar un escenario realista basado en mi propia experiencia como dictaminador en concursos literarios: un juez recibe una pila de manuscritos en su casa. Debe leerlos todos y elegir sus favoritos (a menudo tres o cinco) para cotejarlos con los otros integrantes del jurado el día de la deliberación. La regla no escrita, es que el juez en cuestión tiene poco tiempo y claro, salvo casos atípicos, puedo apostarte doble contra sencillo a que su labor como dictaminador no es su único trabajo. Por regla general, la persona que va a valorar tu libro tiene otras tantas chambas atrasadas que consumen la mayor parte de su día y si bien nos va, el flamante señor juez se acuerda de los manuscritos solo en su tiempo libre, que es muy poco. Imagina su mesa de trabajo sepultada bajo cincuenta o cien engargolados. Dado que no es humanamente posible leer cien libros completos en 30 días, el señor juez apostará por la técnica del descarte e irá separando aquellos que de entrada le parezcan inocultablemente fallidos. Con el reloj encima e inundada en manuscritos, la persona que decide el futuro de tu libro suele desear que la mayoría de los trabajos revelen con desparpajo sus defectos desde la primera página para así poder irlos descartando rápidamente. Si en la página inicial el juez topa de frente con un bodrio de sintaxis y pifias ortográficas o de dedo, puedo jurarte que no llegará a la tercera cuartilla. Cuando los errores son burdos y se revelan desde el principio, no sientes curiosidad alguna por avanzar en tu lectura ni culpabilidad alguna por tirarla a la basura habiéndole dedicado menos de diez minutos. Mi experiencia dice que un texto con un inicio prometedor puede muchas veces derrumbarse, pero un texto con un inicio deficiente está condenado a no levantarse nunca. Vaya, jamás he visto que después de dos primeras páginas fallidas, el texto mágicamente compone el rumbo a la mitad y te arroja un final de antología. Nada de eso. Lo que es bodrio desde el principio queda como bodrio hasta el final. Si alguien puede darme un ejemplo que demuestre lo contrario, se lo voy a agradecer.

Saturday, May 30, 2020

No me malinterpreten: para mí vaticinar esto me repugna tanto como si les dijera que rayados va a ser campeón, pero la realidad es que hoy 30 de mayo de 2020 hago el pronóstico y aquí se los firmo: Donald Trump se va a reelegir sin ningún problema. Sí, es un tipo que me resulta cagante, odioso, pero hoy en la NASA dio el mejor discurso posible dadas las circunstancias; exactamente el discurso que tenía que dar, en el tono requerido para la ocasión. Hoy queda claro que se dejó asesorar muy bien y aprovechó de la mejor manera el marco perfecto y la mesa puesta de la NASA. En un catastrófico escenario de pandemia, con riots raciales en las principales ciudades, Trump supo aprovechar un hito histórico de la exploración espacial. Pudo haberse montado en la grandeza del día y centrar su discurso en los astronautas y la trascendencia de su exploración evadiendo los asuntos incómodos, pero en lugar de eso, abrió su discurso entrándole al toro por los cuernos y abordando el tema caliente y polémico, condenando duramente la muerte de George Floyd. Le dedicó largos minutos con una articulación de conceptos enérgica y coherente. Eso, y no otra cosa, es lo que debía de hacer en este momento y es justo lo que hizo. Evadir, minimizar, cantinflear o buscar culpables no sirve de un carajo. Puede que sus palabras sean más falsas que un billete de 4 dólares, pero las pronunció con el tono que la ocasión demandaba. Pudo haber brotado el clásico Trump berrinchudo, terco y grosero, pero hoy brotó un discurso enérgico, conciliador y esperanzador a un mismo tiempo. No le creo ni una palabra, pero sus millones de seguidores sí y le será más que suficiente para ganar en caballo de hacienda la prolongación de su mandato cuatro añitos más. Ni modo, tendremos que acostumbrarnos a seguirlo viendo. Resumen: vale la pena dejarse asesorar y sepultar las taras mentales, los orgullos y terquedades. El que quiera entender, que entienda.

Friday, May 29, 2020

Imaginen por un momento una gran imperio desahuciado que reloj en mano aguarda su hora fatal, como un condenado a muerte cuya ejecución tuviera fecha y hora marcadas. Así aguardó su final Constantinopla la madrugada del 29 de mayo de 1453, sin otra esperanza de vida que no fuera la de una intervención divina. Los ángeles no bajaron del ortodoxo cielo a salvarlo. El Imperio Bizantino pereció a manos de los turcos después de una larga y torturante agonía. La historia de la humanidad está infestada de batallas y carnicerías, pero son muy pocas las que han transformado para siempre el rumbo y la cartografía de la geopolítica mundial. La caída de Constantinopla torció la ruta de millones de seres humanos. Vaya, para no ir más lejos, el descubrimiento y conquista de América fue una consecuencia directa de la debacle bizantina y la historia de México sin duda hubiera tomado otro rumbo de haber sobrevivido este imperio que marcaba la frontera y el punto de equilibrio entre Oriente y Occidente. Sin la caída de Constantinopla es muy posible que no se hubiera escrito la historia de Colón ni la de Hernán Cortés y compañía. La conquista de América se hubiera producido de todas formas, pero sin duda se hubiera retrasado. A partir del martes 29 de mayo de 1453 la historia de Oriente y Occidente entró para siempre y sin posibilidad de retorno en una nueva era. No es exagerado afirmar que nuestro entorno geopolítico actual es una consecuencia directa de ese día. Por eso me apasiona esta efeméride. La devastadora artillería turca conformada con los primeros grandes cañones utilizados en la historia, se impuso al letal fuego griego, arma química medieval cuyo secreto de preparación murió con Constantinopla. Los turcos cargaron sus barcos por tierra para colocarlos en el impenetrable Cuerno de Oro. El Imperio Romano de Oriente estaba condenado. Hay una imagen que me parece fascinante, la máxima representación de la mística calma antes de la infernal tempestad, la auténtica sinfonía de la destrucción. Constantino y la plana mayor de la nobleza bizantina se reúnen en Santa Sofía la noche del 28 de mayo para celebrar el último servicio religioso cristiano en la historia del templo. La liturgia final de un imperio que se sabe irremediablemente desahuciado y que en silencio se entrega al éxtasis místico sabiendo que en unas horas se consumará el final de una cultura y de una era milenaria. Al día siguiente los turcos penetraron las murallas y todos los nobles, incluido el emperador Constantino, fueron inmolados dentro de la catedral. La media luna se impuso a la cruz. Cinco siglos y medio después Santa Sofía sigue fascinando a la humanidad, pero es una mezquita ubicada en el centro de una ciudad llamada Estambul, asiática y europea a la vez, cuyo puente de Gálata es el símbolo que une y divide a dos mundos que cinco siglos y medio después aún no parecen comprenderse.

El Monterrey de nuestra nostalgia es una ciudad que ya no existe. Todo se transformó, incluida la marginalidad “kolombiana”. Entre ráfagas de Déjà vu, Carol y yo vimos la película Ya no estoy aquí. Ulises y los demás personajes del filme son hijos de los “colombianos” con los que tantas veces nos cruzamos en los camiones y en el Río Santa Catarina y sin duda eran niños en la época en que recorríamos la ciudad. Sí, los cholombianos siempre estuvieron ahí, pero incluso ellos se sofisticaron en el nuevo milenio. Monterrey es una ciudad con esencia de Jekyll y Hyde, una Sultana bipolar que oculta bajo sus faldas lo que le avergüenza sin renunciar a volverlo trendy si los astros de la moda se le alinean. La cultura colombiana es tan profundamente regia como la redova o la polka (unos ritmos los importamos de Alemania y Polonia y otro de Valledupar, aunque su esencia regia es propia, única e inconfundible). A los Colombia los recuerdo desde mediados de los años ochenta durante mis incursiones ciclistas al Río Santa Catarina. En aquella época ya era clásico el copete decolorado, la matita larga de atrás y corta por delante, pantalones rabones apretadísimos (no flojos ni tumbados) tenis Converse preferentemente rojos, enorme grabadora al hombro y (sin duda la diferencia más significativa) camisetas metaleras. Tal vez al purista Ulises le parezca aberrante, pero en esos tiempos era clásico ver a los cholombians con playeras negras de Iron Maiden aunque también usaban mucho las del TRI. El loop de la cumbia rebajada vive en el disco duro neuronal de nuestro anecdotario regio. Si abordabas un camión Estanzuela o Sierra Ventana, había altas probabilidades de que en el asiento del fondo fuera algún colombiano con su grabadora. Si nos remontamos a antes del Gilberto, cuando en byka peinaba la Ciclopista, ahí estaban siempre los cholombians rondando por las canchas. Era la época del Tropical Panamá y de Celso Piña tocando en los salones de la Indepe (cuando los futuros Control Machete aún estaban lejos de saber quién era ese tal Celso). Ahí estaban los puesteros del Puente del Papa y la Colombia Chiquita. Siendo reportero de El Norte hice un reportaje sobre un grupo de colombianos de la Sierra Ventana, la mayoría expresidiarios, que habían montado un taller de artesanías. Me regalaron un cuadro muy locochón de unos pescados que mucho tiempo adornó la pared de mi cuarto. Recuerdo que fueron excesivamente cálidos. Inolvidable también el Nicho Colombia, compañero en la redacción de la calle Washington, quien escribía su columna cholombiana en Metro. En El Norte me tocó firmar la nota previa a la inauguración del túnel de la Loma Larga. Poco después me fui de la ciudad y todo cambió en aquellos cerros. No vivimos la guerra ni el horror de los Z. ¿Lo mejor de la película? Las imágenes panorámicas de los cerros, la omnipresencia del vallenato rebajado, lo creíble del lenguaje, la pura regia saudade.