Eterno Retorno

Wednesday, May 22, 2013

La absurda cartografía de Daxdalia

Amber Aravena me ha entregado hace unos días un viejo cuaderno escolar de pastas duras. Un cuaderno barato cuya portada es la foto de un paisaje de montañas y cabañas nevadas por donde camina un hombre vestido de rojo apoyado en unos palos de esquí. Bajo el plástico transparente que sirve de forro al cuaderno, se puede leer en una etiqueta rayada con plumón el nombre de su antiguo propietario y su grado escolar: Guillermo Daniel, Quinto de Primaria, Liceo Anglo Francés. El cuaderno, me explicó Amber, fue encontrado dentro de una vieja casa en Monterrey que hace unos años fue vendida e inmediatamente demolida para construir un hospital. Dicha casa había sido el hogar y la biblioteca de un filósofo. Cada una de sus paredes había estado tapizada por libros. La biblioteca, donde se contaban más de 30 mil títulos de filosofía, fue donada a la Universidad Autónoma de Nuevo León, alma mater del pensador. En el interior de la casa se encontraban aun demasiados objetos que no fueron reclamados por sus antiguos propietarios. Entre ellos estaba aquel cuaderno de primaria que alguien sacó de la basura y que habría pertenecido al nieto del filósofo. Amber Aravena lo recibió por correo dentro de un sobre sin remitente. Acompañando al cuaderno solo aparecía una nota sin firma escrita con pluma azul: Aquí tienes las cartografías absurdas de Daxdalia. El anónimo explicaba la forma en que había rescatado aquel cuaderno de la casa marcada con el número 103 de la colonia Miravalle, ubicada frente a las vías del tren, en la salida de Monterrey a Saltillo. ¿Sería el propio Guillermo Daniel quien hizo llegar el cuaderno hasta la casa de Amber en Los Cabos? No es improbable. Alguna vez, durante una de tantas caminatas por el desierto en Coahuila, Lluvia Salguero me había hablado de origen de Daxdalia como concepto. La palabra, me dijo Lluvia, habría sido inventada por ese niño que creció en la casa-biblioteca de su abuelo filósofo, por cuyo jardín pasaba las tardes corriendo y hablando solo, aunque nadie pudo nunca corroborarlo, pues ni Lluvia ni ninguno de los lunáticos de su cofradía había podido conocer personalmente al supuesto inventor del universo daxdaliano. Daxdalia fue creada por el niño para nombrar y dar forma a su mundo imaginario. En su concepto original Daxdalia era una isla. Con el paso del tiempo, el concepto fue mutando en un ente abstracto donde cabía cualquier mundo o personaje de ficción. El niño que hablaba solo, dibujó en sus cuadernos de primaria los primeros mapas de Daxdalia. Al parecer había una cantidad indeterminada de libretas escolares con los torpes dibujos de las cartografías daxdalianas. Esas historias se contaban siempre de oídas, citando fuentes indirectas en charlas de cantina o madrugadas de insomne. Hasta ahora, el cuaderno del paisaje nevado recibido por Amber es el único vestigio real de aquella leyenda. Al final, Daxdalia fue adoptada como nombre y tal vez como concepto, pero nunca como mitología. Después de todo, cada quien puede imaginar a Daxdalia como quiere y la historia de ese niño delirante que hablaba solo e inventó la palabra para poder nombrar su fantasía, es más bien un juego para esa cofradía de alucinados que se envían sus textos escritos a mano a través del Norte de México. La caligrafía del cuaderno que me entrego Amber es caos puro. Los trazos revelan una desastrosa coordinación motriz. Aunque por la etiqueta y las primeras páginas se puede intuir que el cuaderno fue comprado como material escolar para quinto de primaria (en los tiempos en que su dueño era un niño de aproximadamente diez años) es evidente que en él escribió (de manera interrumpida y con frecuentes lagunas) a lo largo de más de una década. Con el paso del tiempo los garabatos se van haciendo más pequeños e indescifrables, como si la madurez nunca hubiera llegado al niño, cuya caligrafía empeora con la adolescencia. En las primeras páginas se pueden distinguir un par de mapas de Daxdalia con dibujitos de montañas, bosques y castillos. Entre un desparrame anárquico de poemas e historias interrumpidas, Amber y yo encontramos algunos cuentos que hablan sobre el origen de ese mundo imaginario. Si en los primeros cuentos se intuye un universo al estilo Tierra Media de Tolkien, en los relatos de adolescencia Daxdalia se va transformando en una suerte de viaje interior, una alucinación dormida en las cavernas del subconsciente. El cuento que he decidido incluir para cerrar esta antología, lo he sacado de ese cuaderno y se llama Noches sin luna en Drudolph, donde su autor (que supongo es Guillermo Daniel cuando era ya adolescente) habla sobre las ceremonias de una extraña secta de sonámbulos y navegantes oníricos, dedicada a la interpretación de las formas de las nubes. Una secta cuyos integrantes pierden la conciencia de la unicidad del ser y para quienes el instante presente es el sueño de otro, que a su vez es soñado.

Inmerso una parálisis contemplativa, miraba el rojo de las nubes desparramarse sobre el cielo y el mar, fundido con los mantos de los peregrinos y las sombras de las tumbas. Cada sombra se iba desvaneciendo hacia el punto de fuga mientras yo sentía diluirme en la levedad inmaterial y en ese dulce guiño del absurdo que de pronto nos arroja una intuición: todo esto es un sueño. Así me siento desde aquella tarde y desde entonces hay una certeza que no me abandona: tú, al igual que yo, estás soñando este instante, pero no nos basta con despertar. Somos el sueño de otro. Alguien más nos sueña, pero ese alguien ya no despierta. Uno queda bocabajo en el césped; el otro alzando un puño mientras salta. Sus vidas congeladas para siempre en ese instante. Y el noticiero seguirá, brincando de un tema a otro, mientras la imagen en blanco y negro se reconstruye en algunas cabezas y alguien a medias comenta la muerte del viejo, que aguantó fuerte como roble y la vida seguirá, arrastrando en su torrente lo fugaz y lo eterno.

Tuesday, May 14, 2013

DAXDALIA

Escribir es ser otro. Es otra persona (o acaso sea una horda) quien desparrama las palabras prófugas. Hay una suerte de esquizofrenia en el vicio escritural. Son muchas las voces yacientes en la cueva del subconsciente. A veces hablan al mismo tiempo, desgarradas en una cacofonía a la que intentó (sin mucho éxito) ofrecer un digno exilio a la estepa del papel en blanco, donde con un poco de suerte y alguna pizca de ese arrebato que algunos llaman inspiración, serán transformadas en palabra escrita. Pero en el trayecto hacia el exilio de tinta, esa voz sufre mutaciones y cuando finalmente se produce la metamorfosis en letras, hay sobre la estepa blanca una criatura a la que a menudo cuesta reconocer. Una criatura que en nada se parece a la lumbre que ardía en el pozo interior. ¿Quién carajos ha escrito esas palabras? ¿Habitaba acaso ese absurdo personaje dentro de mí? Escribir es transformarse, enmascararse. O acaso escribir sea aceptarse poseso y resignarse a vivir habitado por entes externos. Escribir puede ser un exorcismo o un intento de armisticio con nuestros demonios. Escribir es liberarlos y ponerles nombre. Nuestros diablos compañeros se vuelven personajes, pero también se vuelven mundos, atmósferas. Cada uno tiene una voz distinta. Los hay vulgares, sencillos, furiosos o elegantes. Cada uno lleva consigo un caudal de obsesiones, tercos pensamientos y emociones que, disfrazadas con el mentiroso traje de las palabras, intentan crear universos alternos. En esta antología del caos habitan mundos, historias y personajes a los que he ido liberando a lo largo de la vida. El concepto fundacional más antiguo de todos nació en mi infancia (a los ocho o nueve años de edad) y se llama Daxdalia. No me pregunten por favor por raíces etimológicas o significados ocultos. Inventé esa palabra sin cable a tierra para nombrar a todo el universo interior donde nacían mis personajes. Confieso que de niño imaginaba a Daxdalia como una especie de isla en un océano cósmico. En algunos viejos cuadernos escolares me di a la tarea de ir trazando su cartografía. Sí, en alguna ocasión traté de materializar en mapa un concepto abstracto. Daxdalia tenía una ciudad capital llamada Drudolph, una ciudad Sagrada llamada Sacrosdal y una espectral región de hielos eternos al Norte, habitada por diablos y seres oscuros. Daxdalia tuvo reyes y caudillos; rebeliones y cataclismos. En un par de cuadernos escolares que navegan en el río siempre revuelto de mi librero, he dado con algunas de las cartografías absurdas que dibujé siendo niño. Imaginé mil y un historias para Daxdalia, pero escribí muy pocas y de esas, apenas sobreviven si acaso un par, escritas en lápiz sobre cuadernos cuadriculados. La Daxdalia original se parecía más a la literatura fantástica, una especie de Tierra Media. Algún día llegué a fantasear con la idea de crear una lengua para Daxdalia, lengua a la fecha nonata (obvia aclarar). Con el paso del tiempo el concepto cartográfico de Daxdalia fue mutando lo mismo que las historias fantásticas. Daxdalia se transformó en el concepto para definir todo lo que ocurría en mi interior. Daxdalia era mi universo, mi refugio de un mundo real del que siempre estoy intentando evadirme. Así las cosas, toda historia de ficción que creaba nacía en Daxdalia. En la adolescencia empecé a intentar dar estructura narrativa a algunas historias cuyo resultado final era siempre un desastre. Todas esas historias fueron escritas a mano en libertas de secundaria. La mayoría se perdieron y muy pocas fueron pasadas a máquina. En cualquier caso ninguna me gustó demasiado. Mi conclusión era siempre que yo no podía haber escrito eso. Entonces de la misma forma que creaba personajes, empecé a crear creadores. Escritores con una historia personal a cuestas, muy distinta a la mía, eran quienes creaban esos relatos. Al llegar a los tempranos veinte, me di cuenta que yo era incapaz de respetar un estilo narrativo. A menudo brotaban como escupitajos de mi pluma relatos atiborrados de vulgaridades, u otros afectados de un rimbombante estilo decimonónico. Dado que la furia suele ser una musa recurrente, empecé a escupir historias cargadas de odio en estado puro y esa pureza sólo podía reflejarse en lenguaje explícito. Pero había a la par historias más sosegadas que optaban por cierta pulcritud casi académica, mientras que otras cargaban a cuestas una inocentona sencillez propia de un novato sin mucho kilometraje literario. Un día me di cuenta que había ido desparramando por ahí demasiados relatos, aunque hermanarlos bajo un mismo estilo o eje temático era imposible. A la par de esos relatos, iban naciendo alter egos literarios cuya hoja de vida era en sí misma una historia. Algunos de esos alter egos se volvieron omnipresentes compañeros de viaje con un sólido anecdotario a cuestas. Cuatro o cinco se han transformado en personajes de novelas aun no publicadas, aunque aquí decidí traerlos en su faceta de escritores. Recuerdo exactamente el momento en que nació Amber Aravena mientras caminaba por una improbable playa privada en Cabo San Lucas, una tarde en que escapé a mis deberes como enviado a la cobertura del foro de la APEC en Los Cabos. Ipanema Dávila había nacido un par de años antes también durante una solitaria caminata playera, en El Vigía de Tijuana. La idea de la Universidad de Baborigame, nació durante mi autoexilio a ese pequeñísimo poblado de la sierra Sur de Chihuahua durante la Navidad de 1995. Otras fantasías han abrevado de pesadillas infantiles, como es el caso de los niños calvos. Tras pasar un verano inmerso en la escritura de un epitafio para el universo de la palabra impresa y sumergirme después en relatar la existencia de un extravagante personaje, mis demonios literarios exigían a gritos una desintoxicación de mundo real. Nada de crónica o ensayo. Pura y vil fantasía. Nada de escritura apolínea; sólo escritura dionisiaca. Escribí entonces en tiempo record una novela de adolescente tardío llamada 1991 (que a la fecha aun no publico) y retomé después el añejo proyecto de ir recogiendo las mostrencas piezas de ese rompecabezas narrativo yaciente en cuadernos escolares para darle forma de antología. Una antología sólo posible dentro de una absurda cartografía como la de mi infantil Daxdalia. Lo siento, pero en los últimos meses me ha dado por pelearme con la realidad. Aunque mi formación y mi ruta de vida ha sido como reportero (un tipo que le jura al mundo contar o descubrir verdades) me confieso en mi elemento relatando las vidas de personajes que no existen. Cada día de mi vida veo a mi hijo Iker saltar y emocionarse mientras imagina mundos fantásticos y recrea con absoluta precisión los diálogos de los personajes que hacen volar altísimo su imaginación (Caillou es en este momento el favorito) Sonríe y se ríe. La altura de sus brincos es el termómetro de la emoción. Pienso que le he heredado la manía de saltar y agitar los brazos al emocionarse. También el ritual de hablar solo a cada momento, algo que a mi edad adulta no he podido superar. No sé si sea una buena herencia, pero por ahora es lo único que le he heredado. Nuestra presencia física dice que estamos aquí, pero a menudo Iker y yo estamos volando muy lejos (“cuando me mires a los ojos y mi mirada esté en otro lugar”, es la estrofa de Charly García que resume mi paso por la vida). Siempre hay por ahí algún cable a tierra que me trae de regreso al mundo cuando me estoy yendo. Es el cable del periodista, del ensayista y del cronista. El cable de un tipo que a veces debe pensar con la estructura del dos más dos que le ha permitido sobrevivir casi cuatro décadas. Pero en esta absurda cartografía el cable a tierra ha sido cortado por completo. Conste que lo he advertido: aquí no hay nada del mundo real. Bienvenidos a Daxdalia. DSB

Saturday, May 11, 2013

En los últimos meses he estado escribiendo algo que quiso nacer como cuento y ahora es una bestia amorfa disfrazada por momentos de novela, si bien al final acaba por tener cara de ensayo mentiroso, o al menos eso me jura cuando releo con más dudas que certezas. Se llama El Minuto de Alcides y es un relato cuyo contexto es el futbol, aunque su centro neurálgico tiene que ver esos instantes-tatuaje capaces de definir, condicionar y esclavizar una vida entera. Los instantes que se quedan a vivir con nuestro nombre y definen (a menudo involuntariamente) el recuerdo que quedará para la siempre injusta posteridad. El futbol es casi siempre mi mejor parábola para tratar de explicar la vida. Pues bien, esta tarde el siempre cruel futbol me ha dado un nuevo ejemplo de un instante que se quedará a vivir por la eternidad como un tatuaje en un rostro; un segundo de infortunio que dará nombre y apellido a una trayectoria entera. No sé cuánto tiempo vaya a durar la carrera de Israel Jiménez. Puede durar diez o quince años más. Puede jugar cien o quinientos partidos en el tiempo que siga en las canchas. Puede ir a la selección, ser campeón con un equipo, meter algunos goles, pero necesitaría suceder algo realmente extraordinario, algo fuera de serie para borrar de la memoria colectiva y del subconsciente de una afición el segundo más desafortunado de su carrera profesional. El podrá levantarse temprano a entrenar con alma fuerte en mil y un mañanas. Puede hacer lo que quiera. De poco o nada le servirá. Hasta el día de su retiro y aun después de éste, Israel Jiménez no será ante la posteridad un simple defensa mexicano que jugó en los Tigres de la UANL, sino el jugador que metió el autogol más tonto, más absurdo, más triste y más devastador en la historia de una institución que para sus seguidores no es un club, sino una iglesia. A lo mejor Israel Jiménez tratará consolarse con algunos mantras de superación personal y dirá que un error lo tiene cualquiera, que es un accidente del futbol y que la vida sigue. ¿La vida sigue? Te equivocas Israel. La vida no sigue. Hoy empezó el resto de tu vida. Esta mañana eras todavía Israel Jiménez. Hoy, mientras cae la noche, eres ya el jugador que ha tenido la jugada más desafortunada en la historia de un equipo y con esa sombra vivirás el resto de tu existencia. Lo sé Israel, no es tu culpa. Es un accidente y le pudo pasar a cualquiera, pero esa dama caprichosa e injusta llamada Posteridad es una hija de puta y hoy te ha tocado. La Posteridad ya ha decidido a partir de esta noche cómo serás recordado. Si vives 80 años de edad, puedo apostarte a que hasta el último día recordarás ese instante desgraciado en que metiste el pie, como lo recordaré yo y lo recordará cada seguidor Tigre. Bienvenido al resto de tu vida Israel. Bienvenido a tu triste posteridad. DSB

Wednesday, May 08, 2013

Toda memoria es injustamente selectiva. Ninguna historia es capaz de dimensionar el tamaño del olvido y ningún personaje es capaz de gobernar los designios de la posteridad. Héroes o villanos colgados por la eternidad de un minuto; de esa absurda alineación de astros capaz de colocarnos en el momento y el lugar indicados que sellarán su pacto con el infinito. Tamaña injusticia no es solamente obra de la liturgia mediática y sus designios. Tu vida misma y lo que de ella crees recordar, son tres o cuatro minutos mostrencos; un olor, una melodía, una imagen pesadillesca. El primer beso torpe y baboso de tu adolescencia; el dolor de tu brazo partido en esa absurda caída; tu premio de empleado del mes en McDonalds; la muela arrancada por un dentista tosco; tu hijo chorreado fluido de placenta en la maternidad; el médico advirtiéndote de las maldades de esa enfermedad crónico-degenerativa que va a matarte. Tú recuerdas eso, pero ante unas cuantas personas para las que tu cara y tu nombre pueden llegar a significar algo, lo que sobrevive es una anécdota aun más absurda: unas palabras estúpidas que no recuerdas haber pronunciado (y que tal vez ni siquiera pronunciaste) una travesura ridícula o tu pelo ingobernable en la foto de grupo que te recordará ese compañero de la secundaria a quien muchos lustros después encontraste en un elevador. Y la vida es eso: un océano de olvido, un cofre de anécdotas que yacen refundidas en algún pozo del subconsciente. El irremediable naufragio de la memoria que algunos intentamos sin éxito conjurar mientras desparramamos palabras.

Saturday, May 04, 2013

Las arbitrariedades de la posteridad también afectan a los personajes de ficción. La primera parte de Don Quijote de la Mancha tiene 52 capítulos; la segunda 74. Capítulos ricos en diálogos, aventuras, reflexiones y entremeses; pasajes fascinantes destinados a ser recordados únicamente por los verdaderos lectores de la obra. Del castillo de los duques, Clavileño, la barca encantada, la Cueva de Montesinos, el Caballero de los Espejos, Ginés de Pasamonte, la Historia del Cautivo, Cardenio y Lucinda, la Sierra Morena nadie hablará nada. Para el millón de no lectores del Quijote, que citan la obra sin haber tenido siquiera la intención de algún día echarle un ojo, todo se reduce a un mínimo e intrascendente pasaje de página y media donde el caballero embiste a unos molinos de viento que ha confundido con gigantes. Para la cultura popular ese es el momento cumbre que sintetiza la obra y su esencia. Quijote y molinos; matrimonio indisoluble; vínculo irrompible que podemos apreciar en esos cuadros o esculturas rimbombantes que adornan los despachos de pretenciosos abogadetes expertos en citar frases que Cervantes nunca escribió. Don Alonso no está solo en su arbitraria posteridad. También el pobre Hamlet debe resignarse a ser un príncipe loco hablándole a una calavera ante quien pronuncia una y otra vez el “ser o no ser”, que según el poeta Tomás Segovia no deriva en el “he ahí el dilema” o “esa es la cuestión”, sino en “de eso se trata”.

Thursday, May 02, 2013

LITURGIA DEL TIGRE BLANCO-PRIMERA VELITA EN EL PASTEL

Hace exactamente 365 días, la tarde del 2 de mayo de 2012, salió de la imprenta mi libro La Liturgia del Tigre Blanco. Esa tarde, en las oficinas de la Editorial Océano, tuve el primer ejemplar en mis manos. Después de casi un año ininterrumpido de tundir tecla, hacer entrevistas, realizar viajes y mandar un millón de correos, el barco de papel estaba listo para zarpar del puerto. Aquella tarde de mayo salí de las oficinas de Océano, en Palmas y Periférico, cargando diez ejemplares del libro y me fui caminando por todo Reforma hasta la casa de mi amigo Rodolfo en Anzures. Cuando mi cabeza está en ebullición, la mejor alternativa siempre es caminar y creo que en esa caminata se fue desatando una tormenta de ideas y desvaríos en mi cabeza. El barco zarpó y me llevó por mares improbables e islas ignotas de ferias librescas en diferentes partes del país. Obvia decir que de mis tres libros es el más conocido, leído y comentado, pero es un libro que debo dejar atrás. No me malinterpreten: lo defiendo y lo asumo entero como cada párrafo que he escrito en mi vida y me siento orgulloso de haberlo podido concretar, pero no quisiera vivir esclavizado a él, máxime cuando lo más probable (aunque nunca digo de esta agua no beberé) es que no voy a volver a escribir un libro de esas características. Lo mío es la narrativa de ficción, el ensayo o el híbrido desvarío. Cartografías absurdas de Daxdalia, el libro que publicaré con el Cecut, no tiene punto de comparación. Es ficción sobre ficción, como ficciones son los proyectos que estoy trabajando ahora mismo. La gente se sorprende cuando les digo que a mí en realidad no me emociona gran cosa la política. De hecho en mi biblioteca no encontrarás libros de Anabel Hernández, Ricardo Ravelo o Diego Osorno, pero en cambio encontrarás la obra completa de Ricardo Piglia, Paul Auster, José Saramago, Tomás Eloy Martínez, Mario Bellatin, Haruki Murakami (y obvia decir que de Borges, Sábato y Cortázar) Aunque mi formación y mi camino de vida es de reportero, mi vicio sin rehabilitación es la literatura. ¿Por qué escribí La Liturgia del Tigre Blanco? Porque había una historia delante de mí, una historia que conozco muy bien y decidí contarla, como he contado muchas historias en la vida y como pienso seguir contándolas, reales o ficticias, qué más da. La diferencia es que esta historia le interesa a mucha gente y una gran editorial como es Océano aceptó publicarla. No pocas personas me han preguntado por mis intenciones, por mis fines secretos y me parece que se sorprenden o se decepcionan cuando les digo que mi único deseo era contar una historia y contarla bien. Si un lector tomó en sus manos el libro y lo leyó con deleite hasta la última página pasando un buen rato, entonces yo he cumplido con mi único objetivo. Un año después, no puedo menos que agradecer a mi editorial y a cada improbable lector que se acercó en los diferentes rincones en donde ese libro me llevó de paseo. Agradecer la confianza y la paciencia de Guillermo Osorno y el apoyo del gran equipo de Océano en cada una de sus trincheras. La gratitud, antes que un deber, es un privilegio y hoy me toca decir GRACIAS. DSB

De la misma forma que un hombre puede encontrar una mujer con la que se da una forma de comunicación y entendimiento ontológico que va más allá del lenguaje, existen equipos de futbol que funcionan como un cuerpo de once extremidades con un acoplamiento casi telepático. En la historia del deporte son más comunes los jugadores superdotados que los equipos perfectos. El auténtico futbol asociación, la responsabilidad compartida, el ritual del once para uno y uno para once, es algo por desgracia atípico. Así existió la mítica Hungría del 54, o la Naranja Mecánica del Mundial de Alemania, equipos de leyenda que paradójicamente tuvieron que conformarse con subcampeonatos, ambos ante escuadras germanas técnicamente inferiores. Ahí están el Milán de Gullit y Van Basten de 1989, el Madrid de la Quinta del Buitre, el Boca de Bianchi en 2001 o el Barcelona de Pep Guardiola. Un gran equipo es un accidente tan atípico como el más bello arcoíris. Es una verdadera alineación de astros donde basta un factor en contra para que todo se haga pedazos. Los grandes equipos suelen durar poco, no más de tres años. No basta con juntar a once distintos jugadores superdotados, sino juntarlos en el momento exacto y adecuado de sus vidas y sus carreras. Hacerlo un año antes o un año después puede echar todo por la borda. Un gran equipo es una conjunción de psicología, estado físico y mental. A veces, por no decir con frecuencia, los futbolistas pasan por la vida sin haber encontrado jamás ese gran equipo, como hay gente que muere sin haber encontrado jamás a su gran amor. El Barcelona de Messi, Iniesta y Xavi es posiblemente la más perfecta máquina de futbol que he visto en mi existencia. Lo que en definitiva no estaba en mi presupuesto, fue verlos caer de esta manera. Más allá de la evidente superioridad del Panzer bávaro y de lo estridente del marcador, lo que verdaderamente me sorprende fue la actitud de los catalanes. Barcelona entró muerto al campo de juego. Pienso que ni Tito Vilanova, ni los once jugadores, ni los 95 mil aficionados en el Camp Nou, llegaron siquiera a considerar que la remontada fuera posible. El estadio estuvo apático y callado. El enfermo terminal entró siendo ya un cadáver al quirófano. Barcelona jugó desahuciado, como un zombi, como si cumplir ese tedioso trámite de 90 minutos para redondear su eliminación le resultara una carga insoportable. El estadio de Les Corts estaba callado, aburrido, cumpliendo con ver a los bávaros paseando cómodos por la cancha. Todos los héroes caen. Aquiles murió por el flechazo de Paris en su talón; Julio César acuchillado por los conspiradores en el Senado; Napoleón sucumbió en Waterloo. En la caída de todo héroe hay drama. Puede haber traición, perfidia o un error monumental, pero el héroe suele caer con la cara al sol, con dignidad y coraje, peleando hasta el último aliento como peleó ayer Real Madrid (por más mal que nos caiga, debemos reconocer que murieron en la raya como el mejor gallo de pelea) Lo que yo nunca había visto, es a un equipo de leyenda cayendo con el patetismo y la pasividad con que cayó Barcelona. Los culés llegaron cabizbajos al altar de sacrificios, resignados a su condición de víctima. El futbol es juego, pero también estado de ánimo, psicología. Los rostros de los catalanes no mostraban coraje, furia ni tristeza. Solo mostraban resignación. Si Bayer hubiera pisado un poco el acelerador les hubiera colgado sin problemas un 0-6 en el Camp Nou sin problema alguno El autogol de Piqué lo resume todo. Creo que un equipo chico le hubiera dado más batalla a los alemanes. He visto a los grandes caer, pero nunca, lo que se dice nunca, había visto a un equipo de fantasía entregarse en forma tan patética sin siquiera meter las manos. En la caída del más fantástico de los gigantes, ni siquiera hubo derecho a la épica.

Wednesday, May 01, 2013

¿Hay algo que celebrar en el Día del Trabajo? Por Daniel Salinas Basave

En la edad antigua se les llamaba esclavos y en el feudalismo, por virtud del vasallaje, se convirtieron en siervos. La Revolución Industrial los transformó en los obreros que según Marx habrían de encabezar la revolución proletaria, esa mala alucinación que acabó naufragando de la peor manera posible en la altamar de la economía de mercado. Hoy nuestro mundo globalizado del Siglo XXI los ha convertido en prescindibles. Poco a poco el trabajo asalariado se va convirtiendo en una ficción, en un cliché. A los gobiernos les cuesta trabajo admitirlo, pero la realidad es que la severa crisis de desempleo que carcome a casi todo el planeta no parece ser una nube pasajera. Duele decirlo, pero empiezo a creerle a Viviane Forrester y su profético Horror económico cuando afirma que nunca en la historia de la humanidad había habido tantos millones de seres humanos condenados ser simplemente innecesarios, sin un lugar para ellos en esta economía que no los necesita y los condena a transformarse en pordioseros. El jinete apocalíptico de nuestro tiempo no es la guerra o la peste: es el desempleo. Cuestión de ver las espeluznantes cifras de parados en España y Grecia para hacernos una idea. Aquellas historias de obreros calificados que podían aspirar a una digna jubilación después de haber podido dar educación y calidad de vida a sus familias, se van transformando en leyendas de abuelos. Hubo un mundo que aspiró al estado de bienestar. Hoy tan solo quedan las formas modernas de esclavitud. Cuando recibo la llamada de un promotor bancario que me habla como un merolico para tratar de venderme una tarjeta de crédito, sin poder cambiar su discurso y advirtiéndome con ese tonito antinatural que la conversación está siendo grabada y monitoreada, pienso en la inmensa tragedia de su vida. Los empleos actuales no solamente pagan miserias, sino que pisotean la autoestima, la individualidad, el derecho a ser uno mismo. Pienso en esos pobres veinteañeros condenados a trabajar en los campos de concentración modernos llamados call center, sin posibilidad de levantarse ni al baño, con supervisores que monitorean y espían sus tiempos, sus llamadas, su tono de voz. Esos jóvenes tan llenos de energía y creatividad resignados a que su mayor aspiración sea aparecer en el cuadro de empleado del mes de McDonalds. Pienso en todos esos empleados de supermercado a los que en forma rimbombante llaman “asociados” (¿tienen acciones del supermercado acaso?) a los que obligan a ofrecer al cliente tiempo aire en el celular so pena de sancionarlos con descuentos a su insultante salario. Todos esos ejecutivos de ventas eternamente presionados, chantajeados, amenazados con el despido, obligados a llevar una asquerosa corbata (¿alguien puede decirme si una corbata sirve para otra cosa aparte de asfixiar?) inundados por peroratas de superación personal y calidad total. Por herencia del movimiento obrero nos quedan los anacrónicos sindicatos, con sus líderes seniles u obesos, listos para obligar a sus agremiados a acudir al mitin de tal o cual candidato. ¿De verdad hay algo que festejar este 1 de Mayo? Feliz Día del Trabajo. DSB

LA GENERACIÓN DE LOS SETENTA DESNUDA SU ALMA- Canción de tumba- Julián Herbert- Mondadori- El cuerpo en que nací- Guadalupe Nettel- Anagrama. Por Daniel Salinas Basave

Los puristas del arte de la novela dicen que el buen novelista debe estar siempre oculto en las sombras. Su mano debe revelarse en la credibilidad psicológica de los personajes, en la pureza del estilo o en la profundidad de su inmersión en el territorio siempre abrupto y complicado de un entorno ficcional. Un buen novelista debe crear una atmósfera situacional donde deambulen seres creados por su imaginación. Esas manías de autores que se revelan a sí mismos hablando sobre sus métodos e indagaciones y se inmiscuyen como impertinentes personajes en las historias de los otros, son, bajo el criterio de los “puros”, egocéntricas abominaciones. En esta primavera de 2013 he tenido la oportunidad de alternar la lectura de dos excelentes novelas “ortodoxas” con un par de experimentos narrativos autobiográficos. Las dos novelas “old school” que he disfrutado son El tango de la guardia vieja de Arturo Pérez Reverte (comentada en la pasada edición de InfoBaja) y La fragilidad de los cuerpos, de Sergio Olguín. Aunque son novelas de reciente creación, su canon es tradicionalista. Muy disfrutables, entretenidas, capaces de mantenerte despierto en la madrugada. Con trama, suspenso, emociones, chicas bellas, galanes heroicos, e infaltables dosis de erotismo y violencia. Son dos novelas muy bien escritas, cierto, pero llega un momento en que sus personajes y situaciones abusan del cliché. En contraparte (y casi al mismo tiempo) he leído un par creaciones de narradores mexicanos nacidos en los años 70 donde la trama y el suspenso brillan por su ausencia, suplidas por una voz narrativa derrochadora de fuerza expresiva y malicia literaria. Estos dos libros son Canción de tumba, de Julián Herbert (Acapulco, 1971) y El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel (México DF, 1973). Además del vínculo generacional y de nacionalidad, los trabajos de Nettel y Herbert se hermanan en que los personajes son los propios narradores y el contexto son sus propias vidas, o un aspecto de sus vidas, que abreva de ese cimiento de nuestra psique que es la primera infancia y la relación con la familia. Ni siquiera sé si tengo derecho a llamarlas novelas, pues como ensayos híbridos funcionan de maravilla. Tal vez no sea lo más afortunado iniciar con odiosas comparaciones, pero me parecen necesarias para dimensionar la trascendencia de este par de creaciones. Empecemos por Julián Herbert y empecemos yendo al grano: Canción de tumba es sin duda el libro más fuerte que he leído en lo que va del 2013 y una de las más gratas sorpresas que me he llevado en los últimos años con un narrador mexicano. A Herbert lo había leído en su fase de cronista en la revista Gatopardo, pero Canción de tumba es en verdad punto y aparte. Un libro-navaja capaz de cortarnos y desollarnos en lo más profundo. Vaya, si entramos en los terrenos del desvarío ontológico nacional y nos remitimos a esas piedras angulares llamadas Laberinto de la soldad y Jaula de la melancolía, debemos concluir que Julián Herbert despedaza un tabú. No pocos ensayistas han reflexionado sobre el rol dual de la madre mexicana en la psique nacional, pero hasta ahora no me había topado con un narrador que se confesara sin tapujos ni medias tintas como hijo de una puta. Herbert toma por los cuernos el gran insulto universal de la raza humana: Son of a bitch, Fils de pute, Sohn eines Weibchens, el non plus ultra de la humillación y el infortunio. La madre que avergüenza, a la que se repudia y ama con igual intensidad; chingada, rajada, abierta, profanada por el padre al que odiamos y admiramos. Canción de tumba son las palabras insurrectas que brotan de la pluma de Herbert junto al lecho de su madre moribunda en el Hospital Universitario de Saltillo, Coahuila. Una madre que a lo largo de su vida utilizó muchos nombres, tantos como hombres hubo en su cama e hijos en su vientre, todos de padre distinto. La mujer, consumida por el cáncer, se muere lentamente en su cama de hospital mientras su hijo-enfermero destapa la bodega del subconsciente y empieza a narrarnos su primera infancia, en los cuartos de ese célebre burdel acapulqueño llamado La Huerta. No es por cierto un rasgado de vestiduras o un azote autocompasivo. En el relato de Herbert hay crudeza extrema, cierto, pero también ironía y un negro sentido del humor. Alejado de apologías, condenas o moralinas, Herbert hace de su madre un personaje al que acabamos queriendo precisamente por su humana ambigüedad y sus contradicciones, por esa su generis dignidad mantenida dentro del pozo de lo indigno. Una madre promiscua e irresponsable que arrastró a sus hijos entre polvaredas de miseria y desgracia y que por alguna razón, nos acaba por caer bien. No es posible permanecer indiferente ante un libro como Canción de Tumba, como no es fácil bucear en las heridas siempre sangrantes de Edipo. El cuerpo en que nací de Guadalupe Nettel es también un relato íntimo, confesional, psicoanalítico, aunque no es una punta de cuchillo o un espumarajo de mezcal en carne viva. El punto de partida de Guadalupe Nettel es, en el sentido más literal de la palabra, una sombra. La narradora abre su relato hablándonos de una pequeña nube blanca sobre la mácula de su ojo que la obligó a crecer en su primera infancia llevando un parche y a desarrollar un excepcional sentido del tacto. Lo que parte como el triste relato de una infancia condicionada por un desperfecto anatómico, va derivando en una complicada constelación familiar. A diferencia de la miserable infancia de Herbert, errabunda y llena de carencias, la narradora de El cuerpo en que nací crece en un hogar pequeñoburgués donde no falta el dinero, aunque como en todo ecosistema familiar, hay monstruos dormidos bajo la superficie. En su intimidad, la historia de Nettel refleja esa sui generis infancia que hemos vivido los nacidos en los setenta, hijos de padres en transición entre un mundo que deseaba (sin mucho éxito) romper las ataduras con el pasado. Seres que nunca aprendieron a ser adultos. Los padres de la narradora la juegan de modernos, de progresistas y liberados, aunque al final la cacería de sus deseos reprimidos acabe naufragando en perjuicio de sus hijos. Aunque le falta la crudeza y la brutalidad del relato de Herbert, El cuerpo en que nací derrocha sensibilidad. Dentro de la novela, la de Nettel es una confesión en el diván de una psicoanalista. Un monólogo largo que sin embargo fluye dulce, diría hasta musical. Es la suya una prosa elegante, precisa, limpia y casi minimalista. En la narrativa de Nettel el cuerpo puede transformarse en frasco, envase, bolsa o imperfecta estructura que contiene algo en su interior. Un envase accidental que sin embargo nos condiciona, como nos condiciona y nos marca ese otro accidente llamado familia, con cuyos errores y sueños frustrados deben cargar los hijos. Ignoro si semejantes ejercicios de brutal honestidad autobiográfica sean el único presente posible para la narrativa mexicana y si el único camino futuro de los escritores sea desnudarse y confesarse, pero lo cierto es que en su poética estas narraciones nos palpan en las llagas del alma. A la novela de aventuras y chicas guapas llega un momento en que le digo: me entretienes, pero no te creo. A Nettel y a Herbert en cambio les creo y dan la impresión de mirarme a los ojos. Parece que la híbrida narrativa autobiográfica supera a la ficción pura. Verano de Coetzee y Diario de Invierno de Auster, por ejemplo, están entre lo mejor que han parido este par de novelistas. Acaso todo escritor del universo solo desea contarnos su vida, aunque para ello se valga de mil y un disfraces. No sé qué sigue para Herbert y Nettel, pero intuyo que este par de libros exorcismo han marcado un umbral.