Eterno Retorno

Saturday, October 13, 2018

En el origen mismo de Monterrey yacen encarnados los horrores de la intolerancia religiosa. La familia de Luis Carvajal y de la Cueva, fundador del Nuevo Reino de León, sufrió junto con su familia la persecución del Santo Oficio. Naturales de Mogadouro, Portugal, los Carvajal eran judíos conversos. La madre y las hermanas de Carvajal conocieron la tortura en el potro y después la hoguera. Leer las actas y los testimonios del auto de fe en el Libro Rojo de Vicente Riva Palacio es algo escalofriante. Monterrey siempre ha hecho gala de su intolerancia y su cerrazón, pero con brutal honestidad creí imposible que en pleno 2018 pudiera censurarse un concierto de black metal por la presión y las firmas de varios miles de familias cristianas, quienes consideran que la banda sueca Marduk viene a blasfemar y a insultar a dios en la ciudad. El alcalde Adrián de la Garza cedió a la presión y el concierto se canceló. Más allá de mis filias por el black-death metal (algunos encontramos poesía en la blasfemia) me pregunto por esos 65 mil cristianos que exigieron el veto del concierto en change org. ¿Quiénes son esos 65 mil corderitos temerosos de su dios? Lo único que sé, es que esos 65 mil cristianos me aterran mucho más y me parecen infinitamente más nocivos y peligrosos que los 100 o 150 metaleros que habrían ido al concierto de Marduk. Esos 65 mil cristianos que hoy se regocijan por haber bloqueado una expresión artística, son idénticos a quienes exigían hoguera para la bruja; los mismos que se regocijarían viendo arder herejes, deleitándose con el hedor de la carne quemada; los mismos que serían felices enviando a la horca a pobres mujeres de Salem. Los mismos que quieren destruir todo aquello que es diferente y les aterra. Los mismos que quemarían a Copérnico y a Galileo. Pasan los siglos y su espíritu es idéntico en su morbidez. Entro a la página de un ridículo pastor evangélico llamado Servando Suaste, militante del PES y leo a sus seguidores, perorando sus alabanzas y sus aleluyas por haber suspendido una humilde tocada de rock. Imagino sus oscuras y tristes vidas, aferradas a sus biblias como quien se aferra a una droga barata. Los veo, llenos de ignorancia y sobre todo de miedo, de un profundo miedo, cerrados como ostras, repitiendo como merolicos enfermos sus versículos bíblicos. Desde que el PES obtuvo su registro me la he pasado advirtiendo sobre el gran retroceso para el estado laico que representa el empoderamiento de las sectas evangélicas. Véanse en el espejo de Brasil, donde la basura evangelista fue el gran sostén de un monstruo como Bolsonaro. Véanse en el espejo de Estados Unidos, donde el cinturón bíblico del medio oeste es el gran soporte de Trump. Lo que me aterra no es la cancelación de una pobre tocada metalera, sino la omnipresencia de esa masa oscurantista e ignorante que se regocijaría enviando a la hoguera a gente como yo.

Wednesday, October 10, 2018

Penumbra

When the night comes down no está entre las canciones más célebres de Judas Priest, pero me fue imposible no tararearla mentalmente mientras observaba las imágenes de Penumbra, la exposición que el fotógrafo Tizoc Santibáñez ha montado en el Centro Cultural Tijuana. Hay siempre una dosis de embrujo en la contemplación de la luz moribunda. Los últimos vestigios del día se diluyen y el abrazo de las sombras nos envuelve lentamente. En nueve imágenes, Tizoc ha logrado captar ese umbral crepuscular de minutos, la frontera entre la agonía de la luz y el manto de la oscuridad derramándose sobre la ciudad. Son fotografías que imagino tomadas casi todas desde laderas o colinas en las afueras de Tijuana o Rosarito donde se observan entornos suburbanos, la ciudad como una mancha lejana donde irrumpen desafiantes las luces artificiales. Imposible no echar a volar la imaginación e imaginar las mil y un historias que se incuban bajo las sombras: los infiernos individuales, las pesadillas, las horas insomnes, los arrebatos pasionales, los crímenes, las plegarias. Ganador de la Segunda Bienal Nacional de Paisaje 2017, Tizoc ha dedicado más de dos años a la conformación de Penumbra, abrevando de la calma para observar y aguardar pacientemente el momento exacto del crepúsculo en que la oscuridad destiñe el último jirón de luz. Esos momentos de concentración y abstracción casi mística negados durante años por el intenso fragor del fotoperiodismo. Conocí a Tizoc en 1999, inmersos en la aventura de edificar desde los cimientos un nuevo periódico en Tijuana. Nos tocó hacer equipo por vez primera cuando aún fungíamos como corresponsalía de La Crónica, en un viaje relámpago rumbo a San Quintín donde 17 trabajadores mixtecos habían perecido calcinados luego de que el camión en donde viajaban se desbarrancara en una curva. Recuerdo la densidad de la noche y los rostros hieráticos de los jornaleros que compartían una botella de aguardiente frente a 17 magros ataúdes yacientes al interior de un gallinero improvisado como funeraria. Fue entonces cuando descubrí a un fotógrafo de mirada profunda, siempre en busca de un detalle o de un gesto irrepetible. Volví a hacer equipo con Tizoc en Sacramento, California, durante la Conferencia de Gobernadores Fronterizos en la primavera del 2000. El mundo vivía aún inmerso en el idilio neoliberal de los 90 y nadie intuía que el horror estaba ya a la vuelta de la esquina. Recuerdo a Tizoc retratando a George Bush, que acudió a Sacramento como gobernador texano y como candidato presidencial republicano. El planeta ya era un lugar muy distinto cuando Tizoc y yo fuimos a cubrir una nueva Conferencia Fronteriza, ahora en el Hollywood del Governator en otoño de 2008, un mal show de payasa frivolidad en el umbral de una devastadora recesión económica. Compartí con Tizoc infinidad de coberturas y bomberazos en las calles de Tijuana, y también la emoción y el hechizo musical de no pocos conciertos. El periodismo es una extraordinaria escuela para fotógrafos y reporteros, pero es también un asesino en serie de vocaciones artísticas. Tizoc se graduó con honores en la escuela del fotoperiodismo, pero le fue preciso dejarla para emprender proyectos que requieren paciencia y serenidad para acechar ese instante de luz que dará como resultado una fotografía única. La mirada profunda de Tizoc está materializando su vocación y seguro estoy que Penumbra es solo el comienzo de una nueva aventura por venir.

Thursday, October 04, 2018

Es muy difícil vivir la vida sin anestesia y la auto-ayuda suele ser una receta simple, directa y efectiva como placebo; ideal para mentes muy débiles o básicas, con nula cultura y capacidad de auto-cuestionamiento. Por ejemplo, me pongo a ver que en los barrios bravos de Tijuana y en las zonas más violentas, sólo hay de dos sopas: o eres drogadicto o eres evangélico. No hay de otra. Tienes que elegir entre la Biblia o la heroína (y muy a menudo un coctelito de las dos al mismo tiempo). La Biblia o el cryko son ideales para deportados, ex presidiarios, derrumbes humanos sin esperanza. En cambio, la auto ayuda, el coaching y toda esa catarata de mierda es ideal para la clase media asalariada con deseos de superación. Lo que la gente quiere son recetas simplotas. Pero al final de cuentas, aunque nos creamos complejos o seamos muy simples (lo somos, queramos o no, pues igual cagamos, sudamos, dormimos) todos necesitamos nuestra anestesia y nuestra tabla para no ahogarnos. Hay quienes depositan su fe en un líder político y en verdad los envidio, porque al menos por un breve tiempo creerán ciegamente que un país idílico es posible. Pero claro, yo también recurro a mi anestesia y mis tablas podridas para no ahogarme. ¿Cuáles son? Miro a mi alrededor, en mi escritorio y en mis libreros y veo puros rosotros y nombres de escritores atormentados, que vivieron vidas bastante jodidas, muchos de ellos suicidas o autodestructivos. A ellos me aferro mientras bebo whisky y escucho canciones que me hablan de muerte, demonios, oscuridad y nihilismo. Esa es mi felicidad. A los amantes del coaching y la autoayuda les cuesta creer que alguien pueda sonreír de esa forma.

Tuesday, October 02, 2018

Los fantasmas de Echeverría

¿Cómo amaneció Luis Echeverría este 2 de octubre en su casa de San Jerónimo? ¿Cuáles son las fantasmas que le hablan al oído en sus seniles despertares de madrugada? ¿Recordará hoy lo que platicó con su jefe Díaz Ordaz durante su encerrona en el despacho presidencial, dos horas antes de la matanza de Tlatelolco? ¿Habrá guardado o destruido las imágenes que su fotógrafo tomó desde el edificio Chihuahua solo para sus ojos? Por puro sentido común, asumo que Echeverría fallecerá en los próximos seis años. Morirá, obvia decir, sin haber pagado nunca por su crimen. También podrá despedirse con la tranquilidad de dejar un México gobernado por alguien que lo emula y lo admira. Echeverría se irá del mundo pensando que tuvo la razón: 30 millones de mexicanos optaron por volver a su modelo socioeconómico. Hay razones de sobra para sentir que dejó una herencia. También Echeverría creía en la nobleza del “pueblo bueno” y también se sintió ungido por una suerte de misión histórica, el abanderado de los pobres, el multiplicador del “grito justiciero de la gente”. También Echeverría recorrió el México profundo, desparramando promesas a lo largo de 56 mil kilómetros andados en campaña sin cansarse nunca de hablar y hablar. Decía amar a los campesinos y a los obreros, de la misma forma que desconfiaba de los empresarios, los riquillos, los señoritingos. También Echeverría tuvo una esposa que glorificaba el folklor autóctono. También Echeverría creía en la omnipotencia de la gran teta pública, el gobierno como una gran bestia de mil ubres lista para alimentar a todos. Rodeado de símbolos y objetos que certificaban su adoración a Juárez, Echeverría se auto proclamó el paladín del tercer mundo. Amigo de Salvador Allende, evangelista de Lázaro Cárdenas, Echeverría se creía un progresista de izquierda, aunque inmoló a los estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas siendo secretario de Gobernación. Se dijo enemigo del capitalismo y del fascismo, pero no se tocó el corazón a la hora de emprender la guerra sucia y masacrar a Lucio Cabañas, a los muchachos de la 23 de Septiembre y ordenar el halconazo el jueves de Corpus, que de paso le sirvió para quitarse de encima a Alfonso Martínez Domínguez. Apapachó intelectuales que lo defendieron a muerte (Echeverría o el fascismo, peroró Carlos Fuentes) pero jamás toleró la crítica y no dudó en aplicar mano durísima contra la prensa disidente (pregúntenle a Scherer y a Excélsior). Yo nací en el sexenio de Echeverría y nací en el centro neurálgico de sus odios y sus horrores: Monterrey. Los empresarios regios lo detestaban y él los detestaba a ellos. Los jerarcas del Grupo Monterrey no se achicaron a la hora de correrlo del funeral de Eugenio Garza Sada y los conjurados de Chipinque estuvieron a nada de dar un golpe de estado. En mi infancia, la palabra Echeverría era sinónimo de catástrofe y estupidez. Al final, con una deuda de 26 billones de dólares, con las finanzas públicas quebradas y la primera gran devaluación de nuestra historia en marcha, Echeverría vio complots por todas partes. No logró situarse a la altura histórica de sus amados Juárez y Cárdenas, pero al menos morirá con la tranquilidad de que hay alguien que emula su estilo personal de gobernar.

Thursday, September 27, 2018

Aleatoriedad vs Destino ¿La aleatoriedad tiene un demonio?

Al final el gran dilema tiene que ver con la guerra a muerte entre aleatoriedad y destino. El capricho del caos puro o el destino inquebrantable de una deidad inflexible. Los griegos lo tuvieron claro: nacemos marcados por la fatalidad. Algún dios cruel nos traza el camino y nuestras rebeliones apóstatas serán inútiles. Aún nuestras rebeldes salidas por la tangente y nuestros golpes de timón formarán parte de lo irrenunciable del destino. Hagas lo que hagas no podrás escapar a tu sentencia. Por revelación del oráculo, Esquilo sabe que morirá cuando un objeto contundente caiga sobre su cabeza. Sin duda imagina una viga o la piedra de un muro, la columna de un templo o el techo de una vivienda y ante tal certidumbre, se exilia a vivir a una llanura, un descampado absoluto donde el único techo posible es el cielo, sin contar con el quebrantahuesos que dejará caer una tortuga al vacío, con tan mala fortuna que se estrellará contra su cabeza. El ave rapaz podría ser la máxima expresión del caos absurdo o la quirúrgica divinidad del destino, la precisión de relojero de la que hacen alarde algunos dioses a la hora de matarnos ¿How the gods kill? Arrojando tortugas desde el cielo. “Los caminos de dios son perfectos” es una frase que los cristianos y las cofradías más cursis del Facebook machacan con obsesiva frecuencia. Su dios tiene trazado un plan perfecto para ti y cada milímetro recorrido en tu camino de vida ha sido trazado con enfermiza precisión. Hagas lo que hagas, no podrás escapar a ese accidente o a esa enfermedad, porque forma parte de los planes de ese diosecillo tan molestón y desocupado. Apóstata como soy, prefiero creer en la divinidad del caos. La pureza del absurdo yace en su ceguera absoluta. El caos no tiene planes, ni categorías morales ni juicios de valor. Todos somos hijos del azar y el azar es un artista. A final, la vena politeísta me obliga a elevar a la aleatoriedad a la categoría de deidad. No es un Zeus celoso e inflexible o un Jehová iracundo aferrado a hacer cumplir al pie de la letra sus profecías. Prefiero imaginarlo como un diablejo o un gnomo borracho, una bruja impertinente y dicharachera, rigurosamente ciega, drogada y dueña de un involuntario y negrísimo sentido del humor. Esta deidad briaga e invidente da tumbos contra las paredes mientras aprieta botones y jala palancas. Sus tiempos son perfectos porque son caóticos y nosotros somos sus amados hijos.

Monday, September 24, 2018

A veces creo que vengo de otro tiempo muy lejano o de un mundo raro, en donde podías ir de visitante a un estadio rival luciendo tu camiseta de los Tigres sin que ello implicara ser acuchillado o atropellado. Muchas veces fui a clásicos en la cancha del Tecnológico llevando indumentaria Tigre, en la época en que camisetas y banderas se mezclaban en todas las zonas del estadio. Claro, podían echarte bulla, gritarte, tirarte cerveza con meados pero de ahí a intentar matarte me parece que hay un gran trecho. He acudido a partidos de los Tigres en muy diversas plazas del futbol mexicano. Muchas veces al Azteca, al Olímpico Universitario, al Azulgrana, a la Bombonera, al Corona, al Jalisco y todas las veces que ha visitado el Caliente en Tijuana. Estoy acostumbrado a la carrilla pesada -el que se lleva a se aguanta- pero todavía no me ha tocado un intento de asesinato. He ido a partidos de liga en Argentina, España, Francia, Italia, República Checa, Colombia y Estados Unidos y hasta ahora lo más violento que he vivido fue en Avellaneda en un Independiente vs Racing en 2006 que fue suspendido en medio de macanazos y gases lacrimógenos de la policía. El futbol es absurdo, ya lo sé, pero es - junto con la literatura y el rock- uno de mis absurdos favoritos. Puedo emocionarme, enfurecerme o desbarrancarme en la tristeza durante los partidos de los Tigres, pero ni aún en los momentos de pasión extrema pierdo de vista que se trata de un pasatiempo. Sí, detesto a los rayados de Monterrey y siempre he celebrado las derrotas de ese pestilente equipo, pero les juro que nunca me ha pasado por la cabeza acuchillar a un desconocido o aventarle el carro solamente por llevar puesta una camiseta rayada. ¿En qué momento cruzas el umbral en el que pierdes de vista algo tan elemental? ¿Qué chip mental se ha podrido para que puedas ejercer tanta crueldad sobre un ser humano del que no sabes absolutamente nada? Siempre me ha interesado indagar en torno a ese nivel de odio ciego que puede llevar a matar por matar. Un día publiqué una novelita sobre un hooligan serbio llamado Predrag que era feliz repartiendo chingazos afuera del estadio en Belgrado hasta que un mal día un comando paramilitar lo recluta y de la noche a la mañana se transforma en un sanguinario criminal de guerra. Algunos grupos de exterminio en la guerra balcánica fueron formados por aficionados radicales del Estrella Roja. Pues bien, si aquí hubiera una guerra (y en los hechos la hay) y alguien pusiera armas automáticas en las manos de los integrantes de la barra rayada, no dudo que esos tipejos masacrarían inocentes a placer. El umbral ya lo han cruzado. Tienen la sangre cochina y la mala entraña ¿Qué carajos se pudrió en Monterrey?

Ya no soy el lector que fui. El cuervo de la dispersión me ha envuelto en sus alas. Ignoro si deba atribuir esto a la larguísima fila de ejemplares no leídos que aguarda sobre la mesa; a mi compulsiva adquisición de nuevas lecturas (compro y me regalan libros por igual); a los mil y un distractores que brotan del Aleph-pantalla o si esta bibliófila promiscuidad tiene que ver con la edad, pero lo cierto es que ya no soy un corredor de fondo y largo aliento. Pese a que en mi adolescencia y primera juventud fui encarnación de caos y anarquía, como lector fui mucho más disciplinado y constante de lo que soy ahora. Hubo un tiempo en que mi lectura de la temporada era todopoderosa. La novela elegida - o la que por puro y vil azar caía en mis manos- se transformaba en compañera omnipresente y nadie le disputaba su lugar. Eran los tiempos de Milan Kundera, de Carlos Fuentes, de García Márquez, de José Agustín y de Carlos Castaneda. Leía en orden, de la primera página a la última y solo entonces comenzaba con una nueva lectura. En aquel entonces no era dueño de tantísimos libros como ahora, pero aun así no me faltaban alternativas. Trabajaba como empleado en una librería y hacía servicio de becario en una biblioteca, por lo que podía darle vuelo a la hilacha sin límite alguno. No le hacía ascos a las novelas rechonchas ni me espantaba lo complicado. Me chuté alegremente el paquete básico de Rayuela, Cien años de soledad y La región más transparente, pero también Doktor Faustus de Thomas Mann, Ana Karenina de Tolstoi. Hoy simplemente no cuesta horrores serle fiel a una sola lectura. A medias leo cuatro o cinco a libros a la vez, sin que ninguno alcance a sacudirme.

Thursday, September 20, 2018

Hoy recordé el camión de redilas cargado de cadáveres que recorre el desierto en los alrededores del poblado de Remadrín, en el estado de Capila, en una república llamada Mágico en donde pasan esas abominables cosas tan ajenas a nuestra realidad. En la literatura latinoamericana hay de muertos a muertos: Los difuntos de Rulfo son crepusculares espectros condenados a morar en Comala; los de Gabo en la plantación bananera de Cien años de soledad son etéreos y desaparecen, pero los de mi tocayo Daniel Sada son errantes cadáveres sangrantes que se van pudriendo bajo los soles asesinos del gran Norte mientras se caen del camión donde van hacinados. El mexicalense fue profeta, pero se quedó corto con su profecía. Sí, hoy los muertos son peregrinos y el limbo es ambulante. Sada imaginó una camioneta, pero en el México real lo que hay son descomunales tráilers con el logo de un simpático osito en cuyas entrañas se descomponen más de 300 cuerpos que algún día tuvieron un nombre y una historia. Ni siquiera Dante imaginó a cientos de almas condenadas a vagar entre baldíos y carreteras. Carne podrida que hace no mucho comía, gesticulaba, gemía, amaba e imaginaba. Carne errabunda sin infierno estable para penar. ¿Eterno descanso? Cuánta razón tienes tocayo: Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe.