Eterno Retorno

Sunday, June 18, 2017

1- La omnipresencia de la muerte. La muerte siempre ha estado ahí, blanca, en la silla, con su rostro. La puedes ubicar en la primera página de El luto humano de Pepe Revueltas o en el más alegre y ñoño de tus días y la única certidumbre es que la parca estará ahí, caminando a tu lado muy cerquita, siempre a punto de tocarte el hombro. En mi caso, la omnipresencia de la muerte como única compañera es el disparador no solamente de las historias negras, sino de cualquier forma de creación literaria. 3- La intuición de infiernos individuales a través de las miradas. Dedica un par de segundos a leer la mirada de un extraño en un lugar público. Demasiados ojos son ventanas donde asoman avernos interiores. Los seres en apariencia más ordinarios e insulsos ocultan espeluznantes historias. A veces me basta la expresión de un rostro en la fila de un supermercado para dimensionar el horror en estado puro.

Tuesday, June 13, 2017

Si algo hemos de festejar este día festejemos el cumpleaños de Fernando Pessoa. Su Libro del desasosiego funge en mis amaneceres como una suerte horóscopo o I Ching. Con la primera luz y el primer café suelo leer siempre un párrafo al azar. “He construido, mientras me paseaba, frases perfectas de las que después no me acuerdo en casa. La poesía inefable de esas frases no sé si será parte de lo que fueron, si parte de no haber sido nunca”. De lo del día del escritor apenas me acabo de enterar hoy (y obvia decir que Pessoa me puede infinitamente más que Lugones). No creo ni celebro nunca el día de nada y en todo caso me correspondería festejar el día del lector, porque eso sí que soy sin duda alguna. Escribir es algo que he hecho a veces con algo de fortuna y astros alienados, pero leer es algo que hago siempre, todos los días de mi canija vida. Si a mí me preguntan a qué me dedico yo les digo que soy un lector que se ha ganado la vida como reportero. Todo lo demás, cualquier otra cosa, ha sido una lógica e inevitable consecuencia de lo anterior. He leído cien veces más de lo que he escrito y aún de esa furtiva escritura que yace en mil y un cuadernos he publicado menos de la décima parte. Alguien me ha preguntado qué pienso de que haya tantísimos escritores saliendo debajo de las piedras. Lo único que puedo decirles es que me parece fascinante que en estos tiempos híper digitales haya aún miles de personas que optan por la palabra escrita como medio de expresión. Si quieren escribir, escriban. Parece que hay a quienes les obsesiona poder determinar quién sí es escritor y quién no. Vaya pregunta estéril. Es algo que me tiene sin cuidado. De verdad ¿a quién carajos le importa? Por ejemplo, a mí me encanta tomar fotos (y de hecho he publicado fotos) y eso, por supuesto, no me convierte en fotógrafo. Al final de cuentas, en la escritura lo que vale es la carrera de resistencia.

Sunday, June 11, 2017

En las calles mojadas de mi duermevela Sergio está vivo. Invoqué mis recientes lecturas de El hombre sin cabeza y le hablé de mi fascinación por su manera de relacionar la pulsión ritual con la frialdad del robot, los rituales de sangre y sacrificio fluyendo como siniestros ríos subterráneos bajo el informe de una agencia de espionaje e inteligencia. Le hablé de mi pepena de El artista adolescente que confundió a su mujer con un cómic e Infecciosa y me menté la madre por no traerlos para una furtiva dedicatoria. Con claridad reparé en que Huesos en el desierto carece de firma, y entonces supe que de no ser en ese preciso momento entonces ya no la obtendría nunca. Acaso en el fondo siempre intuí que aquello era una visita al más allá, una correría por el limbo más descaradamente límbico donde uno puede ir con sus libros a pedir el garabato pendiente de un autor adelantado en la vereda. Todo eso a medias lo recordé en el baño y hace un segundo un puñito de arena empapada por océanos oníricos me hizo evocar la facilidad con la que emprendía ya la correría del ensayo sobre la obra de Sergio Acuario que inscribiría al sombra sino resolana y cuya escritura “parecía que la empujaba el viento” (Nayar Luna dixit). Escribir con fluidez sobre el mito de un salvaje detective con el que sólo bebí una noche de gélida primavera y a quien al parecer (o al perecer) me ha dado por querer mucho.

Hablemos de la afilada claridad irradiada por la mansión en tinieblas, del peregrinaje avenida arriba (¿era acaso el sampetrino Rosario por donde caminábamos?) y de la descarada certidumbre de ser cazadores de orgía y desenfreno. Si el deseo reprimido deviene en cáncer y pestilencia (William Blake dixit) nosotros vamos en pos de una cura de furtivo orgasmo y derrame. Sólo la impureza redime, gloria bendita en la humillación, la santidad de lo abyecto, el éxtasis místico de la sodomía. Llevábamos la dirección anotada y la calle tenía un nombre rimbombante de filósofo o pensador al estilo Polanco o acaso todo quedaba en un simplísimo Cristóbal Colón sin glamour. Da lo mismo. En torno al nombre de la calle albergo dudas, pero no en cuanto al número: era el 15. La vuelta era a la derecha y las palaciegas cúpulas podían verse desde la esquina. El detalle a resaltar es que la calle no era a cielo abierto; era el pasillo de un centro comercial lo cual no menguaba lo descomunal del castillo. Cierto, el palacio impresionaba pero sin ocultar su gastada elegancia y su odiosa pretensión de nuevo rico de los tempranos ochenta. Un anacrónico teléfono y una decoración propia de abogadete arribista. Imagino (aunque no vi) sillones Luis XV y ceniceros de falso marfil, pero aún frente al kitch se intuía en el aire lo real del aquelarre, el clímax litúrgico en un altar de sexuales sacrificios, la eucaristía del enculamiento. Violarías y serías violado. ¿En qué momento apareciste tú? Eso no me queda claro, pero pronto intuí que aquello podía ser también un liberador ejercicio de swingers, un asesinato a mansalva de mil y un tabús. Redimirte en violación para arrancarte de tajo la modorra y la abulia. Todo quedó ahí. No hubo imágenes explícitas y ni siquiera sugeridas. La censura no podría calificarlo como porno. La interpretación podría parecer muy clara: hace falta beatificarse en la porquería. La única redención posible pasa por el camino de lo vejatorio, embarrarte en semen infeccioso. Algún día recordarás la irrupción de la mansión en los minutos previos al amanecer, después de un insomne medio tiempo en el Barrio del Once y su correría criminal, mientras en el Valle de Texas una vida nueva alumbra para compartir cumpleaños con Pancho Villa y el tren del desenfreno que ya no fue se aleja de la estación de tu vida destellando su luz moribunda en la lejanía.

Tuesday, June 06, 2017

Y una invernal mañana de junio (coronada por el cielo gris de la costa bajacaliforniana que a veces también parece una negra flor carnívora) retornas a casa tras dejar a tu hijo en la escuela y así, sin decir agua va, te encuentras con que en la entrada te aguarda un cardumen de Peces Banana. Peces voladores y rejegos que salieron furtivamente de Hermosillo y cual salmones anarquistas cruzaron el desierto de Altar desafiando la Rumorosa hasta hacer su arribo a la playa tijuanera. Hierves un café de tiniebla y al azar pepenas un ejemplar en donde te pierdes a la deriva sin reparar en que las horas son devoradas por este cardumen facineroso aferrado a no soltarte. Y te enfrascaste tanto en la piscívora lectura, que hasta la noche te acordaste de darle la gracias al gran Iván Ballesteros Rojo por tan poderoso cargamento. Creí que sería una pecera pero ahora tengo un acuario.

Con claridad extrema recuerdo lo que yo estaba haciendo, pensando y sintiendo el día de otoño en que mi hermana Elisa S. Basave vino al mundo, de la misma forma que recuerdo el lugar en que estaba (nueve meses antes) en la tarde de invierno en que me anunciaron que tendría una nueva hermanita. Apenas una ráfaga de viento ha transcurrido, un soplo de eterno retorno para llegar a la nublada mañana de junio en que recibo la noticia de que mi pequeña hermanita ya es mamá. Mi lindo y recién llegado sobrino comparte cumpleaños con el mismísimo Pancho Villa y en afán de ser fieles al santoral revolucionario, yo me pronuncio por llamarlo Doroteo. El destino lo ha marcado para ser Centauro norteño.

Monday, June 05, 2017

Hay (no puede no haberlo) un viaje en puerta y la convicción (acaso sea la manda) de utilizar el mismo pantalón durante toda la travesía, de viajar ligero, con espacio de sobra en la mochila huichol, con un solo libro compañero. Hay (cada vez con mayor frecuencia) un furtivo gallito y un parque a oscuras, de solitarias porterías y paredes grafiteadas por donde al caer la noche caminamos sin tener muy claro quién trae a la mano cerillos o encendedor, con un par de posibles cómplices en plan Bartleby… y yo, desprovisto de fuego pero con ganas de alucinar, caminando con el menos indicado compañero de fumada, guardando una magra bocanada en los pulmones, cartografiando rutas de escape a otros mundos, conjurando forzosos aterrizajes. Una libreta perdida. Uno de tantísimos errabundos cuadernos olvidado en manos de alguien, acaso una no tan extraña y no tan confiable mujer. Perder mi cuaderno me sumió en la devastación y desencadenó la angustia ante la inminencia de una persecución fiscal, un pago compulsivo en línea y la inmediata respuesta de los sabuesos hacendarios. ¿De dónde viene el dinero?

Friday, June 02, 2017

A raíz del suicidio de Chris Cornell retorné a una novela que leí hace catorce años y cuyo argumento podría ser perfectamente aplicable a este caso. Se trata de Tren nocturno del británico Martin Amis. Con alma de noir (sin ser Amis un narrador negro) Tren nocturno habla del suicidio de la bellísima Jennifer Rockwell, una astrónoma de 27 años de edad, cuya vida parece un modelo de realización y felicidad hasta que un día decide tomar una pistola y volarse la cabeza. Una detective machorra, alcohólica y con el hígado destrozado llamada Mike Hoolihan investiga la extraña muerte de la joven científica. Dado que Rockwell no estaba deprimida ni enfrentaba graves problemas en su vida, la teoría de la muerte por su propia mano parece condenada a la falsedad y como en tantísimas novelas negras, todo aparenta conducir a un desenlace en el que el suicidio resulta ser asesinato. Lo sui generis de esta historia es que al final el suicidio se confirma. ¿Por qué entonces se mató la guapa astrónoma? “El suicidio es un tren nocturno, un tren que te lleva velozmente a la oscuridad. Este tren te lleva al interior de la noche y te deja en ella”. Jennifer estudiaba los hoyos negros del universo, pero nadie repara que la mente humana, al igual que el espacio, puede de pronto naufragar en un vacío abismal. Es como si el equilibrio emocional fuera una barca que en un de repente cae en una suerte de triangulo de las Bermudas. Un descomunal hoyo negro ontológico que una mala noche cualquiera puede cubrirte como cubrió a Chris Cornell quien al igual que Jennifer tenía una vida realizada y estable. No es fácil detectar los abismos cósmicos ni distinguir la débil luz del tren nocturno cuando se aproxima siniestro en la madrugada para detenerse fatalmente en la estación de tu vida. Misterios del sueño de la razón y sus adorables monstruos.

Thursday, June 01, 2017

En busca de esa pizca de delirio saliste a caminar esta mañana. Te has hecho a la idea de que el amanecer es un instante embrujado. La arena del pensamiento aún está mojada por la marea alta de los sueños alucinantes y el tejido neuronal es casi una isla virgen, la ostra que se abre para recibir el fragmento que formará la perla. La poesía es eso: un instante irrepetible, una improbable alineación de sensaciones de donde brotará la fascinación y la extrañeza ante el entorno.