Eterno Retorno

Thursday, October 10, 2019

Ninguna estación nos habla tanto al oído como el otoño 🍂; ninguna tan cargada de simbología y dejá vu. Es la estación del Eterno Retorno, del vaivén de los ciclos, la estación de los fantasmas y los presagios. El viento, la luz, las nubes, el mar, todo parece querer decirte algo y todo es inconfundible. Sientes el aire en tu cara y la esencia otoñal se regodea en su omnipresencia. Esta sensación no te acompaña en ninguna otra época del año. Todo parece traer consigo un acertijo o un mensaje oculto. Tal vez no es tan elegantemente rojo y amarillo como el de Nueva Inglaterra, pero les juro que el otoño de Baja California tiene personalidad. La primera vez que puse un pie en esta tierra era octubre y en estas fechas Carol y yo solíamos estar a la víspera de viajes, haciendo preparativos. En días como éste brotaban noticias y cambios de rumbo mientras la niebla es retada a duelo por el viento de Santa Ana y las duermevelas yacen pobladas por furtivas historias que se vuelven arena mojada al llegar el alba e intentar atraparlas en la jaula de un párrafo. No, el otoño no se deja agarrar. Pd- Ahora muchas de las fotos las tomó Carol.

Además de vientos de brujas y hojas secas, el otoño suele traer consigo nombres desconocidos e impronunciables (tan ricos en consonantes) arrojados a la palestra por esa suerte de canonización que es el Nobel de literatura. En cualquier caso, este buen pretexto para editar o reeditar autores que jamás habrían circulado en México de no ser por el punch mediático del premiecito, ha traído algunas gratas sorpresas a mi biblioteca. No, a muchos de los ganadores del Nobel yo no los hacía en el mundo y acaso la mitad me han pasado de noche. Con las obvias excepciones de Gabo, don Octa y Marito (lo siento, soy un latinoamericanista confeso) y de Saramago, de quien en alguna época fui ultra, a la mayoría de los Nobel del Siglo XXI los empecé a leer después del premio. Acaso las más gratas sorpresas hayan sido Pamuk y Coetzee, que me engancharon a la primera y de quienes a partir del premio empecé a pepenar todo lo habido y por haber. Gratas sorpresas fueron también una extraordinaria cuentista como Alice Munro o una periodista con la sensibilidad de Sveltana Alexiévich. Aunque no soy un buen lector de poesía le agarré gusto a Wislawa Szymborska y me interesó Harold Pinter por el hecho de haber sido traducido por Federico Campbell. A Modiano y a Ishiguro, ambos tan nostalgiosos, los conocía de antes, pero no han estado nunca entre los que me vuelan la cabeza, mientras que otros como Jelinek y Le Clezio de plano me aburrieron y mucho. No, no he leído nunca a Olga Tokarczuk pero en unas cuantas semanas nos van a llover nuevas ediciones así que le meteré diente. De Handke solo conocía El miedo del portero ante el penalti. Ya los veo en Alfaguara y en Alianza reeditando todo en chinga para tenerlo listo para Guadalajara. Claro, el corito de los biempensantes ya está rasgándose las vestiduras por su apología de Milosevic. Para mí, lejos de ser una mancha es un aliciente. Y no, no porque me caiga bien Milo ni mucho menos, sino porque tiendo a respetar a quienes se atreven a estar del lado incorrecto de la historia.

El Samurái de la Gráflex

Hace unos minutos recibí la fotografía de mi nuevo libro, El Samurái de la Graflex, recién salido de la imprenta. Si todo marcha conforme a lo acordado, lo estaremos presentando el próximo 20 de octubre en Monterrey. Siempre son emocionalmente intensos los días previos a la salida de un nuevo libro. Este es el número trece de mi carrera, pero les juro que los nervios y la expectativa son iguales al primero. Editado por el Fondo de Cultura Económica, El Samurái de la Gráflex narra la historia de Kingo Nonaka, el inmigrante japonés al que los azares de la tormenta revolucionaria llevaron a convertirse en jefe de enfermeros de Pancho Villa y padrino de la fotografía en la naciente ciudad de Tijuana. Una vida extraordinaria, llena de aventuras, sobresaltos e improbabilidades. Las historias suelen ser caprichosas. A veces se insinúan y nos rondan de cerca por años; nos guiñan un ojo, nos tocan la pierna por debajo de la mesa y nos arrojan destellos de lo extraordinario que sería narrarlas, pero todo se reduce a un juego de seducción, un idílico castillito mental del que nunca brota una primera piedra. Hay una idea que durante meses se aloja en lo profundo de la cabeza y cuando parece que va a germinar acaba diluyéndose como un puño de arena. Muchas quedan solamente en eso, meras tentativas y fugaces deseos. Hay una vasta bibliografía de libros que he deseado escribir y nunca fueron más allá de un garabateo de dos hojas. Éste, por fortuna, ha visto la luz. Desde hace no pocos años he querido narrar esta historia pero a veces en la narrativa no se manda. Es la historia quien decide cuándo debe ser narrada y también de qué manera. En su momento tuve (y acaso siga teniendo) demasiadas dudas sobre cómo contar la aleatoria vida de Kingo Nonaka. ¿Una biografía? Cualquier biógrafo serio me diría que mi trabajo nada tiene que ver con la historiografía, pues he recurrido a la imaginación para llenar no pocos vacíos y por momentos he tratado de usurpar los pensamientos del personaje. ¿Cómo entonces contar la historia de Kingo Nonaka? He barajado tantas alternativas. En algún momento he pensado en darle voz a Kingo y escribir en primera persona su apócrifo diario o renunciar a cualquier asomo de voz ensayística, borrar reflexiones, contextos históricos y simplemente dar voz a los personajes. Asesinar a mansalva ese odioso tonito de biógrafo y dejar a Nonaka correr libre por su novela. Pensé también en un hipotético y mentiroso álbum fotográfico, una pequeña historia para cada imagen a la manera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Demasiadas ideas surcaron mi mente y al final salió El Samurái de la Gráflex. ¿Es entonces una novela, una biografía novelada? Me parece que la historia tomó su propia vereda. Creo, o quiero creer, que las cosas aquí narradas son verdad. Estas páginas se alimentaron, sobre todo, de las largas charlas que tuve con Genaro Nonaka García, hijo de Kingo Nonaka y de la lectura de las escuetas memorias que el personaje dejó en herencia. Desgraciadamente, en las toneladas de bibliografía existente sobre la Revolución Mexicana hay mínimas referencias a este extraordinario inmigrante y lo que sobre él se ha publicado recientemente en periódicos y revistas, se da a consecuencia de la recuperación de su archivo y el borrador de sus memorias. Antes no había nada. Para la historiografía oficial Nonaka pareciera no existir y sin embargo el personaje, o su aliada la aleatoriedad, escribieron una historia fascinante. Tiempo de dejar zarpar este nuevo barquito. http://www.infobaja.info/el-samurai-de-la-graflex/

Sunday, October 06, 2019

Si hiciera una bitácora histórica de la ruta que más veces hecho viajando en transporte público en cualquier ciudad de este mundo, sin duda la respuesta es Centro-Playas seguida de Rosarito-Tijuana, ambas en guayina de color amarillo. También hice cientos de veces la ruta Centro-Módulos- Fábricas Otay bajando en Frontera en medio de la Vía Rápida, como en su momento abordé el Ruta 4 y el 69 en Monterrey para ir de San Jerónimo al Centro, o el San Nico-Tec y el San Pedro-Centro, y (en mi breve cuatrienio mexiquense) la combi azul que iba del Toreo de Cuatro Caminos a la Herradura o a Lomas del Olivo. Si de verdad quieres tomarle el pulso, la presión y la temperatura a la ciudad en donde vives, entonces debes caminar sus calles y subirte a su transporte público. Entre 1999 y 2001, recién llegado a Tijuana, lo usé todos los días. Hoy lo hago de vez en cuando. Si hablamos de Baja California podría limitarme a espetar lo obvio y sostener que nuestro paleolítico transporte es por mucho el peor de México, el non plus ultra de lo anacrónico, un escupitajo a cualquier noción de urbe sustentable. Carísimo e impráctico tanto para el usuario como para el chofer; inseguro, contaminante, generador de atascos, responsable del perpetuo caos vial en que habitamos. Más allá de hacer de tripas corazón, el transporte tijuanense ha contribuido con ese doctorado en el arte de narrar historias que me han impartido las calles de esta frontera. Se podría hacer una clasificación casi infalible de choferes según lo que escuchan en el radio. Son mayoría los amantes de la banda y el narcocorrido, pero también son bastantes los que oyen tribunas politiqueras o showcitos soeces de locutores con complejo de comediante barato. Algunos se clavan con las oldies but goodies o las baladas romanticoides de radio latina. Uno que otro le da por el hip hop y a casi ninguno por el rock. Eso sí, hay una buena cofradía de choferes evangélicos que suelen ir escuchando las peroratas radiales de sus pastores y sus plañideras alabanzas. Me ha sucedido que cuando escuchan tribunas de grilla política el debate se extiende hasta los pasajeros y de pronto yacemos todos inmersos en la grilla. Lo más raro que me ha pasado, fue encontrar un lector de Daniel Sada que subió en Santa Fe. Obvia decir que yo nunca he subido al taxi sin un libro en la mano y a veces he concluido novelas enteras en medio de un embotellamiento. Tengo muy claro cuáles fueron los tres primeros libros que leí a bordo de guayinas tijuanenses en la primavera del 99: Todos los nombres y El Evangelio según Jesucristo de Saramago y Un asesino solitario de Élmer Mendoza. Casi nada ha cambiado en 20 años, salvo hoy todos los pasajeros van inmersos en sus pantallitas y que ahora sueles tomarte el doble de tiempo para ir de un lugar a otro, pues hoy todas las horas son horas pico.

Las luces de las torretas y el coro de aullidos guiaron al taxista hasta las cercanías de la casa. Los vecinos no exageraban: la cacofonía canina se escuchaba a varias cuadras de distancia y aquello era en verdad desquiciante. Una multitud de mirones abarrotaba la calle. El taxi, que pagué con mi cartera sin esperanza real de reembolso, me dejó a unos 300 metros del lugar de donde suponía provenían los aullidos. Era una vieja casa, al final de una calle cerrada, donde solo se apreciaba un enorme portón metálico carcomido por el óxido y el salitre. Cámara en mano me abrí paso entre la gente. Al parecer yo era el primer “reportero” en arribar al sitio. Antes de hacer preguntas disparé tres veces la cámara tratando, sin mucho éxito, de enfocar la casa y las patrullas.

Hubo un tiempo que la escritura se colmaba a sí misma. La etapa embrionaria y encabronadamente honesta en que escribía por el puro y vil placer de hacerlo, sin siquiera pensar en que alguien en el mundo pudiera leerme. Escribir era un fin en sí mismo que alcanzaba su clímax en el acto de garabatear. Desde el orwelliano y heavymetalero año de 1984 empecé a llevar un diario al que podríamos denominar íntimo. No era que escribiera cosas prohibidas o temas de los que pudiera avergonzarme, pero asumía y daba por hecho que aquello era solo para mí y ni siquiera me pasaba por la cabeza la idea de leérselo a alguien. En cualquier caso catastrófica caligrafía de patas de araña me blindaba contra cualquier lectura indiscreta. Aunque alguien me hubiera robado el cuaderno la única certidumbre es que no habría entendido un carajo. Tuve también algunos escarceos con ficciones que garabatee de manera natural y con las que no esperaba llegar a nada. De una u otra forma la continuación de aquellos cuadernos que nunca interrumpí del todo fue este blog, que mantengo ininterrumpidamente desde 2002