Eterno Retorno

Thursday, September 28, 2023

la mórbida relación entre el arte y el poder

Hay novelas involuntariamente hermanadas. El expediente Anna Ajmátova del mexicano Alberto Ruy Sánchez y El ruido del tiempo del británico Julian Barnes pueden leerse como obras paralelas y complementarias, aunque ignoro si sus respectivos autores se hayan leído mutuamente. Ambas hablan de la mórbida relación entre el arte y el poder o más concretamente de la forma en que Stalin se obsesionó con dos artistas y les jodió la vida. Tanto la poeta Anna Ajmátova como el músico Dmitri Shostakóvich vivieron bajo la amenazadora sombra omnipresente del dictador georgiano que para su desgracia les prestó demasiada atención y convirtió sus vidas en un infierno. Vaya, Stalin tenía muy presentes a Anna y a Dmitri, evidentemente los admiraba en secreto y esa fue su condena. ¿Cómo habrían sido las vidas Ajmátova y Shostakóvich de no haber crecido bajo el acecho constante de un sádico tirano? ¿Habrían podido crear la misma obra en otro país o en otra época? ¿O es acaso la represión y la adversidad la que hace germinar la creatividad artística como último reducto de libertad?


¿Dónde nace un personaje de ficción?


 

¿Dónde nace un personaje de ficción? ¿Cómo se cavan los cimientos de un pueblo imaginario? ¿Surgen por generación espontánea en el tejido neuronal de su creador o acaso brotan del entorno? Aunque sobran teorías para tratar de explicarla científicamente, lo cierto es que la creatividad artística sigue siendo, pese a todo, un grandísimo misterio. Se puede creer que la cabeza de un artista es siempre tierra fértil para parir y materializar ideas sin importar en dónde se encuentre o cómo viva, sin embargo, el lugar y las circunstancias en que es concebida y creada una obra pueden llegar a ser determinantes.  Por ejemplo, los primeros capítulos de Don Quijote de la Mancha, los escribió Miguel de Cervantes estando preso en la cárcel de Sevilla acusado de malversar fondos en su papel de recaudador de impuestos. Es posible que la idea del Ingenioso Hidalgo rondara la cabeza del Manco de Lepanto desde algún tiempo atrás, pero necesitó estar en una celda sevillana para empezar a dar forma a la que a la postre sería su novela inmortal.  Tal vez si en lugar de caer preso en Sevilla, Cervantes hubiera obtenido permiso para embarcarse a la Nueva España como era su deseo, el Quijote jamás habría nacido o sería una obra harto distinta. Malcolm Lowry no escribió Bajo el volcán inmerso en un delirium tremens de mezcal en Cuernavaca o en Oaxaca, sino en una fría cabaña de la Columbia Británica en un periodo de aislamiento y relativa sobriedad. Mary Shelley concibió el Frankenstein durante su estancia en la mansión de Villa Diodati a orillas del lago de Ginebra a donde fue invitada junto con su esposo Percy por el extravagante Lord Byron.  

Gabriel García Márquez escribió Cien Años de Soledad a lo largo de 18 meses mientras vivía en la casa marcada con el número 19 de la Calle de la Loma en el Barrio de San Ángel, en la Ciudad de México, durante un periodo de muchísimas carencias económicas.  Cierto, la idea de Macondo, según narra el propio Gabo en su autobiografía Vivir para contarla, brotó en 1952 durante un viaje realizado en compañía de su madre a su natal Aracataca donde se reencontró con la casa de sus abuelos y las leyendas del poblado. Macondo aparece ya en su primera novela, La hojarasca y en el último relato de Ojos de perro azulIsabel viendo llover en Macondo, sin embargo fue hasta que llegó a vivir a la casa de San Ángel cuando pudo dar forma a la historia de los Buendía Iguarán. ¿Habría cambiado mucho la esencia de la novela si hubiera sido escrita en otra casa, en otra ciudad o en otro momento de la vida de Gabo? Difícil responder esa pregunta.  

¿Cómo leeríamos a Rulfo hoy en día si Pedro Páramo se hubiera llamado Maurilio Gutiérrez y Comala fuera Tuxcacuesco? ¿Tendría el mismo peso y significado Pedro Páramo si  Juan Rulfo hubiese sido un prolífico autor que publicara un libro por año?  Las dudas le ganan por goleada a las certezas.