El escándalo Harwicz o la pestilencia del Zeitgeist encarnada
Si
tuviera que explicar con bolitas y palitos la pestilencia que corroe a ese ente
llamado “mundillo literario”, ahí está el escándalo Harwicz como ejemplo
perfecto. Si quieres sintetizar la podredumbre del espíritu de la época, ahí tenemos
ese ridículo sainete como prototipo. Está que ni mandado hacer. Como ocurre tantas veces, yo acabo concluyendo
que están el moretón pal chingazo, el sapo pa la pedrada. Ni cómo ayudarlos.
Resulta
que una escritora argentina llamada Ariana Harwicz fue desinvitada a un festival
cultural en Granada por sus supuestas posiciones sionistas y su negacionismo
frente al genocidio israelí en Palestina.
El
asunto desató algo así como una guerra mundial entre escritores, un zipizape de
proporciones mayores. Tras la desinvitación, un grupo de escritoras firmó un
manifiesto redactado con las patas (la neta, un becario preparatoriano de servicio
social lo habría escrito mejor). Dicho manifiesto tan mal redactado, pretendía
validar la exclusión de la argentina sionista, pero horas después, otro grupo de
350 escritores firmó otro manifiesto de apoyo a Harwicz e incluso el irlandés
John Banville, que también estaba invitado a Granada, canceló su participación
en solidaridad con Ariana. Ya entrados en gastos, ooootra pinche horda de unos 500 sinquehacer
irrumpió como enjambre de moscas en la suculenta basura para echar montón y
validar la tarjeta roja a Harwicz. Haga usted de cuenta que levantaron una
piedra y brotaron 500 alacranes (entre ellos la siempre aburridísima Cristina
Rivera Garza). Eran algo así como una
turba de aldeanos medievales armados de picas y palas apedreando a una mujer
acusada de brujería. Así las cosas, ahí
tenemos a 850 o 900 personajes que sin duda no tienen nada más interesante en
sus vidas que pelearse por la invitación o desinvitación de una tipa a un
pinche evento culturoso.
Miren colegas,
las novelas que yo he leído de Ariana Harwicz no se me hacen nada del otro
mundo, pero la salva un ensayo muy chingón llamado El ruido de una época. Y es
que Ariana es de las pocas personas que se atreve a denunciar a las inquisiciones
de lo políticamente correcto, los intolerantes tribunales que en nombre de los
valores bien pensantes del “lado correcto de la historia”, condenan arte
sublime acusado de sexista o racista. Solo por eso Ariana me cae bien, porque no
cualquiera se atreve a denunciar esos tribunales del santo oficio que controlan
el Zeitgeist actual. Ojo colegas, no se me confundan: a mí Netanyahu y su
política me dan asco. El genocidio israelí es moralmente indefendible, pero como
yo soy hijo de Voltaire y del espíritu de la Ilustración, defiendo a muerte el
derecho de cualquier persona a pensar distinto y a envolverse en banderas de causas
políticamente incorrectas aunque a mí me repugnen. Sí, los hijitos bastardos
del colérico Yahvé me generan arcadas, pero también siento ganas de vomitar
cuando veo a una turba de 500 hipócritas pidiendo linchamiento y exclusión
contra una sola persona que se atreve a pensar distinto. Es el equivalente a un
coro de mojigatos del pensamiento único pidiendo hoguera para la hechicera o
lapidación para la adúltera. Del asco. Hay mucha, muchísima contradicción en la
superioridad moral de quienes se envuelven en banderas de Palestina. Me
gustaría ver a alguna de esas acomplejadas aborteras de pañuelo verde eructando
sus alharacas histéricas en un país islámico a ver cómo les va. Y luego los ves
escribiendo NOSOTRXS en mayúsculas y
redactando su patético comunicado con ese ridículo lenguajito puñetero.
Vomitivo es poco. Y para acabarla, Harwicz la caga espantosamente con su respuesta
y opta por recurrir a la perorata básica del manual del perfecto sionista: “son
antisemitas y me excluyen por ser judía”. Putísima madre, ¿neta no se saben de
otra? Los sionistas no entienden que no
entienden. Ni cómo ayudarte Ariana. En
fin colegas: el moretón pal chingazo, pero aunque el Israel über alles me parece
el non plus ultra de lo abominable, en este caso particular soy Team Harwicz.
Puro espíritu de Voltaire.
PD- Tanto
amo a Granada, que como pueden constatar mi foto de perfil es en la Alhambra.


