Cuando 17 minutos después un segundo avión se impactó sobre la torre sur...
La mañana del
lunes 10 me fui al canal sin haber pegado un ojo y por la noche en el noticiero
debí usar una doble capa de maquillaje para intentar disimular mi rostro de
derrumbe.
Llegando a casa
me esperaba un campo de batalla. Pilas de pañales, cobijitas vomitadas y
biberones a medias desfilaban desde el comedor a la recámara. Rosamar y
Marisabel parecían competir por ver quién lloraba más fuerte mientras mi madre
y mi suegra se enfrascaban en una estéril discusión y Rosalía lloraba en
silencio con el rostro pegado a la almohada. Fue la peor noche de todas y
cuando estaba decidido a emprender la fuga e irme a refugiar a un hotel,
sobrevino el milagro de tener a las dos gemelitas dormidas poco después de las
cuatro de la mañana. Cedí a la tentación de tomar media pastillita que me hizo
caer despatarrado sobre el sillón para conseguir mi primer sueño profundo desde
el día del parto. Fue entonces cuando el Boeing 767 de American Airlines se
estrelló contra la torre norte del World Trade Center.
Cuando 17
minutos después un segundo avión se impactó sobre la torre sur, los gritos de mi suegra retumbaron en mis
pesadillas. Instantes más tarde, una llamada urgente del dueño de la televisora
acabó de despertarme y aquí estoy, dispuesto a atascarme de Apocalipsis frente
a las cámaras.

