Eterno Retorno

Saturday, January 03, 2026

Dos novelucas venezolanas

 


 

 

Para no abonar cacareo a un debate de sordos en donde sobran “expertos” en derecho internacional, qué les parece si mejor les recomiendo un par de novelucas venezolanas

Hoy es un buen día para releer Patria o muerte, del caraqueño Alberto Barrera Tyszka y Malasangre de la también caraqueña Michelle Roche Rodríguez. Patria o muerte la leí hace exactamente diez años y la disfruté muchísimo. La historia transcurre en Venezuela en el momento en que Hugo Chávez ha entrado en agonía y muestra la polarización de la sociedad venezolana en donde el oncólogo Miguel Sanabria vive entre el furioso radicalismo antichavista de su esposa y la fe bolivariana de su hermano, funcionario de gobierno y para su desgracia, debe custodiar y ocultar un teléfono celular que contiene una grabación con lo que parece ser el testamento de Chávez. En ese escenario, nos encontramos con el colega reportero Fredy Lacuna que investiga los detalles sobre la enfermedad del presidente ante el hermetismo del gobierno sobre su verdadero estado de salud y nos encontramos con María, una niña de nueve años cuya madre muere en un asalto. Es un retrato tragicómico y no exento de sentido del humor de la Venezuela bolivariana

Malasangre es una novela harto diferente. A Michelle Roche la han llamado la Mariana Enríquez venezolana. Su historia transcurre en la Venezuela de 1921 gobernada por el dictador Juan Vicente Gómez En la superficie es una novela vampírica en donde Diana, la hija adolescente de una acomodada familia, hereda la hematofagia de su padre. Sin embargo, más allá de narrar los góticos romances de una Carmilla de Caracas, Malasangre es también una novela política que retrata por una parte la opresión religiosa y patriarcal que padece una joven de buena familia, pero por otra, la red de traiciones y conspiraciones en la era del dictador. Mientras Diana chupa la sangre de sus amantes, las compañías extranjeras chupan el petróleo venezolano.

¿Qué pienso de lo que ocurrió esta madrugada? Lo resumo en una expresión de rancho: el moretón pal chingazo, el sapo pa la pedrada. Miren colegas, no hay dictadores buenos ni dictadores malos. Todos los dictadores apestan, sean de izquierda o de derecha. ¿Qué sucedió? Una basura humana fue secuestrada por otra basura humana infinitamente más poderosa, y como el fin justifica los medios, se pasaron el derecho internacional por el arco del triunfo. Es mi bitácora

Friday, January 02, 2026

¿Cuántos libros lees al año?

 


 

¿Cuántos libros lees al año? Esa es una de las preguntas que más veces me han hecho y me siguen haciendo a la fecha y creo que la gente se decepciona un poco cuando les digo que no sé, que la verdad no los cuento. Tal vez en alguna época llevé un registro un poco más preciso, pero con los años me torno cada vez más caótico y desordenado con mis lecturas.

Creo que las personas quieren escuchar récords escandalosos y estadísticas despampanantes. Por ejemplo, veo que en X han hecho un pedo gordo porque un profesor español llamado Fernando Bonete dice que lee un promedio de 140 libros año. Aventuró la cifra en respuesta a una pregunta expresa (la misma pregunta que tantas veces me han hecho) y desató un troleo inclemente. Parece que a la gente le molestó muchísimo saber que el chico lee 140 libros al año.  Vaya, lo jodieron por leer mucho de la misma forma que a una tal María Pombo la jodieron por defender su derecho a no leer nada y hacer un elogio de la no lectura. Quién los entiende.

En buena onda colegas, es un poco ridículo leer para tratar de batir récords olímpicos. Reducir o condicionar un acto de pleno disfrute a una acumulación de números. Como quien reduce el amor a cuántas veces eres capaz de venirte en una noche.

A ver, este año fui jurado en un certamen de la UDLAP y me leí de Hidalgo más de 100 cuentos. Casi todos los años me toca ser juez en algún concurso y por lo bajo me chuto unos 40 o 50 trabajos. ¿Cuentan como lectura para el récord? Súmale además a  toooodos los coleguitas y esporádicos contactos de redes que me mandan sus novelas o cuentos para que les de mi más “honesta mi opinión” (te lo juro: no eres el único, hay decenas como tú. No hard feelings please). Llegan antologías por aquí, antologías por allá y a eso agrégale las compulsivas relecturas. A veces dedico más tiempo a releer libros que me apasionaron que a las novedades editoriales. Por ejemplo, con los cuentos y poemas soy vocacionalmente desordenado. Siempre los leo aleatoriamente (y por cierto, cada vez leo más poesía).

Muy a menudo me releo al azar un cuento de Borges, Gógol o Schweblin, una crónica mostrenca de Caparrós o Tomás Eloy, un momento estelar de la humanidad de Zweig, una vida imaginaria de Schwob, un sueño de sueños de Tabucchi, un poema de Gorostiza, Balam Rodrigo,  Pancho Serrano o Pizarnik, unas cuantas microficciones de la Antología de la Literatura Fantástica y eso por no hablar de las toneladas de artículos, columnas, crónicas y ensayos que leo en línea.  Vaya, navegando por la aún no extinta blogósfera puedes todavía encontrar joyas. Por ejemplo, en el carro traigo varios libros en el asiento del copiloto. Haciendo línea para cruzar a San Diego o esperando a Ikercho a la salida de la escuela, me chuto dos o tres cuentitos.

Para efectos del récord olímpico: ¿cómo carajos se supone que debo emprender mi conteo? ¿Por página, por palabra, por caracteres, por kilo de papel? Releer La metamorfosis de Kafka te puede tomar medio día, pero leer los dos tomos del Kafka de Reiner Stach te puede tomar un año.  ¿Cada uno cuenta como un libro en el conteo? Vaya, me parece muy coherente registrar kilómetros en una rutina de ejercicio, pero me parece una verdadera ridiculez emprender ejercicios de contabilidad con las lecturas.

No soy ni he sido nunca un académico y salvo por las veces en que he sido jurado, jamás en la vida he leído porque sea parte de mi chamba. Nadie nunca me ha impuesto un programa de lectura. Hay ocasiones en que he tenido la tentación de autoimponerme un método o una rutina. A veces digo, este año voy a leer las obras completas de Shakespeare o me voy a sumergir en clásicos grecolatinos o le daré la oportunidad a desafíos tipo La broma infinita o El hombre sin atributos, pero yo soy el primero en incumplir. Solo puedo leer por placer y el placer solo conoce de libertad y libertinaje. Sí, lo confieso: soy un lector libertino y cada vez lo seré más.

Thursday, January 01, 2026

Cuando los primeros escarceos de la embriaguez empezaban a hacer de las suyas en su cabeza

 


En los corrillos periodísticos era bien sabido que Radel entraba a la cancha con una pacha de whisky oculta entre las múltiples bolsas de su descomunal chaleco. Entre lentes y rollos, el veterano fotógrafo siempre tenía un lugar especial para un pomo que iba bebiendo a lo largo del partido y que estaba rigurosamente vacío cuando el árbitro silbaba el final.

Lejos de afectar la calidad de sus fotografías, el licor parecía potencializarlas. Radel sostenía que sus mejores imágenes solían ser captadas cuando los primeros escarceos de la embriaguez empezaban a hacer de las suyas en su cabeza. El fotógrafo borrachón captaba como nadie las pinceladas artísticas del juego que a sus colegas pasaban desapercibidas.  La mala noticia es que sus neuronas alcoholizadas  cobraban la factura a la hora de comenzar con el trabajo posterior al silbatazo final, cuando llegaba el momento  del revelado y el envío.

Cuando tú lo conociste, al final del verano del 86, el viejo Radelgardo purgaba la culpa de su último gran fracaso, cuando una parranda en los bares romanos le costó quedarse dormido en la barra y perder el avión que al amanecer lo habría llevado al Mundial de México en donde Italia, campeón defensor,  jugaría contra Bulgaria el partido inaugural. De nada sirvieron sus pretextos y sus ruegos para que le gestionaron un nuevo pasaje aéreo. La Gazetta delo Sport nada quiso saber de gastar una lira más en un fotógrafo irresponsable que sin duda iría a México a ahogarse en tequila.

La pérdida del avión le costó a Radel ser vetado ahora sí para siempre de los grandes diarios nacionales y de los partidos de la selección de Italia o de los equipos grandes aspirantes al Scudetto. Entonces tuvo que volver a conformarse con trabajar para L’Eco Di Bérgamo y limitarse a cubrir los partidos como local del Atalanta, que en la agonía  del verano del 86  iniciaba una nueva temporada con más pena que gloria peleando con las uñas por mantenerse en la serie A.

Sunday, December 28, 2025

Otro yo


 

Hace no mucho tiempo, este podría haber sido para mí un típico post de Día de los Inocentes. Decir que hoy me resulta de lo más normal despertar un domingo a las 5:30 de la mañana y atravesar la ciudad para ver el amanecer en el Parque Esperanto. Decir que desperté fresquecito, pues la noche anterior no bebí gota de alcohol (de hecho llevo dos meses y medio sin beber una sola cerveza y tan solo bebo vino tinto de vez en cuando para cenar). Narrar que caminé nueve kilómetros alrededor de la presa sin asomo de cansancio y poder afirmar que hacía mucho tiempo no me sentía tan bien. Antes me enfurecía que me dieran consejos de vida sana y trataran de evangelizarme con temas de dieta y ejercicio, pero hoy reconozco que tenían razón. Agradezco de nuevo a los buenos amigos que me empujan al lado saludable de la vida. Habrá quien piense que por ser 28 de diciembre estoy bromeando, pero en esta ocasión es real. Basta meterle un buen kilometraje a tus tenis y liberar tu organismo de porquerías para sentir que por arte de magia brota otro yo, tu Doppelgänger más sano. Es clave que Carol De Hoyos esté en el mismo tren, pues ambos nos echamos porras. Aún falta muchísimo, pero la máquina ya está encendida y el engranaje girando.