Eterno Retorno

Friday, November 23, 2018

Miradas desde la Mitad del Mundo

Escribo esta columna mientras cae la tarde en Quito, Ecuador, inmerso en un ritual de niebla y montañas. Acompañado de mi esposa Carolina, he venido a esta ciudad invitado por la Feria del Libro y la Lectura y al cabo de cinco días, sólo puedo concluir que este país derrocha hospitalidad, calidez y una elevada dosis de embrujo. No sé por qué habíamos tardado tanto en visitar tan fascinante tierra. Gracias a la invitación del escritor colombiano, Guido Tamayo y del director de la Feria, Antonio Correa, tuve la oportunidad de participar en esta fiesta libresca y ahora lo que me llevo por herencia son las ganas de retornar muy pronto y pasar más tiempo en este país. También anduvo por estos rumbos mi amigo Joel Flores y juntos enarbolamos la bandera de la narrativa tijuanense que por vez primera se presenta en la Mitad del Mundo Ha sido grato conocer a tantos y tan entusiastas amantes de la lectura que compartieron con nosotros sus inquietudes y sus libros. Tanto la presentación de Joel como la mía, así como el par de mesas redondas que compartimos con narradores colombianos y ecuatorianos tuvieron una entusiasta participación por parte de los lectores. Por supuesto, me llevo la mochila atiborrada de literatura ecuatoriana, pues no exagero si digo que me han regalado más de 20 libros. Mención especial para Edgar Allan García, autor de una vastísima obra que incluye poesía, ensayo y decenas de libros para niños, o Alexis Cuzme, colega metalero que ha hecho una interesante fusión entre heavy y literatura. Grato conocer al cronista rasta de Guayaquil, Francisco Santa Ana o a Edwin Alcaraz, mi presentador, o a los entusiastas colegas de Kaviernícolas, un creativo club de amigos en donde hay narradores, dramaturgos, poetas y artistas visuales, hermanados todos por su genialidad y sentido del humor. La omnipresencia de las nubes, la densidad del abrazo andino, la profundidad del verde en cerros y barrancas, el amanecer ataviado con su mejor traje de niebla han sido el entorno de nuestros días ecuatorianos. El clima, eso sí, es impredecible. El sol de la mañana puede transformarse de un momento a otro en una tormenta de mil y un relámpagos y truenos que retumban en las montañas. El manto de tormenta se desliza sobre Quito, las cúpulas góticas de la Basílica acarician el cielo ennegrecido mientras los amuletos de ancestrales chamanes se hablan de tú con lo sagrado en el museo del Alabado. Abrazamos mundos paralelos en nuestras correrías ecuatorianas, mientras la tardecita andina nos narra sus secretos. Subo al cerro del Panecillo ¿Es acaso una virgen o un ángel exterminador la guardiana de esta ciudad de repentinas tormentas? Sinfonía de truenos, manto de rayos. El cielo ecuatoriano tiene un cofre de sorpresas donde cualquier embrujo es posible. Desde una altura de 4 mil 200 metros, en las cumbres del volcán Pichincha, contemplamos Quito diluirse fantasmal entre la niebla. Comemos Locro, Menestras, plátanos machos. Llegamos al punto de latitud 00,00, 00 desde donde damos pasos indistintos al Sur y al Norte. Qué fascinante nos parece el mundo contemplado desde su exacta mitad.

Thursday, November 22, 2018

De migrantes, gratitudes y guajolotes

Había una vez unos migrantes pobres y hostilizados que huyeron de su país y se hicieron a la mar con rumbo desconocido en busca de una suerte de tierra prometida en donde poder prosperar. Un helado día de otoño llegaron a una rocosa costa en Massachusetts en donde encontraron pavos salvajes y algunos nativos que los miraban con curiosidad. Esa noche los migrantes pobres comieron guajolote con los indígenas y agradecieron a su puritano dios por haberles dejado llegar con bien a ese terruño. La acción de gracias se prolonga hasta nuestros días. Lo demás es historia. En los tres siglos siguientes la tierra prometida fue poblada por millones y millones de migrantes: ingleses, irlandeses, escoceses, holandeses, alemanes, chinos y muchísimos mexicanos que ya vivían ahí antes de que el Tratado de Guadalupe-Hidalgo trazara con sangre la cicatriz del Río Bravo en 1848. Esta noche los habitantes de esa tierra prometida comerán su guajolote y darán gracias al cielo por los dones recibidos en tan próspero país. También comerán los miles de soldados de la Guardia Nacional y agentes de la Patrulla Fronteriza que hoy resguardan la frontera para que otra horda de migrantes pobres y hostilizados no entre por la fuerza a su tierra prometida. Lo sentimos mucho, pero no hay guajolotito para todos. Cuestión de timing. Los hondureños llegaron tarde a la fiesta. Ya no hay nativos con cara de incredulidad ni pavos salvajes listos para ser comidos, sino un muro y un chingo de tanquetas preparados para darles una bienvenida de mil amores. Cuando firmamos nuestra Acta de Independencia de 1821, Honduras Y Guatemala eran parte de México. También lo eran Texas, California, Arizona, Nevada y Nuevo México. Pudimos ser el imperio más grande y poderoso de América pero también pudimos ceder a la tentación secesionista y fragmentarnos en un montón de republiquitas miserables como le pasó a Centroamérica. La historia de lo que pudo haber sido es tan seductora como escalofriante. A veces me pregunto cuánto tiempo perdurará el estado nacional como la figura jurídica determinante de la geopolítica mundial. Tal vez cuando el planeta se divida en mortales y amortales, en homo sapiens y cyborgs (Yuval Noah Harari dixit) la división por nacionalidades dejará de importar demasiado. Entonces habrá otro sistema de castas (acaso más tajante, cruel y radical) para dividir a la humanidad. Por ahora lo que nos divide es nuestro pasaporte, como una suerte de marca de la bestia. No será eterno, pero por ahora es lo que hay. Este conflicto migratorio-diplomático llega en el peor momento posible. Odio el espíritu de esta época, este mórbido zeitgeist que ha derivado en una conferencia de sordos, un monólogo de intolerantes. Trump se regocija, pues las hordas del caos legitiman su discurso de odio y le abren el caminito a la reelección hacia donde marcha en caballo de hacienda. Las autoridades de Baja California hacen lo que mejor se les da: esconder la cabeza como avestruces, fingir que no pasa nada, rezar para que las cosas se resuelvan solas, eructar la peor estupidez posible, gobernar con las patas. Nuestros parodiables nazis tijuanos hacen su ridícula pasarela sin mirarse la puerca cola, mientras los chairos y los políticamente correctos se regodean en su perorata hipócrita y en su pose de mártires, esperando a que su retrógrada tlatoani tabasqueño convoque nuevas consultas (bastaría con que cada chairo hocicón invite a un centroamericano a dormir a su casa para que se solucione el problema). Mientras tanto las armas ya están cargadas y las garitas a un suspiro o a un twit de cerrarse. Así encontré Tijuana a nuestro regreso de Ecuador en este sagrado jueves de gratitud. En fin, vamos sazonando el guajolote. Es tiempo de dar gracias.