Eterno Retorno

Saturday, March 05, 2016

Debe ser el vicio o la compulsión por estar siempre al lado del camino, por buscar la piedra filosofal en los Siete locos, en el cadáver exquisito o en la quintaesencia de la música, pero el caso que hay mil y un estrofas de Fito Páez haciendo vida cotidiana en el caos de mi cabeza. Reparas en lo mucho que un artista significa y ha significado en tu vida cuando te sorprendes cantando de memoria cada canción del concierto. Para no ir más lejos, el concepto Días de whisky malo fue inspirado por una rola fitesca. Para mí la música se divide en Metal y el resto, y dentro de mi reducido mundo no metalero, el sitio de honor lo tiene el rock argentino clásico. Un furtivo y no superado idilio con la música de Charly García que comenzó allá por 1987 me ha paseado por exponentes como Spinetta, Calamaro y por supuesto, por el grandísimo Fito. Hacía muchísimo tiempo que no acudía a un concierto de un género distinto al Metal (posiblemente el último fue precisamente el Flaco Spinetta en Buenos Aires en diciembre de 2008) y debo admitir que lo de Fito Páez en el Cecut ha sido punto y aparte. Un piano, un austero escenario desnudo y un ritual de nostalgia en penumbra e intimidad. Fito tocó una fibra. Fue hermoso poder compartirlo con Carol De Hoyos. ¿El mejor concierto al que he acudido en territorio tijuanense? Yo creo que sí.

Thursday, March 03, 2016

¿Hubo lectores en la expedición de Hernán Cortés? ¿Cuál fue el primer libro impreso en llegar a tierras mexicanas? ¿Fue alguna cartilla catequista del Padre Olmedo o acaso algún soldado cargaba consigo una novela caballeresca? Aunque se ha estereotipado a los integrantes de la expedición de Cortés como villanos analfabetas, lo cierto es que entre los integrantes de la tropa española que sitió Tenochtitlán había algunos lectores, empezando por Bernal Díaz del Castillo, que leyeron el Amadís de Gaula y encuadraron el Anáhuac en el imaginario de la caballería. Tanta influencia ejerció la novela caballeresca, que el mismo nombre de California procede de las Sergas de Esplandián. La primera visión de la Gran Tenochtitlán por ojos europeos hizo evocar “cosas de encantamiento propias del Amadís”. Los conquistadores arribaron a Veracruz poco más de 60 años después del nacimiento de la imprenta de Gutenberg en Maguncia y aunque la mayoría de aquellos hombres encarnaban los vestigios de un feudalismo iletrado, lo cierto es que hubo no pocos hombres de letras entre quienes empuñaban la espada. Ser lector en México ha implicado siempre un desafío. Desde la llegada de la primera imprenta los lectores más curiosos y ávidos debieron ingeniárselas para burlar la censura de la iglesia. El obispo Juan de Zumárraga y los suyos supervisaron con lupa cada punto y coma que se imprimía en la Casa de las Campanas. No hubo párrafo impreso que escapara a la censura de la iglesia en aquellos primeros años de la primera rotativa en América. Pese a ello, siempre hubo libros que lograron burlar la vigilancia. En 1541 se imprimió el primer texto no eclesiástico que circuló en la Nueva España y a la que con algo de malicia e imaginación podemos denominar como una crónica de nota roja: Relación del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en la ciudad de Guatemala. No solo oraciones y catecismo salían del invento de Gutenberg trasladado a América. Sería el primero de muchísimos libros no sacros que circularon por las calles del virreinato.

Tuesday, March 01, 2016

El mundo de la literatura suele tributar al escritor, pero la realidad es que el verdadero viajero, el hedonista y el estoico, el que puede perder la razón y el rumbo es y ha sido siempre el lector. Esa persona diluida en una arquitectura de palabras capaz de sentir el fluir de un río subterráneo donde otros sólo ven letras amontonadas, es cada vez menos común en nuestras ciudades y su esencia misma es un desafío al espíritu de la época. ¿Cómo aferrarse a la trinchera del libro en un mundo que endiosa la utilidad y la inmediatez? En un tiempo donde el lugar común es afirmar que la gente ya no lee y las librerías están en inminente peligro de extinción, un lector y un librero son especies atípicas, excentricidades absolutas en el imaginario colectivo.El lector como un salmón insurgente en franco desafío al Zeitgeist imperante en la época. Leer libros en la era de las redes sociales y Netflix puede ser casi un acto de heroísmo o aferrada resistencia. ¿Es posible seguir apostando por la lectura en un mundo atiborrado de distractores y omnipresentes e interminables opciones de entretenimiento y evasión que nos acompañan en ese nuevo Aleph portátil que son los teléfonos inteligentes? ¿?

Monday, February 29, 2016

A un costado de la carretera caminaba el mulato buscando el mar. Pantalón corto, suéter de colores, fe en su infinita sed de inmensidad. Caminaba a un costado de la carretera escénica a la altura de Playas de Tijuana, pero antes de dar con el Pacífico dio con un canal de aguas negras y aquello fue tan emocionante que no dudó en arrojarse, pues al fin y al cabo era agua junta, aunque por un momento no era el negro sino yo quien flotaba en aquel resumidero de mierda y en la pestilencia aún tuve cabeza para dudar si los pantanos oníricos manchan las sábanas y pueblan de bacterias mis labios. No era una culebra de agua, pero se sentía a sus anchas en aquel pantano. Podemos estar de acuerdo en que era una anaconda y su color era oscuro. Había también un leopardo o pantera. Ambos iban sobre mí o al menos yo me andaba con cuidado Había una gran sala inundada y un resbaladero emergiendo de la inundación. Aquello eran casas devenidas en ciénaga, una especie de Nueva Orleans post Katrina. Tengo la certidumbre de haber explorado la parte trasera. El agua me llegaba hasta las rodillas o acaso me cubría medio cuerpo. ¿Cuánta invisible lama pantanosa ha quedado impregnada a mi cuerpo?