Eterno Retorno

Sunday, March 29, 2026

DESPANZURRAR AL CENTAURO (revisited 2026) Manual de pepena y caza para ensayistas rejegos

 


En ningún género soy tan brutalmente honesto como en el ensayo.  Cuando escribo ficción soy (como todos) un poco o bastante chapucero, pues al final de cuentas se trata de contar mentiras creíbles e inventar amigos imaginarios y aunque me divierta mucho haciéndolo, no deja de ser una treta. En cambio, en mi fase de ensayista soy yo pensando en voz alta, hablando solo mientras camino a la deriva  o  bajo el fresco chorro de la regadera. Cuando escribo ensayo estoy charlando frente a ti en un café o en una cantina. Estoy iniciando una conversación contigo, planteándote mis dudas y mis pensamientos contradictorios. Aunque la escritura pueda parecer una actividad solitaria, cuando escribo ensayo siempre siento que le estoy hablando a alguien sobre un tema que me obsesiona. 

 

Yo escribo ensayos a partir de la duda y la curiosidad. Si todo en mí fueran certezas, lo más probable es que no sintiera  impulso alguno para empezar a escribir. Escribo sobre temas que llevan un buen rato bailándome en la cabeza, que son tercos y machacones como una mosca panteonera en verano e irrumpen del mar de la duermevela cuando despierto en la madrugada. Escribir es interrogarme e interrogarte. Podría decirte que busco respuestas pero a menudo encuentro más preguntas. 

Creo que de una u otra forma siempre estoy escribiendo y leyendo ensayos. La absurda paradoja, es que pese a hacer de mi vida cotidiana un ritual ensayístico, hoy reparo en que no tengo muy claro cómo poder guiar o aconsejar a alguien para escribir un ensayo.

Hoy será la primera vez que impartiré un taller de ensayo. Apenas el viernes de la semana pasada terminé un taller de cuento y el mes pasado impartí uno de periodismo narrativo, pero aunque me considero un ensayista hormonal, la realidad es que carezco de un método estandarizado de trabajo. Vaya, sigo más reglas y parámetros cuando empiezo a escribir un cuento y a menudo naufrago en varias tentativas de arranque antes de poder encender el motor. En cambio, con el ensayo la escritura fluye tan natural como el pensamiento y me doy cuenta que a menudo empiezo a navegar a la deriva sin tener muy clara la ruta. 

Lo extraño y lo contradictorio es que para mucha gente  el ensayo es el género formal por excelencia. La sombra proyectada por  la academia es  densa y castrante, pues a menudo  me encuentro con colegas estereotipan al ensayo como un acartonado mamotreto encorsetado en el calabozo del marco teórico, la metodología, el abstract, las conclusiones y un inabarcable océano de citas textuales y referencias bibliográficas a pie de página que a menudo acaban por desbordar y sepultar las ideas propias, si es que las hay o alguna vez las hubo. No pretendo denostar a los académicos y su mundo. Asumo que ellos tienen una labor que cumplir en esta vida y sin duda es respetable. Sucede simplemente que jugamos en divisiones diferentes y por nada del mundo me gustaría jugar en la suya. Yo estoy aferrado a la literatura porque soy un hedonista vil que solo concibe la lectura asociada al principio del placer, un furtivo pepenador de palabrería, un escapista vocacional.   

El ensayo literario es libertad. Mi paisano Alfonso Reyes lo definió como el Centauro de los géneros. También podríamos concebirlo como el gran ajolote prosístico en donde caben todos los géneros. El ensayo parte de una idea o varias ideas, pero al irlas desmenuzando puedes echar mano de la novela, el cuento o la poesía. El ensayo no es periodismo pero se lleva de maravilla con la crónica. El ensayo es ideal para cruzar furtivamente la frontera narrativa… 

 

Así las cosas, aquí les comparto un mentiroso decálogo que ba a ser de diez pero acabó en doce ideas y conceptos para despanzurrar al Centauro

 

AdvertenciaAquí estamos hablando de ensayo literario, es decir de creación e imaginación. Olvídense del abstract, los objetivos,  el  marco teórico- metodológico o las conclusiones. Aquí lo que se valora sobre todo y ante todo  es la inventiva, pero  también la riqueza de la prosa, su claridad y fluidez, la originalidad de la exposición y la capacidad de establecer un diálogo franco con un hipotético lector. 

 

1.     Ante todo sé creativo y suéltale las riendas a tu imaginación.  En el ensayo literario la creatividad lleva mano sobre la erudición.  

2.   Me gusta concebir el ensayo como una conversación y no como una conferencia. Cuando escribo ensayo tengo el ánimo de una charla de café o cantina. El ensayo es el fluir el pensamiento en voz alta. 

3.   Olvídate de los límites. Cualquier tema es susceptible de ser desarrollado en un ensayo. Puedes bucear en profundidades ontológicas, desmenuzar la quintaesencia de la poesía mística o simplemente disertar sobre el rol de los corta uñas y los cepillos de dientes en la vida moderna. 

4.   ¿Cuál es el mejor tema? Uno que te emocione pero sobre todo que te inquiete, que  te haga dudar y reflexionar mientras caminas, te bañas o intentas conciliar el sueño. Es deseable (obvia decir) dominar dicho tema pero importa más que tengas algo diferente e imaginativo que expresar. 

5.    Hazte preguntas y hazle preguntas a tu lector. Atiborra tu ensayo de signos de interrogación.  Nada errado andaba Sócrates con su mayéutica.  Los mejores ensayos son los que siembran dudas, no los que imponen certezas. Pregúntate, respóndete,  vuélvete a preguntar y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones. 

6.   Escribe preferentemente desde el yo. La neutralidad y la distancia son deseables en la nota periodística o el reportaje, pero si hablamos de ensayo se trata de darle voz a tu pensamiento y de razonar tus ideas. 

7.    Lee tu ensayo en voz alta e intenta sentir su ritmo y cadencia. De acuerdo, un ensayo no es un poema, pero siempre es mucho más rico leer a un ensayista capaz de expresarse en una prosa rítmica plena en imágenes, juegos de palabras o metáforas que a un hacedor de ladrillos. 

8.   Narra historias. Echa mano de tu anecdotario personal, de tus recuerdos o tus lecturas. Recurre a personajes de cuento o de novela, a estrofas de poemas o a escenas de películas o a cualquier elemento de la cultura popular que te ayude a expresar mejor una idea. 

9.   Aunque existen riquísimos ensayos miscelánea en donde se habla de todo un poco y se da rienda suelta a la dispersión, lo ideal es no salirse por la tangente y cambiar de tema abruptamente. Desarrolla tu tema a profundidad sin dejar de tender puentes y bifurcar senderos.  

10.                     En el ensayo la sabiduría se aplaude pero aquí no se trata de derrochar conocimientos. No te aferres a demostrar lo mucho que sabes sobre un tema amontonando datos y estadísticas. No cuestión de emular a Wikipedia sino de expresar puntos de vista, lanzar interrogantes, formular hipótesis.  

11.                       Ante todo lee.  Sé un lector omnívoro y lee a cuantos ensayistas puedas pepenar. Lee a Montaigne, que es el papá de los pollitos y después lee a Thomas de Quincey, a Rousseau, a Nietzsche y Zweig. Lee la obra ensayística de Borges (sin duda lo más parecido a eso que llaman deidad). Lee a Susan Sontag y a Margo  Glantz. Lee  a Alfonso Reyes y lee a Vasconcelos. Lee a Sergio González Rodríguez, a Juan Villoro, a Laura Sofía Rivero, a Neige Sinno y a Heriberto Yépez.  Lee a Gabriel Zaid y  por favor lee a Octavio Paz aunque te hayan dicho que es un mamón y lee a Cristina Rivera Garza (aunque a veces me harte su estilo). Lee Cumpleaños de César Aira y El último lector de Piglia.  Lee a Sergio Pitol y a Alberto Manguel y si quieres estar a la moda lee a Irene Vallejo y a Yuval Noah Harari (de moda o no, ambos son buenísimos). Léelos, cuestiónalos, duda de ellos, ponlos de cabeza y vuélvelos a leer. 

12.                      Mejor no me hagas caso. Deja las reglas y los inviolables mandamientos para la academia.  Tú imagina, crea y sobre todo duda y hazme dudar. Ten siempre afilado y al acecho el signo de interrogación.  (DSB) 

 

 

El Centauro despanzurrado, siete años después-

 

Escribí Despanzurrar al Centauro en 2019 como carta de presentación para primer taller de ensayo que impartí en mi vida.

He desempolvado el texto siete años después y reparo en que sigo pensando esencialmente lo mismo y las reglas de mi juego no cambian.

Claro, el arsenal de lecturas sobre el arte del ensayo sigue creciendo y en los últimos meses he dado con algunos conceptos que refuerzan mi sentir. Un grato descubrimiento ha sido El mundo como ensayo, del español Juan Malpartida, un sui generis diccionario enciclopédico ensayístico que derrocha esencia de Montaigne.

Precisamente, evocando al señor de la Montaña, Malpartida diserta: Montaigne tituló su libro en plural, porque el ensayo nunca es, por definición, singular: su poética implica pluralidad tentativas- A diferencia del tratado, que dice siempre no me interrumpa, el ensayo sonríe ante las interrupciones porque sabe que son una fuente de inspiración. Es un reciclador perpetuo, un aprovechado con descaro que usa incluso los olvidos, y sobre todo la ignorancia.

Malpartida dice que el ensayista es un  flâneur, no un atleta de maratón ni tampoco un científico cuya prueba supone una verificación o, mejor dicho, una eliminación del error.

Nada errado que anda Malpartida. Es en las caminatas como nacen mis ensayos. La primera fase de la escritura no brota frente al teclado o con una pluma en la mano, sino en las dispersas caminatas. Acaso en mi decálogo para ensayistas tendría que agregar un consejo infalible. Camina, camina mucho para que escribas caminando. Lo de las caminatas suelo recomendárselo a los colegas reporteros: la mejor manera de tomarle el pulso a tu ciudad y encontrar nuevas betas informativas es caminando sus calles. Pues, bien, creo que lo de gastar las suelas aplica también para el ensayo.

En el Libro tercer de sus Ensayos, Montaigne confiesa que la mayoría de sus ideas le surgen de manera anárquica y espontánea casi siempre cuando está cabalgando. Esa es la columna vertebral del ensayo Montaigne a caballo de Jean Lacouture, una biografía intelectual que rompe el mito del Señor de la Montaña como un ermitaño confinado en su torre en total aislamiento del mundo real. Aunque fue un gran lector, Montaigne se inspiró más de la contemplación y la vivencia que del estudio.

Tal vez porque la cabra tira al monte, tiendo abrevar en libros que tan solo refuerzan mi concepto del ensayo como el más espontáneo y conversacional de los libros. Una lectura reciente es Ensayismo, del irlandés Brian Dillon, una amena reflexión sobre el sentido y el placer de leer y escribir ensayos en el mundo actual. La etimología del verbo francés essayer parte del latín exagium que significa balanza, o exagiare que significa pesar. Partiendo de Montaigne a Francis Bacon para desembocar en Pascal, Rousseau y Nietzsche. Ensayismo, dice Dillon, no es la mera práctica de la forma, sino una actitud hacia la forma, a su espíritu de aventura y a sui naturaleza  inacabada.

El ensayo es preguntarse y responderse y en ese sentido, para disertar sobre la naturaleza del género e intentar explicar su naturaleza, nada mejor que responder unas cuantas preguntas que me hace llegar mi colega Marco Ángel en torno al decálogo del centauro despanzurrado.

Pregunta Marco Ángel: cuando dices que el ensayo es una conversación, ¿qué tipo de conversación es? ¿Una discusión, una confesión, una exploración conjunta, todas estas opciones a la vez? (me gustaría mucho saber de tu experiencia)

Claro que es una conversación con un hipotético lector imaginario que siempre está a mi lado. A menudo, mi proceso escritural no se da frente al teclado de la computadora o con una pluma en la mano, sino caminando.

El ensayo es como invitar a ese lector a caminar conmigo por un terreno que yo mismo estoy descubriendo, una vereda donde voy abriendo brecha. No parto de certezas absolutas que quiero imponer, sino de una inquietud que deseo compartir.

Cuando digo que el ensayo es una conversación, me refiero a algo que combina varias dimensiones al mismo tiempo, aunque no de forma equilibrada ni premeditada en todos los casos. Para mí, el ensayo es ante todo una exploración conjunta.

En ese sentido, el lector no es un espectador pasivo, sino alguien que, idealmente, se suma al ejercicio de disección. El mejor lector de ensayos es el que los complementa con su mirada o su experiencia personal, el que los contradice o los pone de cabeza.

El ensayo es una discusión interna que se vuelve externa: discuto conmigo mismo, con tradiciones literarias o intelectuales que admiro o que me irritan.

 

Pregunta Marco:  ¿Qué tipo de pensamiento solo puede ocurrir en el ensayo y no en la ficción ni en el periodismo?... O sea: ¿qué diferencia esa conversación del ensayo de la conversación que ocurre en la crónica o el periodismo narrativo?

 

Me encanta esta pregunta, porque creo que la semilla o el gusanito que hizo germinar en mí el deseo ensayístico nace de mi labor reporteril. El ensayo y la crónica son géneros que se complementan y maridan en plena armonía como el ceviche y el vino blanco, pero aunque son un matrimonio perfecto, nunca olvido que el ceviche es pescado y el vino un fermento de uva. El pensamiento ensayístico se permite dudar, cavilar, contraponerse. El ensayo saca a la superficie una tormenta interior, mientras que el periodismo narrativo describe lo que está en el exterior. No se puede hacer periodismo limitándose únicamente al pensamiento o las ideas. Tanto al ensayista como al reportero les recomiendo caminar, pero mientras la caminata ensayística sirve ante todo para estimular el pensamiento y la creatividad, la caminata periodística tiene como finalidad la observación de la realidad y entorno para describirlos y narrarlos.

Por lo que a la ficción respecta, el pensamiento debe ser sumamente estructurado. Dado que a priori jugaré a ser un mentiroso, tengo que hacer todo lo posible para que mis mentiras sean creíbles. Tal vez hablo a título estrictamente personal, pero para expresar y desarrollar una idea solo requiero dar rienda suelta a mis pensamientos, mientras que para construir un personaje verosímil requiero delinear ciertos parámetros

En la ficción, el pensamiento suele estar dramatizado o encarnado en personajes, en la trama o en la voz narrativa. Aunque un personaje pueda reflexionar profundamente, esa reflexión siempre está al servicio de la historia, de la construcción estética o de la ilusión narrativa. Un buen narrador de ficciones debe desaparecer o fragmentarse, mientras que un ensayista debe ser brutalmente honesto y transparente.

 

¿Qué tipo de duda es la que produce un ensayo?, ¿Hay un estado ensayístico de la mente? ¿La duda es un método o una actitud?

Caray colega, me encantó ese concepto y te lo voy a robar: estado ensayístico de la mente. En efecto, you name it: mi red neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por un crónico signo de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las dudas. Nada más ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío es desentrañar, destripar, despanzurrar conceptos.

La duda que produce un ensayo es, para mí, una duda activa, productiva y encarnada. No es la duda escéptica que paraliza ni la duda retórica que solo busca confirmar lo que ya se sabe. Es una duda que genera movimiento: una inquietud que obliga a seguir abriendo, cuestionando y desmontando.

El estado ensayístico es una disposición mental caracterizada por la insatisfacción con las respuestas cerradas y por una especie de alerta permanente ante lo que parece demasiado pulido, demasiado mítico o demasiado cómodo. Es una mente que se siente incómoda en las certezas prefabricadas y que prefiere habitar la zona intermedia, la grieta, el intersticio. Es una mente que camina con la pregunta abierta en la mano en lugar de con la conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo describía como “ensayar” en el sentido literal: probar, experimentar, poner a prueba las propias ideas como quien prueba un arma o un caballo.

Esa actitud genera, casi por necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin saber exactamente adónde se llega, permitiendo que las contradicciones aparezcan en la página y dialoguen entre sí. No es el método cartesiano de la duda sistemática para llegar a certezas indudables, sino más bien una duda montaigniana: dubitativa, corporal, provisional y siempre dispuesta a revisarse a sí misma. En eso consiste el despanzurramiento del Centauro.

 

 

Si dices que el ensayo es libertad, entonces ¿Hay algo que el ensayo no pueda hacer? ¿Existen límites para el ensayo?

El límite es cambiar el signo de interrogación por el mandamiento. Pontificar y catequizar en lugar de invitar al libre pensamiento.
El ensayo vive de la provisionalidad. Si el texto se cierra en una tesis dogmática, deja de ser ensayo y se convierte en tratado, manifiesto o artículo académico convencional.

Creo que tienes que ser honesto contigo mismo y por ende con el lector. Puedes contradecirte, pero no puedes mentir conscientemente ni manipular con mala fe. Creo que si esa frontera ética se transgrede,  el texto pierde su valor ensayístico.

El ensayo literario no puede pretender suplantar al conocimiento científico. El ensayo puede reflexionar sobre la ciencia, la historia o la filosofía, pero no puede reemplazar la investigación sistemática ni la demostración científica. Yo puedo escribir un ensayo sobre Darwin, pero no puedo pretender suplantar a Darwin o afirmar categóricamente que la Teoría de la evolución es falsa. Puedo cuestionar la interpretación de un hecho histórico o sus efectos, pero no negar categóricamente la existencia de ese hecho histórico. Vaya, yo puedo escribir un ensayo sobre las diversas interpretaciones que la figura de Cristóbal Colón ha generado a lo largo de la historia, pero no puedo de buenas a primeras decir que Cristobal Colón no existió o que en realidad era una mujer. Podría construir una ucronía ensayística y tratar de imaginar un mundo en donde Cristóbal Colón no hubiera existido, pero en el entendido de que es una suposición

El ensayo puede iluminar, cuestionar o humanizar el conocimiento, pero no puede fabricarlo desde cero sin caer en la vil charlatanería.

El ensayo nace de una voz subjetiva que piensa, diserta, reflexiona y cuestiona. Si se elimina por completo esa voz, corre el riesgo de convertirse en artículo periodístico o en ensayo académico impersonal. El límite aquí es sutil: el yo del ensayo no es narcisista, pero sí es necesario.