Eterno Retorno

Tuesday, April 14, 2026

Hace medio siglo se murió José Revueltas


 

Hace 50 años se murió José Revueltas. Sus estereotípicas imágenes nos hacen creer que dijo adiós siendo un anciano, una suerte de Tolstoi rodeado de un aura casi mística, pero la realidad es que al momento de morir Revueltas tenía 61 años, apenas una década más viejo que yo. Las cárceles, las persecuciones, los exilios, el malcomer y el mucho beber hicieron estragos en su cuerpo. Al final de su vida apenas podía tragar y dicen que vomitaba sangre cuando libaba sus pendencieros licores. Tres matrimonios, seis hijos, infinitas persecuciones y un bolsillo vacío. Murió pobre como rata, sin siquiera un guardadito para pagar su sepelio, aunque la izquierda en pleno se dio cita en Ciudad Universitaria para despedirlo. El secretario de Educación, Víctor Bravo Ahuja, enviado por Echeverría, fue corrido por Martín Dozal, quien fuera compañero de celda de Revueltas. Era una incongruencia que el mismo gobierno que hasta hacía muy poco lo tenía encerrado en Lecumberri, le dedicara ahora pomposas e hipócritas palabras de despedida en su sepelio.

Por alguna razón yo recuerdo exactamente el momento y las circunstancias en que descubrí a José Revueltas en la antología El cuento hispanoamericano de Seymour Menton. La primera frase me sacudió: “La población estaba cerrada con odio y con piedras”. Una prosa descarnada, mística y carnal. El cuento era Dios en la tierra. Yo tenía 17 años y les juro que ya nada fue igual.
El epígrafe de Dostoievski fungía como heraldo de las puntas afiladas que me aguardaban. Aquella prosa se revelaba ontológicamente desgarradora y asesina como el Death Metal que envolvía mi adolescencia suicida. A partir de aquella noche algo se revolvió para siempre en mi alma. Me volví un cazador de la obra del barbón de Papasquiaro. Llegué después a El luto humano. La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro. Mis alucinantes duermevelas adoptaron la imagen de una parca poseyendo lentamente el cuerpecito de una niña que arde en fiebre dentro de un jacal a punto de inundarse. El ser, como brizna de polvo, vela en la tormenta del caos universal.
Llegué después a Los muros de agua, Los errores, Dormir en tierra y más tarde a Los motivos de Caín, novela que arranca en la Revu de Tijuana. Es la confesional historia de un veterano de la guerra de Corea a quien el narrador encuentra afuera de una cantina tijuanense. “Éste debía ser el distrito comercial de Tijuana, se dijo Jack. Una ciudad del todo desconocida para él. Tiendas, farmacias, cantinas al estilo del Far West, que daban la impresión de no tener nada por detrás, en efecto, como los escenarios de una película del oeste. De pronto Jack sintió que estaba, sin duda alguna, dentro de un mundo absolutamente espantoso”. Así se refiere Revueltas a Tijuana en esta noveleta de 62 páginas. A medio camino entre un aguafuerte de Goya y el dilema obsesivo de un personaje dostoievskiano, la prosa de este marxista-leninista se asemeja por momentos a un relato bíblico.
Hace una semana pepené en 20 pesos Los muros de la utopía, la monumental biografía que escribe Álvaro Ruiz Abreu (20 pesitos por un libro de más de 500 páginas). Revueltas sigue presente en nuestra literatura. Dos novelas relativamente recientes, Biografía del algodón de Cristina Rivera Garza y La derrota de los días de Mauricio Carrera lo reviven como personaje.
En fin, los años pasan y yo sigo siendo lector de Revueltas. Vaya, voy a tirar un facto que puede sonar a herejía, una blasfemia absoluta para el canon literario nacional, pero si me obligaras a elegir entre Rulfo y Revueltas…

Monday, April 13, 2026

Una zona crepuscular infestada por pantanos de arenas movedizas

 


Ánimas había entrado a una zona crepuscular  infestada por pantanos de arenas movedizas. Acaso a todos los hombres de su edad les sucedía más o menos lo mismo con ligeras variantes. Tipos rondando la cincuentena que acababan desbarrancados en los precipicios de sus no superadas adolescencias. Bastaba ver los grupos de Facebook a los que Ánimas estaba agregado para dimensionar su aferrada e irrenunciable condición de anacrónico vocacional. Cofradías en donde se discutían temas eminentemente masculinos: futbol y rock de antaño. Nada de actualidad o vanguardia.  Ánimas dedicaba largas horas a debatir con  un grupo de fanáticos del Mundial México 86 que cada día de la vida redundaban en discusiones y polémicas en torno a partidos jugados hace tres décadas y media, cuestionando fallos arbitrales y peleando por establecer cuál había sido el mejor gol de aquella gesta, cuál la revelación y el campeón sin corona, reviviendo anécdotas e insustanciales datos que sin duda los mismos actores de aquel mundial ya habrían olvidado. La muerte de Maradona, obvia decir, revivió la devoción de aquella cofradía que entrando el 2021 se aferraba a sostener que el mejor Mundial de la historia había sido México 86 y como tal quedaría, escrito con sangre o con fuego, tatuado en cuerpo petrificado de la Historia, asumiendo que no habría en el futuro, ni lejano ni inmediato, otro torneo capaz de igualarlo, porque claro, los eternos polemistas caían cada día en el odioso cliché de espetar que el futbol de hoy ya no es como el de antaño, que aquellos sí eran juegazos y súper cracks de una pieza. Lo de hoy es aburrido, artificial, mercantilista.  Falta garra, espíritu, espontaneidad, huevos. Típico de viejos. Acaso no han comprendido que el mejor mundial de la historia es el que viviste en tu adolescencia. Ánimas se pasaba la vida rastreando en YouTube resúmenes de soporíferos e insustanciales partidos de finales de los ochenta y principios de los noventa cuando acudía al estadio un sábado sí y otro también. Fue, paradójicamente, una de las etapas más grises e intrascendentes en toda la historia del equipo de sus amores, los Tigres de la UANL. Paradójicamente, la época de oro de ese equipo era la actual, o la inmediatamente anterior a la actual. Había razones de sobra para olvidar el pasado y fundirse en carpe diem con el presente maximizando cada instante, pero a Ánimas le daba por ver videos de encuentros a los que él había acudido 30 años atrás, reviviendo goles feos que había visto desde una tribuna semivacía en aburridas tardes martirizadas por la terquedad de una lluvia invernal.

Ánimas también pertenecía a varios foros de Facebook integrados por viejos metaleros nostálgicos. Con la música pasaba exactamente lo mismo que con el futbol: las conciertos y las canciones capaces de llevarte al éxtasis se habían tocado muchísimos años atrás. La totalidad de los discos compactos que Ánimas  llevaba en su carro habían sido grabados en el siglo pasado, principalmente en los setenta u ochenta. A la hora de hablar de rock brotaba con mayor intensidad el aferre de la generación jurásica. La música de hoy es por definición una mierda prefabricada, piezas plásticas para ñoños descerebrados que no habían vivido la emoción de comprarse un disco de vinilo luego de ahorrar semanas y escucharlo horas y días enteros sin parar hasta aprenderse todas las letras. Tampoco  sabían lo que era acudir a una incierta tocada en un hoyo semi clandestino con el temor omnipresente a una redada policial o una cancelación de último minuto.  Aquello sí eran aventuras en serio para escuchar rock en serio y hasta mota de ese tiempo pegaba diferente. No importa que la de hoy sea cultivada en granjas y cargue a cuestas un THC potencializado, pues nada iguala a aquella hierba clandestina de dudosísima calidad comprada en algún baldío con ese incierto conecte que siempre rondaba por ahí.  Cualquier emprendedor  millenial dedicado al emergente comercio legal de cannabis y cualquier  cervecero hipster hacedor de potajes artesanales te dirían que aquellas caguamas tibias servidas en bolsas de plástico sabían peor que meados de burro y aquella mota era zacate quemado.