Eterno Retorno

Saturday, February 10, 2024

Cuando Castellanos Moya escriba sobre Bukele

 


 

Soy y he sido un terquísimo lector del salvadoreño Horacio Castellanos Moya. Es de los pocos escritores latinoamericanos contemporáneos de los que puedo decir que he leído la obra casi completa. El territorio narrativo de Castellanos es El Salvador de la guerra y la postguerra civil y la descomunal diáspora que acarreó consigo. A través de la saga de la familia Aragón y de algunos personajes recurrentes como Erasmo, Alberto, Rita Mena o Robocop, el Bernhard cuscatleco ha narrado como nadie la herida abierta del Siglo XX salvadoreño y los traumas que ha dejado por herencia. Hoy me pregunto si Castellanos Moya escribirá o acaso esté escribiendo alguna novela que tenga como escenario el país de Bukele. Por supuesto, se ha expresado sobre el actual presidente en entrevistas respondiendo a pregunta expresa y tal como suponía, no le tiene mucha fe que digamos a este dictadorzuelo. Lo que me pregunto es si será capaz de transformar en literatura esta nueva era de la historia salvadoreña que sin duda dejará una huella muy profunda, tal vez mucho más lacerante y duradera que la dejada por el Frente Farabundo Martí, pues El Salvador puede perfectamente estar a las puertas de una larguísima dictadura, pero este ya no es el país de Castellanos Moya. Desde hace ya bastantes años, Horacio integra la aburrida fauna académica de campus gringo y yo tengo la teoría de que cuando los escritores latinoamericanos caen en la zona de confort de las universidades gabachas, irremediablemente pachorrean y empiezan a producir bodrios narrativos descafeinados. Ejemplos sobran y Moronga (su novela de campus universitario) es el primer libro aburrido de Castellanos que leo en mi vida, a mi juicio el peorcito de todos y el único que no me atrapó. Pero más allá de filias y fobias políticas, creo que uno escribe sobre lo que le horada el alma. Horacio (nacido en Tegucigalpa pero criado en El Salvador), es una víctima de esa diáspora que heredó la guerra civil de los 80. Ese es y será su tema. El Salvador de Bukele, me parece, le es ajeno, aunque el fenómeno de Nayib es el resultado directo de las décadas de horror que el narrador vivió en su juventud. Las maras salvatruchas son el monstruo creado por la postguerra y la diáspora y Nayib Bukele es la bestia creada como reacción al infierno de las maras. Sin el baño de sangre producido por los pandilleros no habría germinado un caudillo autoritario y omnipotente. Por otra parte, Bukele es la clarísima muestra de que un pueblo prefiere sacrificar democracia, libertades políticas y derechos humanos a cambio de seguridad. Qué importa vivir en un estado de excepción y en una incipiente dictadura, si al final del día puedes regresar tranquilo a tu casa. No me cae bien Bukele, pero creo que en El Salvador (y en muchos países similares) es la única salida posible. Bukele entendió algo clave: las guerras no se pelean a medias, las guerras se pelean a muerte, a matar o morir, sin consideraciones ni piedad.  Creo que millones de latinoamericanos coincidirían con la decisión de los salvadoreños. El que quiera entender que entienda. Si ves las barbas de tu vecino cortar…

En fin, lo único que me pregunto es si Horacio Castellanos Moya escribirá la gran novela el país de Bukele, o si se quedará a perpetuidad a narrar el país de Roque Dalton y el Frente Farabundo. En cualquier caso, si no es Horacio,  alguien escribirá o está escribiendo ya la novela de Bukele y en la más pura tradición de los caudillos patriarcales latinoamericanos, será desgarradora y jarcorera. Corren apuestas.

Tuesday, February 06, 2024

El chilpayate como personaje literario

 


 

Las figuras paternas han acaparado la literatura hasta la indigestión. Hace cuatro siglos ya teníamos a un espectro chantajeando al siempre dubitativo Hamlet y hace 105 años Kafka le escribió una desgarradora carta de 103 cuartillas al odioso Hermann. Hace 70 años Juan Preciado se fue a Comala buscar a su padre, un tal Pedro Páramo y bueno, la mata sigue y seguirá dando. La sombra castrante o la desoladora ausencia del progenitor han desembocado no pocas veces en arroyos de puro néctar narrativo, pero si quieren que sea brutalmente honesto, ya chole con esto de escribir sobre papá. Al menos yo nunca lo haría pues en torno a mi experiencia como hijo no tengo nada extraordinario ni interesante que narrar. En ese sentido, es  muchísimo más emocionante y transformadora mi experiencia como padre. Comparados con los libros en torno a figuras paternas, son pocas las obras narradas desde la mirada de papá a su hijo pequeño. Al respecto no tengo dudas: lo más cabrón que he leído es La carretera de Cormac McCarthy que leí justamente en el año en que debuté como padre, lo cual hizo aún más fuerte la experiencia. Ahora llegan a mis manos dos diarios de paternidad publicados casi simultáneamente: Literatura infantil de Alejandro Zambra y Un hijo cualquiera de Eduardo Halfon. Los dos son señores latinoamericanos de mi generación que al igual que yo, debutaron como papás estando ya algo mayorcitos. Zambra es chileno nacido en 1975 y Halfon guatemalteco nacido en 1971. De Zambra me encantó su novela Poeta chileno (y me aburrió Formas de volver a casa) y de Halfon me gusto su híbrido ensayo El ángel literario, que a la fecha es lo único que he leído de él. Ambos libros comienzan con el momento apoteósico en que sus respectivos chilpayates llegan al mundo, en lo cual me hermano con ellos. Yo también tuve la fortuna de ver nacer a mi hijo y recordaré por siempre el instante como el más sublime y extremo terremoto emocional que he vivido. “Contigo en brazos, por primera vez aíslo, en la pared, la sombra que formamos juntos. Tienes veinte minutos de vida”, escribe Alejandro Zambra en el primer párrafo de su libro. “Estuve ahí las siete horas que duró el parto de mi hijo. Lo vi entrar al mundo. Oí su primer grito. Sentí en mis dedos su primera respiración”, escribe Eduardo Halfon. Alterno ambas lecturas en desorden. Los hermana el arranque, aunque no el estilo. En ese sentido (y perdón por comenzar con la odiosa comparación), la narrativa de Zambra es mucho más fuerte, pues el chileno en todo momento le habla a su hijo Silvestre, mientras que el guatemalteco es más distante y por momentos parece hablar más de sí mismo que de su bebé. En fin, ya les platicare cuando concluya.

 

Hoy le he dado cuatro besos a la Muerte

 


Sebastián y yo compartíamos algo más que la vocación suicida. Ambos éramos descendientes de exiliados. La diferencia estaba en que yo era una exiliada de tercera generación que sólo conoció España y la Guerra Civil a través de los relatos de la abuela, mientras que Sebastián había nacido en Argentina en plena dictadura y había huido del país oculto en una cajuela con sus padres siendo un bebé de meses. Su padre, un enólogo que había trabajado en los viñedos de Mendoza, encontró su sitio en el mundo en Valle de Guadalupe. Su madre, practicante de ese ritual de argentinidad llamado psicoanálisis, nunca logró descifrar la lujuria suicida de su hijo único. Flaco hasta el demacre, narizón y de abismales ojeras, la figura de Sebastián rayaba en lo etéreo. Lo suyo no eran propiamente intentos de suicidio, pues su habilidad consistía en acercarse tanto como fuera posible a la Muerte y salvarse en el último segundo. Sin embargo, más allá de su adicción a la adrenalina, Sebastián en verdad deseaba morirse, aunque su suicidio no sería en absoluto un ritual sosegado  de romanticismo gótico. A diferencia de mí, su temperamento no era reflexivo o contemplativo y rara vez se expresaba con palabras. La vida cotidiana de Sebastián consistía en estar a punto de morirse varias veces al día. Se atravesaba a los carros, se ponía enfrente del tren, desafiaba olas asesinas, corría en contra por avenidas transitadas, tomaba cables de alta tensión  o simplemente se ahorcaba compulsivamente. Por supuesto, probó muchas veces la masturbación con asfixia. Aunque lo suyo no eran los símbolos y las metáforas,  alguna vez trató de describirme la sensación orgásmica que experimentaba ante la cercanía de la Muerte. Había que acercarse a la Muerte tanto como fuera posible hasta sentir su tacto y su aliento y después dar un salto al costado.  La Muerte siempre camina a nuestro lado, siempre está mucho más cerca de nosotros de lo que  pensamos,  pero ese preciso microsegundo en que podemos sentirla acariciarnos es algo incomparable,  mucho más potente que cualquier orgasmo. Hoy le he dado cuatro besos a la Muerte, pero ayer le di siete, solía decirme Sebastián.