Eterno Retorno

Saturday, July 11, 2026

Nadando de muerito a la helvética


 

1- La selección de Suiza es la prueba de que se puede triunfar en la vida nadando de muertito y pasando desapercibido. Es uno de esos equipos en los que absolutamente nadie piensa, ni para bien ni para mal. ¿Quién habla de Suiza? ¿Hay alguien fuera de su sobrio país que se ponga su camiseta y les eche una genuina porra? No es una potencia, pero tampoco un equipo exótico, pintoresco y ni siquiera humilde o ceniciento como Cabo Verde o Congo. Es el ni fu ni fa por excelencia, pero así, nadando de muertito, ya está entre los ocho mejores del mundo. Ni Brasil, ni Holanda ni Alemania ni Uruguay pudieron llegar ahí y los suizos tan campantes. Fuera de Xhaca, que lleva no sé cuántos mundiales, no tiene un jugador insignia. Entonces pienso que en la vida hay gente así, que no te explicas cómo carajos llegaron a donde están, pero llegan y triunfan sin ningún atributo especial. ¿Celtic Frost? ¿Samael? ¿Coroner? ¿H.R. Giger? ¿Relojes y chocolates? No olvidemos que Jorge Luis Borges descansa bajo tierra en Suiza. En fin, a veces los nadadores de muertito, los mosquita muerta, son los más difíciles de derrotar.

2- En futbol (y en la vida) siempre he sido monógamo. Siempre creí que los amores futbolísticos eran para siempre. En futbol mi único amor ha sido, es y será por siempre Tigres, pero en el plano internacional, siempre he tenido una confesa filia por Argentina.
Como mi educación sentimental fue el Mundial 86 y mi primera imagen de un superhéroe futbolístico fue Diego Armando Maradona, desde los doce años de edad me volví aficionado a la Albiceleste.
Argentina era siempre mi gallo en mundiales y copas América. Aunque en México siempre ha habido una marcadísima preferencia por los brasileños y los argentinos tienden ser malqueridos, yo me mantuve fiel a lo largo de cuatro décadas y luego de tantísimos descalabros, me alegré genuinamente con el campeonato en Qatar.
Yo solía ser hincha de la albiceleste y eso era algo que nunca se ponía en duda, hasta que de pronto me vi celebrando con genuina emoción los goles de Cabo Verde y Egipto. Entonces me di cuenta que hay amores futbolísticos que pueden morir
Quisiera volver a enamorarme de la Albiceleste, gritar con la euforia que grité el gol de Caniggia contra Brasil en el 90 y emocionarme como cuando eliminaron a Italia en Nápoles con absolutamente todo en contra, con el himno abucheado y los árbitros tendenciosos. Sentir la rabia que sentí cuando Codesal le inventó ese penal a Alemania y solidarizarme con Maradona cuando el mundo entero leyó en sus labios el “hijos de puta” mientras el himno argentino era silbado en Roma. La misma rabia que sentí cuando la FIFA y los gringos acuchillaron al Diego y lo sacaron a la mala del McMundial 94.
Quisiera ver un jugador pura esencia de barrio como Carlitos Tévez, orgullo de Fuerte Apache. Quisiera que Messi hubiera tenido la humildad y la entereza de Ángel Di María que eligió retirarse con los Canallas de Rosario Central. Ojalá Messi se hubiera retirado con los Leprosos de Newells y jugaran el clásico en el Gigante de Arroyito, pero le tuvo miedo a las calles de Rosario y eligió comer de la mano de Beckham y ponerse una camiseta artificial, plástica y falsa llamada Inter Miami.
Siempre he hinchado por la Albiceleste, pero me cuesta horrores emocionarme con quien tiene la mesa puesta y absolutamente todo a su favor. Argentina llegará a la semifinal habiendo enfrentado a seis equipos medianitos o francamente limitados. Ni un solo rival ubicado en el top 20 de la FIFA. Un camino despejado, un lecho de rosas, un descarado y burdo favoritismo, pero eso no es lo peor.
Lo que más me hiere, lo que más me emputa es que he visto fotos de niños palestinos muertos que llevaban puesta la camiseta de Messi en el momento en que les cayó la bomba o la bala sionista. Lo peor es cuando pasan imágenes de los aficionados argentinos y los ves con banderas de Israel y lo único que me queda son genuinas ganas de vomitar. Después me acuerdo que hoy la Casa Rosada es la embajada latinoamericana del sionismo genocida y que el pueblo argentino, tan culto y educado, eligió a un soez payaso gritón como presidente que está destruyendo su noble e histórico sistema de educación pública y entonces me doy cuenta de por qué me cuesta horrores apoyarlos en 2026, aunque sé que millones de argentinos no validan semejante basura. En fin. Maradona jamás se hubiera prestado a darle la mano a Trump o a Netanyahu y no hubiera tenido pelos en la lengua para denunciar la corrupción de Infantino.
Messi es solo un starsystem, un colaboracionista sin conciencia, mientras mi Diego era el antihéroe por excelencia, el ángel caído, el mejor personaje literario posible. Qué triste es desenamorarse.

Friday, July 10, 2026

Luz de estrellas bien pinches mortas, muertísimas y moridas de muerte natural

 


 

Hace exactamente una década publiqué un ensayo llamado Bajo la luz de una estrella muerta, que aborda lo que significa ser lector en una era en donde todo parece conspirar contra la lectura de largo aliento. El manuscrito se ganó el Premio Sor Juana que convocaba el Estado de México y me lo publicó el FOEM. Este día me entero que se acaba de publicar un ensayo llamado La luz de las estrellas muertas, del italiano Massimo Recalcati. El título es casi idéntico, pero el tema es distinto. Yo hablo de la extinción de los lectores y Massimo del duelo y la nostalgia. Recalcati, por lo que leo, es un psicoanalista y aborda en este libro la relación de la vida humana con la experiencia traumática de la pérdida. Me llama la atención que la misma imagen o concepto – el de un cuerpo muerto que sigue irradiando luz- nos haya inspirado a ambos para tratar tópicos distintos. La estrella murió hace millones de años, pero la luz que irradia aún nos ilumina. Para Massimo ese destello es el recuerdo del ser querido que se ha ido y para mí, la estrella muerta es la cultura de la palabra escrita que todavía alumbra aunque en realidad esté bien muerta. Confieso que nunca tuve dudas sobre el título. Mientras escribía el ensayo en 2015, tenía claro cómo se llamaría. Tal vez porque en aquel entonces la luz de la muertísima estrella todavía me iluminaba con todo. Eso sí, al más puro estilo de Topo Giggio, tengo derecho a proclamar: ¡lo dije yo primero! Por cierto, Bajo la luz de una estrella muerta se puede leer íntegro en la red. Aquí está la liga https://foem.edomex.gob.mx/sites/foem.edomex.gob.mx/files/catalogo/BLEM.pdf

 

Pd- Ya echándome un clavado en internet, me entero que también existe una novela juvenil llamada La luz de las estrellas muertas, del escritor español Alfredo Gómez Cerdá, que trata sobre el atraco a un banco en un pueblo serrano y la posterior fuga de los ladrones entre montañas plagadas de misterios. No cabe duda que la luz de las estrellas muertas destella de formas contrastantes y cada quién la interpretamos como nos da la gana.

Thursday, July 09, 2026

Fábula medieval contemporánea


 

Leyendo El ejército ciego de David Toscana, me puse a pensar en una serie de novelas que de una u otra forma se hermanan o dialogan con ella. Me refiero a El cuarto jinete, de Verónica Murguía; Galaor, de Hugo Hiriart; El caballero inexistente, de Italo Calvino; Iconostasio del mundo conocido, de Goran Petroviç: El gigante enterrado, de Kazuo Ishiguro y Las lágrimas de Pascal Quignard. El punto en común más evidente, es que todas narran pasajes del medioevo. El libro de Quignard y el de Calvino, por ejemplo, se sitúan en tiempos de Carlomagno, el de Verónica Murguía en la Peste negra, el de Hiriart es una suerte de ucronía del Amadís de Gaula, mientras que Toscana y Petrovic narran pasajes del Imperio Bizantino. Sin embargo, más allá de la obviedad cronológica, creo que todas estas novelas se hermanan en el tono que en todos los casos es de fábula. Sería un error llamarlas novelas históricas, porque si bien transcurren en la época medieval, me parece que ningún autor busca dar verosimilitud historiográfica a su relato. Como el mismo Calvino explica en su prólogo, es una Edad Media ajena a cualquier verosimilitud histórica y geográfica, típica de los poemas caballerescos. Son, más bien, fábulas, versiones contemporáneas de los relatos que obsesionaron a don Alonso Quijano. Tal vez el más realista es El cuarto jinete, mientras que Petrovic, Ishiguro e Hiriart juegan con elementos fantásticos. El del humor más negro e ingenioso y al mismo tiempo más creativo es el de Toscana y el gran juego que emprende a partir de la imagen de los ojos sacados.

Eso sí, prosísticamente todos son disfrutables y se dejan leer.
Tal vez podrían integrar un nuevo subgénero: Fábula medieval contemporánea
Pd- No sé por qué pensé hoy en estos libros y por qué escribí esto.
Pd- Siempre me ha gustado cómo suena el nombre Galaor. Se lo he puesto a dos personajes, aunque ninguno de ellos habita en la Edad Media