Leamos al Miguelón de la Montaña
Nunca
he militado ni militaría en un partido político y tampoco soy feligrés de
alguna religión. No tengo dios ni tengo líder. Vaya, ni siquiera he pertenecido nunca a una asociación,
club, fraternidad o cosa parecida. Mi único clan es mi nido familiar que se
limita a Carol e Ikercho. Cuando el ruido de una época se torna demasiado
nocivo y a tu alrededor sobran predicadores de “verdades absolutas” no queda
más remedio que retornar a los Ensayos de Michel de Montaigne.
“Los
acontecimientos de este mundo nada pueden contra ti mientras te niegues a tomar
parte en ellos; el desvarío de una época no es una calamidad real mientras conserves
tu claridad de ideas”
Mi red
neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por un crónico signo
de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las dudas. Nada más
ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío es desentrañar,
destripar, despanzurrar conceptos.
una
mente que camina con la pregunta abierta en la mano en lugar de con la
conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo describía como “ensayar” en el
sentido literal: probar, experimentar, poner a prueba las propias ideas como
quien prueba un arma o un caballo.
Esa
actitud genera, casi por necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin
saber exactamente a dónde carajos vas a llegar, dejando a las benditas
contradicciones dialogar entre sí.
En fin
colegas, leamos al Miguelón de la Montaña y desafiemos a este Zeitgeist con
complejo de guillotina.


