El final de Espresate, Rojo y Azorín encarna la crónica de una muerte anunciadísima
Acaso
la muerte de ERA sea el símbolo que ejemplifique con crudeza y desparpajo la
naturaleza de este Zeitgeist-guillotina. Obviamente es muchísima la gente del
medio que se ha manifestado, pero no pocas de las reacciones coinciden en señalar
que el final de Espresate, Rojo y Azorín encarna la crónica de una muerte
anunciadísima y mega cantada. Vaya, hay quienes lo espetan con un tonito de “se
lo merecían por anacrónicos, quién les manda por pinches vejestorios anticuados”.
El que sin duda lo escupe con mayor crudeza es Guillermo Schavelzon, quien arroja su lapidaria frase con ética de
capitalismo salvajón estilacho “padre rico, padre pobre”: “Las editoriales no
cierran ni quiebran por culpa del mercado, sino por culpa de quienes las
dirigen”. Toma paloma. De acuerdo, posiblemente Marcelo Uribe no sea exactamente
un influencer yaciente en la punta del
grito de la moda en tendencias vanguardistas de mercadotecnia en TikTok e
Instagram, pero tampoco creo que tuviera muchas alternativas que digamos.
Cierto, tenían en su catálogo long sellers como Las batallas en el desierto (que
es lectura de aula) La noche de Tlatelolco o Aura, pero aún así no les dio para
mantener a flote el barco.
“Las editoriales cierran por culpa de quienes
las dirigen”. ¿Y tú que hubieras hecho Guillermo? ¿Neta tienes la clave secreta
para salvarla o hacerla rentable? Caray, sería buen momento para vender un
seminario (o un laboratorio, para que se oiga más cool) de supervivencia para
editores ¿Cómo hacer rentable una editorial en medio del espíritu de la época
más despiadado, voraz y asesino?
Hace
unas cuantas semanas, mi colega Fidelia Caballero de Poetripiados me preguntó
qué pienso de la crisis del libro y la industria editorial
Esta
fue mi respuesta: Desde siempre he
escuchado que la industria editorial está en crisis, que la literatura está en
crisis, que la gente ya no lee, pero los libros y los lectores siguen estando
ahí como los salmones en la cascada”.
Miren
colegas, en el ya lejano 1994 yo trabajaba en Librería Castillo sucursal San
Agustín. Castillo era la cadena de librerías más exitosa de Monterrey, con seis
sucursales. Además, tenía su propia editorial que publicó a no pocos escritores
regios del momento y compró los derechos de unos cuantos best sellers empresariales.
Parecía una empresa absolutamente sólida. Yo como empleado estaba ahogado de
trabajo y vendíamos miles de libros de Isabel Allende, de Carlos Cuauhtémoc, de apariciones de ángeles, de metafísica de Conny
Méndez y el Conde St Germain y de teorías conspiranoicas en torno al asesinato
de Colosio y el EZLN. Once años después la cadena quebró y cerraron las seis
sucursales y la editorial. El choro del dueño fue el mismito que escuché ayer con
Editorial ERA.
Nota
de La Jornada del 11 de enero de 2006: “Alfonso Castillo Burgos, indicó que la
situación era ya prácticamente insostenible luego que durante el último trienio
las ventas registraron un descenso que, en 2005, superó 20 por ciento, lo que
significó ''pérdidas millonarias". Pan con lo mismo, pero 20 años antes,
aunque sospecho que hoy es mucho peor que en 2006. (Pd- No había reparado en
que Librería Castillo certificó su cierre exactamente tres días antes de la muerte
de mi abuelo, quien siempre habló de la “indigencia cultural” en que vivía
Monterrey, pero esa es oootra historia).
Volviendo
al tema: no ha habido una época de mi vida en que escuche a un librero o a un
editor decir que vive en una era de vacas rechonchísimas y que su negocio encarna
la multiplicación de los panes y los peces. Desde que yo tengo uso de razón,
los editores, los libreros y los escritores hablan de miseria y vacas
escuálidas, de que la gente ya no lee, de que habitamos en la absoluta aridez
cultural. Así ha sido siempre y creo que así será mientras yo viva, aunque
ahora parece que el Zeitgeist sí va en serio y no se va a tocar el corazón. Sin
embargo, aunque el canijo monstruo afila sus fauces, hay colegas y amigos muy
queridos que en plena década asesina emprenden proyectos editoriales. El que va
más en serio por estos rumbos, creo yo, es Miguel Alberto Ochoa con Lapicero
Rojo, pero también está mi carnalazo Yadivio Ortega con Urbanario, el Nayar
Luna con San Blas, Siddartha con Abismos, Rafa Rodríguez con Artificios, Rosa
Espinoza con Pinos Alados y eso solo por hablar de Baja California. También podría
hablar de Mau y Lilia que contra viento, marea y tsunamis sostienen el barco de
Nitro.
Yo no
soy editor ni librero ni está en mis planes fundar una editorial, así que no
voy a robarles ideas. Soy solo un comprador compulsivo y aferrado que no deja
pasar una semana de su vida sin hacerse de nuevos amasijos de papel y tinta,
pero mi curiosidad y mi angustia son genuinas. Neta: ¿qué carajos va pasar con esta
industria libresca que ha dado sentido a mi canija vida? ¿Alguna idea colegas, más
allá de los lugares comunes y las obviedades?
Pd- ¿Qué
va a pasar con el catálogo de Pepe Revueltas? Nomás no me digan que se lo va a jambar
el pinche pingüino tragón e insaciable, aunque ya la veo venir.


