Eterno Retorno

Friday, July 24, 2009

Sobrevivir a Los Andes ( y a Hollywood)

Por Daniel Salinas Basave

Firma como Carlitos (no Carlos) Páez y su profesión, de tiempo completo, es superviviente de Los Andes. Más de dos terceras partes de su vida las he dedicado Carlitos a recordar el milagro que marcó el parteaguas de su existencia y acaso, según él afirma, de la historia uruguaya; una epopeya que ha producido, a la fecha, tres películas, nueve documentales y 18 libros.
Carlitos no duda en señalar que los dos hechos que conmocionaron a la opinión pública en Uruguay son el “Maracanazo” de 1950, cuando la garra charrúa batió a Brasil en la final del Mundial ante la mayor entrada registrada a un espectáculo deportivo en la historia de la humanidad, y la supervivencia de 18 jóvenes jugadores de rugby, quienes pasaron 72 días perdidos en las nieves perpetuas de Los Andes. Uno de esos sobrevivientes es Carlitos Páez, el hijo del célebre pintor Carlos Páez Vilaró, quien cumplió 19 años en octubre de 1972 y los celebró sepultado en la nieve.
Aunque le ha dado varias vueltas al mundo contando su historia de supervivencia, Carlitos Páez no había venido nunca a Tijuana, al menos no hasta la tarde del miércoles, cuando el Colegio de Contadores lo trajo a esta frontera para narrar el milagro andino, el que ha platicado tantas veces como Mick Jagger ha cantado “Satisfaction”.
Aunque más de uno pudo irse con la finta y creer que la plática de Carlitos sería algo así como un sermón de superación personal, el charrúa se cuidó de aclarar que él no es motivador ni nada por el estilo y por fortuna se concentró en narrar los detalles de una aventura de la que han surgido un montón de versiones y leyendas a lo largo de 37 años.
Lo mejor de Carlitos son las dosis de humor que inyecta al relato. Un humor muy rioplatense que lo mantiene alejado de dramatizar y tomarse demasiado en serio. Carlitos no duda en afirmar que en 1972 él era un niño mimado de papá y mamá que incluso tenía niñera, alumno de un colegio católico de niños fresas motevideanos. En octubre de 1972 su equipo de rugby viajó rumbo a Santiago para jugar un partido contra un cuadro araucano y de paso aprovechar las bondades del tipo de cambio que generaba la devaluada moneda del Chile allendista. La noche del jueves 12 de octubre tuvieron que aterrizar en Mendoza, Argentina, pues fuertes corrientes de viento azotaban la cordillera andina. La mañana del viernes 13 de octubre, un día esplendoroso y de cielo limpio, el avión despegó rumbo a Chile. Cuando volaban sobre la cordillera a la altura de Curicó, el avión cayó dentro de un remolino de aire. “Ole”, gritaron los jovencitos, tratando de disimular el pavor. Carlitos Páez viajaba pegado a la ventanilla, pero un par de minutos antes cedió el lugar a un compañero para que pudiera tomar una fotografía de las montañas nevadas. Ese cambio de lugar le salvó la vida. El avión cayó en picada 600 metros, se partió contra un pico y después se arrastró dos kilómetros como un trineo sobre le nieve con la suerte de no pegar contra una roca. Después surgió el silencio y la angustia. Entre los muertos y los mutilados, Carlitos y sus compañeros se aprestaron a pasar la peor noche de sus vidas, a 25 grados bajo cero, algo que según narra el sobreviviente, es lo más parecido a eso que los cristianos llaman el infierno. De acuerdo con el testimonio de Páez, todo cambió el día diez. A partir de ese momento, cuando se enteraron por radio que la búsqueda había sido suspendida y ellos habían sido dados por muertos, se olvidaron de sobrevivir y se dedicaron a vivir. De hecho a Carlitos no le gusta que le llamen superviviente, aunque Hollywood y la mercadotecnia lo han obligado a llevar ese nombre a lo largo de casi cuatro décadas. Fue a partir del día diez cuando se da el hecho más polémico y morboso de esta historia, cuando los jóvenes deciden comerse a sus compañeros muertos. Por fortuna, Carlitos resta dramatismo a este asunto y contradice los supuestos dilemas morales y la gran confrontación interna en el grupo que según Hollywood provocó la decisión. Comerse a un compañero muerto fue la decisión más lógica y natural del mundo al cabo de diez días a 25 bajo cero sin probar bocado. Con o sin autorización papal, cualquier persona hubiera hecho lo mismo, afirma Carlitos. Los siguientes 62 días son una historia de coraje, tenacidad y sobre todo, mucha creatividad. El estudiante de primer semestre de Ingeniería se transforma en inventor y el de primer semestre de Medicina se convierte en experto doctor. El grupo sobrevive a una avalancha y pasa tres días sepultado bajo la nieve. Cuando encuentran la cola del avión y sus maletas, ocurre el primer gran milagro: encuentran varias decenas de cajetillas de cigarros que le saben a paraíso y gloria. Palabras más, palabras menos, el 22 de diciembre tocan a Dios y se consuma el ansiado final feliz. Carlitos aún tiene tiempo para reírse. Recuerda cuando su madre en el hospital se sorprende al saber que no ha gastado ni uno de los 70 dólares que llevaba en la bolsa o cuando Hollywood, en afán de dar cierto toque tropical a la historia (pues suponen que Uruguay es como Puerto Rico) incluyen en el guión una enorme guacamaya parlanchina que acompaña a los sobrevivientes, misma que por supuesto, no se les ocurre comerse.
Al final, el mensaje de Carlitos es que cada uno encuentre su propia cordillera y detecte los símbolos que marcan su vida. No hay retos más grandes que otros. Superar los pequeños grandes problemas de la vida diaria, es como tratar de sobrevivir 72 días a Los Andes. Entre el público, más de un centenar de contadores absorbían el mensaje y pensaban en la forma de superar esas crueles cordilleras fiscales, más heladas que el infierno andino, llamadas IETU, ISR y de más jinetes apocalípticos paridos por Agustín Carstens, mismos que a la fecha no han dejado supervivientes.

Thursday, July 23, 2009

Su nombre es Aureliano Blanquet y ha quedado inmortalizado en el cuadro de honor de la hijoeputez nacional. Vaya, no se puede decir que sobren los hijos de la chingada en cuyo currículum se pueda presumir haber mandado al otro mundo a un emperador y a un presidente en dos épocas distintas de la historia mexicana con casi medio siglo de distancia entre uno y otro. El nombre de don Aureliano Blanquet va hermanado al de Victoriano Huerta y la Decena Trágica. Nacido en Morelia en 1849, Blanquet era un veterano generalón de 64 años cuando el 19 de febrero de 1913 se encargó de materializar la traición del borracho Huerta. Con sus propias manos, en el sentido más literal de la expresión, Blanquet fue el encargado de aprehender a Francisco I. Madero en las escaleras de Palacio Nacional. Con sus brazos se encargó de sujetar al chaparrito presidente quien todavía alcanzó a asestar tremendo cachetadón al general a quien espetó en la cara: “es usted un traidor”. Blanquet encerró a Madero en un cuartucho de intendencia (donde compartió catre con el vicepresidente Pino Suárez y el artillero diplomado Felipe Ángeles) de donde saldría tres días después para morir asesinado. La noche del 22 de febrero de 1913, mientras Huerta y el embajador gabacho Henry Lane Wilson festejaban en la Embajada el aniversario el natalicio de George Washington, Blanquet sacó a Madero y a Pino Suárez del cuartucho y ordenó al mayor de rurales Francisco Cárdenas que los llevara a la penitenciaría de Lecumberri. Aunque en múltiples sesiones espiritistas Madero había sido advertido por la ouija sobre su muerte cruel y prematura, no se sabe si el chaparrón de Parras haya tenido tiempo de pedir una última voluntad. En cualquier caso, es poco probable que haya podido hacerlo minutos antes de su muerte, pues el mayor Cárdenas lo bajó del carro en los llanos de San Lázaro y le dio un par de tiros en la nuca cuando estaba de espaldas. Blanquet fue nombrado por Huerta ministro de Guerra y Marina.

No se si Blanquet haya sido tan alcohólico como Huerta, pero lo cierto es que le hacía compañía en sus borracheras. Entre vasitos de coñac, Aureliano divertía a su jefe con anécdotas de la Guerra de Intervención, o más concretamente de la muerte del Emperador Maximiliano. 46 años antes de mandar a Madero a la muerte, en junio de 1867, Blanquet era un joven sargento de 19 años militante del Ejército Republicano que capturó a Maximiliano en Querétaro. Faltaban todavía seis años para que naciera Madero y Blanquet ya hacía de las suyas. El joven sargento fue comisionado para vigilar al emperador prisionero y lo más probable es que haya escuchado y acaso recibido sus últimas voluntades.
Maximiliano tuvo antepenúltimas, penúltimas y últimas voluntades. Quería ante todo asegurarse que su cuerpo llegaría a Viena inmaculado, para ser recibido por su madre, la Emperatriz Sofía y su hermano el emperador Francisco José. Por ello pidió de la manera más atenta que por favor no fueran a dispararle a la cabeza. Al amanecer del 19 de junio de 1867 se formó el pelotón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas. Maximiliano iba al centro, pero como un reconocimiento a la gallardía del Campeón de Dios, cedió el sitio de honor a Miguel Miramón. El austriaco se colocó a la derecha y a la izquierda quedó Tomás Mejía. En su calidad de sargento, Aureliano Blanquet comandaba el pelotón. La última voluntad de Maximiliano fue cumplida a medias. Cierto, los soldados no le tiraron a la cara, pero algunos dispararon un poco más abajo del corazón, directo a los mismísimos tanates imperiales. El pelotón estaba muy cerca de los ajusticiados. Los tres cuerpos cayeron sobre la tierra queretana, pero aún no habían muerto. Dicen que la descarga había sido tan cercana, que sus uniformes militares ardían en llamas. Llegó entonces el momento de los tiros de gracia. El emperador Maximiliano se retorcía en el suelo y emitía algún quejido incomprensible, cuando el joven sargento Aureliano Blanquet, el mismo hombre que 46 años después mandaría a la muerte a Madero y a Pino Suárez, se acercó fusil en mano a rematar al desgraciado vienés. Aureliano sí respetó la última voluntad de Maximiliano. Apuntó su fusil al corazón del moribundo y descargó un único y certero tiro que acabó de una vez por todas con su vida.
El viejo Aureliano fue testigo y actor de más de medio siglo de historia patria, pero la fortuna no lo sonrío demasiado. Su ministerio de Guerra y Marina duró apenas un año, antes de que el gobierno de Huerta fuera derrocado. Se fue exiliado a La Habana, pero regresó al país en 1918, acompañado de Félix Díaz, el sobrino de Porfirio, para acaudillar una rebelión contra Carranza. No se sabe si Aureliano pidió una última voluntad. La verdad parece ser que no tuvo tiempo. El hombre que remató a Maximiliano y que mandó a la muerte a Madero, no tuvo un final glorioso. El 15 de abril de 1919, su cayó con su caballo en una profunda barranca veracruzana. A diferencia de Maximiliano, no pidió consideraciones especiales para su cadáver y los carrancistas se dieron gusto cercenando su cabeza y exhibiéndola como trofeo en el Puerto de Veracruz.

Wednesday, July 22, 2009

De la Moleskine

El lenguaje tiene límites y desde un tiempo para acá sus fronteras me asfixian. ¡El lenguaje!, tan encerrado él, tal sofocado en sus cuatro paredes. Puede que el Universo sea finito, pero nunca verás su fin. El lenguaje, en cambio, no es definitivamente infinito y sus fronteras son necias, omnipresentes como los migras en la garita.

¿Es acaso esta puta mierda en la cual vivimos? Eso preguntaba Eskorbuto en su rolita “Dónde está el porvenir”. Y no, ya no me da por andar desparramando misantropía. El mundo que me rodea, pese a todo, me agrada, lo disfruto y le saco algo de jugo, pero cada vez se vuelve un sitio más mierdozo. Pienso en el Conejito y lo único que me nace es pedirle perdón por este universo al que lo traeremos. Vaya, a veces quisiera poder armar un blindaje de amor, una muralla sentimental capaz de aislarlo de tanta porquería, pero ese impulso de sobreprotección, además de utópico, acaba por ser contraproducente. Aún con toda su basura a cuestas, confieso que he sabido gozar, a mi manera, del mundo que me ha tocado vivir. Ojalá el Conejito pueda gozarlo también.

Creer que el mundo marcha cuesta abajo hacia sombras abismales es una fantasía muy apocalíptica, lo se, pero en honor a la verdad es difícil no pensar así de vez en cuando. Acaso sea un espiral (y no una línea recta) hacia el abismo. Cuando imagino que en el 2030 el Conejito va a cumplir 20 años, me cuesta horrores concebir un panorama con alguna dosis de optimismo. ¿Cómo será el planeta en el 2030? ¿Qué mierdero de entorno habrá para aquel entonces? ¿Cómo vivirá nuestro hijo? ¿Quedará un pedazo de mundo? Y mira que si algo me ha enseñado Gardel, es que 20 años no son nada. ¿2030? Carajo, no creo que sea mejor que ahora. Volteo la tortilla ¿Cómo era el mundo en 1989? Pues con tanto cambio radical en el planeta y la peda alegre del salinismo en pleno apogeo, había más razones para pensar que todo marcharía hacia un futuro más o menos luminoso. Después de todo, según Fukuyama, el final feliz de la Historia Humana llegó con la caída del Muro de Berlín y a partir de ahí, al puro estilo del positivismo de Comte, todo sería progreso. Cómo no.

Siempre he sido un fatalista feliz, un heraldo del cataclismo capaz de de sonreír y mirar la tempestad sin arrodillarse. Sí, no se puede decir que en alguna época de mi vida haya sido particularmente optimista yo, pero no se si alguna vez como ahora había albergado tal certidumbre de que este país marcha directo, sin escalas y con bastante prisa rumbo a la pura chingada. La paternidad que viene en puerta me pone sumamente aprensivo. En lo interno estoy contento, emocionado, cargado de buena leche, pero me basta mirar a mi alrededor para caer en la cuenta que hay demasiado odio reptando a un lado mío. Sí, demasiado odio, demasiada insatisfacción e ira contenida y encima de ellos el más absoluto absurdo, como amo y señor. El absurdo, la mediocridad y el sin sentido. Sí, hoy más que nunca la vida es como un tango de Santos Discepolo: el mundo siempre fue y será una porquería.

Hago un ejercicio de pesimismo comparado y trato de recordar qué chingados pensaba yo del país en los aciagos días de 1994 y 1995. En aquellos años con colosiazos, zapatazos chiapanecos, raulsalinazos y devaluaciones, había motivos de sobra para pensar que México se pudría sin remedio y de hecho yo creía firmemente que en cualquier momento un golpe militar tiraría a Zedillo. ¡Bendita juventud! Si al Apocalipsis y sus jinetes les daba por llegar, era cosa que me importaba muy poco en aquel entonces. La gran diferencia de la paternidad, es que ya no me muestro tan indiferente ante la idea de morirme o de que el mundo se acabe de una vez por todas. Quisiera que el mundo dure aunque sea un poquito más y vivir otro rato para no tener que dejar a un Conejito huérfano. La idea del final ya no me atrae tanto como antes.



Un día de septiembre de 1996 entré a Canadá a bordo de un greyhound. Había salido de Rochester y crucé la frontera de Buffalo a St Catherines. El viaje fue muy de repente, sin planeación alguna y yo no llevaba a cuestas ningún papel migratorio, lo cual no impidió que entrara a tierras canadienses diciendo simplemente “citizen” y volviera sin problemas a los Estados Unidos al cabo de tres días. Viajar era tan sencillo en los años 90.
No pienso ir a Canadá próximamente, pero aún así me caga en lo más profundo la idea de que los socios comerciales de la hoja de maple nos pidan visa. Siempre me duele saber que hay nuevas restricciones, cadenas y candados para viajar. ¿Por qué no conozco Brasil? Tres veces he estado muy cerquita de ese país, pero los hijos de su portuguesa madre piden visa y no tengo el tiempo ni las ganas de ir a la embajada brasileña en el DF a tramitarla. Algo muy similar ocurrirá con Canadá cuando quiera ir. Parece increíble que una región continental que permite el libre tránsito de mercancías ponga tantas restricciones al cruce humano. Imagínense que en la Europa unida los franceses tuvieran que estar sacando visa para entrar en Italia. Así de contradictoria es mi Norteamérica.

Viajar fue fácil y barato hasta 2001. De 1996 a 2001 pudimos pasear a nuestras anchas por el mundo. Boletos baratos, fronteras flexibles y un planeta que se creía feliz. A partir de las torres gemelas todo se fue a la chingada. Aeropuertos paranoicos, migras inflexibles, boletos más caros, visas requeridas. Si esta vida merece ser vivida es en gran medida por el inmenso placer de viajar, pero los dueños del mundo cada vez lo hacen más difícil. Alguna vez aluciné con vivir en Canadá. Hoy me queda claro que varios miles de mexicanos pensaron lo mismo antes que yo y aquello formará parte de la historia de lo que pudo haber sido.

Tuesday, July 21, 2009

Sólo en días como estos es preciso encender un abanico por las noches. Un calorcito bastante digerible cae sobre Tijuana y yo lo disfruto a mi manera. Habrá quien piense que con todas sus cruces a cuestas, Tijuana es un sitio hostil e inhabitable, pero sepan ustedes que el clima de esta ciudad es una bendición de la naturaleza. Cuando pienso en los miles de pesos que se gastan mexicalenses, regios y sonorenses en pagar sus aires acondicionados, no me resta más que agradecer a la vida el vivir en un lugar como Tijuana. Aquí basta un abaniquito en nivel uno para pasar una noche bastante agradable. Por lo demás, el clima en la playa siempre es unos tres o cuatro grados más fresco que en el poniente. Cierto, el invierno aquí suele pasarse de triste, pero ahí viene el Conejito a iluminarlo.


Se lee y se escribe mejor al amanecer. La mente llega a un punto de ebullición inalcanzable en otras horas del día mientras el café se encarga de poner en orden las ideas. Ayer inicié el día con un cuento de Cortázar, “Manuscrito hallado junto a una mano”. Es tan, pero tan cortazariano este cuento…cortazarianísimo diría y aún creo que el superlativo le queda chico. Decir que leo desordenada y compulsivamente sería caer en una obviedad. Lo bueno de Cortázar es que en Rayuela nos enseñó a leerlo en desorden y en estos Papeles inesperados sería absurdo pecar de lineal.


Cedo a la tentación de leer una vez más a Galeano, ideologías aparte, uno de mis prosistas favoritos. Ahora leo “Patas arriba, la escuela del mundo al revés”. Idéntico a “Espejos” a “Las caras y las máscaras” y a toda la galeanez. Creo que si me pongo analítico, encontraría textos idénticos, como esas conversaciones compulsivas de borrachos que cada noche repiten una misma idea como si fuera lo más novedoso. Y pese a todo, sigo leyendo a Galeano. Su prosa poética y su ironía todo lo pueden. No le hace que sea el colmo del izquierdismo más rimbombante y que muchas de sus tesis, pasadas de románticas y utópicas, se hacen pedazos solas o no resistan un mínimo asalto en el ring de la historiografía. La historia de los oprimidos, los desposeídos, los humillados, los prietitos, en donde el blanco será eternamente maligno y despiadado. Sí, un rimbomante total y aún así les juro que no me importa. Leer a Galeano siempre será hedonismo puro.

También sigo leyendo a Auster e intento comenzar con ese tipo enigmático llamado Cormac McCarthy a quien yo imaginé sureño, aunque ahora resulta oriundo de Providence Rhode Island y por tanto, paisano de H.P. Lovecraft



Letras Libres pone el dedo en la llaga. Su última edición, “Adiós a la prensa”, no tiene desperdicio alguno. Un tema que me obsesiona y sobre el que encuentro demasiadas preguntas y a la fecha muy pocas respuestas. Los periódicos, desahuciados, cancerosos, jurándose modernos mientras patean desesperados desde la profundidad de su pantano. El vejestorio necesario, les llama atinadamente Silva-Herzog. Sospecho que la agonía se prolongará. En 2020 seguirá habiendo grandes diarios impresos en México, pero habrá cada vez menos en los Estados Unidos. Durante diez años ejercí el periodismo en Tijuana y a lo largo de esa década creí tener ciertas certezas sobre los medios y el gobierno. Ahora que estoy del otro lado, descubro sótanos puercos y esqueletos en el closet y no en el del gobierno por cierto. Mi gran revelación no ha sido la entraña del poder público, que se comporta tal y como lo había prejuiciado e imaginado siempre; lento, impráctico, macrocefálico y atascado en el fango de sus compromisos políticos. Así visualizaba al gobierno desde fuera y así lo veo desde adentro. Si acaso me sorprende la extrema vulnerabilidad y el miedo permanente a la crítica. Lo que sí me sorprende, es el grado de corrupción y cinismo de la enorme mayoría de los medios tijuanenses. Todo medio de comunicación es un negocio y por ende todo medio tiene, por naturaleza, cierto nivel de corrupción. Vaya, son negocios no organismos filantrópicos. Siempre he sabido que hay una prensa prostituta. Lo que me sorprende es comprobar el bajo nivel de su putería y el desparpajo de su corrupción.

Estudiantes de la Plata

Pequeñas grandes alegrías futbolísticas. No soy un hincha consumado del Estudiantes de la Plata, pero sí del Futbol Argentino y la victoria del pincha en la Copa Libertadores de América me emocionó bastante. No tengo nada contra Brasil como país ni mucho menos contra su gente. Después de todo, debo estar agradecido a una nación que le ha dado tanto al futbol y al metal. Sin embargo, en lo futbolístico nada (salvo un triunfo de Tigres contra las rayagays) me produce tanto placer como ver ganar a un equipo argentino contra un brasileño. No me pregunten por qué, pero en futbol profeso una inocultable pasión por los equipos argentinos y experimento una morbosa satisfacción viendo sufrir a los brasileños. En lo que va del Siglo XXI, seis equipos brasileños han jugado de locales el partido final de la Libertadores y lo han perdido. Boca los ha humillado tres veces en su tierra (en 2000 a Palmeiras, 2003 a Santos y 2007 a Gremio) mientras que el Olimpia de Asunción contra Sao Cetano, la Liga de Quito contra Fluminense y ahora el Estudiantes contra Cruzeiro completan la faena. Estudiantes dio una lección de doctorado que me levanta el ánimo. Ese futbol luchón, garrudo, de huevos y coraje, ese espíritu combativo tan propio de la argentinidad se me contagia en el alma. Con Verón como referente, pero con Desábato, La Gata, Braña, Bocelli, como columna vertebral, este Estudiantes hizo historia. Además, Estudiantes de la Plata tiene como hincha a uno de mis máximos referentes literarios: Ernesto Sábato.
Y con ánimo y casta de campeón ha regresado la Gata Fernández a Tigres. Ojalá lo contagie al resto del plantel.

De profe

El 2009 es el año de las primeras veces, del nunca me había pasado antes. A lo largo de mi vida he dado muchas charlas y pláticas a grupos de alumnos de diversas universidades (UABC, CUT, Universidad Estatal de San Diego, Católica de San Diego, Pomona etc.) pero nunca había sido maestro de un grupo como titular de una materia o módulo. La cosa cambia mucho o al menos eso fue lo que sentí. La condición de invitado te deja demasiadas libertades, pero como encargado de impartir el módulo sobre el arte de reportear en el diplomado de Periodismo de la Universidad Iberoamericana sentí una carga de responsabilidad mucho más fuerte y por ende me sentí un poco más atado como para darme el lujo de escupir tantas dosis de sinceridad como acostumbro. De entrada, no me siento en mi elemento cuando mi carta de presentación ante el mundo es la de un trabajador del sector público. Carajo, no me gusta nada. Hoy en día siempre que alguien me pregunta dónde trabajo, siento la necesidad de disculparme, de explicar que la necesidad me llevó a esto y que espero sea sólo algo temporal, un breve episodio de mi vida que me permitirá ver el reverso de la moneda. Para empezar, siento limitada o coartada mi libertad para expresarme con brutal honestidad sobre determinados temas. Eso sí, el grupo que me tocó es de altísimo nivel. Gente de todas las edades, algunos con muchísima experiencia, bastante críticos, con ganas de darle la vuelta a la tuerca y torcerle el cuello el ganso. Como siempre, llego también con una taza vacía, pues me queda claro que yo también debo aprender mucho de ellos. Al final de cuentas, lo único que tengo encima son muchos años desempeñando un oficio que es más de sentido común y huevos que de academia. Pero bueno, para ser la primera vez y pese a los corajes que me hacen hacer las computadoras, el power point y toda es parafernalia mierdoza e innecesaria, creo que no estuvo tan mal. Sólo me resta desear que el grupo no me repruebe.

Monday, July 20, 2009

¿Los niños han estado siempre ahí? ¿Cómo es que hasta este año he reparado en su presencia?

En estos tiempos veo miles de niños y también mujeres embarazadas. Aparecen en mi camino por todas partes y en los lugares más inesperados. ¿Será que todos nos hemos puesto a hacer la tarea? ¿Se estará renovando la humanidad? ¿O es que yo permanecía ciego ante mi entorno?

Desde que supimos que seremos padres se reveló ante nuestros ojos un universo infantil hasta entonces oculto. Hasta hace muy poco me desesperaban esas parejas cuyo único tema de conversación se reduce a pañales, pediatras y palabras recién aprendidas, pero creo empiezo a tener cierta empatía con ellos. Ahora observo a los niños con ternura y curiosidad y cada día pienso en lo que nos aguarda. Hay tanta emoción y a la vez tanto nervio. Soy bastante grande, diría incluso ya viejo para debutar como padre y sin embargo me siento tan inmaduro en tantos aspectos. Esta odisea no tiene precedente en nuestras vidas. Por primera vez tengo plena conciencia de que nuestra vida dará un giro de 180 grados.

Mi propia visión y concepción de la existencia se ha transformado. Durante años he tomado con bastante tranquilidad la idea de la muerte. Jamás me ha dado miedo la idea de morir repentinamente e incluso puedo afirmar que me aterra mucho más llegar a viejo, pero ahora la historia empieza a cambiar. Hoy siento que mi deber es vivir y estar sano, por lo menos hasta que el Conejito tenga la madurez suficiente como para valerse por sí mismo. Ahora es tiempo de sacar el arsenal de energía. A veces pienso con terror que cuando mi madre tenía mi edad, ella ya tenía un hijo de 17 años, mientras que yo apenas debutaré. En casa ya hay una carreola, un portabebé y un corralito, artefactos tan extraños dentro de un universo tan adulto que poco a poco empiezan a armonizar. Comprobar que el Conejito se chupa el dedo, el verlo descubrirse y sentirse llevando a cabo una primera acción dentro de su cómodo paraíso uterino, es la imagen que requería para darme cuenta que esto no es un sueño.