Eterno Retorno

Friday, September 18, 2026

se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio

 


 

A lo largo de la vida he sido siempre un lector insomne. De una forma u otra me he acostumbrado a despertar siempre de madrugada y a tener una suerte de medio tiempo de lectura en la cama a las tres de la mañana. A veces el sueño regresa pronto y la lectura se limita a diez o quince minutos antes de volver a dormirme, pero otras la lectura se prolonga ininterrumpida hasta el amanecer. Para este tipo de viaje insomne, el compañero ideal es el Kindle, pues se ilumina a sí mismo y no hace falta encender la lámpara del buró, lo cual podría alterar el sueño de Carolina. Así las cosas, leo en la total oscuridad. En el insomnio de anoche, concluí la lectura de una descomunal novela: Claus y Lucas de la húngara Agota Kristoff. De verdad colegas, es un librazo. En realidad Claus y Lucas es una trilogía integrada por las novelas El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira.

Esta es de las más crudas novelas que he leído narradas desde la óptica infantil, al menos la primera de la trilogía, donde Claus y Lucas son dos hermanitos pequeños dejados por su madre al cuidado de una abuela monstruosa en medio de la guerra mundial (acaso un antecedente podría ser Arrancad las semillas, fusilad a los niños del japonés Kenzaburo Oé). Se narran cosas terribles y desgarradoras  desde una óptica de aparente inocencia o indiferencia. La historia transcurre en un pueblo fronterizo dentro de un país que nunca se nombra, pero que asumo es Hungría, primero bajo el fuego nazi y después bajo la ocupación soviética, aunque los ejércitos y banderas políticas nunca son nombrados. Las dos primeras novelas parecen alineadas entre sí, mientras que la tercera intenta distorsionarlo todo y hacerte dudar si todo fue una mentira (no spoilers, please). A mi juicio puedes prescindir de la última parte, pero las dos primeras son un chingazo al alma. Simplemente demoledoras. Y bueno colegas, en estas insomnes lecturas me siento cada vez más hermanado con Alonso Quijano cuando dice Cervantes que “se enfrascó tanto en la lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. Y lo peor es que tenía más o menos mi edad don Alonso.

Tuesday, September 15, 2026

Leamos al Miguelón de la Montaña

 


 

Nunca he militado ni militaría en un partido político y tampoco soy feligrés de alguna religión. No tengo dios ni tengo líder.  Vaya, ni siquiera he pertenecido nunca a una asociación, club, fraternidad o cosa parecida. Mi único clan es mi nido familiar que se limita a Carol e Ikercho. Cuando el ruido de una época se torna demasiado nocivo y a tu alrededor sobran predicadores de “verdades absolutas” no queda más remedio que retornar a los Ensayos de Michel de Montaigne.

“Los acontecimientos de este mundo nada pueden contra ti mientras te niegues a tomar parte en ellos; el desvarío de una época no es una calamidad real mientras conserves tu claridad de ideas”

Mi red neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por un crónico signo de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las dudas. Nada más ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío es desentrañar, destripar, despanzurrar conceptos.

una mente que camina con la pregunta abierta en la mano en lugar de con la conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo describía como “ensayar” en el sentido literal: probar, experimentar, poner a prueba las propias ideas como quien prueba un arma o un caballo.

Esa actitud genera, casi por necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin saber exactamente a dónde carajos vas a llegar, dejando a las benditas contradicciones dialogar entre sí.

En fin colegas, leamos al Miguelón de la Montaña y desafiemos a este Zeitgeist con complejo de guillotina.