Eterno Retorno

Friday, July 31, 2026

Un Océano de gratas sorpresas


 

El ladrido de Pappo delata la presencia del mensajero que ni siquiera necesita timbrar. Cuando un paquete llega a casa a nombre de Daniel Salinas, el 97 por ciento de las veces se trata de un libro. La caja de cartón dice Océano y yo anticipo una sorpresa agradable. Abro con la emoción de un niño en Navidad y de la caja brotan Kolijós de Emmanuel Carrére; La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut y En palabras sencillas, de Richard Ford ( el segundo ejemplar de Feltrinelli que entra en mi biblioteca). Qué lindo es saber que mi primera casa editorial aún se acuerda de mí y se las arregla para ponerme contento la noche un viernes. Tiempo de estamparles el rojo sello nipón que certificará la bienvenida a mi biblioteca.

Wednesday, July 29, 2026

El cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo


 

Cuando trabajas en un periódico aprendes a trabajar duro y producir resultados aún sin un gramo de inspiración. Aprendes que el cierre no puede esperar, que la nota sale porque sale y que 500 palabras son 500 palabras, no 510 ó 490. Aprendes a eliminar paja innecesaria, a ir al grano, a decir más con menos. Esa actitud de productor en serie me fue muy útil en el periodismo y es fundamental en los libros por encargo (sí, también trabajo a petición de parte y como un buen carpintero, le entrego al cliente un mueble con las medidas solicitadas). A la fecha lo sostengo: si de verdad quieres dedicarte profesionalmente a esto, entonces debes transformarte en un obrero, un minero capaz de picar piedra por largas horas, pero ojo, no basta. Vaya que no basta. La chispa que enciende ese motor capaz de trabajar por horas debe ser la misma que me llevaba en la adolescencia a escribir por escribir, por el puro y vil placer onanista de hacerlo, sin esperar llegar a nada. Se puede trabajar maquinalmente y hace falta un engranaje un poco robótico para la talacha, pero el cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo.

El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera



 Soy un cazador de amaneceres. Es una hora embrujada. Es como si el tejido neuronal fuera la arena de una playa aún mojada por la marea alta de los sueños. El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera y puedes sentirte un perfecto extraño en medio del gran caos universal. Creo que nunca podría escribir a las tres de la tarde, después de comer. A veces escribo en la noche después de una siesta vespertina, pero solo cuando ando retrasado con alguna fecha fatal. Yo jamás caigo en el estereotipo del escritor que aporrea el teclado a la media noche entre el humo del cigarro. Mi mantra sagrado es escribir con café y leer con whisky. Esa es la fórmula. No digo que sea infalible, pero a mí me ha funcionado.

Tuesday, July 28, 2026

Postergar la tormenta de mierda

 


Un ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos 60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo. Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura, pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces (como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera. Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”, pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré peleando.

Monday, July 27, 2026

...pero whisky ya no tanto como antes

 


Escribir con café y leer con whisky. Escribir en la mañana y leer en la noche. Café sigo bebiendo muchísimo, pero whisky ya no tanto como antes. Suelo trabajar en la mañana y siempre en el mismo lugar, justo en donde estoy en este preciso momento, la cabecera de la mesa del comedor, de espaldas al patio, mirando a la sala, junto a un baúl que funge como librero. Es mi oficina, mi línea de producción desde hace casi 15 años y de este rinconcito ha brotado más del 90% de lo que he publicado. Mi primer ritual matutino, después de beber el primer café del día y antes de encender la computadora o mirar el teléfono, cuando aún no ha amanecido, es escribir a mano, siempre a mano. La primera escritura del día siempre es a mano y trato de postergar en la medida del posible el inevitable momento de entrar en contacto con las pantallas y empezar a recibir dosis de mierda y contaminación.