Bajo la regadera mi mente viaja al pasado reciente
En estos casos
el café tiene que ser tan negro como helada debe ser el agua en la regadera.
Aquí no caben medianías. Creo que no alcancé a dormir más de dos horas y mi
cuerpo lo sabe, pero el chorro frío que cae sobre mi cabeza opera milagros. Aún
en los peores momentos el baño cumple con desamodorrar las ideas.
Bajo la regadera
mi mente viaja al pasado reciente y de pronto estoy reviviendo detalles de mis rutinarias caminatas matutinas por el bajo
Manhattan. Hace menos de seis años Rosalía y yo vivíamos en la Gran Manzana en
un pequeñísimo piso cuya renta impagable pagaba papá. Un piso ubicado no muy
lejos de distrito financiero, cuyas calles hoy deben estar sumidas en el
terror. Yo estudiaba un rimbombante diplomado en Columbia y jugaba a empaparme
de cosmopolitismo, preparándome para el momento en que elevaría las alas para
alcanzar la inalcanzable altura sin imaginar que mi cumbre profesional sería la
conducción de un noticiero municipal.
Por ahora debo
concentrarme en coordinar la cobertura
especial con enfoque local. Desde aquí puedo irla dimensionando en todo su
predecible patetismo, pero en cualquier caso el derrumbe de las torres aparenta
ser lo más cabrón que me ha tocado cubrir, aunque sea indirectamente. Recuerdo
a Plinio Carrizales, un veterano reportero sesentón que hasta hace poco todavía
trabajaba en el canal. Todas las veces que compartía un cigarro con él
recordaba con sublime nostalgia el momento en que le tocó transcribir para el
periódico el telex donde se informaba sobre el asesinato de John F. Kennedy. No
firmó la nota, por supuesto y tampoco se puede decir que haya fungido como
redactor. Plinio fue solo un copista, pero él lo narraba con la emoción y la
adrenalina de quien hubiera estado en Dallas parado a unos metros del lugar en
que la bala de Oswald hizo blanco en el presidente. En casi 50 años de carrera
periodística, transcribir el cable con la noticia de la muerte de Kennedy era
lo mejor que le había pasado al pobre Plinio que se mamó medio siglo tecleando
olvidables redundancias, tales como las que yo peroro noche a noche frente a la
cámara
Claro, si me
dieran a elegir, mi deseo sería estar a 3 mil 414 kilómetros de aquí, parado justo en el sitio donde arde la
historia de la humanidad y donde el mundo entero tiene puestos sus ojos.
Conozco exactamente la distancia entre Monclova y Nueva York porque cuando
vivíamos allá, la siempre añorante Rosalía no paraba de repetirla: estoy a 3
mil 414 kilómetros de casa y cada kilómetro me pesa en el alma. Vivir en Nueva
York podría haber sido el sueño de cualquier veinteañera, pero a Rosalía le
podía más lo mucho que extrañaba a su mamá y a sus amigas.
Vuelvo a echarme
en cara que si retornamos a Monclova fue por la terquedad de Rosalía. Debí
haber tenido el carácter y los huevos para ir a probar fortuna a la Ciudad de
México y tal vez a estas alturas, luego de haber picado piedra, ya podría estar
peleando en la media tabla de la primera división periodística, lo cual es más
meritorio que la tabla alta de la tercera.
Me gustaría
estar entrevistando a los heroicos bomberos que emergen entre el humo y a los
aterrados ocupantes que alcanzan a evacuar los edificios. Sería fascinante que
mi imagen saliera a cuadro y atrás de mí el distrito financiero ardiendo en
llamas, pero tendré que conformarme con entrevistar al obispo de Coahuila, al
presidente municipal de Monclova y al dirigente de la Coparmex como si lo que
ellos vayan a decir le pueda importar un carajo a alguien. Creo que podría
quedarme una hora bajo el agua fría,
pero los 30 minutos que me puse de plazo
están por cumplirse. Un nuevo grito de
mi suegra me hace apagar de golpe la regadera. Imagino que algo malo ha
sucedido con las bebés, pero cuando salgo envuelto en la toalla y escurriendo
veo a la señora aterrorizada frente a la pantalla. Al parecer una de las torres
se ha derrumbado. Me visto a toda prisa y reparo en que mi celular marca dos
llamadas perdidas de José Inés, el jefe de información, quien sin duda quiere
consultarme para asignar las órdenes de trabajo.


