Eterno Retorno

Wednesday, September 30, 2026

Bajo la regadera mi mente viaja al pasado reciente

 


En estos casos el café tiene que ser tan negro como helada debe ser el agua en la regadera. Aquí no caben medianías. Creo que no alcancé a dormir más de dos horas y mi cuerpo lo sabe, pero el chorro frío que cae sobre mi cabeza opera milagros. Aún en los peores momentos el baño cumple con desamodorrar las ideas.

Bajo la regadera mi mente viaja al pasado reciente y de pronto estoy reviviendo detalles de  mis rutinarias caminatas matutinas por el bajo Manhattan. Hace menos de seis años Rosalía y yo vivíamos en la Gran Manzana en un pequeñísimo piso cuya renta impagable pagaba papá. Un piso ubicado no muy lejos de distrito financiero, cuyas calles hoy deben estar sumidas en el terror. Yo estudiaba un rimbombante diplomado en Columbia y jugaba a empaparme de cosmopolitismo, preparándome para el momento en que elevaría las alas para alcanzar la inalcanzable altura sin imaginar que mi cumbre profesional sería la conducción de un noticiero municipal.

Por ahora debo concentrarme en coordinar la  cobertura especial con enfoque local. Desde aquí puedo irla dimensionando en todo su predecible patetismo, pero en cualquier caso el derrumbe de las torres aparenta ser lo más cabrón que me ha tocado cubrir, aunque sea indirectamente. Recuerdo a Plinio Carrizales, un veterano reportero sesentón que hasta hace poco todavía trabajaba en el canal. Todas las veces que compartía un cigarro con él recordaba con sublime nostalgia el momento en que le tocó transcribir para el periódico el telex donde se informaba sobre el asesinato de John F. Kennedy. No firmó la nota, por supuesto y tampoco se puede decir que haya fungido como redactor. Plinio fue solo un copista, pero él lo narraba con la emoción y la adrenalina de quien hubiera estado en Dallas parado a unos metros del lugar en que la bala de Oswald hizo blanco en el presidente. En casi 50 años de carrera periodística, transcribir el cable con la noticia de la muerte de Kennedy era lo mejor que le había pasado al pobre Plinio que se mamó medio siglo tecleando olvidables redundancias, tales como las que yo peroro noche a noche frente a la cámara 

Claro, si me dieran a elegir, mi deseo sería estar a 3 mil 414 kilómetros de aquí,  parado justo en el sitio donde arde la historia de la humanidad y donde el mundo entero tiene puestos sus ojos. Conozco exactamente la distancia entre Monclova y Nueva York porque cuando vivíamos allá, la siempre añorante Rosalía no paraba de repetirla: estoy a 3 mil 414 kilómetros de casa y cada kilómetro me pesa en el alma. Vivir en Nueva York podría haber sido el sueño de cualquier veinteañera, pero a Rosalía le podía más lo mucho que extrañaba a su mamá y a sus amigas.

Vuelvo a echarme en cara que si retornamos a Monclova fue por la terquedad de Rosalía. Debí haber tenido el carácter y los huevos para ir a probar fortuna a la Ciudad de México y tal vez a estas alturas, luego de haber picado piedra, ya podría estar peleando en la media tabla de la primera división periodística, lo cual es más meritorio que la tabla alta de la tercera.

Me gustaría estar entrevistando a los heroicos bomberos que emergen entre el humo y a los aterrados ocupantes que alcanzan a evacuar los edificios. Sería fascinante que mi imagen saliera a cuadro y atrás de mí el distrito financiero ardiendo en llamas, pero tendré que conformarme con entrevistar al obispo de Coahuila, al presidente municipal de Monclova y al dirigente de la Coparmex como si lo que ellos vayan a decir le pueda importar un carajo a alguien. Creo que podría quedarme una  hora bajo el agua fría, pero los 30 minutos  que me puse de plazo están por cumplirse.  Un nuevo grito de mi suegra me hace apagar de golpe la regadera. Imagino que algo malo ha sucedido con las bebés, pero cuando salgo envuelto en la toalla y escurriendo veo a la señora aterrorizada frente a la pantalla. Al parecer una de las torres se ha derrumbado. Me visto a toda prisa y reparo en que mi celular marca dos llamadas perdidas de José Inés, el jefe de información, quien sin duda quiere consultarme para asignar las órdenes de trabajo.