Eterno Retorno

Tuesday, July 28, 2026

Postergar la tormenta de mierda

 


Un ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos 60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo. Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura, pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces (como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera. Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”, pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré peleando.