Postergar la tormenta de mierda
Un
ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo
menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele
despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de
sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el
resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la
marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero
hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos
60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la
lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la
pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en
la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en
palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo
no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo.
Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi
tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las
noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura,
pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al
amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora
elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una
supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de
madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy
por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el
WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces
(como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo
sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este
texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo
necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo
formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera.
Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi
modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”,
pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente
contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de
opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé
mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero
conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan
mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al
caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos
momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor
digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré
peleando.


