Charly salta nueve pisos y cae en una copa de vino
En la zona profunda de mi tejido neuronal yace una
rockola en donde se toca música de Charly García. Le das “play” y los cheneques
del subconsciente empiezan a tararear de memoria estrofa por estrofa. Rolitas
que a estas alturas son oraciones, salmos paganos de un adolescente náufrago. Charly
García es la expresión musical no metalera que más terca y profundamente ha
influido en mi vida. En la tabla de mis filias sónicas ocupa un solitario altar
aparte. Lo descubrí (como casi todo México) en la era de la fiebre del Rock en
tu Idioma, allá por 1987-88. Sus dos rolas más comerciales - No me dejan salir
y No voy en tren- sonaban en las fiestas de 15 años junto con Nada personal de
Soda, la Muralla de los Enanitos y Cuando seas grande de Mateos. Para muchos
adolescentes regios eso fue Charly y con eso se conformaron. Hasta que un día
del verano de 1988, justo el día en que mi amigo Jordi Ferrer y yo fuimos a la central
de autobuses a comprar los boletos de camión que nos llevarían a Chiapas, vi sobre
avenida Colón una mesa de casetes en remate y entre ellos estaba el Yendo de la
cama al living que compré en 12 mil viejos pesos. Cuando llegué a casa y lo
escuché, me di cuenta que No me dejan salir era una engañosa superficie bailable
y que Charly tenía una vena muchísimo más profunda y alucinada. Me alucinó No
bombardeen Buenos Aires, Vos también estabas verde, Yo no quiero volverme tan loco.
Aquello era harto diferente del típico popcito en español. De regreso del
periplo chiapaneco, pasé por la Ciudad de México y en una tienda de Perisur
pepené en un solo sablazo Piano Bar, Click modernos y el recién salido Parte de
la religión. Así las cosas, ese cuarteto de discos se volvió parte de mi
soundtrack existencial a los 14 años de edad. Poco después, entre los 15 y los
22 años, el Thrash, el Hard Core, el Grind, el Death y el Black Metal arrasaron
con todo y acapararon la totalidad de mis neuronas. Durante años practiqué una
suerte de intolerancia talibán hacia cualquier cosa que estuviera fuera de las
fronteras del metal extremo (bueno, para qué me hago güey, la verdad es que
sigo siendo un pinche intolerante) peeeero aún en lo más abrupto de mi tsunami metalero,
Charly seguía estando ahí y jamás le perdí la pista. El último disco suyo que fue
capaz de volarme la cabeza fue el Say no more, que pepené en cd en mis tiempos de reportero
de El Norte (fue el primer álbum de Charly que tuve disco compacto). Ya
viviendo en Tijuana, me di a la tarea de practicar arqueología charlyana y en
la Ciruela Eléctrica fui pepenando obras de Sui Generis, Serú Girán y La Máquina
de Hacer Pájaros, sin dejar de adquirir las novedades que cada cierto tiempo
seguía arrojando el cada vez más desquiciado García (creo que Rock and Roll Yo ha
sido lo mejorcito en lo que va del nuevo milenio, o al menos el que más me ha
alucinado). Charly es un gusto que comparto con Carol, así que su música ha
sido omnipresente en nuestra casa. Están por cumplirse 40 años de la primera
vez que escuché a Charly y mi rockola neuronal sigue clavadísima en la tecla.
El pasado domingo, las sofisticadas bocinas de nuestro amigo Pedro Beas arrojaron
sobre nosotros el piano envolvente de Los Dinosaurios y la noche se inflamó de
nostalgia mientras arrojábamos al vino a un pequeño Charly de cartón
inmortalizado en su mendocino salto de nueve pisos.


