Eterno Retorno

Tuesday, August 25, 2026

Charly salta nueve pisos y cae en una copa de vino

 


En la zona profunda de mi tejido neuronal yace una rockola en donde se toca música de Charly García. Le das “play” y los cheneques del subconsciente empiezan a tararear de memoria estrofa por estrofa. Rolitas que a estas alturas son oraciones, salmos paganos de un adolescente náufrago. Charly García es la expresión musical no metalera que más terca y profundamente ha influido en mi vida. En la tabla de mis filias sónicas ocupa un solitario altar aparte. Lo descubrí (como casi todo México) en la era de la fiebre del Rock en tu Idioma, allá por 1987-88. Sus dos rolas más comerciales - No me dejan salir y No voy en tren- sonaban en las fiestas de 15 años junto con Nada personal de Soda, la Muralla de los Enanitos y Cuando seas grande de Mateos. Para muchos adolescentes regios eso fue Charly y con eso se conformaron. Hasta que un día del verano de 1988, justo el día en que mi amigo Jordi Ferrer y yo fuimos a la central de autobuses a comprar los boletos de camión que nos llevarían a Chiapas, vi sobre avenida Colón una mesa de casetes en remate y entre ellos estaba el Yendo de la cama al living que compré en 12 mil viejos pesos. Cuando llegué a casa y lo escuché, me di cuenta que No me dejan salir era una engañosa superficie bailable y que Charly tenía una vena muchísimo más profunda y alucinada. Me alucinó No bombardeen Buenos Aires, Vos también estabas verde, Yo no quiero volverme tan loco. Aquello era harto diferente del típico popcito en español. De regreso del periplo chiapaneco, pasé por la Ciudad de México y en una tienda de Perisur pepené en un solo sablazo Piano Bar, Click modernos y el recién salido Parte de la religión. Así las cosas, ese cuarteto de discos se volvió parte de mi soundtrack existencial a los 14 años de edad. Poco después, entre los 15 y los 22 años, el Thrash, el Hard Core, el Grind, el Death y el Black Metal arrasaron con todo y acapararon la totalidad de mis neuronas. Durante años practiqué una suerte de intolerancia talibán hacia cualquier cosa que estuviera fuera de las fronteras del metal extremo (bueno, para qué me hago güey, la verdad es que sigo siendo un pinche intolerante) peeeero aún en lo más abrupto de mi tsunami metalero, Charly seguía estando ahí y jamás le perdí la pista. El último disco suyo que fue capaz de volarme la cabeza fue el Say no more,  que pepené en cd en mis tiempos de reportero de El Norte (fue el primer álbum de Charly que tuve disco compacto). Ya viviendo en Tijuana, me di a la tarea de practicar arqueología charlyana y en la Ciruela Eléctrica fui pepenando obras de Sui Generis, Serú Girán y La Máquina de Hacer Pájaros, sin dejar de adquirir las novedades que cada cierto tiempo seguía arrojando el cada vez más desquiciado García (creo que Rock and Roll Yo ha sido lo mejorcito en lo que va del nuevo milenio, o al menos el que más me ha alucinado). Charly es un gusto que comparto con Carol, así que su música ha sido omnipresente en nuestra casa. Están por cumplirse 40 años de la primera vez que escuché a Charly y mi rockola neuronal sigue clavadísima en la tecla. El pasado domingo, las sofisticadas bocinas de nuestro amigo Pedro Beas arrojaron sobre nosotros el piano envolvente de Los Dinosaurios y la noche se inflamó de nostalgia mientras arrojábamos al vino a un pequeño Charly de cartón inmortalizado en su mendocino salto de nueve pisos.