Eterno Retorno

Tuesday, September 01, 2026

SÉPTICO Y SEPTENTRIONAL SEPTIEMBRE

 


Septiembre trajo consigo la paternidad y el Apocalipsis.

La noche del sábado primero,  luego de un martirizante embarazo con esencia de vía crucis, Rosalía dio a luz a las gemelitas cuando aún no cumplía la semana 36 de gestación. Conceptos  como preclamsia,  crecimiento intrauterino retardado y diabetes gestacional, dieron forma a nuestras pesadillas en los meses previos al temido parto, cuya labor resulto ser aún más larga y desgastante de lo que nuestros pronósticos pesimistas apuntaban.

Cuando finalmente pude ver a mis  pequeñísimas hijas yacer en la incubadora, yo estaba demasiado agotado emocionalmente como para ceder a un liberador llanto paternal que inmortalizara el momento como el más feliz de mi vida. Las miré con angustia e incertidumbre y con la certeza de no querer estar ahí en ese momento.

Rosalía y las pequeñas permanecieron en la maternidad hasta el sábado 8, cuando su condición fue relativamente estable. Mi suegra - católica fatalista y aterrada por la idea de la región límbica como destino de sus nietas-  trajo un sacerdote para que las bautizara en el hospital alegando peligro de muerte. Una noche, al regresar del noticiero, me enteré que mis hijas habían sido llamadas Rosamar y Marisabel, así, en un solo nombre.

Pensé que todo sería mejor al llegar a casa, pero la penitencia apenas comenzaba. Mi suegra se instaló con Rosalía en nuestra habitación y yo me autoexilié al sillón de la sala, aunque fue imposible pegar el ojo. Lograr que las dos bebés pudieran quedarse dormidas al mismo tiempo se transformó en una utópica obra de arte por definición inconseguible. Aunque ninguna alcanzaba los dos y medio kilos de peso, su llanto tenía la potencia para escucharse en todas las habitaciones. Mi madre también se apersonó en casa solamente para iniciar una guerra de trincheras contra mi suegra. Una pensaba que si las pequeñas lloraban había que cargarlas y alimentarlas de inmediato, pero la otra sostenía que los horarios del biberón debían estrictos e inviolables y que a los bebés hay que dejarlos llorar. Rosalía estaba aún muy débil y deprimida  para hacer pesar su opinión, y a mí, obvia decir, ni siquiera se me preguntaba.

La mañana del lunes 10 me fui al canal sin haber pegado un ojo y por la noche en el noticiero debí usar una doble capa de maquillaje para intentar disimular mi rostro de derrumbe.

Llegando a casa me esperaba un campo de batalla. Pilas de pañales, cobijitas vomitadas y biberones a medias desfilaban desde el comedor a la recámara. Rosamar y Marisabel parecían competir por ver quién lloraba más fuerte mientras mi madre y mi suegra se enfrascaban en una estéril discusión y Rosalía lloraba en silencio con el rostro pegado a la almohada. Fue la peor noche de todas y cuando estaba decidido a emprender la fuga e irme a refugiar a un hotel, sobrevino el milagro de tener a las dos gemelitas dormidas poco después de las cuatro de la mañana. Cedí a la tentación de tomar media pastillita que me hizo caer despatarrado sobre el sillón para conseguir mi primer sueño profundo desde el día del parto. Fue entonces cuando el Boeing 767 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center.

Cuando 17 minutos después un segundo avión se impactó sobre la torre sur los gritos de mi suegra retumbaron en mis pesadillas. Instantes más tarde, una llamada urgente del dueño de la televisora acabó de despertarme y aquí estoy, dispuesto a atascarme de Apocalipsis frente a las cámaras.

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