Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó del corredor industrial en Otay
Facto
editorial del día: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Japón se apropió
de la mesa de literatura juvenil. La sección que hace década y media yacía
colonizada por crepusculares vampiritos adolescentes, hoy pertenece a los gatos
nipones y eso me pone contento. Vaya, corríjanme si me equivoco, pero creo que
nunca antes se habían traducido tantísimos autores japoneses al español, pero
la paradoja es que los encuentras en las mesas dedicados a la chaviza.
Aunque
siempre ha existido el concepto de “literatura juvenil”, no siempre ha habido
en las librerías una sección dedicada a la morriza. Vaya, cuando yo laburaba en
Librería Castillo en los primeros noventa, no había ni remotamente una sección
de la tienda dedicada a los jóvenes. En los tiempos de nuestros padres (y
también en mis tiempos, pues la neta ya estoy bastante carca), lo que te
vendían literatura juvenil era Sandokán o El Corsario Negro de Salgari, La Isla
del Tesoro o Robin Hood. De ahí brincabas a Herman Hesse. Demian y el Estepario
lobito fueron mi educación sentimental cuando era un quinceañero. Entrando a
este milenio, las Gandhi empezaron a crear ínsulas exclusivas para jovenazos o
para niñ0s. Acaso el mayor tsunami de literatura juvenil irrumpió a raíz de Crepúsculo.
En 2009 todos los emos tenían un romance vampírico. Sin embargo, lo que hoy
entendemos por literatura juvenil proviene en su mayoría del kanji.
Todavía
hasta los noventa, la poquísima literatura japonesa disponible en México se
limitaba a Mishima en Alianza, Kawabata en Emecé, algo de Kenzaburo Oé en
Anagrama y algunos cuentos de Akutagawa editados por la UNAM. En los 90 Tusquets
puso de moda a Banana Yoshimoto pero entrando los 2 mil llegó Murakami a
desbancarla como el nipón estrella de la editorial. Eso era la literatura
japonesa en México y solo unos cuantos eruditos como Aurelio Asiain o raritos
excéntricos como Mario Bellatin navegaban con la bandera de expertos en libros
surgidos por los rumbos del Sol Naciente. Hoy la literatura japonesa
simplemente me desbordó. Veo la sección de literatura asiática en Gandhi y no
me queda más que confesar mi radical ignorancia. A mayoría de los que exponen
ni siquiera los he oído mentar. Por una
parte tienes muchísima cozy fantasy con títulos como, Antes de que se enfríe
el café de Toshikazu Kawaguchi o Te receto un gato de Syou Ishida,
pero por otra parte te encuentras con que un existencialista de los años 40
como Ozamu Dazai es furor entre los jóvenes, mientras que Hiromi Kawakami
parece haberse quedado con el trono femenino que alguna vez perteneció a
Yoshimoto. Pero además, hoy tenemos un sello como Satori Ediciones que presume
un catálogo de más de 200 obras exclusivamente de nipones. Si a ello le sumas
la ola feminista coreana surgida a partir del Nobel a Han Kang, la única
conclusión es que Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó
del corredor industrial en Otay y eso, en cualquier caso, es una excelente
noticia.


