
1- La selección de Suiza es la prueba de que se puede triunfar en la vida nadando de muertito y pasando desapercibido. Es uno de esos equipos en los que absolutamente nadie piensa, ni para bien ni para mal. ¿Quién habla de Suiza? ¿Hay alguien fuera de su sobrio país que se ponga su camiseta y les eche una genuina porra? No es una potencia, pero tampoco un equipo exótico, pintoresco y ni siquiera humilde o ceniciento como Cabo Verde o Congo. Es el ni fu ni fa por excelencia, pero así, nadando de muertito, ya está entre los ocho mejores del mundo. Ni Brasil, ni Holanda ni Alemania ni Uruguay pudieron llegar ahí y los suizos tan campantes. Fuera de Xhaca, que lleva no sé cuántos mundiales, no tiene un jugador insignia. Entonces pienso que en la vida hay gente así, que no te explicas cómo carajos llegaron a donde están, pero llegan y triunfan sin ningún atributo especial. ¿Celtic Frost? ¿Samael? ¿Coroner? ¿H.R. Giger? ¿Relojes y chocolates? No olvidemos que Jorge Luis Borges descansa bajo tierra en Suiza. En fin, a veces los nadadores de muertito, los mosquita muerta, son los más difíciles de derrotar.
2- En futbol (y en la vida) siempre he sido monógamo. Siempre creí que los amores futbolísticos eran para siempre. En futbol mi único amor ha sido, es y será por siempre Tigres, pero en el plano internacional, siempre he tenido una confesa filia por Argentina.
Como mi educación sentimental fue el Mundial 86 y mi primera imagen de un superhéroe futbolístico fue Diego Armando Maradona, desde los doce años de edad me volví aficionado a la Albiceleste.
Argentina era siempre mi gallo en mundiales y copas América. Aunque en México siempre ha habido una marcadísima preferencia por los brasileños y los argentinos tienden ser malqueridos, yo me mantuve fiel a lo largo de cuatro décadas y luego de tantísimos descalabros, me alegré genuinamente con el campeonato en Qatar.
Yo solía ser hincha de la albiceleste y eso era algo que nunca se ponía en duda, hasta que de pronto me vi celebrando con genuina emoción los goles de Cabo Verde y Egipto. Entonces me di cuenta que hay amores futbolísticos que pueden morir
Quisiera volver a enamorarme de la Albiceleste, gritar con la euforia que grité el gol de Caniggia contra Brasil en el 90 y emocionarme como cuando eliminaron a Italia en Nápoles con absolutamente todo en contra, con el himno abucheado y los árbitros tendenciosos. Sentir la rabia que sentí cuando Codesal le inventó ese penal a Alemania y solidarizarme con Maradona cuando el mundo entero leyó en sus labios el “hijos de puta” mientras el himno argentino era silbado en Roma. La misma rabia que sentí cuando la FIFA y los gringos acuchillaron al Diego y lo sacaron a la mala del McMundial 94.
Quisiera ver un jugador pura esencia de barrio como Carlitos Tévez, orgullo de Fuerte Apache. Quisiera que Messi hubiera tenido la humildad y la entereza de Ángel Di María que eligió retirarse con los Canallas de Rosario Central. Ojalá Messi se hubiera retirado con los Leprosos de Newells y jugaran el clásico en el Gigante de Arroyito, pero le tuvo miedo a las calles de Rosario y eligió comer de la mano de Beckham y ponerse una camiseta artificial, plástica y falsa llamada Inter Miami.
Siempre he hinchado por la Albiceleste, pero me cuesta horrores emocionarme con quien tiene la mesa puesta y absolutamente todo a su favor. Argentina llegará a la semifinal habiendo enfrentado a seis equipos medianitos o francamente limitados. Ni un solo rival ubicado en el top 20 de la FIFA. Un camino despejado, un lecho de rosas, un descarado y burdo favoritismo, pero eso no es lo peor.
Lo que más me hiere, lo que más me emputa es que he visto fotos de niños palestinos muertos que llevaban puesta la camiseta de Messi en el momento en que les cayó la bomba o la bala sionista. Lo peor es cuando pasan imágenes de los aficionados argentinos y los ves con banderas de Israel y lo único que me queda son genuinas ganas de vomitar. Después me acuerdo que hoy la Casa Rosada es la embajada latinoamericana del sionismo genocida y que el pueblo argentino, tan culto y educado, eligió a un soez payaso gritón como presidente que está destruyendo su noble e histórico sistema de educación pública y entonces me doy cuenta de por qué me cuesta horrores apoyarlos en 2026, aunque sé que millones de argentinos no validan semejante basura. En fin. Maradona jamás se hubiera prestado a darle la mano a Trump o a Netanyahu y no hubiera tenido pelos en la lengua para denunciar la corrupción de Infantino.
Messi es solo un starsystem, un colaboracionista sin conciencia, mientras mi Diego era el antihéroe por excelencia, el ángel caído, el mejor personaje literario posible. Qué triste es desenamorarse.