Regios Tabaqueiros
Hace
un par de semanas me tocó valorar los proyectos presentados por aspirantes a las
becas que otorga un centro estatal de escritura. Lo primero que me sorprendió
fue la cantidad de proyectos inscritos: 171, de los cuales debíamos elegir solo
cinco. Es decir, solo uno de cada 34 tendría éxito, mientras que 166 se
quedarían con el “gracias por participar”. Ahí empieza para mí la parte triste,
porque al menos había unos 25 o 30 propuestas que a mi juicio valían la pena.
Salvo
casos atípicos en donde hay una obra clara e indiscutiblemente superior, todo
certamen literario está condenado a una terrible subjetividad, pero mucho más duro
y subjetivo es cuando lo que evalúas no es un libro terminado, sino un
proyecto, una promesa a futuro, algo que podría ser pero aún no es. Vaya, más
que a un concienzudo análisis le apuestas a la corazonada, a la primera
impresión, a la química vil y me es inevitable no tener la sensación de estar
cometiendo una injusticia. Podría decirles (al menos a unos 30 aspirantes) que
si no ganaste no te desanimes. Tu proyecto tenía idénticos méritos para quedar,
pero solo había lugar para cinco. Y al quinteto seleccionado también podría
decirle: no te creas la chucha cuerera por este campanazo, que estuviste a nada
de no quedar y había por lo menos otros 30 que tenían los mismos méritos. En
realidad, esto se parece más a ganar la lotería.
Aún
así, lo verdaderamente increíble es que en la era de inmediatez y la atención dispersa,
en los tiempos de Blitzkrieg digital, cuando TikTok e Instagram te bombardean
sin clemencia a cada minuto, haya 171 personas en una sola entidad apostándole a
la poesía, a la narrativa o a la dramaturgia. Vaya, inmersos en un Zeitgeist
que endiosa la brevedad extrema, en un mundo donde 40 segundos apestan a
eternidad o a proustiana historia del tiempo perdido, hay 171 personas que se
la juegan a construir con purititas palabras escritas proyectos de largo
aliento, obras que te exigen lo que más le cuesta a la gente hoy en día: tiempo
y concentración, capacidad de abstraerte en una sola cosa.
Más
canijo aún si tomamos en cuenta que estos 171 proyectos proceden de la entidad donde
se practica el capitalismo más salvaje y en donde habita la sociedad más competitiva
del país cuyo gobernador transpira en cada partícula de su ser los valores del
Zeitgeist reinante: frívolo, banal, materialista, nuevo rico. Y lo peor de todo
es que hace muchos años, a principios de los noventa, yo quise jugar a ser
poeta en esa tierra. Divina utopía.
En fin. Veo la larguísima lista de aspirantes
y pienso en decenas de salmones subiendo una cascada.
Y
claro, como suele suceder en estos casos, acabo siempre recitando Tabaquería de Pessoa:
“¿En
cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, de veras altas y nobles y lúcidas-
quizá realizables, no verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la
gente?”.
Hace
pocos años solían pedirme con cierta frecuencia si podía darle algún consejo a
los nuevos escritores.
Solía
decirles que escriban con café y lean con whisky, que asuman la labor como si
fueran albañiles y carpinteros, no artistas iluminados.
Hoy
más bien les sugeriría que nunca se enamoren de su propia obra ni se crean que
han escrito algo sublime. Nada me da más lástima que un escritor convencido de
que ha escrito una obra descomunal e irrepetible que el mundo no comprende. El
chiste se cuenta solo. Pero sobre todo les diría que la escritura creativa es un
fin en sí mismo y no un medio, que el viaje es el destino y lo mejor es
disfrutar viajando. Si disfrutas mientras lo haces, que te valga reverenda
madre si esa carretera absurda te lleva a algún sitio o si más bien estás viajando
al final de la noche, a donde quiera que ese improbable lugar se encuentre.


