¿Existe riesgo de que la ficción sobre crimen organizado termine normalizando ese fenómeno o ya sucedió?
1.
Por supuesto que ya
sucedió. Forma parte de nuestra vida cotidiana y de nuestra narrativa
costumbrista. Sería imposible no reflejarlo. Tampoco es algo nuevo. El México
de 1850, por ejemplo, también era profundamente inseguro. El camino de México a
Veracruz estaba infestado de gavillas de bandoleros integradas muchas de ellas
por militares en desgracia o caudillos derrotados en los múltiples cuartelazos
y rebeliones que asolaban la naciente República y eso lo vemos reflejado en la
literatura. Por ejemplo, El Zarco de
Ignacio Manuel Altamirano, tiene como personaje principal al jefe de una
sanguinaria gavilla de bandoleros de Yautepec que seduce a Manuelita, una joven
de alta sociedad. El Zarco representaba al crimen organizado de entonces y el propio
Altamirano refleja cómo muchas veces los bandoleros acababan integrando tropas
de liberales o conservadores por igual. En la novela de la Revolución vemos lo
mismo. El Rodolfo Fierro de la Fiesta de las Balas de Martín Luis Guzmán o los
personajes descritos por Nellie Campobello en Cartucho no le piden nada a
cualquier capo de los Zetas o el CJNG. En algún momento también fueron muy
populares las novelas de piratas, pero aunque Emilio Salgari los romantizó, los
modelos de Sandokán, el Corsario Negro o el Pirata Morgan eran tipos bastante
sanguinarios que no solían tocarse el corazón.


