Sueles acudir a clase luciendo un raído saco de cuadros
Hasta hace un
par de semanas eras el profesor de introducción a la historia del arte en una
prepa patito, una vil maquiladora de
certificados exprés y refugio para una caterva de juniors reprobados y
corridos de otras escuelas. Un profesor gordinflón y sudoroso que navega por la
vida con su bandera de alivianado y buena onda, aferrado a demostrar a sus
alumnos que los 54 años de edad y la calvicie en expansión no han hecho mella
en su espíritu rebelde. Desde el primer día te encargas de dejarle claro a tus
alumnos que no eres solamente el mal pagado maestro de una prepa venida a
menos, sino un artista contestatario y vanguardista que da clases en sus
tiempos libres por puro y simple compromiso artístico. Por supuesto, no les
dices que tu magro sueldo de profe constituye (o constituía) la totalidad de tu
ingreso y que hasta ahora son poquísimos los centavos que has podido exprimirle
a tus creaciones artísticas, pues tu última venta ocurrió hace más de dos años
y se limitó a un par de cuadritos que por caridad te compró el instituto municipal
de cultura a precio de saldo, pero lo que puedas perorar da lo mismo, pues tus alumnos jamás te escuchan. Podrías
decirles que tu obra se subasta en Nueva York e igual a ellos les valdría un
carajo como les vale cuando empiezas a hablarles de la importancia de saber
mirar e interpretar el arte. Digas lo
que les digas sus ojos jamás se apartan de las pantallas de sus celulares.
Claro, algunas veces te dedican una mirada para viborear tu atuendo y echar
carrilla. Sueles acudir a clase luciendo
un raído saco de cuadros que hace un buen tiempo dejó de cerrarte ante la
prominencia de la panza. El toque chic lo dan las deslavadas camisetas
artísticas que a ti te parecen de lo más
cool. Una de ellas muestra la imagen
de una Gioconda con lentes y cigarro y la otra una borrosa estampa de la
Guernica. Tienes también por ahí una de Frida Kahlo que ya no te queda. Unos jeans cuyo botón logras cerrar con mucho
trabajo y unos Converse rojos solían completar el atuendo, hasta que el
prefecto te amonestó y te recordó que el personal docente de la preparatoria Tercer
Milenio debe usar camisa de botones, zapato de vestir y preferentemente corbata.


