Eterno Retorno

Wednesday, April 08, 2026

Cita con mi ciudad


 

Ayer tuve una cita con mi ciudad y me dediqué a caminarla como antaño, desde la 20 de Noviembre hasta Librería el Día, de El Día al Cecut, del Cecut al Centro y luego a la Quinta Contreras para retornar a la 20. Cuando un joven reportero me pide algún consejo para escribir crónica o emprender un reportaje de investigación mi recomendación es siempre la misma: camina tu ciudad, camínala mucho y piérdete en ella. Bájate de tu pinche carro y súbete al transporte público y toma una ruta que nunca hayas recorrido. Pero no solo hablamos de periodismo. ¿Quieres hacerle al cuento o ensayar con el ensayo? La receta es la misma: camínale un chingo. Yo escribo caminando. El teclado es para pasar en limpio la tormenta que me asalta cuando mis errabundos pasos tienen el timón.

Mientras el delirio vertical horada el cielo con andamios suicidas, los habitantes de la calle improvisan nuevas guaridas y recovecos en los rincones más improbables. A un costado de las vías del tren, una casita de muñecas servía de hogar a un indigente. Tras la mentirosa calma en el breve oasis de Semana Santa, Tijuana recupera su rabia y su perpetuo romance con el caos.
Nuestras escasas y humildes jacarandas no traicionan su primaveral instinto y han hecho suyo un nuevo abril. La abundancia de fruta es palpable, pues en los cruceros sobran vendedores de fresas a precio de remate y entre todos los malabarismos que ofrece la cartografía urbana, a mí el que más me maravilla es la gracia con que las mujeres haitianas sostienen las cajas de fruta sobre sus cabezas. Ayer caminé Tijuana y hoy me topé con un poema de ese gran flâneur que fue Julio Trujillo. Reproduzco algunas líneas en desorden:
“Caminé
Caminé hasta olvidar que caminaba
Caminé entre gente como la gente y fui soltando el fardo de mi nombre
Caminé sin pesar,
apenas separado del concreto
como negándome a hacer tierra
como sintiéndome un circuito de potencia con un voltaje peligroso
Caminé en la confianza
de una metrópolis inagotable,
asumiendo esos cruces y semáforos y cláxones como mi propia jungla,
como si todos esos rostros que sorteaba
fueran pura espesura…
Y caminé mejor sin rumbo y fui aceptando, paso a paso, la ingrávida fatalidad de coincidir conmigo”.
Últimamente leo a poetas que dijeron adiós recientemente. Desde hace unas cuantas mañanas inicio el día leyendo al azar una página de Lupercalia del Oso Miguel Manríquez, pero de eso les hablaré más adelante. Mi sociedad de los poetas muertos.
Ayer pepené El ejército ciego de David Toscana y creo que me lo leeré en un par de días (la primera portada bella que hace Alfaguara en muchos siglos).
Por cierto, no están ustedes para saberlo, ni yo para contarlo, pero en la Educal del Cecut hay un remate de libros a 20 pesos, principalmente de editoriales Almadía y Cal y Arena. Hay muy buenos títulos.
Al caer la tarde, cuando la ultima luz se derramaba sobre la sala Federico Campbell, presentamos la antología Tiempo de espera. El cruce fronterizo narrado por colegas periodistas, académicos y poetas convocados por Víctor Alejandro Espinoza. Ahí están, entre otros muchos, Rocío Galván, Claudia Orozco, Rodrigo Martínez Sandoval, Nylsa Martínez, José Salvador Ruiz, Pedro Ochoa, Jorge Ortega, el Johnny Tecate Rober de Playas Castillo Udiarte, Jonhatan Francisco Ochoa y el poeta maldito de la Cenicienta, Rael Salvador, que dijo adiós hace una semana. No hay quien quiera robarse este abril mientras yo “camino en el gerundio de alejarme y acercarme, de qué y a quién sabe…”