Eterno Retorno

Monday, April 13, 2026

Una zona crepuscular infestada por pantanos de arenas movedizas

 


Ánimas había entrado a una zona crepuscular  infestada por pantanos de arenas movedizas. Acaso a todos los hombres de su edad les sucedía más o menos lo mismo con ligeras variantes. Tipos rondando la cincuentena que acababan desbarrancados en los precipicios de sus no superadas adolescencias. Bastaba ver los grupos de Facebook a los que Ánimas estaba agregado para dimensionar su aferrada e irrenunciable condición de anacrónico vocacional. Cofradías en donde se discutían temas eminentemente masculinos: futbol y rock de antaño. Nada de actualidad o vanguardia.  Ánimas dedicaba largas horas a debatir con  un grupo de fanáticos del Mundial México 86 que cada día de la vida redundaban en discusiones y polémicas en torno a partidos jugados hace tres décadas y media, cuestionando fallos arbitrales y peleando por establecer cuál había sido el mejor gol de aquella gesta, cuál la revelación y el campeón sin corona, reviviendo anécdotas e insustanciales datos que sin duda los mismos actores de aquel mundial ya habrían olvidado. La muerte de Maradona, obvia decir, revivió la devoción de aquella cofradía que entrando el 2021 se aferraba a sostener que el mejor Mundial de la historia había sido México 86 y como tal quedaría, escrito con sangre o con fuego, tatuado en cuerpo petrificado de la Historia, asumiendo que no habría en el futuro, ni lejano ni inmediato, otro torneo capaz de igualarlo, porque claro, los eternos polemistas caían cada día en el odioso cliché de espetar que el futbol de hoy ya no es como el de antaño, que aquellos sí eran juegazos y súper cracks de una pieza. Lo de hoy es aburrido, artificial, mercantilista.  Falta garra, espíritu, espontaneidad, huevos. Típico de viejos. Acaso no han comprendido que el mejor mundial de la historia es el que viviste en tu adolescencia. Ánimas se pasaba la vida rastreando en YouTube resúmenes de soporíferos e insustanciales partidos de finales de los ochenta y principios de los noventa cuando acudía al estadio un sábado sí y otro también. Fue, paradójicamente, una de las etapas más grises e intrascendentes en toda la historia del equipo de sus amores, los Tigres de la UANL. Paradójicamente, la época de oro de ese equipo era la actual, o la inmediatamente anterior a la actual. Había razones de sobra para olvidar el pasado y fundirse en carpe diem con el presente maximizando cada instante, pero a Ánimas le daba por ver videos de encuentros a los que él había acudido 30 años atrás, reviviendo goles feos que había visto desde una tribuna semivacía en aburridas tardes martirizadas por la terquedad de una lluvia invernal.

Ánimas también pertenecía a varios foros de Facebook integrados por viejos metaleros nostálgicos. Con la música pasaba exactamente lo mismo que con el futbol: las conciertos y las canciones capaces de llevarte al éxtasis se habían tocado muchísimos años atrás. La totalidad de los discos compactos que Ánimas  llevaba en su carro habían sido grabados en el siglo pasado, principalmente en los setenta u ochenta. A la hora de hablar de rock brotaba con mayor intensidad el aferre de la generación jurásica. La música de hoy es por definición una mierda prefabricada, piezas plásticas para ñoños descerebrados que no habían vivido la emoción de comprarse un disco de vinilo luego de ahorrar semanas y escucharlo horas y días enteros sin parar hasta aprenderse todas las letras. Tampoco  sabían lo que era acudir a una incierta tocada en un hoyo semi clandestino con el temor omnipresente a una redada policial o una cancelación de último minuto.  Aquello sí eran aventuras en serio para escuchar rock en serio y hasta mota de ese tiempo pegaba diferente. No importa que la de hoy sea cultivada en granjas y cargue a cuestas un THC potencializado, pues nada iguala a aquella hierba clandestina de dudosísima calidad comprada en algún baldío con ese incierto conecte que siempre rondaba por ahí.  Cualquier emprendedor  millenial dedicado al emergente comercio legal de cannabis y cualquier  cervecero hipster hacedor de potajes artesanales te dirían que aquellas caguamas tibias servidas en bolsas de plástico sabían peor que meados de burro y aquella mota era zacate quemado.