Una zona crepuscular infestada por pantanos de arenas movedizas
Ánimas había entrado a una zona
crepuscular infestada por pantanos de
arenas movedizas. Acaso a todos los hombres de su edad les sucedía más o menos
lo mismo con ligeras variantes. Tipos rondando la cincuentena que acababan
desbarrancados en los precipicios de sus no superadas adolescencias. Bastaba
ver los grupos de Facebook a los que Ánimas estaba agregado para dimensionar su
aferrada e irrenunciable condición de anacrónico vocacional. Cofradías en donde
se discutían temas eminentemente masculinos: futbol y rock de antaño. Nada de
actualidad o vanguardia. Ánimas dedicaba
largas horas a debatir con un grupo de
fanáticos del Mundial México 86 que cada día de la vida redundaban en
discusiones y polémicas en torno a partidos jugados hace tres décadas y media,
cuestionando fallos arbitrales y peleando por establecer cuál había sido el
mejor gol de aquella gesta, cuál la revelación y el campeón sin corona,
reviviendo anécdotas e insustanciales datos que sin duda los mismos actores de
aquel mundial ya habrían olvidado. La muerte de Maradona, obvia decir, revivió
la devoción de aquella cofradía que entrando el 2021 se aferraba a sostener que
el mejor Mundial de la historia había sido México 86 y como tal quedaría,
escrito con sangre o con fuego, tatuado en cuerpo petrificado de la Historia,
asumiendo que no habría en el futuro, ni lejano ni inmediato, otro torneo capaz
de igualarlo, porque claro, los eternos polemistas caían cada día en el odioso
cliché de espetar que el futbol de hoy ya no es como el de antaño, que aquellos
sí eran juegazos y súper cracks de una pieza. Lo de hoy es aburrido,
artificial, mercantilista. Falta garra,
espíritu, espontaneidad, huevos. Típico de viejos. Acaso no han comprendido que
el mejor mundial de la historia es el que viviste en tu adolescencia. Ánimas se
pasaba la vida rastreando en YouTube resúmenes de soporíferos e insustanciales
partidos de finales de los ochenta y principios de los noventa cuando acudía al
estadio un sábado sí y otro también. Fue, paradójicamente, una de las etapas
más grises e intrascendentes en toda la historia del equipo de sus amores, los
Tigres de la UANL. Paradójicamente, la época de oro de ese equipo era la
actual, o la inmediatamente anterior a la actual. Había razones de sobra para
olvidar el pasado y fundirse en carpe diem con el presente maximizando cada
instante, pero a Ánimas le daba por ver videos de encuentros a los que él había
acudido 30 años atrás, reviviendo goles feos que había visto desde una tribuna
semivacía en aburridas tardes martirizadas por la terquedad de una lluvia
invernal.
Ánimas también pertenecía a varios foros de
Facebook integrados por viejos metaleros nostálgicos. Con la música pasaba
exactamente lo mismo que con el futbol: las conciertos y las canciones capaces
de llevarte al éxtasis se habían tocado muchísimos años atrás. La totalidad de
los discos compactos que Ánimas llevaba
en su carro habían sido grabados en el siglo pasado, principalmente en los
setenta u ochenta. A la hora de hablar de rock brotaba con mayor intensidad el
aferre de la generación jurásica. La música de hoy es por definición una mierda
prefabricada, piezas plásticas para ñoños descerebrados que no habían vivido la
emoción de comprarse un disco de vinilo luego de ahorrar semanas y escucharlo
horas y días enteros sin parar hasta aprenderse todas las letras. Tampoco sabían lo que era acudir a una incierta
tocada en un hoyo semi clandestino con el temor omnipresente a una redada
policial o una cancelación de último minuto.
Aquello sí eran aventuras en serio para escuchar rock en serio y hasta
mota de ese tiempo pegaba diferente. No importa que la de hoy sea cultivada en
granjas y cargue a cuestas un THC potencializado, pues nada iguala a aquella
hierba clandestina de dudosísima calidad comprada en algún baldío con ese
incierto conecte que siempre rondaba por ahí.
Cualquier emprendedor millenial
dedicado al emergente comercio legal de cannabis y cualquier cervecero hipster hacedor de potajes
artesanales te dirían que aquellas caguamas tibias servidas en bolsas de
plástico sabían peor que meados de burro y aquella mota era zacate quemado.


