Eterno Retorno

Tuesday, April 21, 2026

26 en el XX- 26 en el XXI


 

Este 21 de abril se ha empatado el marcador. 26-26. Hoy puedo decir que he vivido la primera mitad de mi vida en el Siglo XX y la segunda en el Siglo XXI. Eso sí, el primer tiempo transcurrió mucho más lento mientras que el segundo ha sido un tren bala, haz de cuenta el Shinkansen. Hoy juntamos la baraja completa: 52 naipes.

Entre el 74 y el 2000 transcurrió la eternidad y entre el 2000 y el 26 ha sido un soplo, una ráfaga de viento. Desde hace 27 años estoy con Carol y hace 16 Ikercho llegó a nuestras vidas. Cierto, mi cultura, formación y gustos son muy Siglo XX, pero como terco salmón anarco que soy, peleo la contra frente a la gran cascada del XXI y su Zeitgeist tan hostil.

Solo una cosa les digo colegas: la vida se pasa muy pinche rápido, pero ha estado muy chingón vivirla. Mentira que esto sea la mitad. Digamos que si fuera partido de futbol, ya va empezadito el segundo tiempo. Cierto, la rueda gira y se acabó la juventud, pero te juro que físicamente me siento muchísimo mejor que hace un año o hace cinco y el kilometraje de mis tenis vuelve a ser tan abultado como en mis tiempos de estudiante o reportero. Eso sí es novedad. Vuelvo a utilizar ropa que no me ponía hace una década y camino sin problema siete u ocho kilómetros diarios (a veces más) sin sentir cansancio alguno. Ya no bebo ni como tanto, pero aún sé disfrutar de lo poco que entra por la boca. No quiero sonar como un evangelista de la salud (a mí me recagaba que me sermonearan) pero tu vida cambia radicalmente cuando el corazón late a su ritmo y tus piernas pueden doblarse o estirarse a placer y caminar por toda la ciudad o subir un cerro sin pedir esquina.

Leo y escribo con vocación aún más caótica y fragmentaria, pero a menudo me basta encontrar un solo párrafo matador para iluminarme el día. Tal vez por ello leo cada vez más poesía.

No colegas, en verdad no esperaba llegar a estas alturas ni navegar en estas altamares, pero las estoy disfrutando. Si me hubiera muerto joven me habría perdido de muchísimo. Ya no tengo apuro ni obsesión. No tengo prisa por publicar o ganar un premio como antes, pero me sigue emocionando viajar y leer y creo que la vida no va a alcanzarme para tantos libros y tantas ciudades.
Los abriles se acumulan y no hay quien me los robe, pero he aprendido a armar rompecabezas con ráfagas de repentina e improbable felicidad. Al igual que Calamaro, ya guardé el instinto asesino en un cajón. Estamos inmersos en una de las épocas ideológicamente más pestilentes de nuestra historia reciente, pero ya no tengo interés en demostrarle a nadie que tengo la razón y me limito a sentir pena por el fanático.

Vivimos tiempos adversos para los librepensadores como yo. La red está infestada de personas aferradas a restregarte a cada minuto que su dios, su credo, su líder o su partido son supremos e infalibles, pero a mí su ruido ya no me afecta. Allá ellos. A mí no me toca “evangelizarte” y decirte que ser ateo, bibliófilo, heavymetalero y Tigre es la única receta posible para la felicidad. Yo he sido feliz, pero el mundo no necesita otro predicador.

Dicen que chango viejo no aprende maroma nueva y tal vez sea cierto. Creo que si me subo a una máquina del tiempo y me encuentro a mí mismo en un cumpleaños de hace (digamos) 35 años, encontraría demasiados puntos en común conmigo mismo. Vaya, si me voy a 1991, me encontraría leyendo algún libro, garabateando un cuaderno con caótica caligrafía, caminando una calle, juntando monedas para una escapada mochilera, escuchando Metal en casete, acudiendo a una tocada y haciendo cálculos y pronósticos a ver si Tigres alcanza a entrar de panzazo a la liguilla. Eso es más o menos idéntico en mi vida diaria y pocas cosas han cambiado conmigo.

Gracias a quienes se acordaron de mí este día o cualquier otro y a todas aquellas personas con quienes he compartido algún tramo de este camino de vida. Les juro que ha valido la pena una y mil veces caminarlo.