No hay mal que por buen no venga
Es muy
bueno el mal cuando trae consigo un millón de euros. Vaya, bien dicen que no
hay mal que por “buen” no venga y sino pregúntenle a Samanta. Corríjanme si me
equivoco, pero creo que es el libro de cuentos escrito en español al que le han
pagado un premio más gordo en toda la historia de nuestra literatura.
Ya en
serio colegas: polémicas aparte, a mí me parece una noticia alentadora que se
le pague un dineral a un muy buen libro de cuentos como es El buen mal,
independientemente de dónde venga la lana. Yo hasta ayer nada sabía de AENA (Aeropuertos
Españoles y Navegación Aérea) y su condición de empresa semipública, con un 51%
de presupuesto del Estado español, encargada de los aeropuertos y adscrita al
Ministerio de Transportes.
Hoy leo
a no pocos opinólogos escandalizados de que se le pague una enorme cantidad a
una muy creativa cuentista como es Samanta Schweblin, pero en cambio asumimos
como lo más normal del mundo que se le paguen millones a deportistas de
relumbrón o artistuchas chatarra o que se derrochen cantidades groseras en las
necedades que te exige FIFA por albergar cuatro partiditos del Mundial. Vaya,
si quieres ejemplos de cómo se tira el dinero de manera obscena, te puedo dar
varios miles.
Claro,
esta primera edición del premio estuvo un tanto apresurada y chambona en su
organización y criterios, sin embargo cumplieron con elegir muy buenos libros
como finalistas. Vaya, cuando hay un millón de euros, lo ordinario habría sido ver
en la final a puro best seller español e influencers marca premio Planeta. Ya sábanas,
entes IA tipo Juan de Val, Sonsoles Onega, Carmen Mola y similares que probablemente
ni siquiera escriben (de hecho Carmen Mola ni siquiera existe). Te imaginas perfectamente
el millón de euros para la típica novela cinematográfica diseñada a priori para
convertirse en serie, pero este no fue el caso. Hoy premiaron Literatura con
mayúsculas. Aquí en el Premio Aena, de los cinco finalistas al único que nunca
he leído es Marcos Giralt Torrente. A Samanta, a Nona Fernández, a Vila Matas y
a Abad Faciolince les sigo la pista desde hace algún tiempo y los cuatro me parecen
muy buenos en lo que hacen. A Nona la conozco personalmente y es una persona
sumamente creativa, mientras que Vila-Matas es sumo sacerdote Shandy y
caballero de la orden de Finnegan. Además,
en un mundo editorial donde los cuentistas son siempre los patitos feos, yo celebro
que un libro de relatos cortos haya sido el ganador
A Samanta
la leo desde hace quince años y la verdad nunca me ha decepcionado. Es una
cuentista de cepa con una tremenda imaginación capaz de jugar con lo extraño,
lo bizarro y lo torcido e impregnar con ello una atmósfera aparentemente
ordinaria. No la conozco personalmente, pero me parece una persona seria y fiel
a sí misma, totalmente entregada a la literatura. Vaya, no me la imagino victimizándose
o subiéndose a trenes del mame de falsa marginalidad ni tampoco promoviendo peroratas
sectarias tan propias del espíritu de la época. Samanta se dedica a escribir y
lo hace muy bien.
Ojalá
el premio se mantenga, se consolide, perfeccione sus criterios de selección y
amplíe su espectro. Eligieron buenos finalistas, pero no pierdo de vista que los
cinco libros son editados por grandes sellos. Le daría una enorme credibilidad
al premio si entre los finalistas hubiera habido un Páginas de Espuma, un
Candaya un Eterna Cadencia, un Nitro o alguna editorial artesanal. Por ejemplo,
el extinto Premio García Márquez, que pagaba 100 mil dólares, incluía lo mismo
un Random House que una editorial universitaria o un sello casero (yo mismo fui
finalista con un libro editado por la UANL).
Ahora
bien, si AENA de verdad quiere promover la lectura, pues que patrocine u
otorgue estímulos a clubes, salas o promotores de lectura, a talleres
literarios y editoriales independientes. Y bueno, ya que ese es su giro, que atiborre
los aeropuertos de bibliotecas o tendidos de libros. Premios para escritores
sobran, pero no hay casi nadie que premie a sembradores de nuevos lectores o a
bibliotecarios. Ahí te la paso al costo. Cuenteros somos y en el camino andamos


