
Hace 50 años se murió José Revueltas. Sus estereotípicas imágenes nos hacen creer que dijo adiós siendo un anciano, una suerte de Tolstoi rodeado de un aura casi mística, pero la realidad es que al momento de morir Revueltas tenía 61 años, apenas una década más viejo que yo. Las cárceles, las persecuciones, los exilios, el malcomer y el mucho beber hicieron estragos en su cuerpo. Al final de su vida apenas podía tragar y dicen que vomitaba sangre cuando libaba sus pendencieros licores. Tres matrimonios, seis hijos, infinitas persecuciones y un bolsillo vacío. Murió pobre como rata, sin siquiera un guardadito para pagar su sepelio, aunque la izquierda en pleno se dio cita en Ciudad Universitaria para despedirlo. El secretario de Educación, Víctor Bravo Ahuja, enviado por Echeverría, fue corrido por Martín Dozal, quien fuera compañero de celda de Revueltas. Era una incongruencia que el mismo gobierno que hasta hacía muy poco lo tenía encerrado en Lecumberri, le dedicara ahora pomposas e hipócritas palabras de despedida en su sepelio.
Por alguna razón yo recuerdo exactamente el momento y las circunstancias en que descubrí a José Revueltas en la antología El cuento hispanoamericano de Seymour Menton. La primera frase me sacudió: “La población estaba cerrada con odio y con piedras”. Una prosa descarnada, mística y carnal. El cuento era Dios en la tierra. Yo tenía 17 años y les juro que ya nada fue igual.
El epígrafe de Dostoievski fungía como heraldo de las puntas afiladas que me aguardaban. Aquella prosa se revelaba ontológicamente desgarradora y asesina como el Death Metal que envolvía mi adolescencia suicida. A partir de aquella noche algo se revolvió para siempre en mi alma. Me volví un cazador de la obra del barbón de Papasquiaro. Llegué después a El luto humano. La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro. Mis alucinantes duermevelas adoptaron la imagen de una parca poseyendo lentamente el cuerpecito de una niña que arde en fiebre dentro de un jacal a punto de inundarse. El ser, como brizna de polvo, vela en la tormenta del caos universal.
Llegué después a Los muros de agua, Los errores, Dormir en tierra y más tarde a Los motivos de Caín, novela que arranca en la Revu de Tijuana. Es la confesional historia de un veterano de la guerra de Corea a quien el narrador encuentra afuera de una cantina tijuanense. “Éste debía ser el distrito comercial de Tijuana, se dijo Jack. Una ciudad del todo desconocida para él. Tiendas, farmacias, cantinas al estilo del Far West, que daban la impresión de no tener nada por detrás, en efecto, como los escenarios de una película del oeste. De pronto Jack sintió que estaba, sin duda alguna, dentro de un mundo absolutamente espantoso”. Así se refiere Revueltas a Tijuana en esta noveleta de 62 páginas. A medio camino entre un aguafuerte de Goya y el dilema obsesivo de un personaje dostoievskiano, la prosa de este marxista-leninista se asemeja por momentos a un relato bíblico.
Hace una semana pepené en 20 pesos Los muros de la utopía, la monumental biografía que escribe Álvaro Ruiz Abreu (20 pesitos por un libro de más de 500 páginas). Revueltas sigue presente en nuestra literatura. Dos novelas relativamente recientes, Biografía del algodón de Cristina Rivera Garza y La derrota de los días de Mauricio Carrera lo reviven como personaje.
En fin, los años pasan y yo sigo siendo lector de Revueltas. Vaya, voy a tirar un facto que puede sonar a herejía, una blasfemia absoluta para el canon literario nacional, pero si me obligaras a elegir entre Rulfo y Revueltas…