Viajar por tierra en el Bajío
Muchos años después volví a viajar en autobús por el centro de México y me sorprendió lo relajante de la experiencia. Quién iba a decirlo: hoy el confort está en viajar por tierra y la máxima incomodidad en el avión. En mi adolescencia y juventud peiné miles de kilómetros a bordo de los jets de la pradera. En camionazo recorrí mi país. Decenas de veces yendo y viniendo de Monterrey al DF en un Transportes del Norte o en un Ómnibus de México, por no hablar de la ocasión en que nos fuimos hasta Chiapas a bordo de un Cristóbal Colón de la era Precámbrica. En aquellos años el avión era un lujo impagable para un morrito mochilero que maximizaba cada moneda. En el Siglo XXI el avión impuso una suerte de totalitarismo. Además, cualquier destino de la República te queda lejos cuando vives en Tijuana. El problema es que el avión se torna una experiencia cada vez más estresante y odiosa. Una experiencia castrante y dictatorial. Es la ceremonia del No. El vía crucis del filtro de seguridad, saca tu computadora, quítate la chamarra, espera a que acaben de trapear al tipo de adelante que parece ser un Osama Bin Laden en potencia. Ubica tu sala solo para que cinco minutos antes te la cambien, haz la fila en tu grupo y chútate que el vuelo va lleno, te quitaremos tu humilde mochila y hasta tu librito nos desestabiliza, por no hablar del asiento ratonera, máquina de torturar vértebras. Hoy tenía un boleto para viajar de Querétaro a León a las 19:00, pero llegué tres horas antes a la central. Le dije, ¿puedo subirme al siguiente camión a rumbo a la tierra donde la vida no vale nada? Claro, sin problemas. Y entonces pensé en el infierno que es intentar cambiar un boleto en Volaris. Subí al segundo piso del autobús que iba casi vacío. Mi asiento se reclinaba como una cama. Todo un diván en donde podías estirar las piernas a placer mientras contemplabas los paisajes del Bajío y los joséalfredianos caminos de Guanajuato. Escuchando un setlist de Gojira y luego uno de Steve Wilson, leyendo a Pedro Garfias y a Marco Ángel, las dos horas fueron hedonismo puro. Hasta quería que tardara dos horas más. Fue así como arribé a la tierra del Cristo del Cubilete donde donde se apuesta la vida y se respeta al que gana. Y aquí amanezco este Sabbath Bloddy Sabbath. Ya les contaré.


