Reading Challenge
Good Reads me envía con entusiasmo su Reading Challenge 2026. Caray, supongo que a mucha gente le funciona leer así, como a mí me funciona ponerme retos de kilómetros trotados o kilos bajados.
Good Reads me envía con entusiasmo su Reading Challenge 2026. Caray, supongo que a mucha gente le funciona leer así, como a mí me funciona ponerme retos de kilómetros trotados o kilos bajados.
De repente pude recitar, como si los estuviera leyendo en este instante, los sentidos párrafos que Eduardo Galeano habría dedicado a la caída de Nicolás Maduro. Sería un texto tan predecible, tan estereotípico, tan poco objetivo y sin embargo sería un texto entrañable. Galeano es un vicio atípico en mi vida. Casi nunca coincido con él y sin embargo me deleito leyéndolo. Fue un escritor militante y panfletario hasta la indigestión y sin embargo, construyó una prosa poética con una cadencia tan rítmica e imágenes tan bellas, que consiguió atraparme y hacerme leer su obra completa. Galeano es un extraño placer, la prueba de que en literatura a menudo me puede más la forma que el fondo.
Un rancho agavero a la orilla de la carretera, una hacienda típicamente centro de la República, con su iglesia y su casa señorial. Kilómetros de baldío y descampado en donde furtivamente bajaba o bajábamos a la mitad de un camino. Al parecer nuestra presencia en el rancho era un asunto furtivo y yo era un huésped no invitado en aquel Cuadro colonial. Muchas horas de sueño aparente o al menos de onírico surfeo en la cama. De la hacienda me iría a otro sitio y al final la sensación es que los viajes duermeveleros no acaban de hacer ebullición.
Qué tan ancho ye inabarcable
es el océano donde moran todos esos sueños prófugos del recuerdo consciente,
vastísima inmensidad del tejido neuronal siempre oculto.
Un velcro de mar, parecido al de reloj monumental de Tijuana o algún adefesio por el estilo. Una pata metida en un mar claro con más pinta de Mediterráneo que de Pacífico. Anoche cierto decálogo grecorromano del buen borracho, la sensación de yacer en un permanencia voluntaria donde cada sueño es una película que se perderá para siempre entre la resaquita de un onírico whisky no tan malo.
Sueños póstumos, ráfagas de alba robadas al insomnio, súbito pestañeo cuando la luz de enero ya se infiltra por la venta del baño (como la beatlesca chica). Hora y media de insomne medio tiempo leyendo el perfil de Idea Vilariño elaborado por Leila. Eso y unas imágenes de viking pagan metal se colaron al encore duermevelero. Hubo un viaje, siempre un viaje, ahora al parecer en autobús, diez horas de carretera, solo para estar un par de días en una lejana ciudad que tal vez fuera Sacramento o tal vez San Francisco (norte chaliforniqueano en todo caso). El camión te saca por donde arde la city en la noche roja.
A ver colegas, arrojemos un poco más de literatura al tema de moda del 26. Este domingo es un buen día para darle una repasada a este par de librazos: Bestiario tropical, del bogotano Alfredo Iriarte, y Hablando con el diablo. Entrevistas con dictadores, del colega reportero italiano Riccardo Orzio.
El libro de Iriarte, que pepené
en la feria de Bogotá, nos presenta los
perfiles de ocho dictadores latinoamericanos de los siglos XIX y XX. Aquí
aparecen el ecuatoriano Gabriel García Moreno; los bolivianos Mariano Melgarejo
y Agustín Morales; el venezolano Juan
Vicente Gómez; el dominicano Rafael Leonidas Trujillo (inmortalizado por Vargas
Llosa en su Fiesta del Chivo); el guatemalteco Jorge Ubico; el salvadoreño
Maximiliano Hernández y cierra con la infausta dinastía de los Somoza en
Nicaragua. Bestiario tropical es en verdad un agasajo de prosa. Iriarte es
irónico, un tanto socarrón y derrocha malicia narrativa. Los retratos de los
dictadores son tragicómicos y esperpénticos, como Calígulas o Nerones de los
trópicos: mesiánicos, siniestros, megalómanos hasta la indigestión. Todos
derrochan anécdotas a un mismo tiempo escalofriantes y ridículas. Acaso por eso
mismo te acabas riendo, porque al final estos retratos reales son tragicomedias
del más negro humor.
El segundo libro, Hablando con el
diablo, es 100% periodístico. Lo pepené en un tenido del Fondo de Cultura a
solo 60 pesitos. Como buen reportero de oficio, Riccardo Orizio permite que
sean los propios dictadores entrevistados quienes se narren a sí mismos, mientras
que él se limita a describir las circunstancias que rodearon a cada entrevista y el contexto en que se realizó.
Riccardo entrevista a “Big
Daddy”, Idi Amin Dada, dictador de Uganda; a Mengistu Hailé Mariam, el Mao de
Etiopía; a Nexhmije Hoxha, la viuda del Stalin de Albania, Enver Hoxha; el yugoslavo Slobodan Milosevic;
el polaco Wojciech Witold Jaruzelsk y el haitiano Jean Claude Duvalier. Cierra
con una carta del panameño Manuel Noriega que se negó a ser entrevistado cara a
cara. Confieso que lo compré sobre todo por Hoxha y Milosevic (ya saben, mi filia
balcánica), pero ninguna de las entrevistas tiene desperdicio.
Si algo hermana a dictadores
latinoamericanos, africanos y europeos, es que tooodos sin excepción se sentían
redentores de sus respectivos pueblos, abanderados de una misión casi divina.
Todos se llegaron a sentir todopoderosos e intocables y de una u otra forma se
sintieron traicionados.
Aquí va una tercia de reflexiones
finales:
La primera, es que aunque en teoría
fue electo “democráticamente”, Donaldo Trumpas cabría perfectamente en estos
esperpénticos perfiles por su personalidad narcisista y megalómana. Está que ni
pintado para aparecer en estos bestiarios.
La segunda, es que las esposas de
algunos dictadores son más cabronas que bonitas. Nexhmije Hoxha, Elena
Ceausescu son ejemplos siniestros y bueno… parece que Cilia Flores no canta
nada mal las rancheras y es el puño de hierro tras el bobalicón Maduro.
La tercera y última es que la
caída de dictadores es tierra fértil para el empoderamiento de personajes absolutamente
grises e improbables. Por ejemplo, en Dominicana nadie daba medio centavo por
el presidente fantoche, el apocado Joaquín Balaguer, que fue el tonto útil y el
gran ganón tras la caída de Trujillo y acabó sumando 26 años como presidente
dominicano en tres periodos distintos. Pues bien, hasta el día de ayer ni tú ni
yo habíamos escuchado el nombre de la tal Delcy Rodríguez, pero hasta ahora
parece ser la tonta útil del Trumpas y la gran triunfadora de esta historia.
Para no abonar cacareo a un
debate de sordos en donde sobran “expertos” en derecho internacional, qué les
parece si mejor les recomiendo un par de novelucas venezolanas
Hoy es un buen día para releer
Patria o muerte, del caraqueño Alberto Barrera Tyszka y Malasangre de la
también caraqueña Michelle Roche Rodríguez. Patria o muerte la leí hace
exactamente diez años y la disfruté muchísimo. La historia transcurre en Venezuela
en el momento en que Hugo Chávez ha entrado en agonía y muestra la polarización
de la sociedad venezolana en donde el oncólogo Miguel Sanabria vive entre el
furioso radicalismo antichavista de su esposa y la fe bolivariana de su
hermano, funcionario de gobierno y para su desgracia, debe custodiar y ocultar
un teléfono celular que contiene una grabación con lo que parece ser el
testamento de Chávez. En ese escenario, nos encontramos con el colega reportero
Fredy Lacuna que investiga los detalles sobre la enfermedad del presidente ante
el hermetismo del gobierno sobre su verdadero estado de salud y nos encontramos
con María, una niña de nueve años cuya madre muere en un asalto. Es un retrato
tragicómico y no exento de sentido del humor de la Venezuela bolivariana
Malasangre es una novela harto
diferente. A Michelle Roche la han llamado la Mariana Enríquez venezolana. Su
historia transcurre en la Venezuela de 1921 gobernada por el dictador Juan
Vicente Gómez En la superficie es una novela vampírica en donde Diana, la hija
adolescente de una acomodada familia, hereda la hematofagia de su padre. Sin
embargo, más allá de narrar los góticos romances de una Carmilla de Caracas,
Malasangre es también una novela política que retrata por una parte la opresión
religiosa y patriarcal que padece una joven de buena familia, pero por otra, la
red de traiciones y conspiraciones en la era del dictador. Mientras Diana chupa
la sangre de sus amantes, las compañías extranjeras chupan el petróleo
venezolano.
¿Qué pienso de lo que ocurrió
esta madrugada? Lo resumo en una expresión de rancho: el moretón pal chingazo,
el sapo pa la pedrada. Miren colegas, no hay dictadores buenos ni dictadores
malos. Todos los dictadores apestan, sean de izquierda o de derecha. ¿Qué
sucedió? Una basura humana fue secuestrada por otra basura humana infinitamente
más poderosa, y como el fin justifica los medios, se pasaron el derecho
internacional por el arco del triunfo. Es mi bitácora
¿Cuántos libros lees al año? Esa
es una de las preguntas que más veces me han hecho y me siguen haciendo a la
fecha y creo que la gente se decepciona un poco cuando les digo que no sé, que
la verdad no los cuento. Tal vez en alguna época llevé un registro un poco más
preciso, pero con los años me torno cada vez más caótico y desordenado con mis
lecturas.
Creo que las personas quieren escuchar
récords escandalosos y estadísticas despampanantes. Por ejemplo, veo que en X
han hecho un pedo gordo porque un profesor español llamado Fernando Bonete dice
que lee un promedio de 140 libros año. Aventuró la cifra en respuesta a una
pregunta expresa (la misma pregunta que tantas veces me han hecho) y desató un
troleo inclemente. Parece que a la gente le molestó muchísimo saber que el
chico lee 140 libros al año. Vaya, lo
jodieron por leer mucho de la misma forma que a una tal María Pombo la jodieron
por defender su derecho a no leer nada y hacer un elogio de la no lectura.
Quién los entiende.
En buena onda colegas, es un poco
ridículo leer para tratar de batir récords olímpicos. Reducir o condicionar un
acto de pleno disfrute a una acumulación de números. Como quien reduce el amor
a cuántas veces eres capaz de venirte en una noche.
A ver, este año fui jurado en un
certamen de la UDLAP y me leí de Hidalgo más de 100 cuentos. Casi todos los
años me toca ser juez en algún concurso y por lo bajo me chuto unos 40 o 50
trabajos. ¿Cuentan como lectura para el récord? Súmale además a toooodos los coleguitas y esporádicos contactos
de redes que me mandan sus novelas o cuentos para que les de mi más “honesta mi
opinión” (te lo juro: no eres el único, hay decenas como tú. No hard feelings
please). Llegan antologías por aquí, antologías por allá y a eso agrégale las
compulsivas relecturas. A veces dedico más tiempo a releer libros que me
apasionaron que a las novedades editoriales. Por ejemplo, con los cuentos y poemas
soy vocacionalmente desordenado. Siempre los leo aleatoriamente (y por cierto, cada
vez leo más poesía).
Muy a menudo me releo al azar un
cuento de Borges, Gógol o Schweblin, una crónica mostrenca de Caparrós o Tomás
Eloy, un momento estelar de la humanidad de Zweig, una vida imaginaria de
Schwob, un sueño de sueños de Tabucchi, un poema de Gorostiza, Balam Rodrigo, Pancho Serrano o Pizarnik, unas cuantas
microficciones de la Antología de la Literatura Fantástica y eso por no hablar
de las toneladas de artículos, columnas, crónicas y ensayos que leo en línea. Vaya, navegando por la aún no extinta
blogósfera puedes todavía encontrar joyas. Por ejemplo, en el carro traigo
varios libros en el asiento del copiloto. Haciendo línea para cruzar a San
Diego o esperando a Ikercho a la salida de la escuela, me chuto dos o tres
cuentitos.
Para efectos del récord olímpico:
¿cómo carajos se supone que debo emprender mi conteo? ¿Por página, por palabra,
por caracteres, por kilo de papel? Releer La metamorfosis de Kafka te puede
tomar medio día, pero leer los dos tomos del Kafka de Reiner Stach te puede
tomar un año. ¿Cada uno cuenta como un
libro en el conteo? Vaya, me parece muy coherente registrar kilómetros en una
rutina de ejercicio, pero me parece una verdadera ridiculez emprender
ejercicios de contabilidad con las lecturas.
No soy ni he sido nunca un
académico y salvo por las veces en que he sido jurado, jamás en la vida he
leído porque sea parte de mi chamba. Nadie nunca me ha impuesto un programa de
lectura. Hay ocasiones en que he tenido la tentación de autoimponerme un método
o una rutina. A veces digo, este año voy a leer las obras completas de
Shakespeare o me voy a sumergir en clásicos grecolatinos o le daré la
oportunidad a desafíos tipo La broma infinita o El hombre sin atributos, pero
yo soy el primero en incumplir. Solo puedo leer por placer y el placer solo
conoce de libertad y libertinaje. Sí, lo confieso: soy un lector libertino y
cada vez lo seré más.
En los
corrillos periodísticos era bien sabido que Radel entraba a la cancha con una
pacha de whisky oculta entre las múltiples bolsas de su descomunal chaleco.
Entre lentes y rollos, el veterano fotógrafo siempre tenía un lugar especial
para un pomo que iba bebiendo a lo largo del partido y que estaba rigurosamente
vacío cuando el árbitro silbaba el final.
Lejos de
afectar la calidad de sus fotografías, el licor parecía potencializarlas. Radel
sostenía que sus mejores imágenes solían ser captadas cuando los primeros
escarceos de la embriaguez empezaban a hacer de las suyas en su cabeza. El
fotógrafo borrachón captaba como nadie las pinceladas artísticas del juego que
a sus colegas pasaban desapercibidas. La
mala noticia es que sus neuronas alcoholizadas
cobraban la factura a la hora de comenzar con el trabajo posterior al
silbatazo final, cuando llegaba el momento
del revelado y el envío.
Cuando tú
lo conociste, al final del verano del 86, el viejo Radelgardo purgaba la culpa
de su último gran fracaso, cuando una parranda en los bares romanos le costó
quedarse dormido en la barra y perder el avión que al amanecer lo habría
llevado al Mundial de México en donde Italia, campeón defensor, jugaría contra Bulgaria el partido inaugural.
De nada sirvieron sus pretextos y sus ruegos para que le gestionaron un nuevo
pasaje aéreo. La Gazetta delo Sport nada quiso saber de gastar una lira más en
un fotógrafo irresponsable que sin duda iría a México a ahogarse en tequila.
La pérdida
del avión le costó a Radel ser vetado ahora sí para siempre de los grandes
diarios nacionales y de los partidos de la selección de Italia o de los equipos
grandes aspirantes al Scudetto. Entonces tuvo que volver a conformarse con
trabajar para L’Eco Di Bérgamo y limitarse a cubrir los partidos como local del
Atalanta, que en la agonía del verano
del 86 iniciaba una nueva temporada con
más pena que gloria peleando con las uñas por mantenerse en la serie A.