Eterno Retorno

Saturday, January 10, 2026

Reading Challenge


 

Good Reads me envía con entusiasmo su Reading Challenge 2026. Caray, supongo que a mucha gente le funciona leer así, como a mí me funciona ponerme retos de kilómetros trotados o kilos bajados.

• Track your progress: Watch your reading progress grow all year long.
• Celebrate wins: Earn achievements and seasonal milestones.
Chingón para la raza que agarra la lectura como otros agarran el gimnasio, pero para un lector hedonista y teporocho eso no funciona. Como lector soy vocacional y orgullosamente caótico.

Solo al lisboeta recuerdo. Los otros dos se aferrarán a su condición de enigma.

 


El rostro de Pessoa en la portada de Zeta. Sería una edición histórica, digna de enmarcarse. El mismísimo Pessoa en la tapa, libre como el viento e infiltrado sin duda en algún quehacer narcolépsico o de otra forma no se hubieran ocupado de él. El gran misterio tiene que ver con los otros dos rostros que ocuparían las otras dos portadas. Pessoa no estaba solo. Aquello era un trío. Tres personajes improbables. Tres. Solo al lisboeta recuerdo. Los otros dos se aferrarán a su condición de enigma.
Los monitos de plastilina cuyo acento degeneraba del pijo español al fresa regio. Supongo, sin conceder, que anunciaban un carro, o unas llantas o algo relacionado con la alta calidad y la estabilidad de un viaje en un vehículo confiable, pero aquellos gnomos ridículos usaban la marca equivocada. Quedaban tirados o acaso volcados y entonces brotaba su perorata minión con acento de youtuber madrileño que de inmediato mutaba en paseante del ángel de Garza Sada. Regios risibles e insoportables (y hacia ellos me dirijo ahora mismo, espeté desde una mal surtida librería antes de tomar ruta rumbo al aeropuerto con mis calcetines de colores arrastrándose percudidos por la calle corriente, donde yacía en plan pordiosero, proclamando las delicias de la mendicante elegancia). 

Wednesday, January 07, 2026

Si Galeano viviera...

 



De repente pude recitar, como si los estuviera leyendo en este instante, los sentidos párrafos que Eduardo Galeano habría dedicado a la caída de Nicolás Maduro. Sería un texto tan predecible, tan estereotípico, tan poco objetivo y sin embargo sería un texto entrañable. Galeano es un vicio atípico en mi vida. Casi nunca coincido con él y sin embargo me deleito leyéndolo. Fue un escritor militante y panfletario hasta la indigestión y sin embargo, construyó una prosa poética con una cadencia tan rítmica e imágenes tan bellas, que consiguió atraparme y hacerme leer su obra completa. Galeano es un extraño placer, la prueba de que en literatura a menudo me puede más la forma que el fondo.

Nunca he leído a Galeano con el ánimo de quien lee a un ensayista o a un historiador. Al uruguayo lo leo -ante todo- como un poeta y en esa dimensión ha sido por años uno de mis placeres irrenunciables. Se supone que Galeano escribe prosa pero no hay párrafo en donde no se le escape una ráfaga de poesía. Me imagino perfectamente, línea por línea, su apasionada y ridícula defensa del indefendible régimen bolivariano en Venezuela. Me parece estar leyendo el retrato heroico de Maduro y los soldados cubanos que murieron custodiándolo.
A ver, intentemos un Galeano style: “A Maduro no lo esposaron por dictador. Lo esposaron por desobediente. Que nadie más se atreva nunca a creer que el petróleo puede ser del pueblo y no del mercado.
Maduro cayó como caen los herejes que se atreven a cuestionar los dogmas de fe del capitalismo. Porque la Casa Blanca no perdona a quien se atreve a hablar de soberanía con acento caribeño ni a quien se envuelve en una digna bandera que no cotiza en Wall Street. Lo juzgan los mismos que jamás serán juzgados, los que bombardean y masacran pueblos con aviones humanitarios en nombre de la libertad y la democracia…bla, bla”
Bueno, sin duda Galeano lo habría hecho mucho mejor, pero el intento se hizo.
Galeano tiene mucha razón cuando habla de la hijoeputez del gringo, pero se ve ridículo cuando proclama la santidad de los dictadores comunistas con la cursilería propia de una rola de Silvio Rodríguez.
Galeano no vivió para ver el ascenso de personajes esperpénticos como Trumpas o Millei y sin duda estaría aterrado con el viraje a la derecha que experimenta Latinoamérica.
En fin colegas. Yo en literatura no busco nunca verdades absolutas ni mucho menos convicciones políticas. Borges podría cenar mil veces con Videla y llenar de loas a Pinochet y yo lo seguiré considerando por siempre uno de los acontecimientos literarios más extraordinarios que han ocurrido en mi vida. Algo similar aplico en el otro extremo de la cuerda con Eduardo Galeano. Es el perfecto idiota resentido latinoamericano y sin embargo disfruto taaaanto leerlo.

Monday, January 05, 2026

un poco de onírico surfeo en la cama

 




Un rancho agavero a la orilla de la carretera, una hacienda típicamente centro de la República, con su iglesia y su casa señorial. Kilómetros de baldío y descampado en donde furtivamente bajaba o bajábamos a la mitad de un camino. Al parecer nuestra presencia en el rancho era un asunto furtivo y yo era un huésped no invitado en aquel Cuadro colonial. Muchas horas de sueño aparente o al menos de onírico surfeo en la cama. De la hacienda me iría a otro sitio y al final la sensación es que los viajes duermeveleros no acaban de hacer ebullición.   

Qué tan ancho ye inabarcable es el océano donde moran todos esos sueños prófugos del recuerdo consciente, vastísima inmensidad del tejido neuronal siempre oculto. 

Un velcro de mar, parecido al de reloj monumental de Tijuana o algún adefesio por el estilo. Una pata metida en un mar claro con más pinta de Mediterráneo que de Pacífico. Anoche cierto decálogo grecorromano del buen borracho, la sensación de yacer en un permanencia voluntaria donde cada sueño es una película que se perderá para siempre entre la resaquita de un onírico whisky no tan malo.

Sueños póstumos, ráfagas de alba robadas al insomnio,  súbito pestañeo cuando la luz de enero ya se infiltra por la venta del baño (como la beatlesca chica). Hora y media de insomne medio tiempo leyendo el perfil de Idea Vilariño elaborado por Leila. Eso y unas imágenes de viking pagan metal se colaron al encore  duermevelero. Hubo un viaje, siempre un viaje, ahora al parecer en autobús, diez horas de carretera, solo para estar un par de días en una lejana ciudad que tal vez fuera Sacramento o  tal vez San Francisco (norte chaliforniqueano en todo caso). El camión te saca por donde arde la city en la noche roja. 


Sunday, January 04, 2026

Dictatorshit


 

A ver colegas, arrojemos un poco más de literatura al tema de moda del 26. Este domingo es un buen día para darle una repasada a este par de librazos: Bestiario tropical, del bogotano Alfredo Iriarte, y Hablando con el diablo. Entrevistas con dictadores, del colega reportero italiano Riccardo Orzio.

El libro de Iriarte, que pepené en la feria de Bogotá,  nos presenta los perfiles de ocho dictadores latinoamericanos de los siglos XIX y XX. Aquí aparecen el ecuatoriano Gabriel García Moreno; los bolivianos Mariano Melgarejo y Agustín Morales;  el venezolano Juan Vicente Gómez; el dominicano Rafael Leonidas Trujillo (inmortalizado por Vargas Llosa en su Fiesta del Chivo); el guatemalteco Jorge Ubico; el salvadoreño Maximiliano Hernández y cierra con la infausta dinastía de los Somoza en Nicaragua. Bestiario tropical es en verdad un agasajo de prosa. Iriarte es irónico, un tanto socarrón y derrocha malicia narrativa. Los retratos de los dictadores son tragicómicos y esperpénticos, como Calígulas o Nerones de los trópicos: mesiánicos, siniestros, megalómanos hasta la indigestión. Todos derrochan anécdotas a un mismo tiempo escalofriantes y ridículas. Acaso por eso mismo te acabas riendo, porque al final estos retratos reales son tragicomedias del más negro humor.

El segundo libro, Hablando con el diablo, es 100% periodístico. Lo pepené en un tenido del Fondo de Cultura a solo 60 pesitos. Como buen reportero de oficio, Riccardo Orizio permite que sean los propios dictadores entrevistados quienes se narren a sí mismos, mientras que él se limita a describir las circunstancias que rodearon a cada  entrevista y el contexto en que se realizó.

Riccardo entrevista a “Big Daddy”, Idi Amin Dada, dictador de Uganda; a Mengistu Hailé Mariam, el Mao de Etiopía; a Nexhmije Hoxha, la viuda del Stalin de Albania,  Enver Hoxha; el yugoslavo Slobodan Milosevic; el polaco Wojciech Witold Jaruzelsk y el haitiano Jean Claude Duvalier. Cierra con una carta del panameño Manuel Noriega que se negó a ser entrevistado cara a cara. Confieso que lo compré sobre todo por Hoxha y Milosevic (ya saben, mi filia balcánica), pero ninguna de las entrevistas tiene desperdicio.

Si algo hermana a dictadores latinoamericanos, africanos y europeos, es que tooodos sin excepción se sentían redentores de sus respectivos pueblos, abanderados de una misión casi divina. Todos se llegaron a sentir todopoderosos e intocables y de una u otra forma se sintieron traicionados.

Aquí va una tercia de reflexiones finales:

La primera, es que aunque en teoría fue electo “democráticamente”, Donaldo Trumpas cabría perfectamente en estos esperpénticos perfiles por su personalidad narcisista y megalómana. Está que ni pintado para aparecer en estos bestiarios.

La segunda, es que las esposas de algunos dictadores son más cabronas que bonitas. Nexhmije Hoxha, Elena Ceausescu son ejemplos siniestros y bueno… parece que Cilia Flores no canta nada mal las rancheras y es el puño de hierro tras el bobalicón Maduro.

La tercera y última es que la caída de dictadores es tierra fértil para el empoderamiento de personajes absolutamente grises e improbables. Por ejemplo, en Dominicana nadie daba medio centavo por el presidente fantoche, el apocado Joaquín Balaguer, que fue el tonto útil y el gran ganón tras la caída de Trujillo y acabó sumando 26 años como presidente dominicano en tres periodos distintos. Pues bien, hasta el día de ayer ni tú ni yo habíamos escuchado el nombre de la tal Delcy Rodríguez, pero hasta ahora parece ser la tonta útil del Trumpas y la gran triunfadora de esta historia.

Pd- Sountrack recomendado para leer. Dictator de The Clash, Dictatorshit de Sepultura, Tyrant de Judas Priest, Los Dinosaurios de Charly García

Saturday, January 03, 2026

Dos novelucas venezolanas

 


 

 

Para no abonar cacareo a un debate de sordos en donde sobran “expertos” en derecho internacional, qué les parece si mejor les recomiendo un par de novelucas venezolanas

Hoy es un buen día para releer Patria o muerte, del caraqueño Alberto Barrera Tyszka y Malasangre de la también caraqueña Michelle Roche Rodríguez. Patria o muerte la leí hace exactamente diez años y la disfruté muchísimo. La historia transcurre en Venezuela en el momento en que Hugo Chávez ha entrado en agonía y muestra la polarización de la sociedad venezolana en donde el oncólogo Miguel Sanabria vive entre el furioso radicalismo antichavista de su esposa y la fe bolivariana de su hermano, funcionario de gobierno y para su desgracia, debe custodiar y ocultar un teléfono celular que contiene una grabación con lo que parece ser el testamento de Chávez. En ese escenario, nos encontramos con el colega reportero Fredy Lacuna que investiga los detalles sobre la enfermedad del presidente ante el hermetismo del gobierno sobre su verdadero estado de salud y nos encontramos con María, una niña de nueve años cuya madre muere en un asalto. Es un retrato tragicómico y no exento de sentido del humor de la Venezuela bolivariana

Malasangre es una novela harto diferente. A Michelle Roche la han llamado la Mariana Enríquez venezolana. Su historia transcurre en la Venezuela de 1921 gobernada por el dictador Juan Vicente Gómez En la superficie es una novela vampírica en donde Diana, la hija adolescente de una acomodada familia, hereda la hematofagia de su padre. Sin embargo, más allá de narrar los góticos romances de una Carmilla de Caracas, Malasangre es también una novela política que retrata por una parte la opresión religiosa y patriarcal que padece una joven de buena familia, pero por otra, la red de traiciones y conspiraciones en la era del dictador. Mientras Diana chupa la sangre de sus amantes, las compañías extranjeras chupan el petróleo venezolano.

¿Qué pienso de lo que ocurrió esta madrugada? Lo resumo en una expresión de rancho: el moretón pal chingazo, el sapo pa la pedrada. Miren colegas, no hay dictadores buenos ni dictadores malos. Todos los dictadores apestan, sean de izquierda o de derecha. ¿Qué sucedió? Una basura humana fue secuestrada por otra basura humana infinitamente más poderosa, y como el fin justifica los medios, se pasaron el derecho internacional por el arco del triunfo. Es mi bitácora

Friday, January 02, 2026

¿Cuántos libros lees al año?

 


 

¿Cuántos libros lees al año? Esa es una de las preguntas que más veces me han hecho y me siguen haciendo a la fecha y creo que la gente se decepciona un poco cuando les digo que no sé, que la verdad no los cuento. Tal vez en alguna época llevé un registro un poco más preciso, pero con los años me torno cada vez más caótico y desordenado con mis lecturas.

Creo que las personas quieren escuchar récords escandalosos y estadísticas despampanantes. Por ejemplo, veo que en X han hecho un pedo gordo porque un profesor español llamado Fernando Bonete dice que lee un promedio de 140 libros año. Aventuró la cifra en respuesta a una pregunta expresa (la misma pregunta que tantas veces me han hecho) y desató un troleo inclemente. Parece que a la gente le molestó muchísimo saber que el chico lee 140 libros al año.  Vaya, lo jodieron por leer mucho de la misma forma que a una tal María Pombo la jodieron por defender su derecho a no leer nada y hacer un elogio de la no lectura. Quién los entiende.

En buena onda colegas, es un poco ridículo leer para tratar de batir récords olímpicos. Reducir o condicionar un acto de pleno disfrute a una acumulación de números. Como quien reduce el amor a cuántas veces eres capaz de venirte en una noche.

A ver, este año fui jurado en un certamen de la UDLAP y me leí de Hidalgo más de 100 cuentos. Casi todos los años me toca ser juez en algún concurso y por lo bajo me chuto unos 40 o 50 trabajos. ¿Cuentan como lectura para el récord? Súmale además a  toooodos los coleguitas y esporádicos contactos de redes que me mandan sus novelas o cuentos para que les de mi más “honesta mi opinión” (te lo juro: no eres el único, hay decenas como tú. No hard feelings please). Llegan antologías por aquí, antologías por allá y a eso agrégale las compulsivas relecturas. A veces dedico más tiempo a releer libros que me apasionaron que a las novedades editoriales. Por ejemplo, con los cuentos y poemas soy vocacionalmente desordenado. Siempre los leo aleatoriamente (y por cierto, cada vez leo más poesía).

Muy a menudo me releo al azar un cuento de Borges, Gógol o Schweblin, una crónica mostrenca de Caparrós o Tomás Eloy, un momento estelar de la humanidad de Zweig, una vida imaginaria de Schwob, un sueño de sueños de Tabucchi, un poema de Gorostiza, Balam Rodrigo,  Pancho Serrano o Pizarnik, unas cuantas microficciones de la Antología de la Literatura Fantástica y eso por no hablar de las toneladas de artículos, columnas, crónicas y ensayos que leo en línea.  Vaya, navegando por la aún no extinta blogósfera puedes todavía encontrar joyas. Por ejemplo, en el carro traigo varios libros en el asiento del copiloto. Haciendo línea para cruzar a San Diego o esperando a Ikercho a la salida de la escuela, me chuto dos o tres cuentitos.

Para efectos del récord olímpico: ¿cómo carajos se supone que debo emprender mi conteo? ¿Por página, por palabra, por caracteres, por kilo de papel? Releer La metamorfosis de Kafka te puede tomar medio día, pero leer los dos tomos del Kafka de Reiner Stach te puede tomar un año.  ¿Cada uno cuenta como un libro en el conteo? Vaya, me parece muy coherente registrar kilómetros en una rutina de ejercicio, pero me parece una verdadera ridiculez emprender ejercicios de contabilidad con las lecturas.

No soy ni he sido nunca un académico y salvo por las veces en que he sido jurado, jamás en la vida he leído porque sea parte de mi chamba. Nadie nunca me ha impuesto un programa de lectura. Hay ocasiones en que he tenido la tentación de autoimponerme un método o una rutina. A veces digo, este año voy a leer las obras completas de Shakespeare o me voy a sumergir en clásicos grecolatinos o le daré la oportunidad a desafíos tipo La broma infinita o El hombre sin atributos, pero yo soy el primero en incumplir. Solo puedo leer por placer y el placer solo conoce de libertad y libertinaje. Sí, lo confieso: soy un lector libertino y cada vez lo seré más.

Thursday, January 01, 2026

Cuando los primeros escarceos de la embriaguez empezaban a hacer de las suyas en su cabeza

 


En los corrillos periodísticos era bien sabido que Radel entraba a la cancha con una pacha de whisky oculta entre las múltiples bolsas de su descomunal chaleco. Entre lentes y rollos, el veterano fotógrafo siempre tenía un lugar especial para un pomo que iba bebiendo a lo largo del partido y que estaba rigurosamente vacío cuando el árbitro silbaba el final.

Lejos de afectar la calidad de sus fotografías, el licor parecía potencializarlas. Radel sostenía que sus mejores imágenes solían ser captadas cuando los primeros escarceos de la embriaguez empezaban a hacer de las suyas en su cabeza. El fotógrafo borrachón captaba como nadie las pinceladas artísticas del juego que a sus colegas pasaban desapercibidas.  La mala noticia es que sus neuronas alcoholizadas  cobraban la factura a la hora de comenzar con el trabajo posterior al silbatazo final, cuando llegaba el momento  del revelado y el envío.

Cuando tú lo conociste, al final del verano del 86, el viejo Radelgardo purgaba la culpa de su último gran fracaso, cuando una parranda en los bares romanos le costó quedarse dormido en la barra y perder el avión que al amanecer lo habría llevado al Mundial de México en donde Italia, campeón defensor,  jugaría contra Bulgaria el partido inaugural. De nada sirvieron sus pretextos y sus ruegos para que le gestionaron un nuevo pasaje aéreo. La Gazetta delo Sport nada quiso saber de gastar una lira más en un fotógrafo irresponsable que sin duda iría a México a ahogarse en tequila.

La pérdida del avión le costó a Radel ser vetado ahora sí para siempre de los grandes diarios nacionales y de los partidos de la selección de Italia o de los equipos grandes aspirantes al Scudetto. Entonces tuvo que volver a conformarse con trabajar para L’Eco Di Bérgamo y limitarse a cubrir los partidos como local del Atalanta, que en la agonía  del verano del 86  iniciaba una nueva temporada con más pena que gloria peleando con las uñas por mantenerse en la serie A.