De repente pude recitar, como si los estuviera leyendo en este instante, los sentidos párrafos que Eduardo Galeano habría dedicado a la caída de Nicolás Maduro. Sería un texto tan predecible, tan estereotípico, tan poco objetivo y sin embargo sería un texto entrañable. Galeano es un vicio atípico en mi vida. Casi nunca coincido con él y sin embargo me deleito leyéndolo. Fue un escritor militante y panfletario hasta la indigestión y sin embargo, construyó una prosa poética con una cadencia tan rítmica e imágenes tan bellas, que consiguió atraparme y hacerme leer su obra completa. Galeano es un extraño placer, la prueba de que en literatura a menudo me puede más la forma que el fondo.
Nunca he leído a Galeano con el ánimo de quien lee a un ensayista o a un historiador. Al uruguayo lo leo -ante todo- como un poeta y en esa dimensión ha sido por años uno de mis placeres irrenunciables. Se supone que Galeano escribe prosa pero no hay párrafo en donde no se le escape una ráfaga de poesía. Me imagino perfectamente, línea por línea, su apasionada y ridícula defensa del indefendible régimen bolivariano en Venezuela. Me parece estar leyendo el retrato heroico de Maduro y los soldados cubanos que murieron custodiándolo.
A ver, intentemos un Galeano style: “A Maduro no lo esposaron por dictador. Lo esposaron por desobediente. Que nadie más se atreva nunca a creer que el petróleo puede ser del pueblo y no del mercado.
Maduro cayó como caen los herejes que se atreven a cuestionar los dogmas de fe del capitalismo. Porque la Casa Blanca no perdona a quien se atreve a hablar de soberanía con acento caribeño ni a quien se envuelve en una digna bandera que no cotiza en Wall Street. Lo juzgan los mismos que jamás serán juzgados, los que bombardean y masacran pueblos con aviones humanitarios en nombre de la libertad y la democracia…bla, bla”
Bueno, sin duda Galeano lo habría hecho mucho mejor, pero el intento se hizo.
Galeano tiene mucha razón cuando habla de la hijoeputez del gringo, pero se ve ridículo cuando proclama la santidad de los dictadores comunistas con la cursilería propia de una rola de Silvio Rodríguez.
Galeano no vivió para ver el ascenso de personajes esperpénticos como Trumpas o Millei y sin duda estaría aterrado con el viraje a la derecha que experimenta Latinoamérica.
En fin colegas. Yo en literatura no busco nunca verdades absolutas ni mucho menos convicciones políticas. Borges podría cenar mil veces con Videla y llenar de loas a Pinochet y yo lo seguiré considerando por siempre uno de los acontecimientos literarios más extraordinarios que han ocurrido en mi vida. Algo similar aplico en el otro extremo de la cuerda con Eduardo Galeano. Es el perfecto idiota resentido latinoamericano y sin embargo disfruto taaaanto leerlo.