Adiós Chesito
Se llamaba Jorge Castillo, pero
todos lo conocíamos como el Che o el Chesito. Creció en el barrio de Villa Devoto, el llamado jardín de Buenos Aires, y
me narraba que siempre camino a la escuela pasaba por la famosa cárcel porteña.
Fue hijo de un fotógrafo de quien heredó el oficio, la sagacidad y el buen olfato
periodístico. Llegó a Tijuana a finales de los 80 y empezó a trabajar en el periódico
El Mexicano. Hincha de River Plate y cristiano militante, tenía un fino humor y
un natural don de gentes. A mí siempre me echaba carrilla por los Tigres y nunca
dejó de recordarme la final de Libertadores que perdimos en el Monumental de Núñez.
Los años pasarán y nunca olvidaré que en 2010, cuando trabajaba en la Comisión
de los Festejos del Bicentenario que dirigía Patricio Bayardo, el Chesito me dio un empujón clave para poder
publicar mi primer libro. Alguna vez me invitó platicar con su grupo en el Cecyte y pude
constatar lo mucho que lo querían. No deja de ser una gran paradoja que haya
dicho adiós justamente un 23 de marzo, pues cuenta la leyenda que exactamente
32 años antes, en 1994, el Che Castillo fue el único fotógrafo que logró colarse
al Hospital General de Tijuana en donde Luis Donaldo Colosio fue oficialmente
declarado muerto. Descansa en Paz Chesito. Hoy, como el Capitán Beto, navegas
por el espacio con un banderín de River Plate en el comando.








