Eterno Retorno

Tuesday, April 14, 2026

Hace medio siglo se murió José Revueltas


 

Hace 50 años se murió José Revueltas. Sus estereotípicas imágenes nos hacen creer que dijo adiós siendo un anciano, una suerte de Tolstoi rodeado de un aura casi mística, pero la realidad es que al momento de morir Revueltas tenía 61 años, apenas una década más viejo que yo. Las cárceles, las persecuciones, los exilios, el malcomer y el mucho beber hicieron estragos en su cuerpo. Al final de su vida apenas podía tragar y dicen que vomitaba sangre cuando libaba sus pendencieros licores. Tres matrimonios, seis hijos, infinitas persecuciones y un bolsillo vacío. Murió pobre como rata, sin siquiera un guardadito para pagar su sepelio, aunque la izquierda en pleno se dio cita en Ciudad Universitaria para despedirlo. El secretario de Educación, Víctor Bravo Ahuja, enviado por Echeverría, fue corrido por Martín Dozal, quien fuera compañero de celda de Revueltas. Era una incongruencia que el mismo gobierno que hasta hacía muy poco lo tenía encerrado en Lecumberri, le dedicara ahora pomposas e hipócritas palabras de despedida en su sepelio.

Por alguna razón yo recuerdo exactamente el momento y las circunstancias en que descubrí a José Revueltas en la antología El cuento hispanoamericano de Seymour Menton. La primera frase me sacudió: “La población estaba cerrada con odio y con piedras”. Una prosa descarnada, mística y carnal. El cuento era Dios en la tierra. Yo tenía 17 años y les juro que ya nada fue igual.
El epígrafe de Dostoievski fungía como heraldo de las puntas afiladas que me aguardaban. Aquella prosa se revelaba ontológicamente desgarradora y asesina como el Death Metal que envolvía mi adolescencia suicida. A partir de aquella noche algo se revolvió para siempre en mi alma. Me volví un cazador de la obra del barbón de Papasquiaro. Llegué después a El luto humano. La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro. Mis alucinantes duermevelas adoptaron la imagen de una parca poseyendo lentamente el cuerpecito de una niña que arde en fiebre dentro de un jacal a punto de inundarse. El ser, como brizna de polvo, vela en la tormenta del caos universal.
Llegué después a Los muros de agua, Los errores, Dormir en tierra y más tarde a Los motivos de Caín, novela que arranca en la Revu de Tijuana. Es la confesional historia de un veterano de la guerra de Corea a quien el narrador encuentra afuera de una cantina tijuanense. “Éste debía ser el distrito comercial de Tijuana, se dijo Jack. Una ciudad del todo desconocida para él. Tiendas, farmacias, cantinas al estilo del Far West, que daban la impresión de no tener nada por detrás, en efecto, como los escenarios de una película del oeste. De pronto Jack sintió que estaba, sin duda alguna, dentro de un mundo absolutamente espantoso”. Así se refiere Revueltas a Tijuana en esta noveleta de 62 páginas. A medio camino entre un aguafuerte de Goya y el dilema obsesivo de un personaje dostoievskiano, la prosa de este marxista-leninista se asemeja por momentos a un relato bíblico.
Hace una semana pepené en 20 pesos Los muros de la utopía, la monumental biografía que escribe Álvaro Ruiz Abreu (20 pesitos por un libro de más de 500 páginas). Revueltas sigue presente en nuestra literatura. Dos novelas relativamente recientes, Biografía del algodón de Cristina Rivera Garza y La derrota de los días de Mauricio Carrera lo reviven como personaje.
En fin, los años pasan y yo sigo siendo lector de Revueltas. Vaya, voy a tirar un facto que puede sonar a herejía, una blasfemia absoluta para el canon literario nacional, pero si me obligaras a elegir entre Rulfo y Revueltas…

Monday, April 13, 2026

Una zona crepuscular infestada por pantanos de arenas movedizas

 


Ánimas había entrado a una zona crepuscular  infestada por pantanos de arenas movedizas. Acaso a todos los hombres de su edad les sucedía más o menos lo mismo con ligeras variantes. Tipos rondando la cincuentena que acababan desbarrancados en los precipicios de sus no superadas adolescencias. Bastaba ver los grupos de Facebook a los que Ánimas estaba agregado para dimensionar su aferrada e irrenunciable condición de anacrónico vocacional. Cofradías en donde se discutían temas eminentemente masculinos: futbol y rock de antaño. Nada de actualidad o vanguardia.  Ánimas dedicaba largas horas a debatir con  un grupo de fanáticos del Mundial México 86 que cada día de la vida redundaban en discusiones y polémicas en torno a partidos jugados hace tres décadas y media, cuestionando fallos arbitrales y peleando por establecer cuál había sido el mejor gol de aquella gesta, cuál la revelación y el campeón sin corona, reviviendo anécdotas e insustanciales datos que sin duda los mismos actores de aquel mundial ya habrían olvidado. La muerte de Maradona, obvia decir, revivió la devoción de aquella cofradía que entrando el 2021 se aferraba a sostener que el mejor Mundial de la historia había sido México 86 y como tal quedaría, escrito con sangre o con fuego, tatuado en cuerpo petrificado de la Historia, asumiendo que no habría en el futuro, ni lejano ni inmediato, otro torneo capaz de igualarlo, porque claro, los eternos polemistas caían cada día en el odioso cliché de espetar que el futbol de hoy ya no es como el de antaño, que aquellos sí eran juegazos y súper cracks de una pieza. Lo de hoy es aburrido, artificial, mercantilista.  Falta garra, espíritu, espontaneidad, huevos. Típico de viejos. Acaso no han comprendido que el mejor mundial de la historia es el que viviste en tu adolescencia. Ánimas se pasaba la vida rastreando en YouTube resúmenes de soporíferos e insustanciales partidos de finales de los ochenta y principios de los noventa cuando acudía al estadio un sábado sí y otro también. Fue, paradójicamente, una de las etapas más grises e intrascendentes en toda la historia del equipo de sus amores, los Tigres de la UANL. Paradójicamente, la época de oro de ese equipo era la actual, o la inmediatamente anterior a la actual. Había razones de sobra para olvidar el pasado y fundirse en carpe diem con el presente maximizando cada instante, pero a Ánimas le daba por ver videos de encuentros a los que él había acudido 30 años atrás, reviviendo goles feos que había visto desde una tribuna semivacía en aburridas tardes martirizadas por la terquedad de una lluvia invernal.

Ánimas también pertenecía a varios foros de Facebook integrados por viejos metaleros nostálgicos. Con la música pasaba exactamente lo mismo que con el futbol: las conciertos y las canciones capaces de llevarte al éxtasis se habían tocado muchísimos años atrás. La totalidad de los discos compactos que Ánimas  llevaba en su carro habían sido grabados en el siglo pasado, principalmente en los setenta u ochenta. A la hora de hablar de rock brotaba con mayor intensidad el aferre de la generación jurásica. La música de hoy es por definición una mierda prefabricada, piezas plásticas para ñoños descerebrados que no habían vivido la emoción de comprarse un disco de vinilo luego de ahorrar semanas y escucharlo horas y días enteros sin parar hasta aprenderse todas las letras. Tampoco  sabían lo que era acudir a una incierta tocada en un hoyo semi clandestino con el temor omnipresente a una redada policial o una cancelación de último minuto.  Aquello sí eran aventuras en serio para escuchar rock en serio y hasta mota de ese tiempo pegaba diferente. No importa que la de hoy sea cultivada en granjas y cargue a cuestas un THC potencializado, pues nada iguala a aquella hierba clandestina de dudosísima calidad comprada en algún baldío con ese incierto conecte que siempre rondaba por ahí.  Cualquier emprendedor  millenial dedicado al emergente comercio legal de cannabis y cualquier  cervecero hipster hacedor de potajes artesanales te dirían que aquellas caguamas tibias servidas en bolsas de plástico sabían peor que meados de burro y aquella mota era zacate quemado.

Friday, April 10, 2026

No hay mal que por buen no venga

 


Es muy bueno el mal cuando trae consigo un millón de euros. Vaya, bien dicen que no hay mal que por “buen” no venga y sino pregúntenle a Samanta. Corríjanme si me equivoco, pero creo que es el libro de cuentos escrito en español al que le han pagado un premio más gordo en toda la historia de nuestra literatura.

Ya en serio colegas: polémicas aparte, a mí me parece una noticia alentadora que se le pague un dineral a un muy buen libro de cuentos como es El buen mal, independientemente de dónde venga la lana. Yo hasta ayer nada sabía de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) y su condición de empresa semipública, con un 51% de presupuesto del Estado español, encargada de los aeropuertos y adscrita al Ministerio de Transportes.

Hoy leo a no pocos opinólogos escandalizados de que se le pague una enorme cantidad a una muy creativa cuentista como es Samanta Schweblin, pero en cambio asumimos como lo más normal del mundo que se le paguen millones a deportistas de relumbrón o artistuchas chatarra o que se derrochen cantidades groseras en las necedades que te exige FIFA por albergar cuatro partiditos del Mundial. Vaya, si quieres ejemplos de cómo se tira el dinero de manera obscena, te puedo dar varios miles.

Claro, esta primera edición del premio estuvo un tanto apresurada y chambona en su organización y criterios, sin embargo cumplieron con elegir muy buenos libros como finalistas. Vaya, cuando hay un millón de euros, lo ordinario habría sido ver en la final a puro best seller español e influencers marca premio Planeta. Ya sábanas, entes IA tipo Juan de Val, Sonsoles Onega, Carmen Mola y similares que probablemente ni siquiera escriben (de hecho Carmen Mola ni siquiera existe). Te imaginas perfectamente el millón de euros para la típica novela cinematográfica diseñada a priori para convertirse en serie, pero este no fue el caso. Hoy premiaron Literatura con mayúsculas. Aquí en el Premio Aena, de los cinco finalistas al único que nunca he leído es Marcos Giralt Torrente. A Samanta, a Nona Fernández, a Vila Matas y a Abad Faciolince les sigo la pista desde hace algún tiempo y los cuatro me parecen muy buenos en lo que hacen. A Nona la conozco personalmente y es una persona sumamente creativa, mientras que Vila-Matas es sumo sacerdote Shandy y caballero de la orden de Finnegan.  Además, en un mundo editorial donde los cuentistas son siempre los patitos feos, yo celebro que un libro de relatos cortos haya sido el ganador

A Samanta la leo desde hace quince años y la verdad nunca me ha decepcionado. Es una cuentista de cepa con una tremenda imaginación capaz de jugar con lo extraño, lo bizarro y lo torcido e impregnar con ello una atmósfera aparentemente ordinaria. No la conozco personalmente, pero me parece una persona seria y fiel a sí misma, totalmente entregada a la literatura. Vaya, no me la imagino victimizándose o subiéndose a trenes del mame de falsa marginalidad ni tampoco promoviendo peroratas sectarias tan propias del espíritu de la época. Samanta se dedica a escribir y lo hace muy bien.

Ojalá el premio se mantenga, se consolide, perfeccione sus criterios de selección y amplíe su espectro. Eligieron buenos finalistas, pero no pierdo de vista que los cinco libros son editados por grandes sellos. Le daría una enorme credibilidad al premio si entre los finalistas hubiera habido un Páginas de Espuma, un Candaya un Eterna Cadencia, un Nitro o alguna editorial artesanal. Por ejemplo, el extinto Premio García Márquez, que pagaba 100 mil dólares, incluía lo mismo un Random House que una editorial universitaria o un sello casero (yo mismo fui finalista con un libro editado por la UANL).

Ahora bien, si AENA de verdad quiere promover la lectura, pues que patrocine u otorgue estímulos a clubes, salas o promotores de lectura, a talleres literarios y editoriales independientes. Y bueno, ya que ese es su giro, que atiborre los aeropuertos de bibliotecas o tendidos de libros. Premios para escritores sobran, pero no hay casi nadie que premie a sembradores de nuevos lectores o a bibliotecarios. Ahí te la paso al costo. Cuenteros somos y en el camino andamos

 

Wednesday, April 08, 2026

Cita con mi ciudad


 

Ayer tuve una cita con mi ciudad y me dediqué a caminarla como antaño, desde la 20 de Noviembre hasta Librería el Día, de El Día al Cecut, del Cecut al Centro y luego a la Quinta Contreras para retornar a la 20. Cuando un joven reportero me pide algún consejo para escribir crónica o emprender un reportaje de investigación mi recomendación es siempre la misma: camina tu ciudad, camínala mucho y piérdete en ella. Bájate de tu pinche carro y súbete al transporte público y toma una ruta que nunca hayas recorrido. Pero no solo hablamos de periodismo. ¿Quieres hacerle al cuento o ensayar con el ensayo? La receta es la misma: camínale un chingo. Yo escribo caminando. El teclado es para pasar en limpio la tormenta que me asalta cuando mis errabundos pasos tienen el timón.

Mientras el delirio vertical horada el cielo con andamios suicidas, los habitantes de la calle improvisan nuevas guaridas y recovecos en los rincones más improbables. A un costado de las vías del tren, una casita de muñecas servía de hogar a un indigente. Tras la mentirosa calma en el breve oasis de Semana Santa, Tijuana recupera su rabia y su perpetuo romance con el caos.
Nuestras escasas y humildes jacarandas no traicionan su primaveral instinto y han hecho suyo un nuevo abril. La abundancia de fruta es palpable, pues en los cruceros sobran vendedores de fresas a precio de remate y entre todos los malabarismos que ofrece la cartografía urbana, a mí el que más me maravilla es la gracia con que las mujeres haitianas sostienen las cajas de fruta sobre sus cabezas. Ayer caminé Tijuana y hoy me topé con un poema de ese gran flâneur que fue Julio Trujillo. Reproduzco algunas líneas en desorden:
“Caminé
Caminé hasta olvidar que caminaba
Caminé entre gente como la gente y fui soltando el fardo de mi nombre
Caminé sin pesar,
apenas separado del concreto
como negándome a hacer tierra
como sintiéndome un circuito de potencia con un voltaje peligroso
Caminé en la confianza
de una metrópolis inagotable,
asumiendo esos cruces y semáforos y cláxones como mi propia jungla,
como si todos esos rostros que sorteaba
fueran pura espesura…
Y caminé mejor sin rumbo y fui aceptando, paso a paso, la ingrávida fatalidad de coincidir conmigo”.
Últimamente leo a poetas que dijeron adiós recientemente. Desde hace unas cuantas mañanas inicio el día leyendo al azar una página de Lupercalia del Oso Miguel Manríquez, pero de eso les hablaré más adelante. Mi sociedad de los poetas muertos.
Ayer pepené El ejército ciego de David Toscana y creo que me lo leeré en un par de días (la primera portada bella que hace Alfaguara en muchos siglos).
Por cierto, no están ustedes para saberlo, ni yo para contarlo, pero en la Educal del Cecut hay un remate de libros a 20 pesos, principalmente de editoriales Almadía y Cal y Arena. Hay muy buenos títulos.
Al caer la tarde, cuando la ultima luz se derramaba sobre la sala Federico Campbell, presentamos la antología Tiempo de espera. El cruce fronterizo narrado por colegas periodistas, académicos y poetas convocados por Víctor Alejandro Espinoza. Ahí están, entre otros muchos, Rocío Galván, Claudia Orozco, Rodrigo Martínez Sandoval, Nylsa Martínez, José Salvador Ruiz, Pedro Ochoa, Jorge Ortega, el Johnny Tecate Rober de Playas Castillo Udiarte, Jonhatan Francisco Ochoa y el poeta maldito de la Cenicienta, Rael Salvador, que dijo adiós hace una semana. No hay quien quiera robarse este abril mientras yo “camino en el gerundio de alejarme y acercarme, de qué y a quién sabe…”

Sunday, April 05, 2026

Será el equivalente a una pieza tocada por la orquesta del Titanic


  

Los neandertales que seremos será el equivalente a una pieza tocada por la orquesta del Titanic. Ya hemos chocado con el iceberg, el hundimiento es inminente, pero a nosotros tan solo nos resta seguir tocando y bailando antes de que el helado océano nos cubra por completo.

Hace exactamente 30 años, justo en el momento en que concluía mi carrera universitaria, leí un ensayo que me sacudió: El horror económico, de Vivianne Forrester

“Vivimos en medio de una falacia descomunal: un mundo desaparecido que nos empeñamos en no reconocer como tal y que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales”, plantea Forrester, quien pronosticó la extinción del trabajo como engranaje de la civilización y la metamorfosis del proletariado en la casta de los prescindibles.

Sin embargo, Forrester no alcanzó a ver la irrupción de la inteligencia artificial y su acelerado desarrollo.

Dos décadas después de Forrester, leí a Yuval Noah Harari advertirnos que la humanidad transita de Homo sapiens a Homo deus. Desde esa futura perspectiva, en menos de cien años nosotros seremos vistos por nuestros bisnietos con la misma lejanía y extrañeza con que nosotros vemos a los neandertales: seres biológicamente frágiles y cognitivamente limitados.

 

Después leí a Mustafá Suleyman, que como fundador de la empresa Deep Mind algo sabe del asunto y va más allá.  En su libro La ola que viene, plantea un futuro distópico que hace poco habría parecido ciencia ficción pero que hoy está a la vuelta de la esquina y está llegando de una manera mucho más acelerada que nuestra capacidad de asimilarlo

“Pronto viviremos rodeados de una inteligencia artificial responsable de ejecutar tareas complejas desde gestionar negocios y producir contenido digital ilimitado hasta dirigir servicios públicos fundamentales o mantener infraestructuras. Habitaremos un mundo de impresoras de ADN y ordenadores cuánticos, patógenos artificiales y armas autónomas, robots asistentes y energía abundante”.

Esto no ocurrirá dentro de un siglo, sino antes de una década. La ola está llegando y ya nos revuelca. La propuesta de Los neandertales que seremos, es fungir como una suerte de visión de los vencidos en clave irónica.

Wednesday, April 01, 2026

Abrilidades abiertas abismales abrumantes

 



Abrazo a priori abril. Abrilidades abiertas abismales abrumantes. El mes en que nacieron todas las flores irrumpió en miééér…koles, como perro por su cantona y en este momento la flor más pinche rara, bebe su primer café del mes sin poder celebrar ni un nuevo gramo quemado pese sus esfuerzos, ayunos, sudores, pagos de renta. Juramos que llegaríamos al 21 debajo de 100, pero heme aquí, atorado, yaciente y obturado en el estático limbo y a falta de redes duermevelebryas para narrar, tus gaditanas páginas se han transformado en la vil bitácora de un paquidermo que infructuosamente intenta inmolar tonelaje. El iluso paquidermo y su paquidérmica ilusión. Al desbarrancar del pantagruélico paquidermo y su utópico afán por devenir en varita de nardo y por ahora es lo que hay, eso y no mucho más. En el altar de sacrificios donde yacen los kilos y las calorías riendo petulantes mientras la babélica torre de papelajos y tintas espeta su radical imposibilidad. Hiere ver con tantísimo desparpajo tan obscenidad libresca, la pornográfica acumulación del bibliópata y su tratado del inútil, inutilísimo combate.

Sueles acudir a clase luciendo un raído saco de cuadros

 


Hasta hace un par de semanas eras el profesor de introducción a la historia del arte en una prepa patito,  una vil maquiladora de certificados exprés  y refugio  para una caterva de juniors reprobados y corridos de otras escuelas. Un profesor gordinflón y sudoroso que navega por la vida con su bandera de alivianado y buena onda, aferrado a demostrar a sus alumnos que los 54 años de edad y la calvicie en expansión no han hecho mella en su espíritu rebelde. Desde el primer día te encargas de dejarle claro a tus alumnos que no eres solamente el mal pagado maestro de una prepa venida a menos, sino un artista contestatario y vanguardista que da clases en sus tiempos libres por puro y simple compromiso artístico. Por supuesto, no les dices que tu magro sueldo de profe constituye (o constituía) la totalidad de tu ingreso y que hasta ahora son poquísimos los centavos que has podido exprimirle a tus creaciones artísticas, pues tu última venta ocurrió hace más de dos años y se limitó a un par de cuadritos que por caridad te compró el instituto municipal de cultura a precio de saldo, pero lo que puedas perorar da lo mismo, pues  tus alumnos jamás te escuchan. Podrías decirles que tu obra se subasta en Nueva York e igual a ellos les valdría un carajo como les vale cuando empiezas a hablarles de la importancia de saber mirar e interpretar el arte.  Digas lo que les digas sus ojos jamás se apartan de las pantallas de sus celulares. Claro, algunas veces te dedican una mirada para viborear tu atuendo y echar carrilla. Sueles  acudir a clase luciendo un raído saco de cuadros que hace un buen tiempo dejó de cerrarte ante la prominencia de la panza. El toque chic lo dan las deslavadas camisetas artísticas  que a ti te parecen de lo más cool. Una de ellas muestra la imagen de una Gioconda con lentes y cigarro y la otra una borrosa estampa de la Guernica. Tienes también por ahí una de Frida Kahlo que ya no te queda.  Unos jeans cuyo botón logras cerrar con mucho trabajo y unos Converse rojos solían completar el atuendo, hasta que el prefecto te amonestó y te recordó que el personal docente de la preparatoria Tercer Milenio debe usar camisa de botones,  zapato de vestir y preferentemente corbata.

Sunday, March 29, 2026

DESPANZURRAR AL CENTAURO (revisited 2026) Manual de pepena y caza para ensayistas rejegos

 


En ningún género soy tan brutalmente honesto como en el ensayo.  Cuando escribo ficción soy (como todos) un poco o bastante chapucero, pues al final de cuentas se trata de contar mentiras creíbles e inventar amigos imaginarios y aunque me divierta mucho haciéndolo, no deja de ser una treta. En cambio, en mi fase de ensayista soy yo pensando en voz alta, hablando solo mientras camino a la deriva  o  bajo el fresco chorro de la regadera. Cuando escribo ensayo estoy charlando frente a ti en un café o en una cantina. Estoy iniciando una conversación contigo, planteándote mis dudas y mis pensamientos contradictorios. Aunque la escritura pueda parecer una actividad solitaria, cuando escribo ensayo siempre siento que le estoy hablando a alguien sobre un tema que me obsesiona. 

 

Yo escribo ensayos a partir de la duda y la curiosidad. Si todo en mí fueran certezas, lo más probable es que no sintiera  impulso alguno para empezar a escribir. Escribo sobre temas que llevan un buen rato bailándome en la cabeza, que son tercos y machacones como una mosca panteonera en verano e irrumpen del mar de la duermevela cuando despierto en la madrugada. Escribir es interrogarme e interrogarte. Podría decirte que busco respuestas pero a menudo encuentro más preguntas. 

Creo que de una u otra forma siempre estoy escribiendo y leyendo ensayos. La absurda paradoja, es que pese a hacer de mi vida cotidiana un ritual ensayístico, hoy reparo en que no tengo muy claro cómo poder guiar o aconsejar a alguien para escribir un ensayo.

Hoy será la primera vez que impartiré un taller de ensayo. Apenas el viernes de la semana pasada terminé un taller de cuento y el mes pasado impartí uno de periodismo narrativo, pero aunque me considero un ensayista hormonal, la realidad es que carezco de un método estandarizado de trabajo. Vaya, sigo más reglas y parámetros cuando empiezo a escribir un cuento y a menudo naufrago en varias tentativas de arranque antes de poder encender el motor. En cambio, con el ensayo la escritura fluye tan natural como el pensamiento y me doy cuenta que a menudo empiezo a navegar a la deriva sin tener muy clara la ruta. 

Lo extraño y lo contradictorio es que para mucha gente  el ensayo es el género formal por excelencia. La sombra proyectada por  la academia es  densa y castrante, pues a menudo  me encuentro con colegas estereotipan al ensayo como un acartonado mamotreto encorsetado en el calabozo del marco teórico, la metodología, el abstract, las conclusiones y un inabarcable océano de citas textuales y referencias bibliográficas a pie de página que a menudo acaban por desbordar y sepultar las ideas propias, si es que las hay o alguna vez las hubo. No pretendo denostar a los académicos y su mundo. Asumo que ellos tienen una labor que cumplir en esta vida y sin duda es respetable. Sucede simplemente que jugamos en divisiones diferentes y por nada del mundo me gustaría jugar en la suya. Yo estoy aferrado a la literatura porque soy un hedonista vil que solo concibe la lectura asociada al principio del placer, un furtivo pepenador de palabrería, un escapista vocacional.   

El ensayo literario es libertad. Mi paisano Alfonso Reyes lo definió como el Centauro de los géneros. También podríamos concebirlo como el gran ajolote prosístico en donde caben todos los géneros. El ensayo parte de una idea o varias ideas, pero al irlas desmenuzando puedes echar mano de la novela, el cuento o la poesía. El ensayo no es periodismo pero se lleva de maravilla con la crónica. El ensayo es ideal para cruzar furtivamente la frontera narrativa… 

 

Así las cosas, aquí les comparto un mentiroso decálogo que ba a ser de diez pero acabó en doce ideas y conceptos para despanzurrar al Centauro

 

AdvertenciaAquí estamos hablando de ensayo literario, es decir de creación e imaginación. Olvídense del abstract, los objetivos,  el  marco teórico- metodológico o las conclusiones. Aquí lo que se valora sobre todo y ante todo  es la inventiva, pero  también la riqueza de la prosa, su claridad y fluidez, la originalidad de la exposición y la capacidad de establecer un diálogo franco con un hipotético lector. 

 

1.     Ante todo sé creativo y suéltale las riendas a tu imaginación.  En el ensayo literario la creatividad lleva mano sobre la erudición.  

2.   Me gusta concebir el ensayo como una conversación y no como una conferencia. Cuando escribo ensayo tengo el ánimo de una charla de café o cantina. El ensayo es el fluir el pensamiento en voz alta. 

3.   Olvídate de los límites. Cualquier tema es susceptible de ser desarrollado en un ensayo. Puedes bucear en profundidades ontológicas, desmenuzar la quintaesencia de la poesía mística o simplemente disertar sobre el rol de los corta uñas y los cepillos de dientes en la vida moderna. 

4.   ¿Cuál es el mejor tema? Uno que te emocione pero sobre todo que te inquiete, que  te haga dudar y reflexionar mientras caminas, te bañas o intentas conciliar el sueño. Es deseable (obvia decir) dominar dicho tema pero importa más que tengas algo diferente e imaginativo que expresar. 

5.    Hazte preguntas y hazle preguntas a tu lector. Atiborra tu ensayo de signos de interrogación.  Nada errado andaba Sócrates con su mayéutica.  Los mejores ensayos son los que siembran dudas, no los que imponen certezas. Pregúntate, respóndete,  vuélvete a preguntar y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones. 

6.   Escribe preferentemente desde el yo. La neutralidad y la distancia son deseables en la nota periodística o el reportaje, pero si hablamos de ensayo se trata de darle voz a tu pensamiento y de razonar tus ideas. 

7.    Lee tu ensayo en voz alta e intenta sentir su ritmo y cadencia. De acuerdo, un ensayo no es un poema, pero siempre es mucho más rico leer a un ensayista capaz de expresarse en una prosa rítmica plena en imágenes, juegos de palabras o metáforas que a un hacedor de ladrillos. 

8.   Narra historias. Echa mano de tu anecdotario personal, de tus recuerdos o tus lecturas. Recurre a personajes de cuento o de novela, a estrofas de poemas o a escenas de películas o a cualquier elemento de la cultura popular que te ayude a expresar mejor una idea. 

9.   Aunque existen riquísimos ensayos miscelánea en donde se habla de todo un poco y se da rienda suelta a la dispersión, lo ideal es no salirse por la tangente y cambiar de tema abruptamente. Desarrolla tu tema a profundidad sin dejar de tender puentes y bifurcar senderos.  

10.                     En el ensayo la sabiduría se aplaude pero aquí no se trata de derrochar conocimientos. No te aferres a demostrar lo mucho que sabes sobre un tema amontonando datos y estadísticas. No cuestión de emular a Wikipedia sino de expresar puntos de vista, lanzar interrogantes, formular hipótesis.  

11.                       Ante todo lee.  Sé un lector omnívoro y lee a cuantos ensayistas puedas pepenar. Lee a Montaigne, que es el papá de los pollitos y después lee a Thomas de Quincey, a Rousseau, a Nietzsche y Zweig. Lee la obra ensayística de Borges (sin duda lo más parecido a eso que llaman deidad). Lee a Susan Sontag y a Margo  Glantz. Lee  a Alfonso Reyes y lee a Vasconcelos. Lee a Sergio González Rodríguez, a Juan Villoro, a Laura Sofía Rivero, a Neige Sinno y a Heriberto Yépez.  Lee a Gabriel Zaid y  por favor lee a Octavio Paz aunque te hayan dicho que es un mamón y lee a Cristina Rivera Garza (aunque a veces me harte su estilo). Lee Cumpleaños de César Aira y El último lector de Piglia.  Lee a Sergio Pitol y a Alberto Manguel y si quieres estar a la moda lee a Irene Vallejo y a Yuval Noah Harari (de moda o no, ambos son buenísimos). Léelos, cuestiónalos, duda de ellos, ponlos de cabeza y vuélvelos a leer. 

12.                      Mejor no me hagas caso. Deja las reglas y los inviolables mandamientos para la academia.  Tú imagina, crea y sobre todo duda y hazme dudar. Ten siempre afilado y al acecho el signo de interrogación.  (DSB) 

 

 

El Centauro despanzurrado, siete años después-

 

Escribí Despanzurrar al Centauro en 2019 como carta de presentación para primer taller de ensayo que impartí en mi vida.

He desempolvado el texto siete años después y reparo en que sigo pensando esencialmente lo mismo y las reglas de mi juego no cambian.

Claro, el arsenal de lecturas sobre el arte del ensayo sigue creciendo y en los últimos meses he dado con algunos conceptos que refuerzan mi sentir. Un grato descubrimiento ha sido El mundo como ensayo, del español Juan Malpartida, un sui generis diccionario enciclopédico ensayístico que derrocha esencia de Montaigne.

Precisamente, evocando al señor de la Montaña, Malpartida diserta: Montaigne tituló su libro en plural, porque el ensayo nunca es, por definición, singular: su poética implica pluralidad tentativas- A diferencia del tratado, que dice siempre no me interrumpa, el ensayo sonríe ante las interrupciones porque sabe que son una fuente de inspiración. Es un reciclador perpetuo, un aprovechado con descaro que usa incluso los olvidos, y sobre todo la ignorancia.

Malpartida dice que el ensayista es un  flâneur, no un atleta de maratón ni tampoco un científico cuya prueba supone una verificación o, mejor dicho, una eliminación del error.

Nada errado que anda Malpartida. Es en las caminatas como nacen mis ensayos. La primera fase de la escritura no brota frente al teclado o con una pluma en la mano, sino en las dispersas caminatas. Acaso en mi decálogo para ensayistas tendría que agregar un consejo infalible. Camina, camina mucho para que escribas caminando. Lo de las caminatas suelo recomendárselo a los colegas reporteros: la mejor manera de tomarle el pulso a tu ciudad y encontrar nuevas betas informativas es caminando sus calles. Pues, bien, creo que lo de gastar las suelas aplica también para el ensayo.

En el Libro tercer de sus Ensayos, Montaigne confiesa que la mayoría de sus ideas le surgen de manera anárquica y espontánea casi siempre cuando está cabalgando. Esa es la columna vertebral del ensayo Montaigne a caballo de Jean Lacouture, una biografía intelectual que rompe el mito del Señor de la Montaña como un ermitaño confinado en su torre en total aislamiento del mundo real. Aunque fue un gran lector, Montaigne se inspiró más de la contemplación y la vivencia que del estudio.

Tal vez porque la cabra tira al monte, tiendo abrevar en libros que tan solo refuerzan mi concepto del ensayo como el más espontáneo y conversacional de los libros. Una lectura reciente es Ensayismo, del irlandés Brian Dillon, una amena reflexión sobre el sentido y el placer de leer y escribir ensayos en el mundo actual. La etimología del verbo francés essayer parte del latín exagium que significa balanza, o exagiare que significa pesar. Partiendo de Montaigne a Francis Bacon para desembocar en Pascal, Rousseau y Nietzsche. Ensayismo, dice Dillon, no es la mera práctica de la forma, sino una actitud hacia la forma, a su espíritu de aventura y a sui naturaleza  inacabada.

El ensayo es preguntarse y responderse y en ese sentido, para disertar sobre la naturaleza del género e intentar explicar su naturaleza, nada mejor que responder unas cuantas preguntas que me hace llegar mi colega Marco Ángel en torno al decálogo del centauro despanzurrado.

Pregunta Marco Ángel: cuando dices que el ensayo es una conversación, ¿qué tipo de conversación es? ¿Una discusión, una confesión, una exploración conjunta, todas estas opciones a la vez? (me gustaría mucho saber de tu experiencia)

Claro que es una conversación con un hipotético lector imaginario que siempre está a mi lado. A menudo, mi proceso escritural no se da frente al teclado de la computadora o con una pluma en la mano, sino caminando.

El ensayo es como invitar a ese lector a caminar conmigo por un terreno que yo mismo estoy descubriendo, una vereda donde voy abriendo brecha. No parto de certezas absolutas que quiero imponer, sino de una inquietud que deseo compartir.

Cuando digo que el ensayo es una conversación, me refiero a algo que combina varias dimensiones al mismo tiempo, aunque no de forma equilibrada ni premeditada en todos los casos. Para mí, el ensayo es ante todo una exploración conjunta.

En ese sentido, el lector no es un espectador pasivo, sino alguien que, idealmente, se suma al ejercicio de disección. El mejor lector de ensayos es el que los complementa con su mirada o su experiencia personal, el que los contradice o los pone de cabeza.

El ensayo es una discusión interna que se vuelve externa: discuto conmigo mismo, con tradiciones literarias o intelectuales que admiro o que me irritan.

 

Pregunta Marco:  ¿Qué tipo de pensamiento solo puede ocurrir en el ensayo y no en la ficción ni en el periodismo?... O sea: ¿qué diferencia esa conversación del ensayo de la conversación que ocurre en la crónica o el periodismo narrativo?

 

Me encanta esta pregunta, porque creo que la semilla o el gusanito que hizo germinar en mí el deseo ensayístico nace de mi labor reporteril. El ensayo y la crónica son géneros que se complementan y maridan en plena armonía como el ceviche y el vino blanco, pero aunque son un matrimonio perfecto, nunca olvido que el ceviche es pescado y el vino un fermento de uva. El pensamiento ensayístico se permite dudar, cavilar, contraponerse. El ensayo saca a la superficie una tormenta interior, mientras que el periodismo narrativo describe lo que está en el exterior. No se puede hacer periodismo limitándose únicamente al pensamiento o las ideas. Tanto al ensayista como al reportero les recomiendo caminar, pero mientras la caminata ensayística sirve ante todo para estimular el pensamiento y la creatividad, la caminata periodística tiene como finalidad la observación de la realidad y entorno para describirlos y narrarlos.

Por lo que a la ficción respecta, el pensamiento debe ser sumamente estructurado. Dado que a priori jugaré a ser un mentiroso, tengo que hacer todo lo posible para que mis mentiras sean creíbles. Tal vez hablo a título estrictamente personal, pero para expresar y desarrollar una idea solo requiero dar rienda suelta a mis pensamientos, mientras que para construir un personaje verosímil requiero delinear ciertos parámetros

En la ficción, el pensamiento suele estar dramatizado o encarnado en personajes, en la trama o en la voz narrativa. Aunque un personaje pueda reflexionar profundamente, esa reflexión siempre está al servicio de la historia, de la construcción estética o de la ilusión narrativa. Un buen narrador de ficciones debe desaparecer o fragmentarse, mientras que un ensayista debe ser brutalmente honesto y transparente.

 

¿Qué tipo de duda es la que produce un ensayo?, ¿Hay un estado ensayístico de la mente? ¿La duda es un método o una actitud?

Caray colega, me encantó ese concepto y te lo voy a robar: estado ensayístico de la mente. En efecto, you name it: mi red neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por un crónico signo de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las dudas. Nada más ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío es desentrañar, destripar, despanzurrar conceptos.

La duda que produce un ensayo es, para mí, una duda activa, productiva y encarnada. No es la duda escéptica que paraliza ni la duda retórica que solo busca confirmar lo que ya se sabe. Es una duda que genera movimiento: una inquietud que obliga a seguir abriendo, cuestionando y desmontando.

El estado ensayístico es una disposición mental caracterizada por la insatisfacción con las respuestas cerradas y por una especie de alerta permanente ante lo que parece demasiado pulido, demasiado mítico o demasiado cómodo. Es una mente que se siente incómoda en las certezas prefabricadas y que prefiere habitar la zona intermedia, la grieta, el intersticio. Es una mente que camina con la pregunta abierta en la mano en lugar de con la conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo describía como “ensayar” en el sentido literal: probar, experimentar, poner a prueba las propias ideas como quien prueba un arma o un caballo.

Esa actitud genera, casi por necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin saber exactamente adónde se llega, permitiendo que las contradicciones aparezcan en la página y dialoguen entre sí. No es el método cartesiano de la duda sistemática para llegar a certezas indudables, sino más bien una duda montaigniana: dubitativa, corporal, provisional y siempre dispuesta a revisarse a sí misma. En eso consiste el despanzurramiento del Centauro.

 

 

Si dices que el ensayo es libertad, entonces ¿Hay algo que el ensayo no pueda hacer? ¿Existen límites para el ensayo?

El límite es cambiar el signo de interrogación por el mandamiento. Pontificar y catequizar en lugar de invitar al libre pensamiento.
El ensayo vive de la provisionalidad. Si el texto se cierra en una tesis dogmática, deja de ser ensayo y se convierte en tratado, manifiesto o artículo académico convencional.

Creo que tienes que ser honesto contigo mismo y por ende con el lector. Puedes contradecirte, pero no puedes mentir conscientemente ni manipular con mala fe. Creo que si esa frontera ética se transgrede,  el texto pierde su valor ensayístico.

El ensayo literario no puede pretender suplantar al conocimiento científico. El ensayo puede reflexionar sobre la ciencia, la historia o la filosofía, pero no puede reemplazar la investigación sistemática ni la demostración científica. Yo puedo escribir un ensayo sobre Darwin, pero no puedo pretender suplantar a Darwin o afirmar categóricamente que la Teoría de la evolución es falsa. Puedo cuestionar la interpretación de un hecho histórico o sus efectos, pero no negar categóricamente la existencia de ese hecho histórico. Vaya, yo puedo escribir un ensayo sobre las diversas interpretaciones que la figura de Cristóbal Colón ha generado a lo largo de la historia, pero no puedo de buenas a primeras decir que Cristobal Colón no existió o que en realidad era una mujer. Podría construir una ucronía ensayística y tratar de imaginar un mundo en donde Cristóbal Colón no hubiera existido, pero en el entendido de que es una suposición

El ensayo puede iluminar, cuestionar o humanizar el conocimiento, pero no puede fabricarlo desde cero sin caer en la vil charlatanería.

El ensayo nace de una voz subjetiva que piensa, diserta, reflexiona y cuestiona. Si se elimina por completo esa voz, corre el riesgo de convertirse en artículo periodístico o en ensayo académico impersonal. El límite aquí es sutil: el yo del ensayo no es narcisista, pero sí es necesario.