Eterno Retorno

Thursday, August 06, 2026

Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos


 

Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra. Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos. El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.

El presidente Harry Truman recibió y celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.
Sin embargo, el campeón en la absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario. Vivió una apacible existencia hasta los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada. “Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir Paul. “Un sentimental jamás habría piloteado aquel avión”, solía jactarse. Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.
En mayo de 2016, Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares, pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.
Robert Oppenheimer, el físico creador de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto público.
Esta semana leí en Nexos un abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo”. No lo dijo, pero asumo que bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino derrotar militarmente a Hirohito. Pearl Harbor, en donde solo murieron militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar niños.
Sin embargo, más allá del horror, Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno. Uno de los momentos de más absoluta paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta años antes irrumpió el horror.
Hiroshima se habló de tú con el averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar, de un niño por nacer.
Y entonces sentí esperanza, porque después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores de cerezo cayendo sobre el agua limpia.

Tuesday, August 04, 2026

Los motivos de Bibi


 

¿Existe el mal absoluto? Hasta el más desalmado criminal tiene sus motivos, sus argumentos y sus justificaciones. Un depravado carnicero no está exento de ser un amoroso padre de familia y una faceta no excluye ni anula a la otra. Un buen periodista y un narrador con oficio es el que es capaz de reflejar a un personaje en su absoluta complejidad, con todas sus circunstancias, condicionantes y complejidades a cuestas. Cierto, tal vez mi manera de odiar al primer ministro israelí sea superficial y esté condicionada por una narrativa. Acaso en otra vida yo me tomaría el tiempo de leer la autobiografía de Benjamín Netanyahu para tratar de entender sus motivos, pero con brutal franqueza no pienso abonar 500 pesos a sus regalías ni robarle tiempo a otras lecturas mucho más provechosas y disfrutables para sumergirme en 700 páginas de autoelogios de alguien que cree encarnar el destino de Israel en una divina misión contra el terrorismo mundial. Así las cosas, me quedaré con la duda y lo seguiré odiando basado en “ideas preconcebidas”, que para mí se fundamentan en un elemental sentido común. Bibi podrá decir misa, pero para mí es y será por siempre un criminal de guerra y la historia lo deberá juzgar con la misma dureza que juzga a Hitler. Y sí, les juro que no me chupo el dedo: también aborrezco las teocracias islámicas y sé lo tendenciosas que son ciertas peroratas propalestinas, pero seas de izquierda o de derecha, ateo o creyente, el genocidio de Netanyahu es humanamente indefendible e injustificable. A lo largo de los años varios contactos me han bloqueado por mis críticas a Israel (el más reciente fue Rogelio Villarreal) y como suele suceder, su dardo favorito es echarme en cara que soy “antisemita”. No se saben de otra. Bueno, entonces que acusen de antisemitas a Yuval Noah Harari y a Etgar Keret, escritores israelíes de los que soy devoto lector y que se oponen firmemente al genocidio de Netanyahu. Llamen antisemita a David Grossman o al gran Paul Auster, que hasta el día de su muerte alzó la voz contra esta carnicería. En fin, sería interesante conocer los motivos de un genocida que actúa con la bendición de los amos del mundo, pero la neta no pienso regalarle mi tiempo ni mi dinero. Ahí pa la otra Bibi.

Practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes


 

Tiempos hubo en que tuvimos una relación mucho más pasional con nuestro mar y el tijuanero Malecón formaba parte de nuestra vida cotidiana. En los primeros años del milenio los atardeceres solían irrumpir tundiendo la rocola del Terrazas Vallarta entre un inacabable desfile de chelitas mientras veíamos a gaviotas y delfines cruzar sin pasaporte la frontera y a los conjuntos norteños arrastrar sus botas de cáscara de piña entre la arena mojada. Fue en 2003 cuando Javier Cercas visitó esta continental esquina y se refirió a ella como la playa más triste del mundo. Por aquellos años yo aún solía meterme mucho a desafiar las gélidas olas y daba largas caminatas desde la barda fronteriza hasta la playa el Vigía, donde había una furtiva y oculta lonchería. Tenemos la fortuna de mirar el Pacífico todos los días de nuestra vida y les juro que nunca ha dejado de emocionarnos e inspirarnos, pero la esquina noroeste ha dejado de formar parte de nuestro paisaje. El domingo Carol y yo fuimos a dar un paseo a lo que alguna vez fue un malecón y hoy es una ruina o un vestigio de algo que nunca alcanzó a ser. Cierto, nuestra playa ha sido siempre esencialmente ruinosa, pero creo que la de hoy es su peor versión histórica, como un campo de batalla en armisticio tras un bombradeo o una masacre. El diálogo de sordos entre la Profepa y el Ayuntamiento ha dado como resultado una zona típicamente tijuaneada que pese a todo sigue siendo nuestra postal por antonomasia. Son miles los visitantes que vienen a tomarse fotos a esta esquina continental.

Eso sí, las tostadas de ceviche y las torres de atún cumplen con ser deliciosas, aunque la cerveza siempre podría estar más fría. Los cuartetos norteños siguen arrastrando los tololoches por la arena, los corridos tumbados retumban en las marisquerías, los delfines y las gaviotas siguen yendo y viniendo entre las Californias, mientras los helicópteros y las patrullas encarnizan hasta el barroquismo su paranoica vigilancia y algunos héroes que se ganarán el cielo se dan a la tarea de limpiar la basura. Las construcciones de lo que alguna vez fuera el malecón son pasteles de lodo, firmes como castillos de arena mojada, practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes.
Playa teporocha, playa desbarrancadero, playa salitrosa eternamente contaminada.
Playa post apocalíptica, playa zombi, playa siempre furtiva. A veces desearía que una gran Ola de Kanagawa irrumpiera de golpe y se tragara todo para poder empezar de nuevo y edificar un paseo costero a partir de cero, pero por ahora hay que encontrar la oculta belleza en la eternidad de la herrumbre y la cadencia de la decadencia.

Monday, August 03, 2026

¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras

 


La muerte no siempre es la gran demócrata que a todos nos iguala. También en la hora final hay contrastes. ¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras. Por separado llegan a mí dos ejemplares de Seix Barral que tratan sobre la muerte de dos tremendos genios de las letras universales: Lev Tolstói y Franz Kafka. Casi nada.

De la muerte de Kafka a los 40 años de edad, víctima de una tuberculosis laríngea, no se enteró nadie y a nivel mediático pasó absolutamente desapercibida. En cambio, la muerte de Tolstói, a los 82 años de edad, fue noticia mundial, paró prensas y generó una cobertura periodística sin precedente.

Del libro Kafka no quiere morir de Laurent Seksik ya hablé brevemente en otro post. Es una novela a tres voces que retrata los días finales de Franz Kafka en el sanatorio de Kierling a las afueras de Viena. En realidad hizo falta poquísimo para que Kafka fuera inexistente en la historia de la literatura universal. Lo obvio habría sido que ni tú ni yo supiéramos un carajo de él a cien años de su muerte. De no ser por Max Brod, hoy Franz sería una brizna de polvo, una ficha bibliográfica para eruditos en la cultura praguense de principios del Siglo XX. ¿Cuántos kafkas ha habido en este mundo de los que nunca tuvimos noticia? Debe haber varios.

Sin embargo, el texto que me parece más sorprendente e innovador es Tolstói ha muerto, del franco-ruso Vladimir Pozner. Un libro bastante atípico que sin duda habría gustado mucho a Federico Campbell, pues el telégrafo juega un rol fundamental en su construcción.

Tolstói ha muerto es esencialmente un gran reportaje y yo no dudaría en recomendárselo a estudiantes de periodismo.  Pozner reconstruye los últimos días de vida de Lev Nikoláyevich Tolstói en la estación de Astapovo. Para ello se da a la tarea de recopilar decenas de telegramas e informes policiales. En noviembre de 1910, Tolstói sale furtivamente de Yasnaia Poliana acompañado de su hija Alexandra. Con nombres falsos viajan en un vagón de segunda clase, pero el escritor cae gravemente enfermo durante el trayecto y se ve obligado a bajar del tren en la estación de la pequeñísima aldea de Astapovo en donde el guardagujas lo hospeda en su pequeña casita de madera a un costado de las vías. Tolstói trata de pasar desapercibido, pero en pocas horas toda Rusia sabe ya que está agonizando en ese recóndito rincón rural. La agonía de Tolstói es una noticia de alcance mundial. Hay que entender que a Tolstói lo leía por igual el Zar Nicolás que Lenin. Además, su condición de excomulgado de la Iglesia Ortodoxa y su rol como líder moral de los Tolstoianos, una creciente cofradía de anarquistas cristianos que promovía el rechazo al estado y las instituciones desde una posición pacifista, lo convertía en un sujeto de interés para la policía secreta zarista.

Más allá de lo interesante que resulta el tema central, lo verdaderamente sui generis de Tolstói ha muerto es que la forma en que retrata cómo fue la cobertura periodística de una noticia de interés mundial en 1910. De esa manera dimensionamos el rol fundamental e insustituible que jugaba el telégrafo para la labor periodística. También nos damos cuenta de que en la Rusia zarista ya había una encarnizada competencia entre periodistas por ganar la noticia. A Astapovo llegaron colegas reporteros de La Palabra Rusa, La Gaceta, La Voz de Moscú y Tiempo Nuevo, cada uno haciendo hasta lo imposible por escribir algo novedoso que no hubieran dicho los demás. Hoy habría sido una guerra de twits, pero en 1910 ganaba el que enviaba el telegrama más rápido. Nunca antes ni después hubo tantos reporteros, policías y curiosos concentrados en Astapovo; nunca antes ni después se utilizó tanto la Clave Morse en aquella recóndita estación y nunca antes ni después se bebió tanto en la solitaria cantina del pueblo.

Ricardo Menéndez Salmón afirma en su blog que la casita de madera en donde agonizaba Tolstói era el equivalente al establo de Belén donde nació Jesucristo. Cientos de personas se congregaron alrededor de un humildísimo tejabán en una perdida estación de villorrio para ver morir al mayor escritor de su tiempo, que para algunos era también una suerte de Mesías.

Friday, July 31, 2026

Un Océano de gratas sorpresas


 

El ladrido de Pappo delata la presencia del mensajero que ni siquiera necesita timbrar. Cuando un paquete llega a casa a nombre de Daniel Salinas, el 97 por ciento de las veces se trata de un libro. La caja de cartón dice Océano y yo anticipo una sorpresa agradable. Abro con la emoción de un niño en Navidad y de la caja brotan Kolijós de Emmanuel Carrére; La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut y En palabras sencillas, de Richard Ford ( el segundo ejemplar de Feltrinelli que entra en mi biblioteca). Qué lindo es saber que mi primera casa editorial aún se acuerda de mí y se las arregla para ponerme contento la noche un viernes. Tiempo de estamparles el rojo sello nipón que certificará la bienvenida a mi biblioteca.

Wednesday, July 29, 2026

El cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo


 

Cuando trabajas en un periódico aprendes a trabajar duro y producir resultados aún sin un gramo de inspiración. Aprendes que el cierre no puede esperar, que la nota sale porque sale y que 500 palabras son 500 palabras, no 510 ó 490. Aprendes a eliminar paja innecesaria, a ir al grano, a decir más con menos. Esa actitud de productor en serie me fue muy útil en el periodismo y es fundamental en los libros por encargo (sí, también trabajo a petición de parte y como un buen carpintero, le entrego al cliente un mueble con las medidas solicitadas). A la fecha lo sostengo: si de verdad quieres dedicarte profesionalmente a esto, entonces debes transformarte en un obrero, un minero capaz de picar piedra por largas horas, pero ojo, no basta. Vaya que no basta. La chispa que enciende ese motor capaz de trabajar por horas debe ser la misma que me llevaba en la adolescencia a escribir por escribir, por el puro y vil placer onanista de hacerlo, sin esperar llegar a nada. Se puede trabajar maquinalmente y hace falta un engranaje un poco robótico para la talacha, pero el cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo.

El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera



 Soy un cazador de amaneceres. Es una hora embrujada. Es como si el tejido neuronal fuera la arena de una playa aún mojada por la marea alta de los sueños. El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera y puedes sentirte un perfecto extraño en medio del gran caos universal. Creo que nunca podría escribir a las tres de la tarde, después de comer. A veces escribo en la noche después de una siesta vespertina, pero solo cuando ando retrasado con alguna fecha fatal. Yo jamás caigo en el estereotipo del escritor que aporrea el teclado a la media noche entre el humo del cigarro. Mi mantra sagrado es escribir con café y leer con whisky. Esa es la fórmula. No digo que sea infalible, pero a mí me ha funcionado.

Tuesday, July 28, 2026

Postergar la tormenta de mierda

 


Un ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos 60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo. Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura, pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces (como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera. Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”, pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré peleando.

Monday, July 27, 2026

...pero whisky ya no tanto como antes

 


Escribir con café y leer con whisky. Escribir en la mañana y leer en la noche. Café sigo bebiendo muchísimo, pero whisky ya no tanto como antes. Suelo trabajar en la mañana y siempre en el mismo lugar, justo en donde estoy en este preciso momento, la cabecera de la mesa del comedor, de espaldas al patio, mirando a la sala, junto a un baúl que funge como librero. Es mi oficina, mi línea de producción desde hace casi 15 años y de este rinconcito ha brotado más del 90% de lo que he publicado. Mi primer ritual matutino, después de beber el primer café del día y antes de encender la computadora o mirar el teléfono, cuando aún no ha amanecido, es escribir a mano, siempre a mano. La primera escritura del día siempre es a mano y trato de postergar en la medida del posible el inevitable momento de entrar en contacto con las pantallas y empezar a recibir dosis de mierda y contaminación.