En qué momento dejó de emocionarme la Selección Mexicana?
¿En qué momento dejó de
emocionarme la Selección Mexicana? En el Siglo XX un gol del Tricolor podía prenderme
tanto como un gol de Tigres. Lo sentía como un equipo mío cuyo destino me
importaba. El México vs Alemania del Mundial 86 se jugó el día de mi graduación
de sexto de primaria. Fue un día feliz. Por la mañana me tocó dar el discurso a
nombre de mi generación en el teatro Lope de Vega, celebramos a lo grande en un
rancho, pero por la tarde la eliminación en los penales contra los germanos nos
puso de luto a todos. Recuerdo la rabia por el gol anulado al Abuelo Cruz por
el árbitro colombiano Jesús Díaz Palacio, los inocentes penales de Quirarte y
Servín entregados a las manos de Schumacher, la hecatombe absoluta. Fue mi primera
gran tristeza futbolística. Ni hablar
del 94 contra los búlgaros, el planteamiento ratonero de Mejía Barón en los tiempos
extras y los infames penales contra Mihailov (que acaba de morir hace poco). La
del 98 fue la última selección que me emocionó en serio. Yo era reportero de El
Norte y estaba en la Macroplaza, cubriendo el ambiente del fan fest (que aún no
se llamaba fan fest) frente a la pantalla gigante que había en la Explanada de
los Héroes y recuerdo cómo gritamos eufóricos el gol de Matador Hernández y el coraje
que hicimos con los goles de Klinsmann y Bierhoff.
En mis primeros años en Tijuana yo
no faltaba cada que el Tricolor jugaba un amistoso en Los Ángeles o San Diego.
También acudía gustoso a verlo en torneos moleros como la Copa Oro (me acredité
para cubrir voluntariamente un par). Pero poco a poco la Selección me empezó a
aburrir. Me encabronó la forma tan miserable en que los gringos nos eliminaron
del Mundial oriental del 2002 (ni la pinche desvelada en lunes de madrugada) y
la selección del 2006, pese a que calificó caminando, ya no me entusiasmaba.
Los mundiales fueron pasando y cada vez me interesaba menos ver a México. Las
fechas Fifa las veía como una odiosa interrupción a la liga. Dejé de ir a las
copas Oro y a los amistosos moleros en Los Ángeles (desde 2008 no voy a uno,
cuando antes iba a todos). La Selección se volvió ante mí como una expresión de
lo tedioso y anodino, un producto artificial, prefabricado, forzado, un vil patrioterismo
de escaparate impuesto por Televisa como un zapato a la fuerza, una versión futbolística
de los grupitos pop que Raúl Delasco te chutaba en siempre en domingo. Yo sigo
gozando y sufriendo con mis Tigres, el único equipo en la faz de la tierra capaz
de involucrarme y afectarme emocionalmente, pero el Tricolor simplemente pasó a
valerme madre y a serme absolutamente indiferente.
Les juro que ayer quise
emocionarme, tenía la voluntad y las ganas de volver a sentirme prendido y
motivado con el Tricolor, pero nomás no pude. Cuando cayó el gol de Quiñones
pensé que podíamos vivir una jornada histórica. Desde los primeros minutos se
notaba que Sudáfrica no traía nada, nadita de nada. Inocentones, torpes, cansadísimos,
sin condición física. Le dije a Ikercho: me late que hoy se va a romper el
récord de la mayor goleada de México en un Mundial, que a la fecha sigue siendo
el 4-0 contra El Salvador en México 70. La mesa estaba puestísima. Sudáfrica
jugando a nivel de equipo caribeño marca San Vicente o Martinica y con dos
jugadores menos. Caray, tres puntos son tres puntos y se agradecen, pero ayer
era para batir récords, era para que Quiñones y Jiménez se discutieran con un
triplete que los llevara a pelear el título de goleo. No volverán a tener tan
fácil. Corea los va a poner a parir chayotes y veo difícil que les ganemos y
los checos, aunque son torpes y tozudos (me decepcionaron terriblemente anoche)
son muy peligrosos a balón parado con sus saques de banda mortales.
Lo que más gusto me da es el
debut de Gil Morita, pura hechura tijuanense, lo mejor que han hecho los Xolos y
los Hank desde que existe la franquicia.
En fin, me quisiera volver a enamorar
de la Selección, de verdad quisiera emocionarme, gritar un gol, pero en el amor
no se manda.







