Eterno Retorno

Saturday, July 11, 2020

Nosotros somos Tijuana, Tía Juana, Ticuán; puerta de entrada o salida de Latinoamérica; el lugar donde empieza o termina la patria; somos la orilla, el umbral, el filo de la navaja; somos el borde y el bordo. Nuestro origen: el puño cerrado, el trabajo duro y creativo, el eterno desafío topográfico, el aferre, la terquedad y el espíritu combativo. Ser tijuanense es una condición del alma, una divina locura. Bebemos agua de la Presa y del Pacífico mientras en el polvo construimos nuestro irrenunciable destino. Entre cerros, laderas y cañones yacen nuestras pieles y nuestros anhelos. La ciudad es la suma (y la resta) de todos nosotros. Tijuana es la declaración de guerra a la gravedad entre calles imposibles y grafiti jeroglífico. Bajo la piedra salitrosa y el polvo picante yacen nuestros corazones, espíritus en ebullición danzando en la fiesta de un mañana que a veces, muy de vez en cuando, llega y cuando lo hace, llega sin avisar, mientras construimos un castillo de arena mojada. Tijuana: avalancha de sueños y naufragios, carnaval de crudas realidades e ilusiones tercas, tornado de almas prófugas de los más improbables rincones que hoy llevan la esencia tijuanense en la sangre y el deseo. Porque Tijuana se lleva en el alma como un amor y en la piel como un tatuaje. Porque Tijuana es un romance complejo, tormentoso y pasional. Pisé por primera vez esta tierra el 16 de octubre de 1998. Ignoraba entonces que es posible llegar a tener una relación tan pasional y extrema con una ciudad. No la tuve con mi tierra natal ni la he tenido con otras urbes en donde he vivido. Es como si la ciudad fuera encarnando poco a poco en el cuerpo y en el subconsciente. Desde entonces no he dejado de reinventar Tijuana en mi cabeza para narrarla en todas las formas posibles. Ningún otro sitio en el mundo me ha hecho imaginar tantas historias. La narrativa de ficción que hasta el momento he publicado brotó de estas calles como una mata baldía. La he narrado desde una supuesta objetividad periodística como un reportero pateador de pavimento y la he narrado como fabulador de mundos posibles. Es como si las calles me susurraran al oído mil relatos. De no ser por Tijuana acaso no habría escrito nunca o habría escrito algo harto distinto en donde no me reconocería. Tijuana-tatuaje, Tijuana-desgarro, Tijuana en carne viva. Tijuana-karma, Tijuana-aferre, Tijuana-destino. La vida está en otra parte y Tijuana (por si no te has dado cuenta) siempre es otra parte. A veces hiere vivir aquí, pero lo tijuaneado es una condición ontológica, porque esta ciudad es un flagelo que causa adicción; porque no hay a la vista procesos quirúrgicos de destijuanización; porque los vicios, al menos los vicios que valen la pena, son aquellos que no pueden curarse y lo hacen a uno perder la razón. Tijuana es mi vicio incurable. Feliz cumpleaños Ciudad Nuestra. Sabes bien que te quiero un chingo.

Friday, July 10, 2020

Bitácora pandémica- 1- -Por casi 18 años hemos habitado en un fraccionamiento ubicado en medio de la carretera Escénica Tijuana-Ensenada, lo cual significa que hemos sido cautivos desangrados por su caseta de cobro. Con todo y la tarjeta Iave, si me doy a la tarea de sumar lo que hemos pagado en casi dos décadas el resultado son decenas o cientos de miles de pesos. Baja California para los bajacalifornianos. Por supuesto, apoyo que los residentes de la carretera quedemos exentos de esa injusta alcabala, aunque los que hoy se manifiestan tan ferozmente ni siquiera viven por estos rumbos. Periodísticamente hablando, solo puedo decir que la estrategia del gobernador Bonilla es sui generis por no decir francamente desconcertante. 2- Mi furtiva palabrería suele brotar mojada en whisky, pero en esta cuarentena (que ya es centena y media) he optado descaradamente por el vodka, una bebida con personalidad de mosquita muerta y una mentirosa esencia de “aquí no pasa nada” (aunque al final acabe pasando). Cierto, como bebedor he sido un casquivano durante esta contingencia pandémica. Días de vodka cuarentenero se llamará el próximo libro. 3- El venado retorna a su abrevadero y yo retorno a Librería El Día cuatro meses después (sin duda el mayor periodo de mi vida entera que he pasado sin visitar una librería). Me emociona verlos resistir en la trinchera, darme cuenta que los lectores no bajan la guardia y los visitan. La estrella no está muerta y su luz destella. Hunter Thompson, Villoro, Manguel y Chirbes fue la pepena. Aguante El Día. 4- En las florerías de la calle Quinta sobran coronas de muerto, pero aún aparecemos de vez en cuando algunos errantes que vamos por ahí a pepenar flor primaveral para alegrar el recinto (antes de que escriban nuestro nombre en la corona de difunto). Los jinetes del Apocalipsis pueden cabalgarnos encima, pero les juro que nunca faltaran en nuestra casa el vino, las flores y los libros. 5- Tampoco falta la buena mesa. Chef Carol simplemente no para: pollo a la parmesana, pizza al horno con masa madre, de lengua me como un taco y nuestro asador eternamente encendido. ¿Dieta? Carajo, no invoquen malos espíritus. 6- Cuatro meses después es fecha que no acabo de engancharme con Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez. Tiene pasajes con esencia de El Santo contra las momias de Guanajuato y sesiones espiritistas de la Bruja del 71 (pero bueno, no he llegado siquiera a la mitad y aún quiero creer que va a mejorar). Por ahora pienso que es mucho mejor cuentista que novelista. Leo (o releo) Houellebecq, Luis Humberto Crosthwaite, Diego Ameixeiras, Nayar Luna y las mansonianas chicas de Emma Cline. 7- Escribo más a mano que en el teclado. 8- ¿Quieren que hable de política nacional? Ya les dije: tooodo lo que pienso está resumido en la última frase del libro Nocturno de Chile de Roberto Bolaño.

Thursday, July 09, 2020

Trump y López no tienen partidarios; tienen feligreses. No se puede hablar realmente de republicanos y morenistas sino de trumpistas y amlistas. Lo que los une no es una ideología de partido sino el culto a la personalidad de su líder. Apoyan a una persona, no a una causa. Trump dijo alguna vez que él podía ponerse a dispararle a la gente en la Quinta Avenida y no perdería ni un solo voto. Con López pasa igualito. Ya me quedó claro que el tabasqueño podría abrir fuego en el Zócalo con una ametralladora y sus acólitos lo justificarían y aplaudirían. No importa cuántas pifias o aberraciones cometan, pues su base sectaria no los dejará de apoyar. Fuera de algunos mantras difusos como el “make América great again” o “primero los pobres”, lo que verdaderamente exalta y mantiene unido al núcleo sectario de trumpistas y amlistas es el odio al adversario. Tal vez no tengan muy claro lo que apoyan pero sí tienen clarísimo lo que odian. El odio de los trumpistas a Obama, los Clinton, las élites liberales y la prensa crítica es igual de intenso que el odio de los amlistas a Calderón, los fifís, los empresarios y la prensa crítica. A trumpistas y amlistas los mantiene unidos, sobre todo, el profundo resentimiento y su rechazo tajante al liberalismo.

Tuesday, July 07, 2020

Durante campaña electoral de 2018 decidí darme el lujo de no escribir un solo párrafo sobre política y me limité a acudir a votar el día de la elección. Cuando alguien me preguntaba mi opinión sobre el resultado del proceso y el futuro inmediato del país, mi respuesta era (y sigue siendo) siempre la misma: todo está resumido en la última frase del libro Nocturno de Chile de Roberto Bolaño: “Y después se desata la tormenta de mierda”. Pues bien, ahora mismo estamos inmersos en esa lluvia pestilente que a todos salpica. La tormenta de mierda ha resultado ser extrema e intensa y la padecemos todos los días de nuestra vida. Twitter parece ser su epicentro, el centro de la rabia y bilis negra, aunque en realidad está en todas partes. Los mexicanos tenemos harta experiencia en tiempos turbulentos marcados por la agitación política, pero honestamente no recuerdo una época tan cargada de mala vibra, con tantísimo veneno y mala entraña como esta. Corríjanme si me equivoco o soy subjetivo, pero yo no creo haber visto al país tan dividido, fragmentado e irreconciliable como ahora.

Monday, July 06, 2020

Pobre Rosarito, el municipio suicida por excelencia, el que parece aferrado a acuchillar cada día la fuente que le da de comer, el que tiene los políticos tradicionalmente más incompetentes y los policías más corruptos de todo Baja California. ¿De qué vive Rosarito? Del turismo y de las inversiones inmobiliarias en el corredor costero. Quítale eso y no nos queda mucho más. ¿Y a qué se dedican los policías rosaritenses? Pues a desangrar turistas y residentes extranjeros. Por desgracia no es novedad, pero la diferencia es que con la actual alcaldesa el latrocinio policial ya cae en el descaro y se ha transformado en una burda cacería. El pasado fin de semana hicieron su “agosto” en julio. En sus semáforos eternamente descompuestos y en sus altos ocultos debes ir con mucho cuidado de que sus siempre hambrientos agentes no te hagan blanco de sus extorsiones. Te inventarán cualquier falta “gravísima”, amenazarán con quitarte el carro, con llevarte detenido y acto seguido te pedirán 500 dólares para dejarte ir. Si los cuestionas o intentas videograbarlos, entonces se tornarán violentos. Así le sucedió el sábado a Jacinto García, propietario de la tradicional tienda de surf Kilómetro 38. Intentó abogar por unos surfos que estaban siendo burdamente asaltados por los agentes, lo cual le costó ser golpeado y esposado frente a su negocio. Cuando su esposa y una empleada intervinieron, corrieron la misma suerte. Detenidas y esposadas. En Rosarito pueden asaltar tu negocio a mano armada al mediodía o meterse a robar a tu casa una mañana cualquiera y lo único seguro es que la autoridad no hará nada para ayudarte, pero eso sí, no se te ocurra ir a la playa, porque hasta diez patrullas irán por ti. Rosarito, el municipio cien por ciento turístico donde Uber es ilegal, pues la alcaldesa ha optado por entregar sus calles a una horda de taxistas abusivos; el lugar donde los mercados sobre ruedas, el comercio informal y los antros truenen sus chicharrones pero a un festival de arte le hacen la vida imposible. Es el municipio más joven pero Rosarito parece tener vocación por la decadencia. Su crecimiento comenzó hace 30 años y sin embargo Rosarito te mira con los ojos de quien jura haber vivido tiempos mejores, como un adolescente avejentado que se amargó antes de haber llegado a eso que llaman plenitud de la vida. Rosarito es un sueño eternamente postergado, la triste historia de una posibilidad de éxito nunca conseguido. Sí, nos quedan las puestas de sol tras las Islas Coronado, las olas furiosas, las aguas siempre heladas, el muelle abandonado, pero fuera de eso no queda mucho más. PD- Y los policías en Tijuana no cantan mal las rancheras a la hora de robar. El sábado, un cliente estadounidense de Carol que venía decidido a comprar un condominio, fue extorsionado por policías tijuanenses en las cercanías de la garita so pretexto de traer vidrios polarizados. Después de ser robado, el cliente escribió para decir que cancelaba su inversión y que jamás regresaría a México.

Saturday, July 04, 2020

Julio nos puso un cuatro y la nueva normalidad es anormal. El bicho coronado sigue contagiando y matando a lo bestia, el semáforo destella impúdico su color rojizo, pero en esta frontera la gente está harta de permanecer en el dulce hogar. El quédate en casa fue siempre tan contundente como una llamada a misa o una recomendación de derechos humanos pero ahora ya es de plano un chiste. Algo sabemos de cuatros de julios por estos rumbos. Después de las puertas cerradas de Semana Santa y el Memorial Day, a hoteleros, antreros y restauranteros les urge engordar la escuálida vaca y a los vecinitos les urge seriamente emborracharse (máxime porque California ha vuelto a las restricciones). Dado que Papas&Beer es ahora un restaurante (por favor, no vaya a usted a creer que es un antro) y dado que la hermana república ensenadense tiene una aduana hermética e intolerante, los cuatreros julianos se han quedado a libar en Rosarito. Mentira que los mexicanos seamos los más valemadristas a la hora de cuidarnos. Hay gringos que parecen aferrados a quitarnos el papel de compañeros exclusivos en la parranda con la muerte. Todos los hombres nacen iguales, dice la declaración de Independencia que Washington, Jefferson y compañía firmaron en una calurosísima tarde de verano en Filadelfia y para nuestros vecinos, nuestro amado y caótico Rosarito es la más alta expresión de la libertad. Por otra parte (y no es por echarle la sal) pero me extraña que el santo oficio de los ofendidos y la generación woke no haya arrojado sus sensibles tentáculos sobre el 4 de julio. Vaya, la independencia de las trece colonias es un asunto de patriarcas blancos privilegiados y en la nueva moral eternamente ofendida, ser blanco, patriarcal y privilegiado es un pecado monstruoso, la peor aberración posible. Que no les extrañe si los niños woke empiezan a grafitear estatuas de Washington, borran su cara de los billetes y exigen cambiarle el nombre a la capital (ahora se llamará Malcolm X DC) Para nadie es un secreto que el libertario George Washington (a diferencia de Cervantes y Junípero Serra) tuvo esclavos toda su vida (al momento de su muerte, en 1799, había 317 esclavos en su finca de Mount Vernon), que Jefferson creía en la igualdad del hombre, pero a la hora de redactar la puritana Declaración de Independencia se le olvidó liberar al más de medio millón de personas que aún vivían en la esclavitud (y que siguieron viviendo así noventa años más). Eso sí, justo es señalar que con todo su caos y su desmadre a cuestas, Miguel Hidalgo tuvo el detalle de abolir la esclavitud durante su estancia en Guadalajara. En fin, son las nueve de la noche y la gringada patriota del vecindario ya comenzó con la tronadera de cohetes, los mismos que en su free country no pueden tronar. Canica se inquieta. Pronto empezará la sinfonía perruna, mientras los gringos, como los peces en el río, beben y beben y vuelven a beber.

Thursday, July 02, 2020

La semántica del escupitajo o ese humor tan a lo Smiths

A veces me da por pensar que Juan José Luna ya ha hecho lo más difícil: encontrar un tono, una voz narrativa sin padrino aparente y (sobre todo) un sentido del humor tan aferradamente suyo como sus huellas digitales o su ADN. Más que un ritmo prosístico o una inclinación hacia determinado escenario, lo del Nayar Luna es un estado de ánimo que todo lo impregna. Llego al punto final de la relectura de su novela El origen de las cosas y mi conclusión es que ya podría reconocer la marca de JuanJo en un manuscrito sin firma. Alguna vez, en una anterior reseña, me referí al de Tepic como un digno integrante de la cofradía de los excéntricos, según la definición hecha por Sergio Pitol, “aquellos escritores capaces de aparecer en la literatura como una planta resplandeciente en las tierras baldías o un discurso provocador, disparatado y rebosante de alegría en medio de una cena desabrida y una conversación desganada”. Hoy simplemente confirmo su terca y natural excentricidad. Andemos sin rodeos y vayamos al grano: el Nayar es un tipo raro. Rarísimo en realidad. Lo interesante de esa atipicidad de monotrema, es que para nada es fingida ni se apoya en clichés tremendistas. Vaya, Luna no debe recurrir a un confesionario de poetastro maldito o a un look de aspirante a marginal. Por fortuna no necesita una ridícula auto-ficción retratándose como cocainómano decadente ni le hace falta escribir junto al lecho de muerte de un familiar ni inventarse una vocación suicida. Lo suyo es una locura que parece brotar espontánea, como si viniera incluida en el paquete. El Nayar es lo que es y no se parece a nadie. Su trato, su aspecto y aún la siempre engañosa primera impresión de su narrativa, lo hacen pasar por un hombre correcto y contenido, en apariencia demasiado formal, como formales son algunos divinos locos al puro estilo de Natalio Ruiz (el hombre del sombrero gris). Luna podría ser un perfecto personaje de una ficción escrita por Gógol o Aira. Si apostamos por el camino más simple y ordinario, podemos leer El origen de las cosas como una educación sentimental, la hostil ruta de un actor (o acaso debamos decir artista) que en plan de salmón intenta nadar catarata arriba. Pero aún el aparente cliché del sueño de convertirse en actor se hace pedazos ante el sui generis humor de Juan José. ¿Debemos leer este libro como una autografía? ¿Podemos inscribirlo en la tradición de Los diarios de Emilio Renzi de Piglia o Lo que fue presente de Héctor Abad Faciolince? No estoy tan seguro. En todo caso, encontraría un parentesco con La vida a ratos de su tocayo Juan José Millás o el París no se acaba nunca de Vila-Matas. En descargo de Luna, debo decir que el primer manuscrito de El origen de las cosas lo leí durante una ebria Semana Santa caribeña dos años antes de que Millás pusiera su proyecto autobiográfico en librerías. De aquella primera lectura conservo el recuerdo de un pasaje sobre una furtiva incursión nocturna trepando por el balcón hasta la alcoba de dos gemelas adolescente. Imaginé entonces una novela de correrías adolescentes a lo Tom Sawyer o un rosario de aventuras galantes. Después imaginé que, quizá forzando un poco la máquina, podríamos leerlo como una suerte de tributo tijuanense al clásico Un actor se prepara de Stanislavski, pero el parentesco, si lo hay, es lejano. Por fortuna, Luna no cayó en la moralina tentación de escribir un libro de superación en donde un humilde actor, ataviado con la indestructible armadura de sus sueños, sale a conquistar el mundo y a demostrar que la ilusión siempre puede vencer la adversidad. Nada de eso. El mundo de Luna es absurdo, bizarro y por momentos chusco. Lo sui generis comienza desde el nombre de su alter ego: Londres. Al puro estilo de La casa de papel, aunque entiendo que El origen de las cosas se comenzó a escribir antes de que Úrsula Corvero y su pandilla se apoderaran de Netflix. Claro, ante ciertos pasajes queda el gusanito de preguntarle a Luna si todo es real o hay licencias ficcionales. Luna parte plaza con una escena por la que los patricios romanos solían pagar muy bien en el Coliseo: contemplar cómo los leones de un circo devoran a su entrenador. Cualquiera pensaría que una escena tan traumática, contemplada a los diez años de edad, podría ser el origen de un trauma o por lo menos dar lugar al llanto, pero el niño nayarita no puede parar de reír. ¿La razón? El entrenador devorado por las fieras en una tarde de 1983 era bastante guapo y le robaba la atención de la niña de sus sueños, hija de la amiga rica de su madre que los lleva al circo. La “autobiografía” (aún no me queda claro si debo entrecomillar la palabra) se divide en retazos o pasajes mostrencos enmarcados por años salteados. La primera parte transcurre en Tepic y la segunda en Tijuana. A mediados de los ochenta, el alter ego de Luna es un niño que hace caras de conejo frente al espejo, que pasa largas horas delante de sus cuadernos escolares mirando al vacío y que furtivamente “hace lo propio” oculto en un terreno baldío entre su casa y la escuela. Un preadolescente que mira desnuda a la madre tetona de su amigo (una actriz de bajo presupuesto) y que es capaz de interpretar la semántica de un escupitajo, arrojado por el compinche malquerido al que rechazan “por pobre, por menso o por prieto” Londres sueña con ser actor sin saber a ciencia cierta de qué se trata mientras su padre, siempre ausente, sueña con la hija de un pastor cristiano por la que acaba abandonando a la familia. Londres se debate entre huir de casa o entrar a estudiar en una escuela nocturna, proyecto que naufraga cuando en la primera clase golpea brutalmente a su maestro y acaba preso acusado de tentativa de homicidio, hecho que terminará por desencadenar su autoexilio a Tijuana en donde desempeña toda clase de oficios miserables (cortar colas de cachorros es sin duda lo más pintoresco). Arrancando el milenio, el eternamente postergado sueño de ser actor empieza a tomar forma entre los muros de la Casa de Cultura de la Altamira. Sus incursiones como extra dan lugar a escenas tragicómicas (las palomas renuentes a volar en la apoteótica escena final de una película cursi no tienen desperdicio). A esta historia la salva su humor, la capacidad de reírse de uno mismo. He buscado parentescos literarios para definir este tono tan particular, pero acaso lo más similar que he encontrado al estado de ánimo de Juan José Luna, son las letras de las canciones de The Smiths. Esa capacidad de ser trágico sin dejar de reír, de retratar las propias desgracias sin caer en la autocompasión, de mostrarse dando tumbos sin ceder a la tentación del malditismo o el discursito redentor. Ese es Juan José Luna, un Morrisey nayarita caminado por la Cacho, el artista adolescente devenido en guardián gramático, el excéntrico involuntario que acaso en tributo a su humor smithiano debió llamarse Mánchester y no Londres. (DSB)