Eterno Retorno

Tuesday, December 10, 2019

Por supuesto todo esto tuvo un principio. Si mi hipotético biógrafo hace la tarea, encontrará alguna partida de nacimiento en donde conste que nací en Aalborg, Dinamarca, en la Noche de San Juan de 1721. Imposible rastrear petulante heráldica o gloriosa estirpe. En mi hogar solo hubo rudos cargadores portuarios y bodegueros encargados de proveer de pendencieros licores a los hombres de mar. Si desde mi temprana juventud opté por embarcarme como grumete por salarios de hambre, fue por evadir el tedio y las miserias de la casa paterna. Bajo las sombras del puerto de Hamburgo, las furtivas luces rojas inmolaron el lastre de mi castidad. Entre náufragas borracheras proletarias y baratas dosis de lujuria no tan ampliamente recompensada, encontré algo parecido al hedonismo vedado a mi familia en Aalborg. Casi de inmediato debí pagar la venérea factura de mis correrías mientras recorría los puertos del Báltico. El pene me ardía, mis músculos se atrofiaban y los mil demonios del mal vodka me hablaban al oído en las insomnes madrugadas de tormenta.

Tu credibilidad se juega en el tono

¿Quiénes suelen ser los mejores contadores de chistes? Coincidirán conmigo en que no basta con contar la historia más divertida para hacer reír. Dos personas pueden narrar exactamente la misma anécdota, con las mismas palabras e idéntico desenlace y al final del camino quien atrapará nuestra atención será el que le sepa dar un mejor tono, el que sepa administrar las pausas, hacer los cambios de voces, dosificar solemnidad e irreverencia. La narrativa oral, el teatro y el cine suelen llevarnos ventaja a la hora de contagiar un tono e impregnar una atmósfera. Un actor puede recurrir a la mímica o a la entonación de la voz para envolvernos en una trama cómica, densa, vulgar, mística, romántica o de plano cursi. El teatro y el cine pueden recurrir a la música de fondo, al montaje del escenario, a los colores, a la expresión del rostro. Tal vez un cuentacuentos sea capaz de trasmitir el tono que queremos dar, pero entre que son peras o son manzanas, nosotros solo tenemos en nuestro inventario un arsenal de puras palabras. Solo eso. Humildes palabras llevadas al papel. Este taller está pensado para atrapar a un lector solitario y no podemos valernos de una banda sonora tétrica, sensual o jocosa ni de una combinación de colores que nos envuelvan en una atmósfera de terror, euforia o melancolía. Nuestro gran reto, nuestro cabroncísimo reto, está en lograr crear esa atmósfera solo con palabras. ¿De qué humor estamos? ¿Desde qué punto de vista estamos narrando este cuento? No pocas veces, la madre de todas las batallas a la hora de contar una historia yace en el tono que le damos a la misma, el estado de ánimo, la atmósfera. Cuando uno lee “La población estaba cerrada con odio y con piedras” o “La muerte estaba ahí, blanca, en la silla, con su rostro”, sabemos que hemos penetrado a un entorno extremo y sin concesiones, a la inigualable atmósfera José Revueltas y su desgarro ontológico. Místico a nivel jarcorero, siempre tremendista. Pero en cambio, cuando entramos al terreno de Ibargüengoitia nos dan la bienvenida a un mundo donde la tragedia puede ser divinamente absurda. Más que una trama, Ibargüengoitia es un estado de ánimo, una sonrisa socarrona. A Mario Bellatin (al antiguo Mario Bellatin, no al actual) le bastan unos cuantos trazos para sumergirnos en una atmósfera oscura e inquietante. Salón de belleza es la máxima encarnación del minimalismo narrativo que consigue lo más con lo menos. Tu personaje debe ser creíble y eso depende totalmente del tono. Ojo, creíble no es sinónimo de realista. Tu personaje puede ser el non plus ultra de lo fantasioso e inverosímil, pero aún en su imposibilidad debes lograr que tu lector crea en él. Tu personaje debe ser fiel a sí mismo, aún en sus contradicciones. Si es un personaje divinamente contradictorio entonces lo debe ser de tiempo completo y me debes convencer de que se contradice a cada momento.

Monday, December 09, 2019

Hoy Iker agrega un dígito a su edad. Atrás quedan a partir de este día los números solitarios. Hoy nuestro pequeñito acaricia el metro y medio y todo hace indicar que pronto rebasará en altura a su mamá. Antes de su llegada no sabíamos lo bella que puede ser la lluvia de diciembre ni intuíamos que el sentido de la vida entera podía caber en su mirada. Verlo emocionarse, brincar, abstraerse y de pronto bombardearnos con mil preguntas nos lleva a reinventar la razón por la que gira el mundo y lo infinito de sus misterios, siempre cuestionados por su vocecita que pronto empezará también a cambiar. Esta década, la mejor de nuestras vidas, ha sido ráfaga de viento en el mar. Un tiempo cuya rapidez parece habitar en sus piernas cada vez más largas, en sus manos casi adolescentes, en esa expresión donde se intuye ya el rostro de un muchacho. Diez años, 3 mil 652 días. El tiempo tiene prisa. Felicidades Ikercho. Te amamos.

1- Una vez me dio por inventar una organización ficticia llamada Bibiliocleptómanos Anónimos fundada por un tal Luciano que en su juventud fue un compulsivo ladrón de libros. Tras ser detenido por la policía y en una muestra de falso arrepentimiento, decidió emprender la organización que en los hechos es tan solo una chapuza dedicada a bajar recursos de programas culturales. Bibliocleptómanos Anónimos aparece dentro del cuento Península Jano y creo que de buena gana admitiría como miembro distinguido al embajador mexicano en Argentina. 2- ¿Qué puede llevar a Óscar Ricardo Valero Recio Becerra a robarse una biografía de Casanova que vale diez dólares? Digo, si al menos hubiera sido el Kafka de Reiner Stach que te cuesta tus 2 mil pesitos en Acantilado. Como personaje este embajador me parece fascinante por lo absurdo. Un personajazo de cuento, aunque sería mejor una suculenta pieza de periodismo narrativo. El derrumbe de una carrera diplomática por un libro barato. Lo grotesco y lo morboso del asunto es la imagen del hombre formal y distinguido cometiendo la forma más básica y directa del hurto. Tomar algo que no es tuyo y escondértelo. Claro, miles de hombres vestidos con trajes caros que jamás pancharían un libro de diez dólares oculto en el saco, cometen todos los días robos mucho más sofisticados que al parecer no nos ofenden tanto. Vaya, cuánto dinero no se ha robado desde el gobierno en nombre de los libros, declarando precisos infladísimos de ediciones gubernamentales que nunca salen a la calle. Por cierto, Iván Farías incluye un capítulo dedicado a los ladrones de libros en sus Crónicas desde el piso de ventas y alguna vez Vianett Medina me dijo que los libros de Bolaño eran siempre los más robados, tanto, que prefería no llevarlos a la feria de Tijuana. 3- Supongo que Valero Recio es un hombre culto. Alguien que se roba un libro es porque lo aprecia. Al menos creo que sería interesante charlar con él. He visto decenas de escritorios de empresarios o políticos, que ni por casualidad leen, en donde yacen carísimas ediciones envueltas para la eternidad en el plástico original, resignadas a que jamás serán leídas. Ya saben, esos libros conmemorativos de arte editados por bancos, objetos destinados a hacer bulto y adornar oficinas. 4- El Ateneo es una librería para tomarse la foto, un santuario para turistas, no para bibliófilos. Aunque se ve inmensa, está lejos de ser la librería mejor surtida de Buenos Aires. Su acervo no me impresiona ni me suelo sentir cómodo ahí. He tenido hallazgos mucho más interesantes en librerías de Corrientes como Losada o Hernández o hasta en el mismo Parque Rivadavia, aunque mi santuario se llama Eterna Cadencia, que con brutal franqueza se lleva de calle al Ateneo. 5- Creo que al menos un par de veces me han robado libros en presentaciones. No me ofendo y con gusto le pondría una dedicatoria al ladrón. 6- Que todos o muchos de los que estamos inmersos en este mundo libresco lo hemos hecho, sí. Hay quienes desarrollan una auténtica maestría como Bolaño y Papasquiaro o el amante platónico de Cicatriz de Sara Mesa que roba libros carísimos que le regala a la mujer a quien quiere seducir. Por cierto, Iván Farías incluye un capítulo dedicado a los ladrones de libros en sus Crónicas desde el piso de ventas. Si me preguntas si lo volvería a hacer, mi respuesta es no, por la simple y sencilla razón de que hoy dimensiono el heroísmo de los libreros, auténticos salmones a quienes los lectores debemos mucho y a quienes me sentiría muy mal de perjudicar. Justifico que le robes a un Sanborns (y tal vez al Ateneo, que es una librería para turistas), pero no a la librería de tu ciudad que con tan esfuerzo se mantiene en pie.

Sunday, December 08, 2019

Dado que a mi esposa Carolina le gusta mucho la cocina y somos muy dados a curiosear por las mil y un ofertas gastronómicas de nuestra riquísima Baja California, he establecido ciertos involuntarios paralelismos entre cocina y literatura. ¿En qué consiste la buena cocina o la cocina de vanguardia? En saber combinar ingredientes, en apostar por mezclas innovadoras e improbables, en revolucionar un sabor con especias extrañas. La diferencia la marcan tiempos de cocción, añejamiento, frescura. Con los chefs puede pasar lo mismo que con los penales a lo Panenka. Si te sale el experimento o la marcianada el resultado es sublime y eres un genio, pero la falla puede fácilmente derivar en bodrio o mamarracho impresentable. He visto muchos hípsters con complejo de chef preparando platillos incomibles que te venden a precio de oro. En contraparte, a veces el platillo más sencillo puede proveerte la cena más deliciosa. Piensa en un buen taco de aguacate. Así, sencillito, sin nada más que una simple salsa como acompañamiento. Si la tortilla está calientita y el aguacate está en su punto, en el verdor exacto, el platillo puede ser delicioso. Un taquito de frijoles puede hacerte el día cuando está bien preparado. No necesitas piquillos de cangrejo ni paté de erizo o caracoles escargot. La pura tortilla con frijolito o aguacate puede hacerte feliz. Pero eso sí, que la tortilla no esté vieja, que el frijol no esté rancio. Pues bien mis colegas, exactamente lo mismo aplica para la narrativa. Antes de intentar ser un chef, pon todas tus energías en preparar el mejor taco de aguacate posible. Así, sencillito, sin extravagancias. A veces, las narraciones y las cenas más disfrutables pueden ser las más simples. Puedes contar una historia de la forma más básica y conseguir algo muy disfrutable. ¿Quieres experimentar e innovar? Adelante, hazlo, no le tengas miedo a experimentar. Echando a perder se aprende. Solo te pido que tengas la humidad de reconocer cuándo lo has echado a perder. A veces la innovación está en algún detalle. A doña Sabina en la Guerrerense de Ensenada, le bastan sus innovadoras salsas para conseguir tostadas sublimes. Si a ello sumamos lo improbable del erizo o el abulón, pues aquello ya es revolucionario, pero a veces el puro condimento hace la diferencia. Un corte de carne con salsa mexicana molcajeteada acompañado de cerveza tiene una vibra muy distinta a la de ese mismo corte con chimichurri argentino y vino tinto. Es el mismo Rib Eye, pero sus acompañantes hacen la diferencia. Pues bien, lo mismo con la narrativa. Jugar con una expresión coloquial e irreverente introducida de pronto en medio de un párrafo en apariencia solemne, pude cambiar de golpe el sentido de un párrafo. Saber maridar elementos contrastantes en el momento exacto puede hacer la diferencia, lograr introducir un personaje inesperado, absurdo, contradictorio y al mismo tiempo creíble. Hace poco me dieron a probar un maridaje de tequila y chocolate. Uno está acostumbrado a chupar limón con sal, pero ¿chocolate después del caballito? Jamás hubiera imaginado que esos dos elementos podrían llevarse bien y sin embargo me supo de maravilla. Pues bien, atrévete a juntar tequila y chocolate en un cuento.

Thursday, December 05, 2019

Dijo Baudelaire que en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre debe estar consagrado el derecho a contradecirse. Pues bien colegas, yo aquí voy a sonar contradictorio. He dicho más de una vez que lo prioritario es concentrarse en contar una buena historia y en encontrar desde el primer párrafo su centro neurálgico y en abrir al puro estilo de los buenos reporteros, yendo al punto y sin rodeos. Pues bien, aquí viene la mayor contradicción de este taller: no basta con que el texto esté bien redactado y cumpla con la sintaxis. Hace falta que suene bien. Tu texto puede aparentemente no tener fallas estructurales, pero para ser un texto inolvidable a veces hace falta cierta cadencia y esa solo la da la lectura de poesía. Muy a menudo me sucede que he terminado un cuento y a la hora de resisarlo reparo en que no me gusta. No hay errores aparentes y sin embargo no me gusta cómo suena. El mejor ejercicio en esos casos es leerte a ti mismo en voz alta. Tu cuento debe ser respirable. Si a la hora de pronunciar las palabras te atropellas o te tropiezas y simplemente no das con el ritmo adecuado de lectura, es que algo hiciste mal

Sunday, December 01, 2019

- El Crítico es el apodo de un asesino serial creado por Toño Malpica, quien tiene la costumbre de matar a escritores cuyos libros adolecen de graves errores de sintaxis. Junto al cuerpo descuartizado del literato, el Crítico suele dejar como pista un libro de la víctima plagado de marcas y tachaduras rojas. Vista la situación, creo que Patricio Pron debería cuidarse. En cualquier caso, mil y un aspirantes a asesinos seriales ya lo están descuartizando en la red. 2- Nada le gusta más a un escritor que relatar las tragedias de otros escritores, se lee en la contraportada de El libro tachado, un sui generis ensayo de Patricio Pron. Parece ser que el Pato fue profeta de su propia hecatombe. Hoy su tragedia sintáctica es pasto de meme. 3- No suelo hablar de libros que no he leído y como aún no leo (y posiblemente nunca vaya a leer) Mañana tendremos otros nombres, no puedo sumarme a la lapidación desatada a partir de una página fallida. La realidad es que hace mucho que no me tomo el tiempo de leer un libro premiado por Alfaguara. Me gustó El vuelo de la Reina de Tomás Eloy Martínez (aunque Tomás Eloy tiene mucho mejores trabajos) y me gustó El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez. Paren de contar. 4-La mofa sobre la página de Patricio podría (aunque no lo hará) inaugurar una nueva costumbre: la de criticar a un autor descuartizándole cada párrafo con un plumón rojo. Si nos damos a la tarea de jugarle al tallerista puntilloso, sin duda encontraremos decenas de miles de páginas fallidas publicadas en editoriales de prestigio, pero ojalá que quienes arrojan piedras sean capaces de verse la cola. O qué, ¿acaso todos los que están destrozando a Patricio pueden presumir una pulcritud prosística marca Daniel Sada? 5- No sé de qué carajos nos quejamos, si la liga premier literaria está infestada de becerros bañados en chapa de oro que son pura hojalata. Leo la grandilocuente lista (como si hicieran falta nuevas trinches listas) elaborada por 84 expertos de Babelia con los mejores cien libros del Siglo XXI. ¿Y quién carajos creen que está en primerísimo lugar? Pues claro, 2666 de Bolaño. ¿Así, o más cliché? ¿Tenían que ser tan descaradamente estereotípicos? Por herencia queda un no pinches mames. Toda una declaración de principios el colocar como campeón del siglo al rey desnudo por excelencia, la máxima encarnación de un bodrio sobrevalorado. Entre los incluidos hay muchos que no he leído (chingo de gachupines of course) pero otros tantos que sin duda están entre lo mejor que he pepenado en los últimos 20 años: La carretera de Cormac Mc Carthy (mi candidato al mejor) Limónov, La fiesta del Chivo, Sapiens, Los diarios de Emilio Renzi, La posibilidad de una isla, El olvido que seremos, Nada se opone a la noche y Los trabajos del reino.(Pd- ¿De plano no le alcanzó a Auster para colar uno solo?).

Sunday, November 24, 2019

Lluvia, la niña de la tierra, tenía una anatomía compacta, menudita y correosa. Fue siempre la más pequeña en la fila escolar y a los once años aparentaba menos de siete. Al entrar a la pubertad Lluvia era una especie de escuálida duendecita, una presencia casi etérea. Al verla podría atribuírsele una mórbida fragilidad anatómica y era fácil imaginar a un ventarrón cualquiera revolcándola en las alturas, pero los brazos de Lluvia, curtidos por mil y un paleos sobre yermos terrones, eran fuertes como los de un remero o beisbolista. Ruda como mata baldía, Lluvia corría como las liebres y fue por designio de su cuerpo la campeona insuperable de juegos como “la traes” o los quemados. Alcanzarla en una carrera o encontrarla en un escondite fue siempre misión imposible. Veloz, huidiza y correosa, Lluvia se las arreglaba para desparecer entre improbables recovecos. No fue la suya una feminidad de muñequitas y en su adolescencia brillaron por su ausencia los idealizados galanes o los ridículos chambelanes de baile quinceañero. No le interesaban los novios, pero sí los compañeros de correrías subterráneas. Isauro Núñez, un joven integrante de Topos México - la organización rescatista surgida a raíz del terremoto de 1985- se convirtió en su cómplice y mejor amigo, pues también él amaba los túneles y los pozos y tenía herramienta profesional para cavarlos. Juntos lograron construir auténticos refugios subterráneos y pasadizos que habría envidiado el Chapo Guzmán. Les gustaba meterse furtivamente a antiguas construcciones y casas abandonadas en donde intuían poder encontrar desvanes o sótanos. También les daba por explorar clandestinamente las vías subterráneas del metro. Fue al fondo de un viejo pozo de agua en el jardín de una casona abandonada en la calle Aramberri, donde Lluvia e Isauro dieron con una bóveda subterránea. Aunque al principio aquello parecía una madriguera de tuza, bastó con cavar un poco para dar con un espacio en donde una persona de la estatura de Lluvia casi cabía de pie. Lo que jamás imaginó, fue un pasadizo horizontal que se extendía por más de dos kilómetros. En su periplo, encontraron al menos ocho cráneos –tres de ellos de infantes- y fragmentos de osamentas desperdigadas. También joyería sacra, dos floretes y un gabán. La leyenda del Obispado era real. Cuando Lluvia llegó a la edad adulta, sin que su estatura y complexión se modificaran un ápice, Monterrey había entrado en la era segregación vertical. El zar del cemento, Livio Valenciano, había construido una urbe aérea en la zona oriente de San Pedro y ahora amenazaba con replicarlo en otras áreas de la ciudad. En sociedad de por sí clasista, la gran pirámide social se dividía, ahora sí en el sentido más literal, en arriba y abajo. Los que vivían a ras de suelo eran los marginados mientras en las alturas existía otra urbe inalcanzable e inaccesible para el común de los ciudadanos.

Si el horóscopo o las galletas chinas espetaran al chile y sin tapujos la negritud del futuro inmediato, habrían tenido a bien advertirme que una fatal alienación de astros o una suma de aleatoriedades hostiles acabarían de derrumbar los despojos de mi vida en tan solo una semana. Primero me dejó mi novia, o más bien dicho acabó de largarse sin que yo alcanzara hablarle de la enfermedad mortal que están a punto de diagnosticarme y cuyos inconfundibles síntomas me carcomen. Horas más tarde certifiqué oficialmente la defunción de nuestra revista científica tras una larga vida de dos ejemplares impresos y apenas ayer se presentó un abogado con facha de guarro para decirme que debo abandonar mi departamento en las próximas doce horas o atenerme a las consecuencias. Para mi buena fortuna anoche encontré en la cantina al tiburonero y ahora tengo un lugar a donde ir, ubicado a unas 215 millas náuticas de este puerto. Fuera de esos predecibles detalles todo marcha más o menos como siempre. Claro, siendo brutalmente honesto debo admitir que todas las cosas acaecidas en la última semana eran absolutamente predecibles y pronosticables. La nota en todo caso es que ocurrieran en fila, sin tiempo para acabar de digerirlas.

Wednesday, November 20, 2019

La verdad es que el 20 de noviembre no pasó nada, o al menos nada relativo a democracia, justicia social, reparto agrario y de más ensoñaciones y mantras de nuestra patriotera mitología. El 20 de noviembre fue la fecha marcada en el Plan de San Luis (tan potosino que se firmó en San Antonio, Texas) en la que según Madero (o los espíritus que lo iluminaban a través de la Ouija) el pueblo se levantaría en armas contra la dictadura. Ese día el chaparrito cruzó la frontera por Ciudad Porfirio Díaz (actual Piedras Negras) pero no encontró multitudes alzadas con rifle y cananas, sino cuatro pobres diablos que fue lo reclutado por su tío Catarino Benavides. Hubo alguna escaramuza en San Andrés, Chihuahua, en donde participó la tropa encabezada por Pascual Orozco y Villa, pero no mucho más. Don Porfi durmió tranquilo esa noche. Pero da la casualidad que ese mismito día, mientras Madero regresaba decepcionado a EU, sucedió algo mucho más trascendente en la estación ferroviaria de Astápovo, en las cercanías de Yásnaia Poliana. El viejo León Tolstói, de 82 años, quien iniciaba un peregrinaje aferrado a huir de su linaje aristocrático para poder morir como un humilde mujik, cayó fulminado por una neumonía. Hay quien dice que murió en la casita del guardagujas, pero otras versiones aseguran que expiró sobre una banca del andén. Hay una falsa leyenda en la cual se afirma que los hermanos Lumiere filmaron por accidente su muerte. Cubierto por un burdo chaquetón de cosaco y con la barba enmarañada, la gente creyó que se trataba de un pordiosero sin techo, hasta que su viuda, Sofía, acudió a reconocer el cuerpo. Al final de sus días, Tolstói vio en la literatura una maldición y la convirtió en el más obsesivo objeto de su odio. Y entonces renunció a escribir, porque dijo que la escritura era la máxima responsable de su derrota moral. “Había renunciado para siempre a la escritura y, con el extraño gesto de su huida, anunciaba la conciencia moderna de que toda literatura es la negación de sí misma”, escribe Enrique Vila-Matas. Ya que hablamos del 20 de noviembre, es pertinente recordar que ese mismo día, pero en 1914, vino al mundo en Durango el más radical y extremo cuentista que ha parido este país. Cuando alguien es capaz de crear frases como “La población estaba cerrada con odio y con piedras” o “La muerte estaba ahí, blanca en la silla, con su rostro” yo no puedo menos que tomar un caballito de mezcal a su salud. Tras leer a Revueltas, mis insomnes obsesiones adoptaron la imagen de una parca poseyendo lentamente el cuerpecito de una niña que arde en fiebre dentro de un jacal a punto de inundarse. En su obra el hombre es brizna de polvo, vela en la tormenta del caos universal. ¿Viva la Revolución? Ni madres. ¡Vivan Tolstói y Revueltas! Si quieren que sea brutalmente honesto, tengo mucho más que agradecerle a ese glorioso par de barbones.

Los romances y desencuentros de una ciudad con su río son infinitos. Cada urbe tiene una relación muy particular con el cauce que la atraviesa. Amores, odios, sanas y distantes convivencias o descaradas hostilidades suelen marcar la pauta. Hay ríos pintorescos y utilitarios; ríos proveedores y ríos monserga; ríos de postal y ríos invisibles; ríos aliados y ríos enemigos. El nuestro es un Río Purgatorio o acaso deba llamarlo Río Mátrix. Río Universo Paralelo o Río Fuera del Tiempo. Río Cementerio. La hidrografía nacional no se rompió la cabeza y lo llamó como la ciudad: Río Tijuana. Así de simple. Si ese nombre surge de la mítica Tía Juana o del vocablo kumiai Ticuán es algo que nunca sabremos y daría pie a caer en un estéril debate etimológico. Río Tijuana se llama y aunque de piedra es su lecho, sobran testimonios sobre eneros apocalípticos en los que se acuerda de llevar agua. Durante casi dos décadas trabajé mirando el lecho cementado. La sala de juntas de la redacción del periódico El Bordo tiene un gran ventanal que mira al Río Tijuana, ya en las cercanías del arroyo Alamar. Ahí jugábamos a resolver el mundo cada mañana. En esa sala se planeaba y se estructuraba nuestra edición de cada día, nuestras coberturas y futuros reportajes. Discutíamos rudo y no pocas veces peleábamos, siempre con la sensación de que no había tiempo que perder. Cuando inmersos en el estrés nos asomábamos a la ventana o salíamos a la terraza a fumar, cruzábamos nuestra mirada con los habitantes del río que emergían silenciosos en el borde. Estábamos a unos pocos metros de distancia y sin embargo vivíamos en dimensiones distantes. Nosotros creíamos marcar el pulso de la ciudad con nuestras portadas reveladoras, pero frente a nosotros existía un limbo urbano en donde regía otro reloj y otras leyes. Nosotros trabajábamos al ritmo de la política, la economía y la seguridad pública, pero en el río los ocasos y amaneceres se rigen por las manecillas del hambre y los opiáceos. Son las manecillas de la supervivencia en un mundo anterior al mundo, o en el valle del caos y el derrumbe que nos quedará por herencia cuando nos descubramos cual reyes desnudos. Así me descubrí cuando periódico El Bordo se declaró en bancarrota y sacó a la calle el último ejemplar de su historia, luego de entregarle más de 20 años de mi vida. Entonces tuve plena certidumbre del desbarrancadero. Ese día, después de recoger las pocas cosas de mi escritorio, me fui a caminar por el río. Ahí estaban ellos. Crucé miradas con un hombre que era pura pústula y herrumbre. Al verme en sus ojos, reparé en lo delgadísima que es la capa que me separa de su destino. ¿Qué tan duro es el blindaje de nuestro castillito de certidumbres? ¿Cuánto falta para que se rompa la delgada capa de hielo sobre la que patinamos? Toda vida es frágil y a menudo hace falta muy poco para derrumbarla. El umbral que nos separa de un destino que creemos inverosímil es apenas una puerta de vapor La Mátrix somos nosotros mientras aceleramos a fondo por la Vía Rápida en nuestra desenfrenada carrera a ninguna parte. El río está ahí para recordarnos la llaga mórbida que no cicatriza, la macabra otredad de nuestro rostro, la catarata inacabable, terca y pestilente de nuestra mierda.

Estamos sentados afuera del café la Brasilera, en la Rúa Garret, en el barrio del Chiado en Lisboa al atardecer del miércoles 11 de julio de 2018. Son casi las 21:00 pero aún no anochece y a nuestro alrededor fluye esa vibra de euforia y hedonismo estival. En pocos metros a la redonda se improvisan al menos tres espectáculos callejeros con estatuas vivientes, bailarines, malabaristas y cantantes diversos. La cacofonía, obvia decir, es inevitable. Arde la calle diría la canción, la cerveza y la sangría se calientan pronto y se palpa y huele el agridulce olor del sudor que humedece los cuerpos de quienes caminan rúa arriba por las escarpadas callejuelas del Chiado. ¿Cómo hacías con tus omnipresentes trajes Fernando? ¿Sudabas mucho tus sacos negros o te los quitabas para caminar? ¿Subías a pie por estas calles con apariencia de colina o preferías tomar el tranvía? Los cientos de turistas británicos que nos rodean son felices con sus shorts y sus chanclas, pero tú, Fernando, siempre vas de traje y ese moñito apretando tu cuello no parece ser el mejor amigo del verano portugués. Alguien se dio el lujo de tomar una foto de Kafka en traje de baño (y mira que en Praga y sus alrededores no suele hacer calor), pero de ti, hasta donde entiendo, no hay ninguna imagen que te muestre ligeramente informal.

Nuestra frontera norte mide más de 3 mil kilómetros pero dentro de su yerma vastedad, ningún punto acapara tantas fotografías como la esquina de México. La imagen de una barda fronteriza internándose en el mar acabó por transformarse en una referencia planetaria cuando se quiere hablar de este esta caótica llaga de la geopolítica mundial. El muro tiene lepra. Es un cuerpo carcomido por la terquedad del salitre y la rabia de las olas que parece desgajarse cada día. Una estructura cacariza y chatarrera erosionada a paso veloz. A falta de monumentos emblemáticos y bellezas naturales esta es nuestra postal tijuanense por excelencia, el punto de la ciudad en donde se toman más selfies por minuto. Todo turista suele venir a retratarse aquí y tampoco faltan reporteros y documentalistas extranjeros haciendo tomas. Donald Trump sin duda es responsable del incremento de periodistas rondando por esta zona. Cada que hay un reportaje sobre sobre el muro, sobre las caravanas migrantes o sobre los exabruptos del hombre naranja esta es la imagen que aparece a cuadro. En este lugar se manifiesta con desparpajo el absurdo y las contradicciones de una época mientras las gaviotas y los delfines van y vienen de un lado a otro de la frontera.