aunque no se vea la mano sino el olvido
Miren colegas, en cuestión de ferias, tertulias y aquelarres librescos yo, al puro estilo de José José, he rodado de acá para allá, pero les juro que nunca había ido a un festival que fuera exclusivamente de futbol y creación artística, es decir futbol y literatura, futbol y fotografía, futbol y teatro, futbol y cine. Una idea muy chingona. Un señor golazo de cabeza. Fue un gustazo charlar ayer con mi colega limeño-sevillano-nikkei, Fernando Iwasaki y con Tlatoani Carrera. Ojalá el festival permanezca y se organice cada año. Mi gratitud con Juan Villoro y Celso Garza, que fungieron como directores de orquesta. Gracias al alcalde Andrés Mijes y a su equipo por ser tan buenos anfitriones y al Escobedo FC que estuvieron al pie del cañón. A Iwasaki le robo el concepto nietzschiano de que hay equipos apolíneos y dionisiacos. Tigres es dionisiaco, Monterrey apolíneo; Betis es dionisiaco, Sevilla apolíneo; Boca es dionisiaco, River apolíneo y así nos la podemos llevar. En fin, el futbol siempre es muchísimo más que futbol. Chingona experiencia colegas. Ustedes rifan. ¡Arriba Escobedo!
Viene a mi tierra natal porque me
dijeron que acá en Escobedo se
celebraría un impío maridaje entre literatura, teatro, cine, artes plásticas,
fotografía y futbol. Con la dirección de
orquesta del gran Juan Villoro y con la presencia de personajes como Andoni
Zubizarreta (el histórico arquero de España en México 86); Félix Fernández (a
quien estando yo atrás de su potería vi coronarse con Atlante en 1993); Eduardo
Sacheri (el hincha del Rojo de Avellaneda que creó El secreto de sus ojos);
Roberto Gómez Junco, el comentarista futbolero más culto de este país y muchísimos personajes más. Gracias a mi
colega Celso Garza y al Ayuntamiento de Escobedo por invitarme. Mañana a las seis de la tarde me toca
compartir la mesa con mi colega peruano Fernando Iwasaki. Allá los espero en el
Teatro Fidel Velásquez. Hoy rueda el balón y se derrama tinta en Escobedo.
Ahora
que los Therians están viviendo sus quince minutos de trend topic, es un momento oportuno para leer El cazador celeste,
del gran Roberto Calasso, un ensayo que con absoluta erudición diserta sobre el
eterno anhelo humano de mimetizarse o transformarse en animal.
He
pensado en iniciar una serie de posts dedicados a los colegas que debieron
ganar el Nobel de Literatura. Me refiero a unos cuantos güeyes realmente
geniales que marcaron un antes y después en mi camino de vida como lector. El
primero de ellos es Roberto Calasso, cuya vida entera parece ser una salvaje declaración
de amor a la sabiduría, la erudición absoluta como una forma de vida cotidiana.
Además de su descomunal labor como editor, Calasso fue un agudo ensayista que
trazó los hilos conductores que unen a los grandes mitos de la antigüedad con
el ser “absolutamente moderno”. Nadie como él extrae el néctar puro de las
grandes mitologías para explicar y diseccionar el espíritu de la época actual.
Yo empecé a leerlo con La locura que viene de las ninfas, me seguí con Las bodas de Cadmo y Harmonía y
de ahí pal real.
Hoy
les hablo de El cazador celeste, porque me parece un ensayo que permite
dimensionar los orígenes del actual trenecito del mame de los Therians. Con
brutal franqueza colegas, yo no sé por qué carajos hay gente que se rasga las
vestiduras condenando o ridiculizando a unos morros a los que les da por jugar
a ser bestezuelas. Porque genera reacciones tan viscerales el simple afán de
jugar a ser perros o gatos. El deseo humano de metamorfosear en animal es
anterior a la escritura y al lenguaje mismo. Prácticas chamánicas y ceremonias
guerreras en todas las latitudes tienen que ver con adquirir la fuerza o la
astucia de determinado animal. Los Sapiens envidiamos los dones de no pocas
bestias. ¿Qué es un Caballero Jaguar o un Caballero Águila? ¿Qué es un guerrero
yaqui que se coloca la piel y los cuernos de venado para danzar? ¿Qué es un
Berserker que se coloca una cabeza de lobo o de oso para combatir? Todos ellos
quieren fundirse en la esencia del animal en cuya piel se envuelven. Pero mejor transcribo textualmente al gran
Calasso: “Un día que, en verdad, abarcó
miles de años, Homo hizo algo que nadie había inventado nunca: empezó a imitar
a los otros animales, a sus depredadores. Fue así como se volvió cazador. Los
animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que
fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe,
demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres;
podían ser también la forma transitoria de otra cosa. Todo sucedía en el
interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el
reino de la metamorfosis”. En fin colega: si a ti te da por sentirte perro,
gato o zorro, Roberto Calasso tiene algo que decirte.
Sabía que las tentaciones serían irresistibles, que al viajar a un sitio plagado de extraordinarias librerías corría el riesgo de acabar como un Pípila, cargando una tonelada de papel y tinta por los aeropuertos. En mi mochila no sobraba un resquicio y hasta un llavero me hacía bulto. Hice lo posible por contenerme, pero la carne es débil. En cualquier caso la masacre pudo ser mucho peor. Este es mi humilde botín de viaje. La joya de la pepena es la biografía de Pessoa de Richard Zenith con sus más de mil 500 páginas que pesan como ladrillo. La reliquia es Gracias y desgracias del ojo del culo del gran Francisco de Quevedo, en un plaquette de 1901 que pude pepenar en la antiquísima librería San Ginés. Encontré un par de novelukas a las que desde hacía un buen rato les traía hartas ganas: El desierto de los tártaros de Dino Buzzati y Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, joya de joyas de la literatura balcánica. Unas cuantas apuestas de autores que nunca he leído como Juan Malpartida, Geminelo Alvi o Mario Satz y un par de clásicos inspirados por el entorno, como el Romancero gitano de García Lorca y los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving. Ahora a ver dónde compro un poco de tiempo y sosiego para leerlos todos. Con Pessoa tengo para entretenerme. Ya les platicaré.
Y volver, volver, volver, a mi TJ otra vez. Tuvimos una cita con nuestra ciudad en pleno Mardi Gras. Un arcoíris muy coqueto le dio la bienvenida al día y como el cuerpo exigía a gritos una elevada dosis de ceviche bajacaliforniano, tuvimos que complacerlo y de paso estrenamos el viaducto elevado que se inauguró en nuestra ausencia.
Entre estas dos fotografías se
interpone un cuarto de siglo. Podría parecer que ha transcurrido una eternidad,
pero a mí me sigue dando por sentir que es un soplo la vida. En 2001 aún se
utilizaban pesetas en España y se fumaba a placer en los bares. El osito, el
madroño y el letrero de Tío Pepe al fondo siguen idénticos a sí mismos. Tal vez
los han cagado un millón de palomas y han celebrado 25 cuentas regresivas de
año nuevo cantando la rolita de Mecano, pero esencialmente la Puerta del Sol
conserva su facha. Carol y yo estábamos en nuestros veintes y sumábamos dos
años de casados. Aquel era nuestro segundo mochilazo europeo en pareja y aún
faltaban ocho años para que Ikercho llegara a nuestras vidas. Un cuarto de
siglo ha transcurrido y les juro que la flama pataperrera sigue ardiendo en
nuestros corazones, pues nos seguimos emocionando con la misma intensidad al
subirnos a un avión o a un tren, al caminar por primera vez una ciudad, al
abrir la puerta de un nuevo cuarto de hotel y perdernos en alguna calle
improbable en más de una veintena de países diferentes. El 14 de febrero Carol
y yo celebramos 27 años juntos y solo puedo decir que nuestra vida en común es
y ha sido la aventura más fascinante. Si estoy a su lado, a mí el corazón me
late igual de fuerte, sea en Ensenada o en Tokio. Y lo más cabrón es que cuando
aún no concluye un viaje, ya estamos emocionados planeando el siguiente.