El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo: 40 años sin Borges
El 14 de junio de 1986, minutos
antes de la s ocho de la mañana, Jorge Luis Borges falleció en Ginebra. Había
entrado en coma el día anterior. Las únicas personas que estuvieron a su lado
fueron María Kodama y el escritor Héctor Bianciotti, que viajó de urgencia
desde París. Semanas Borges antes había estado internado en el Hospital
Universitario Cantonal de Ginebra por un enfisema pulmonar. Tras recibir el
alta, se hospedó temporalmente en el Hotel L'Arbalète, pero al momento de morir
estaba en un departamento rentado en el casco viejo de Ginebra en la calle Gran
Rue 28.
Los últimos meses de Borges siguen
siendo un gran misterio. Para muchos de sus amigos, empezando por Bioy Casares,
resultó sorpresivo y extraño que Borges
y María Kodama decidieran repentinamente irse a Europa a finales de 1985 sin
avisarle a nadie, máxime tomando en cuenta la deteriorada salud de Georgie y su
deseo, muchas veces expresado, de morir y ser enterrado en Buenos Aires. Extraño resultó que se fuera sin despedirse.
El 27 de noviembre vio por última vez a su amigo Bioy en una exposición de sus
primeras ediciones. Roberto Alifano me contó que esa mañana todavía trabajó con
él como era su costumbre, dictándole poemas y haciendo correcciones en el departamento
de la calle Maipú. También desayunó con su hermana Norah. A ninguno de los dos
les dijo que horas más tarde volaría a Europa para no volver jamás. ¿Por qué?
Los meses pasaron y mucho más
extraño resultó a sus amigos enterarse por rumores, que Borges y María Kodama
se habían casado el 26 de abril. De acuerdo con la biografía escrita por Lucas
Adur, fue el abogado Osvaldo Vidaurre quien se encargó de gestionar una extraña
licencia matrimonial en Paraguay, pues Borges no estaba oficialmente divorciado
de su primera esposa, Elsa Astete Millán. Más sospechoso aún fue que esa misma semana,
el mismo Vidaurre, con un supuesto poder firmado por Borges, iniciara las
gestiones para vender su departamento en la calle Maipú y trasladar su biblioteca
a Ginebra. También estaba gestionando un permiso de residencia permanente en
Suiza.
La cofradía anti Kodama es numerosa
y radical. Roberto Alifano me dijo que aquel matrimonio no fue legalmente
válido y que Borges estaba ya demasiado enfermo como para tener plena
conciencia. Él piensa que Kodama arregló todo a sus espaldas. Sin embargo, Lucas
Adur anota que después de la austera y disimulada boda, Borges afirmó: “Ahora
sé que existe el paraíso porque me casé con María”. A sus casi 50 años, Kodama era
dueña de una elegante y enigmática belleza. Entiendo que Borges se haya
enamorado de ella, pero como albacea literaria fue una inflexible tirana. De
hecho, la inflexible tiranía de Kodama tuvo efectos en mi humilde camino de
vida escritural. En 2018 yo gané un premio en Argentina llamado Fundación El
Libro. Mi amigo Oche Califa me dijo que la idea original era llamar a ese
galardón Premio Jorge Luis Borges, pero Kodama, por supuesto, no lo autorizó. Habría
sido hermoso tener en mi hoja de vida un premio con el nombre del escritor que
más admiro. Horas después de que el mundo conociera la noticia de la muerte de
Jorge Luis Borges, la selección de Argentina estaba sentada en las gradas del Estadio
Azteca viendo el partido Paraguay vs Inglaterra de donde saldría su próximo rival.
Lineker despedazó a los guaraníes y ese día la albiceleste se enteró que le
esperaba la guerra de las Malvinas en Santa Úrsula. La Pérfida Albión estaba
lista. No creo que nadie en la concentración argentina haya tenido tiempo para
pensar en la muerte de Borges. Asumo que el único que lo habría leído era Jorge
Valdano. Cuando a Maradona le preguntaron qué pensaba de Borges, preguntó que
en qué equipo jugaba.
Cuando murió Borges yo tenía doce
años de edad y solo había leído un cuento suyo: Los dos reyes y los dos laberintos.
Mi imagen infantil de Borges era la del escritor ciego al que le emocionan los
laberintos. Tres años después leí El Aleph y desde entonces no dejé de leerlo y
ya me hice a la idea de que lo leeré hasta el último día de mi vida.
Esta mañana, mientras veo a
Curazao plantarle digna batalla al Panzer germano, leo al azar poemas de Los
conjurados, su última obra.
Todos los ayeres un sueño: El
pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente.







