Mi gallo para el Nobel se llama Horacio Castellanos Moya
El
verdadero “clásico de otoño” es que todos empiezan con sus gallos y sus
quinielas para el Nobel de Literatura. Pues bien colegas, este es el mío. Por
supuesto, Horacio Castellanos Moya nunca aparecerá ni remotamente considerado
en las quinielas de Estocolmo, pero sí puedo decirles que este salvadoreño es
de los poquísimos narradores contemporáneos de los que he leído absolutamente
tooodo (al menos todo lo que se ha publicado en forma de libro, impreso o en
Kindle) y nunca, lo que se dice nunca, me ha defraudado. Sin recomendación de por
medio empecé en 2001 con El arma en el hombre y de ahí pal real. Mi primera impresión
fue que Castellanos Moya era el más crudo exponente de la ultraviolencia latinoamericana,
pero pronto descubrí que su narrativa explora profundidades ontológicas mayores. La saga de la familia
Aragón es un portento y no es fácil mantener la coherencia y el equilibrio en
la historia de un árbol genealógico de tres generaciones que se ha ido publicando
en riguroso desorden cronológico. Creo que si quieres entender y dimensionar la
herida eternamente abierta y sangrante que significa ser centroamericano,
tienes que fundirte en los relatos de los Aragón. Aunque tiene extraordinarios personajes
femeninos (la abuela hondureña de Erasmo, la reportera Rita Mena o la pija de
La Diabla en el espejo), creo que la mayor fortaleza de Horacio son los
diálogos internos de hombres solos de mediana edad. Tipos que dentro de su
perpetua paranoia y su lacerante ansiedad, están siempre poseídos por sus
pulsiones sexuales y alcohólicas.
Es
obvio que el escritor austriaco Thomas Bernhard es una influencia fundamental
en la narrativa de Castellanos y por lo que puedo leer, el homenaje del
centroamericano a su padrino literario no se ha limitado a su novela-
tributo El asco. Thomas Bernhard en San Salvador.
El ritmo Bernhard, marcado por repeticiones compulsivas de frases y
monólogos obsesivos y paranoides, es el sello de su prosa.
Durante el verano leí de un jalón las dos
novelas que me faltaban, La diáspora y Cornamenta, la primera y la última,
separadas por casi 40 añ0s. Cornamenta podría ser una precuela de La sirvienta
y el luchador, una secuela de Tirana memoria y un lado B del Desmoronamiento.
Ahora le toca ser personaje principal a Clemen Aragón, que aparecía como secundario
en las novelas arriba mencionadas. Vaya manera de retratar la psicología de un
líder del Alcohólicos Anónimos. De verdad Clemen es un personajazo, de los
mejores que ha construido. Además, según he leído, es la real la historia de
que en los años setenta, generales golpistas y gobiernistas de San Salvador coincidían
en las reuniones de AA. Alguna vez me tocó ir a una presentación suya en la FIL
Guadalajara y como suele suceder con la mayoría de los escritores, en persona
me pareció parco y aburrido, pero sus libros, que es lo verdaderamente
importante, son Jarcor en estado puro.







