se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio
A lo
largo de la vida he sido siempre un lector insomne. De una forma u otra me he
acostumbrado a despertar siempre de madrugada y a tener una suerte de medio
tiempo de lectura en la cama a las tres de la mañana. A veces el sueño regresa
pronto y la lectura se limita a diez o quince minutos antes de volver a
dormirme, pero otras la lectura se prolonga ininterrumpida hasta el amanecer.
Para este tipo de viaje insomne, el compañero ideal es el Kindle, pues se
ilumina a sí mismo y no hace falta encender la lámpara del buró, lo cual podría
alterar el sueño de Carolina. Así las cosas, leo en la total oscuridad. En el
insomnio de anoche, concluí la lectura de una descomunal novela: Claus y Lucas
de la húngara Agota Kristoff. De verdad colegas, es un librazo. En realidad Claus
y Lucas es una trilogía integrada por las novelas El gran cuaderno, La
prueba y La tercera mentira.
Esta
es de las más crudas novelas que he leído narradas desde la óptica infantil, al
menos la primera de la trilogía, donde Claus y Lucas son dos hermanitos
pequeños dejados por su madre al cuidado de una abuela monstruosa en medio de
la guerra mundial (acaso un antecedente podría ser Arrancad las semillas,
fusilad a los niños del japonés Kenzaburo Oé). Se narran cosas terribles y
desgarradoras desde una óptica de
aparente inocencia o indiferencia. La historia transcurre en un pueblo
fronterizo dentro de un país que nunca se nombra, pero que asumo es Hungría,
primero bajo el fuego nazi y después bajo la ocupación soviética, aunque los
ejércitos y banderas políticas nunca son nombrados. Las dos primeras novelas
parecen alineadas entre sí, mientras que la tercera intenta distorsionarlo todo
y hacerte dudar si todo fue una mentira (no spoilers, please). A mi juicio
puedes prescindir de la última parte, pero las dos primeras son un chingazo al
alma. Simplemente demoledoras. Y bueno colegas, en estas insomnes lecturas me
siento cada vez más hermanado con Alonso Quijano cuando dice Cervantes que “se
enfrascó tanto en la lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en
claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer,
se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”. Y lo peor es que
tenía más o menos mi edad don Alonso.



