Eterno Retorno

Tuesday, October 15, 2019

Sacar canciones de las piedras

Lo conocí (obvia decir) en Lunas de Octubre. Acaso no podía ser de otra forma. Enrique Servín fue el gran compañero de la luna, el símbolo del otoñal festival de la Finisterra bajacaliforniana. Debe ser el reflejo de la luz lunar en la quietud del Mar de Cortés, la caricia del viento de madrugada en el Malecón o acaso el libre albedrío de la palabra liberada y compartida entre secuaces, pero el festival Lunas de Octubre en La Paz destella un embrujo particular, una atmósfera única que no se vive en otros encuentro literarios. Edmundo Lizardi es el padre del festival y Enrique Servín su corazón irrigador. Enrique fue un hijo de la sierra chihuahuense que se dejó adoptar por la parte austral de la Península. Fue ahí donde conocí a ese norteño de trato franco y campechano que iba por la vida derrochando erudición como si tal cosa, con una sencillez absolutamente atípica en el gran pantano literario nacional, hablando de lingüística como si contara chistes de cantina. Creo que nunca conocí a alguien cuya estatura intelectual contrastara en tal nivel con la humildad de su trato. Vaya, he conocido no pocas personas que con la décima parte de los conocimientos de Enrique andan por la vida como pavorreales de coctel. Nadie como él dimensionó la palabra como la semilla fundamental de donde todo brota y nos hizo ver que no es solamente fonema o aleatoriedad sónica sino un espejo emocional, el alma de una cultura. No solo era un políglota, sino un explorador de profundidades y cavidades de los idiomas, un revelador de secretos, alguien que dedicó su vida a desentrañar raíces ocultas y significados. Servín no era un acumulador de conocimientos, sino alguien que nos sumergía en el alma de una cultura. Si Miguel León Portilla nos sumergió en la ontología náhuatl, Servín fue el gran buscador de tesoros de la lengua tarahumar. Los idiomas no son sistemas paralelos de signos que “reflejen” el mundo; un término nunca es neutral, siempre está imantado de connotaciones de todo tipo, afirmaba. Leo en una entrevista expresiones de Servín que parecen horadar en una herida abierta. “Me obsesionan el desmoronamiento de tantas cosas hermosas que estamos haciendo desaparecer; la terrible desigualdad a la que estamos condenados en un país como México; el racismo; el cáncer de nuestra cultura política. En un sentido contrario, me fascinan los idiomas, las diferencias culturales, ciertas formas de música, algunas formas del amor y, por supuesto, muchas formas de la comida”, expresó Servín. Ese desmoronamiento acabó por incinerar la vida de Enrique en el hoyo negro del México actual, donde la vida humana vale tan poco, donde el golpe artero de un criminal puede romper una cabeza donde habitaba un universo tan complejo y fascinante, una red neuronal en donde el canto rarámuri metamorfoseaba en saga islandesa o poema tibetano. Lo vi por última vez la mañana de un domingo en la alberca del hotel Araiza en La Paz, donde yo nadaba con mi esposa Carol y hijo Iker. Enrique se acercó a platicar con nosotros. Hablamos de comida, de Balandra, de las ferias por venir. La vida está llena de últimas veces. Nos quedamos con sus prófugas palabras que navegan a la deriva en Mar del Cortés bajo la luz de la luna de octubre. Y la emergencia será enamorarte otra vez de alguien levantar árboles de la nada sacar canciones de las piedras ser fuego feroz, quemándote tú mismo en el intento.

Thursday, October 10, 2019

Ninguna estación nos habla tanto al oído como el otoño 🍂; ninguna tan cargada de simbología y dejá vu. Es la estación del Eterno Retorno, del vaivén de los ciclos, la estación de los fantasmas y los presagios. El viento, la luz, las nubes, el mar, todo parece querer decirte algo y todo es inconfundible. Sientes el aire en tu cara y la esencia otoñal se regodea en su omnipresencia. Esta sensación no te acompaña en ninguna otra época del año. Todo parece traer consigo un acertijo o un mensaje oculto. Tal vez no es tan elegantemente rojo y amarillo como el de Nueva Inglaterra, pero les juro que el otoño de Baja California tiene personalidad. La primera vez que puse un pie en esta tierra era octubre y en estas fechas Carol y yo solíamos estar a la víspera de viajes, haciendo preparativos. En días como éste brotaban noticias y cambios de rumbo mientras la niebla es retada a duelo por el viento de Santa Ana y las duermevelas yacen pobladas por furtivas historias que se vuelven arena mojada al llegar el alba e intentar atraparlas en la jaula de un párrafo. No, el otoño no se deja agarrar. Pd- Ahora muchas de las fotos las tomó Carol.

Además de vientos de brujas y hojas secas, el otoño suele traer consigo nombres desconocidos e impronunciables (tan ricos en consonantes) arrojados a la palestra por esa suerte de canonización que es el Nobel de literatura. En cualquier caso, este buen pretexto para editar o reeditar autores que jamás habrían circulado en México de no ser por el punch mediático del premiecito, ha traído algunas gratas sorpresas a mi biblioteca. No, a muchos de los ganadores del Nobel yo no los hacía en el mundo y acaso la mitad me han pasado de noche. Con las obvias excepciones de Gabo, don Octa y Marito (lo siento, soy un latinoamericanista confeso) y de Saramago, de quien en alguna época fui ultra, a la mayoría de los Nobel del Siglo XXI los empecé a leer después del premio. Acaso las más gratas sorpresas hayan sido Pamuk y Coetzee, que me engancharon a la primera y de quienes a partir del premio empecé a pepenar todo lo habido y por haber. Gratas sorpresas fueron también una extraordinaria cuentista como Alice Munro o una periodista con la sensibilidad de Sveltana Alexiévich. Aunque no soy un buen lector de poesía le agarré gusto a Wislawa Szymborska y me interesó Harold Pinter por el hecho de haber sido traducido por Federico Campbell. A Modiano y a Ishiguro, ambos tan nostalgiosos, los conocía de antes, pero no han estado nunca entre los que me vuelan la cabeza, mientras que otros como Jelinek y Le Clezio de plano me aburrieron y mucho. No, no he leído nunca a Olga Tokarczuk pero en unas cuantas semanas nos van a llover nuevas ediciones así que le meteré diente. De Handke solo conocía El miedo del portero ante el penalti. Ya los veo en Alfaguara y en Alianza reeditando todo en chinga para tenerlo listo para Guadalajara. Claro, el corito de los biempensantes ya está rasgándose las vestiduras por su apología de Milosevic. Para mí, lejos de ser una mancha es un aliciente. Y no, no porque me caiga bien Milo ni mucho menos, sino porque tiendo a respetar a quienes se atreven a estar del lado incorrecto de la historia.

El Samurái de la Gráflex

Hace unos minutos recibí la fotografía de mi nuevo libro, El Samurái de la Graflex, recién salido de la imprenta. Si todo marcha conforme a lo acordado, lo estaremos presentando el próximo 20 de octubre en Monterrey. Siempre son emocionalmente intensos los días previos a la salida de un nuevo libro. Este es el número trece de mi carrera, pero les juro que los nervios y la expectativa son iguales al primero. Editado por el Fondo de Cultura Económica, El Samurái de la Gráflex narra la historia de Kingo Nonaka, el inmigrante japonés al que los azares de la tormenta revolucionaria llevaron a convertirse en jefe de enfermeros de Pancho Villa y padrino de la fotografía en la naciente ciudad de Tijuana. Una vida extraordinaria, llena de aventuras, sobresaltos e improbabilidades. Las historias suelen ser caprichosas. A veces se insinúan y nos rondan de cerca por años; nos guiñan un ojo, nos tocan la pierna por debajo de la mesa y nos arrojan destellos de lo extraordinario que sería narrarlas, pero todo se reduce a un juego de seducción, un idílico castillito mental del que nunca brota una primera piedra. Hay una idea que durante meses se aloja en lo profundo de la cabeza y cuando parece que va a germinar acaba diluyéndose como un puño de arena. Muchas quedan solamente en eso, meras tentativas y fugaces deseos. Hay una vasta bibliografía de libros que he deseado escribir y nunca fueron más allá de un garabateo de dos hojas. Éste, por fortuna, ha visto la luz. Desde hace no pocos años he querido narrar esta historia pero a veces en la narrativa no se manda. Es la historia quien decide cuándo debe ser narrada y también de qué manera. En su momento tuve (y acaso siga teniendo) demasiadas dudas sobre cómo contar la aleatoria vida de Kingo Nonaka. ¿Una biografía? Cualquier biógrafo serio me diría que mi trabajo nada tiene que ver con la historiografía, pues he recurrido a la imaginación para llenar no pocos vacíos y por momentos he tratado de usurpar los pensamientos del personaje. ¿Cómo entonces contar la historia de Kingo Nonaka? He barajado tantas alternativas. En algún momento he pensado en darle voz a Kingo y escribir en primera persona su apócrifo diario o renunciar a cualquier asomo de voz ensayística, borrar reflexiones, contextos históricos y simplemente dar voz a los personajes. Asesinar a mansalva ese odioso tonito de biógrafo y dejar a Nonaka correr libre por su novela. Pensé también en un hipotético y mentiroso álbum fotográfico, una pequeña historia para cada imagen a la manera de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Demasiadas ideas surcaron mi mente y al final salió El Samurái de la Gráflex. ¿Es entonces una novela, una biografía novelada? Me parece que la historia tomó su propia vereda. Creo, o quiero creer, que las cosas aquí narradas son verdad. Estas páginas se alimentaron, sobre todo, de las largas charlas que tuve con Genaro Nonaka García, hijo de Kingo Nonaka y de la lectura de las escuetas memorias que el personaje dejó en herencia. Desgraciadamente, en las toneladas de bibliografía existente sobre la Revolución Mexicana hay mínimas referencias a este extraordinario inmigrante y lo que sobre él se ha publicado recientemente en periódicos y revistas, se da a consecuencia de la recuperación de su archivo y el borrador de sus memorias. Antes no había nada. Para la historiografía oficial Nonaka pareciera no existir y sin embargo el personaje, o su aliada la aleatoriedad, escribieron una historia fascinante. Tiempo de dejar zarpar este nuevo barquito. http://www.infobaja.info/el-samurai-de-la-graflex/

Sunday, October 06, 2019

Si hiciera una bitácora histórica de la ruta que más veces hecho viajando en transporte público en cualquier ciudad de este mundo, sin duda la respuesta es Centro-Playas seguida de Rosarito-Tijuana, ambas en guayina de color amarillo. También hice cientos de veces la ruta Centro-Módulos- Fábricas Otay bajando en Frontera en medio de la Vía Rápida, como en su momento abordé el Ruta 4 y el 69 en Monterrey para ir de San Jerónimo al Centro, o el San Nico-Tec y el San Pedro-Centro, y (en mi breve cuatrienio mexiquense) la combi azul que iba del Toreo de Cuatro Caminos a la Herradura o a Lomas del Olivo. Si de verdad quieres tomarle el pulso, la presión y la temperatura a la ciudad en donde vives, entonces debes caminar sus calles y subirte a su transporte público. Entre 1999 y 2001, recién llegado a Tijuana, lo usé todos los días. Hoy lo hago de vez en cuando. Si hablamos de Baja California podría limitarme a espetar lo obvio y sostener que nuestro paleolítico transporte es por mucho el peor de México, el non plus ultra de lo anacrónico, un escupitajo a cualquier noción de urbe sustentable. Carísimo e impráctico tanto para el usuario como para el chofer; inseguro, contaminante, generador de atascos, responsable del perpetuo caos vial en que habitamos. Más allá de hacer de tripas corazón, el transporte tijuanense ha contribuido con ese doctorado en el arte de narrar historias que me han impartido las calles de esta frontera. Se podría hacer una clasificación casi infalible de choferes según lo que escuchan en el radio. Son mayoría los amantes de la banda y el narcocorrido, pero también son bastantes los que oyen tribunas politiqueras o showcitos soeces de locutores con complejo de comediante barato. Algunos se clavan con las oldies but goodies o las baladas romanticoides de radio latina. Uno que otro le da por el hip hop y a casi ninguno por el rock. Eso sí, hay una buena cofradía de choferes evangélicos que suelen ir escuchando las peroratas radiales de sus pastores y sus plañideras alabanzas. Me ha sucedido que cuando escuchan tribunas de grilla política el debate se extiende hasta los pasajeros y de pronto yacemos todos inmersos en la grilla. Lo más raro que me ha pasado, fue encontrar un lector de Daniel Sada que subió en Santa Fe. Obvia decir que yo nunca he subido al taxi sin un libro en la mano y a veces he concluido novelas enteras en medio de un embotellamiento. Tengo muy claro cuáles fueron los tres primeros libros que leí a bordo de guayinas tijuanenses en la primavera del 99: Todos los nombres y El Evangelio según Jesucristo de Saramago y Un asesino solitario de Élmer Mendoza. Casi nada ha cambiado en 20 años, salvo hoy todos los pasajeros van inmersos en sus pantallitas y que ahora sueles tomarte el doble de tiempo para ir de un lugar a otro, pues hoy todas las horas son horas pico.

Las luces de las torretas y el coro de aullidos guiaron al taxista hasta las cercanías de la casa. Los vecinos no exageraban: la cacofonía canina se escuchaba a varias cuadras de distancia y aquello era en verdad desquiciante. Una multitud de mirones abarrotaba la calle. El taxi, que pagué con mi cartera sin esperanza real de reembolso, me dejó a unos 300 metros del lugar de donde suponía provenían los aullidos. Era una vieja casa, al final de una calle cerrada, donde solo se apreciaba un enorme portón metálico carcomido por el óxido y el salitre. Cámara en mano me abrí paso entre la gente. Al parecer yo era el primer “reportero” en arribar al sitio. Antes de hacer preguntas disparé tres veces la cámara tratando, sin mucho éxito, de enfocar la casa y las patrullas.

Hubo un tiempo que la escritura se colmaba a sí misma. La etapa embrionaria y encabronadamente honesta en que escribía por el puro y vil placer de hacerlo, sin siquiera pensar en que alguien en el mundo pudiera leerme. Escribir era un fin en sí mismo que alcanzaba su clímax en el acto de garabatear. Desde el orwelliano y heavymetalero año de 1984 empecé a llevar un diario al que podríamos denominar íntimo. No era que escribiera cosas prohibidas o temas de los que pudiera avergonzarme, pero asumía y daba por hecho que aquello era solo para mí y ni siquiera me pasaba por la cabeza la idea de leérselo a alguien. En cualquier caso catastrófica caligrafía de patas de araña me blindaba contra cualquier lectura indiscreta. Aunque alguien me hubiera robado el cuaderno la única certidumbre es que no habría entendido un carajo. Tuve también algunos escarceos con ficciones que garabatee de manera natural y con las que no esperaba llegar a nada. De una u otra forma la continuación de aquellos cuadernos que nunca interrumpí del todo fue este blog, que mantengo ininterrumpidamente desde 2002

Saturday, October 05, 2019

La Muerte está aquí, con su manto de humo, compartiendo contigo el enésimo cigarro de la madrugada…Muerte chacuaca, terca tabacalera… La Muerte está aquí, negra y blanca, yaciente en el humo del enésimo cigarro de la madrugada. Muerte chacuaca, terca tabacalera, compañera de infinitas fumadas e insomnes tanguarnices. Así se han ido hermanando. Siempre has sostenido que tu condición de fumador aferrado es culpa de la cotidiana convivencia con los muertos. Nunca tus ganas de encender un tabaco son tan intensas como cuando estás frente a un cadáver y a lo largo de tu vida has estado frente a miles. Aquello fue por décadas un reflejo condicionado: al llegar frente al muerto lo primero era tomar la foto y acto seguido buscar la cajetilla; las preguntas solías hacerlas arrojando humo, pero hoy ya ni siquiera debes preguntar nada y nadie te obliga a retratarlos. Juraste que te rehabilitarías del vicio cuando dejaras la nota roja, pero ahora que la has dejado estás fumando el doble. Puedes echarle la culpa a los muertos: antes los veías solo en la escena del crimen a la hora de enfocar la cámara, pero hoy te acompañan a toda hora. Fumas, bebes y duermes con ellos, consciente de lo poco que te falta para sentir el abrazo final de tu compañera fumadora e irte con tus 130 kilos a hacer bulto con los fiambres.

Tal vez la reacción coherente sería el pasmo, la incredulidad o el terror repentino, pero en esa mañana luminosa, con menos de cuatro horas de mal sueño y más de una sustancia drenándole en el torrente sanguíneo, a Ximena Xicoira solo le quedan por herencia las ganas de vomitar. Por ahora solo piensa en su jarra con agua y en darse un baño larguísimo. Es al retornar a la habitación cuando repara en Edurne. No es la primera vez que la ve fundida, pero el exceso de vómito y la inmovilidad le dan a malpensar. ¿Tan excesiva resultó ser la velada de su apoteosis? Su chica está simplemente noqueada. Las blancas nalgas al aire, el camisón cubierto de vomitada seca de color rojizo y la boca abierta. Contra todo pronóstico, Edurne respira y Ximena intenta sin éxito alzarla en brazos y acercarla al baño para lavarla pero ella misma no puede sostenerse. Edurne no reacciona. Por ahora la peor noticia es que su vino, su gran creación bautizada con su nombre, ha resultado un provocador de resacas matadoras. Dicen que los buenos vinos se revelan como tales en la ausencia de cruda, pero esta mañana Ximena siente su cabeza como ladrillo y la boca como una duna de arena. Su Carmenere pega como patada de mula. La enóloga de moda es víctima de su propia creación.

Monday, September 30, 2019

Calle Arteaga; paraíso de atalayas y putería; bíblicos merolicos y rechonchas rameras se agrupan en las banquetas, pero el bulevar inmoral (¿inmural, carece de murales acaso?) se transforma pronto en el piso de ventas de una mueblería pordiosera, el non plus ultra de lo burdamente kitch y corrientón, muebles macuarrerrímos pagados en abonos chiquitos, sillones Luis XV con holanes, literas de rojo terciopelo y el vendedor, payo y gordinflón, parecido al doncito del museo del vino, no sin aclarar que quien todo esto critica y quien de todo esto se burla, es quien luce una brillante guayabera dorada de terlenka con rosas bordadas en el pecho y (esto último no me consta) algún tigre (del norte) bordado en la espalda. De esta calaña la melcocha…

Sunday, September 29, 2019

La vida se construye con ráfagas de hedonismo, mundanos placeres cotidianos cuya compulsiva repetición da sentido al día a día. El sol ocultándose tras las islas Coronado en una tarde de otoño, un potente riff metalero reventando la bocina, la enésima relectura de un cuento de Borges, la primera caminata por las calles de una ciudad desconocida, el buen café humeando en la prensa cada mañana, la costilla y el rib eye chirriando en el asador, el primer trago de vino después de decir salud. Placeres, divinos placeres, como humillar en su casa al equipo más pedante, odioso y cagante de México. El que se haya vuelto una costumbre y forme parte de la vida cotidiana no le quita lo disfrutable. ¡ARRIBA LOS TIGUEEERREESSS!!!!

Saturday, September 28, 2019

Mil madrugadas, mil insomnios y mil cuartos que son uno mismo, tomadas por las mórbidas imágenes que irrumpen entre la tropa de minutos zombie. Una habitación en Washington o en Gómez Palacio; en Shanghái o en Xalapa. Oscuridades pobladas por amigos imaginarios e inoportunos visitantes. Un caminar sonámbulo por la madrugada juarense en busca de un yogur para beber, un deambular autómata por Paseo de la Reforma a las cuatro de la mañana buscando un elíxir para mi infierno estomacal. Hoteles, aeropuertos, obsesiones e historias nonatas insinuándose como putas petulantes

¿Cómo definir el limbo? Como un desfilar de insomnes madrugadas en cuartos de hotel.

Teporochos a un lado del camino, los hombres de ninguna parte Los testigos jehovaneros, la tamalera, la de los burros, el loquito del Oxxo La cajera de Calimax y su infierno individual asomándose en sus tatuajes presidiarios

Tal vez hay tantos escritores por la misma razón que hay tantos futbolistas. Para escribir sólo debes tener una pluma y un papel y para jugar futbol basta con una pelota de trapo y una calle o un baldío para patearla. Para tocar piano en cambio debes comprar tu instrumento o conseguir quien te lo preste, de la misma forma que para jugar tenis requieres raqueta y cancha especial. Para pintar requieres lienzo, pinceles y un espacio para guardarlos y para jugar béisbol requieres bate y guante. Cualquiera en cambio puede garabatear una frase en su libreta escolar así como cualquiera puede patear una pelota. Aun así, es obvio que los aspirantes a futbolistas superan por millones a los aspirantes a escritores. Hay mares enteros de niños o adolescentes que sueñan con ser futbolistas profesionales y sólo uno de cada mil lo logra. ¿Cuántos aspirantes llegan a ganar algún dinero aunque sea una vez en su vida a cambio de jugar futbol? Muy pocos en si tomamos en cuenta el número de los que sueñan con hacerlo.

Cagando espero…Estampa del espíritu de la época: cagar celular en mano. Alguien se sumerge con placentera relajación en los recovecos de Facebook, Twitter o WhatsApp mientras puja y escucha el salpicar de la mierda en el inodoro. Frente a sus ojos los memes del día, los chistes soeces, la frasecita cursi de superación personal, el selfie pretencioso, la verdad revelada del analista sabihondo, la teoría conspiranoica, el chisme sabroso, el efímero trend topic…y en sus tripas las mierda acumulada, el retortijón inmortal. ¿Cuántas ideas o revelaciones han llegado en medio de esa cotidiana ceremonia repetida cientos de miles de veces en cientos de miles de hogares del Siglo XXI? ¿Cuándo nos daremos cuenta que el espíritu de la época habita ahí.