Eterno Retorno

Sunday, September 06, 2026

Bien pinche Undead

 

Bela Lugosi is Dead? Undead, Undead, Undead…Bien pinche Undead. Sueños estereotípicamente nosferateros en el sacrificial septiembre. Lo que la duermevela arroja es un ataúd en un sótano. Un ataúd habitado por un No Muerto y a mí me emocionaba la idea de que la caja tuviera vida adentro, de que el muerto rengueara y pataleara y claro, alguna invocación o conjuro me aventaba onda bien acá bien Secrets of the Black Arts y la tapa del ataúd de abría y luego una segunda cubierta, pero el muerto no era un Nosferatu de cara blanquecina y ojos enrojecidos como Mina Harker o Lucy Westerna, sino un cuerpo estilo juego de anatomía de primaria, con sonrisa Colgate y musculatura numerada y clasificada. Después corríamos y nos apresurábamos a cerrar con llave el sótano, una llavecita pequeña y una cerradura circular. El muerto quedaba ahí encarrado y nosotros corríamos escaleras arriba en donde también, of course my horse, pasaban cosas, chingaderas diversas, acontecimientos al estilo Zizek. Confessions of a spankfloor. Hoy el Nosferatu mi alegría cumplió con pararme a las 4:27 am.

Sabbathiembre Sabbathryonal

 

Sabbathiembre Sabbathryonal. Así mi Sabbath Bloddy Sabbath de tener que vérmelas con la resaca a las 5:44 am. Rezacorrya Sabbathiana una banda que se llame, mientras me dirijo a hablar el idioma universal de la masacre de calorías. Vamos al Esperanto a esperar algo de la pinche vida, atravesar la ciudad cuando aún duerme y luego de ir de cacería y pepena libresca y si ya sábanas pa qué cobijas.

Saturday, September 05, 2026

Confesiones y desventuras de un pepenador libresco

 

Hace una semana escribí que el gran remate de libros celebrado en la explanada del CECUT me arrojaba la absoluta nada como saldo, pero advertí que un buen cazador encuentra diamantes el carbón. Pues bien, la profecía se cumplió: el experto pepenador encontró joyas entre toneladas de heno. Luego de una tempranera caminata de nueve kilómetros por el parque Esperanto, retorné al remate a ejercer la pepena y el trueque. De entrada, he pepenado el que desde hoy es ya el libro más antiguo de toda mi biblioteca: La Historia Griega referida a los niños de Lame Fleury, editado en Librería de Rosa en 1836. Un libro de 190 años de antigüedad a 250 pesos. Además, me he hecho de uno de los tomos de Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós (El 19 de Marzo y el 2 de Mayo) editados en 1887 por la madrileña imprenta La Guirnalda

Mi gran adquisición fueron los ensayos completos de Michel de Montaigne en tres tomos en editorial Altaya en los cuales no gasté dinero en efectivo, pues los intercambié por libros míos (Tigre Blanco, Lobo en su hora y Cine curto). Aunque usted no lo crea, yo solo tenía esta magna obra en Porrúa (aunque mi nueva adquisición no amaina ni sacia mi deseo de pepenarla posteriormente en Acantilado). De pilón, y también en trueque, hemos pepenado una vieja antología llamada Dos siglos de Cuento Mexicano XIX y XX, seleccionada por Jaime Erasto Cortés, que incluye a 48 cuentistas (24 del XIX y 24 del XX). De más pilonaxo, se me pegó el Sólo te ahorcan una vez, la compilación de los tempraneros relatos Pulp de Dashiell Hammmett a una babita de perico (100 pesares nada malos para un Seix Barral catalán de 500 páginas).
El descomunal chasco del que aún no me recupero y me tiene sumamente rabioso, fue no haber podido pepenar los tres tomos de las Obras completas de Dostoievski en Aguilar. Les había echado el ojo, pero el colega de Librería Valdovinos solo aceptaba efectivo y hoy resulta que alguien se las ha llevado. Mierda y recontra mierda. Cierto, tengo las obras (incompletas) de Dostoievski en Galaxia Gutenberg y recientemente me hice de una linda de edición de dos tomos de Los hermanos Karamázov en Alianza, pero ello no amaina ni calma mi deseo de tener las de Aguilar. La tenía, era mía y la dejé ir. Quién dice que en Tijuana no hay bibliófilos. ¿Algún lector de esta página se llevó esa joya? También dejé ir una Historia de Turquía de Lamartine editada en 1855. En fin colegas, estas son las confesiones y desventuras de un pepenador libresco.

Friday, September 04, 2026

La mano maldita Ficciones metaleras



 Hace ocho años, en pleno otoño porteño, conocí a Gito Minore en la Feria de Buenos Aires. Gito comparte conmigo un par de pasiones que dan sentido a nuestras vidas y no conocen rehabilitación posible: el Metal y la Literatura. Lo chingón es que Gito ha sido capaz de fusionar estas flamas ardientes y llevarlas al activismo con la Feria del Libro Heavy que organiza anualmente, además del Festival de Festival de poesía de Boedo. No conforme con ello, Gito se ha dado a la tarea de reunir a metaleros de todo el continente que compartimos el afán por desparramar tinta y se ha puesto a recopilar ficciones, crónicas y testimonios cuyo tema es el Metal. El resultado es este gran libro llamado La Mano Maldita, que se editó en 2018 y que hoy se reedita con nuevos colaboradores e historias inéditas. Aquí participamos colegas de Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Puerto Rico, El Salvador y México. Pura hermandad metalera latinoamericana. El primer relato se llama Iron Maiden, mi viejo y yo y lo escribe el gran Gustavo Zavala, bajista y líder de Tren Loco, una banda que siempre me ha prendido muchísimo. Gustavo falleció en 2002 y nos deja por herencia esta entrañable historia. También participan colegas muy admirados como Kike Ferrari, vecino de Nitro y el más metalero de los hinchas de River y Alexis Cuzme, a quien conocí en Quito y que también edita literatura heavy en su natal Ecuador. Por lo que a mí respecta colaboro con un relato sobre una tocada punketa en la Catedral del Metal en México, la arena de Tlalnepantla. Se llama Ya no quedan más cojones y narra la histórica visita de Eskorbuto, que tocó por primera y única vez fuera de España el día que cumplí 17 años. La Mano Maldita es un libro ideal para leerse con un disquito de Motorhead o del Tren Loco, Hermética o V8, con una Tooper o un tocayo Jack Daniels en las rocas. Pure Fucking Metal, pura Mano Maldita colegas

Thursday, September 03, 2026

78


 

Qué fascinante es sumergirse en las profundidades de una hemeroteca. Ayer fui al Archivo Histórico de Tijuana y me di a la tarea de leer ejemplares de El Heraldo de Baja California de noviembre de 1978. No encontré exactamente lo que buscaba, pero a cambio encontré mil y una notas interesantes. En noviembre del 78 Vaselina y Piraña eran las películas de moda y el gran acontecimiento de Tijuana era el concierto de Camilo Sesto en el Auditorio Municipal. La noticia internacional más polémica fue el suicidio en masa de más de 700 acólitos de una secta en Guyana mientras que en Irán la revolución islámica ponía contra las cuerdas al Sha cuyo gobierno se tambaleaba igual que el de Somoza en Nicaragua. En Tijuana la grilla de moda eran los casinos y el Profe Rubén Vizcaíno, siempre tan moralista, les llamaba opio de los turisteros, pasión de pillos y degenerados. La Policía Judicial Federal presumía la detención del narcotraficante Gil Caro Rodríguez, apodado El Chapo Caro y el escándalo nacional era el secuestro de la hija de Pedro Domecq. La Liga 23 de Septiembre desaparecía oficialmente como grupo guerrillero y buscaba la vía política. Todo eso ocurría en noviembre del 78. Habrá quien me diga que los grandes periódicos del mundo hoy tienen hemerotecas digitales muy completas, pero nada se compara a ver y tocar el ejemplar impreso, aunque sea con guantes de látex. No solo es palpar el papel que circuló hace 48 años, sino mirar los anuncios, las ofertas, los edictos, las caricaturas. El espíritu de la época encarnado en un papel con tinta. A lo largo de mi vida he sido un compulsivo explorador de periódicos antiguos, pero confieso que hacía algún tiempo que no daba rienda suelta a este vicio que te permite dimensionar el peso demoledor del Zeitgeist y al mismo tiempo su efímera condición y su absoluta fugacidad.


Wednesday, September 02, 2026

Teoría de la gravedad es el mejor libro de poesía que he leído en lo que va del año


 

En el prólogo de Teoría de la gravedad, Pedro Mairal se pregunta si Leila Guerriero escribe periodismo o literatura. No Pedro, yo te resuelvo la duda: lo de Leila se llama poesía en estado puro. Después de leer páginas semejantes, solo puedo decir que Teoría de la gravedad es el mejor libro de poesía que he leído en lo que va del año (y mira que he leído poemas en 2026).

Agoté tres colores de madera subrayando frases. Aquí les comparto algunas al azar:
“…y cantábamos a gritos canciones que drenaban el hielo negro que guardaba nuestro corazón”
“…un paisaje solo en apariencia inofensivo, donde un atardecer gris puede pintar, con su sangre angustiada, una alfombra que termine en el infierno”
“El río dentro de mí que se enturbia y enfría las venas como un mal presagio”
“Todos hemos sido, alguna vez, el monstruo de alguien”
“Observe sus palabras como si fueran insectos cargados de enfermedades ocultas”
“Hay cobardías que requieren de coraje”
“…y llega el beneficio del olvido sin el cual no se puede dar un solo paso, ni respirar ni mirar a alguien a los ojos sin ignorar su calavera. Por suerte o por desgracia. No se sabe”
“Vi un atardecer apretarse como un coagulo sobre una ciudad antigua”
“…y tenía la pureza del odio y la fragilidad infecta del amor y unos ojos de maldad exquisita con esquirlas de ternura sedosa”
“…uno observa la escritura mutar y retorcerse como una enfermedad blanda”
“Eran años feroces, como siempre son cuando uno quiere escribir y es muy joven”
“Y eso duró cinco minutos que, como todo mundo sabe, es lo que dura la felicidad”.
Descubrí a Leila Guerriero la primera vez que Carol y yo fuimos a Buenos Aires en 2005 y en una librería de Corrientes pepené Los suicidas del fin del mundo. Fue un buen debut, pero ese libro aún está lejos de las alturas poéticas que fue alcanzando después.
Leila es célebre por sus crónicas, que son buenísimas, pero en lo personal disfruto aún más sus perfiles como los de Plano americano. Ella es, sobre todo, una gran retratista.
Hoy todo mundo habla de La llamada, la historia de Silvia Labayru, la mítica sobreviviente de la ESMA, y sin duda es una obra mayor, sin embargo, lo que yo más disfruto de Leila, lo que realmente me vuela la cabeza, son estas miniaturas casi bonsái que conforman Teoría de la gravedad. Hasta ahora mi libro favorito de Leila era Zona de obras, una profesión de fe o una salvaje declaración de amor al oficio periodístico, pero en Teoría de la gravedad he encontrado textos que se elevan hasta lo sublime. Los hay sobre la vida cotidiana, los atardeceres, las plantas, las relaciones de pareja pero los que yo más he disfrutado son aquellos que hablan de la escritura y del proceso creativo como una batalla a brazo partido o un indescifrable misterio, acaso un pacto pagano con nuestros demonios interiores

Tuesday, September 01, 2026

SÉPTICO Y SEPTENTRIONAL SEPTIEMBRE

 


Septiembre trajo consigo la paternidad y el Apocalipsis.

La noche del sábado primero,  luego de un martirizante embarazo con esencia de vía crucis, Rosalía dio a luz a las gemelitas cuando aún no cumplía la semana 36 de gestación. Conceptos  como preclamsia,  crecimiento intrauterino retardado y diabetes gestacional, dieron forma a nuestras pesadillas en los meses previos al temido parto, cuya labor resulto ser aún más larga y desgastante de lo que nuestros pronósticos pesimistas apuntaban.

Cuando finalmente pude ver a mis  pequeñísimas hijas yacer en la incubadora, yo estaba demasiado agotado emocionalmente como para ceder a un liberador llanto paternal que inmortalizara el momento como el más feliz de mi vida. Las miré con angustia e incertidumbre y con la certeza de no querer estar ahí en ese momento.

Rosalía y las pequeñas permanecieron en la maternidad hasta el sábado 8, cuando su condición fue relativamente estable. Mi suegra - católica fatalista y aterrada por la idea de la región límbica como destino de sus nietas-  trajo un sacerdote para que las bautizara en el hospital alegando peligro de muerte. Una noche, al regresar del noticiero, me enteré que mis hijas habían sido llamadas Rosamar y Marisabel, así, en un solo nombre.

Pensé que todo sería mejor al llegar a casa, pero la penitencia apenas comenzaba. Mi suegra se instaló con Rosalía en nuestra habitación y yo me autoexilié al sillón de la sala, aunque fue imposible pegar el ojo. Lograr que las dos bebés pudieran quedarse dormidas al mismo tiempo se transformó en una utópica obra de arte por definición inconseguible. Aunque ninguna alcanzaba los dos y medio kilos de peso, su llanto tenía la potencia para escucharse en todas las habitaciones. Mi madre también se apersonó en casa solamente para iniciar una guerra de trincheras contra mi suegra. Una pensaba que si las pequeñas lloraban había que cargarlas y alimentarlas de inmediato, pero la otra sostenía que los horarios del biberón debían estrictos e inviolables y que a los bebés hay que dejarlos llorar. Rosalía estaba aún muy débil y deprimida  para hacer pesar su opinión, y a mí, obvia decir, ni siquiera se me preguntaba.

La mañana del lunes 10 me fui al canal sin haber pegado un ojo y por la noche en el noticiero debí usar una doble capa de maquillaje para intentar disimular mi rostro de derrumbe.

Llegando a casa me esperaba un campo de batalla. Pilas de pañales, cobijitas vomitadas y biberones a medias desfilaban desde el comedor a la recámara. Rosamar y Marisabel parecían competir por ver quién lloraba más fuerte mientras mi madre y mi suegra se enfrascaban en una estéril discusión y Rosalía lloraba en silencio con el rostro pegado a la almohada. Fue la peor noche de todas y cuando estaba decidido a emprender la fuga e irme a refugiar a un hotel, sobrevino el milagro de tener a las dos gemelitas dormidas poco después de las cuatro de la mañana. Cedí a la tentación de tomar media pastillita que me hizo caer despatarrado sobre el sillón para conseguir mi primer sueño profundo desde el día del parto. Fue entonces cuando el Boeing 767 de American Airlines se estrelló contra la torre norte del World Trade Center.

Cuando 17 minutos después un segundo avión se impactó sobre la torre sur los gritos de mi suegra retumbaron en mis pesadillas. Instantes más tarde, una llamada urgente del dueño de la televisora acabó de despertarme y aquí estoy, dispuesto a atascarme de Apocalipsis frente a las cámaras.

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Monday, August 31, 2026

Hoy 31 de agosto Julio Ramón Ribeyro cumpliría 97 años

 


 

Julio Ramón Ribeyro escribió casi un centenar de cuentos a lo largo de 45 años. El primero fue La vida gris, de 1949, y el último fue Surf, de 1994. Cuenta la leyenda que murió escribiendo este último relato a los 65 años de edad. Parecen cuentos fáciles, escritos de una sentada y por eso mismo son geniales y complejos en su aparente sencillez. Yo creo que Ribeyro es el más chejoviano de los cuentistas latinoamericanos, aunque también podríamos hermanarlo como el alma gemela de un Raymond Carver. Más que los marginados, sus personajes son los apocados, los grises, los divinamente o catastróficamente medianos. La palabra del mundo contiene en sus 1035 páginas la totalidad de su obra cuentística. Minimalismo, sobriedad, cotidianidad repentinamente quebrada y la grisura de una eterna derrota impregnan estos 96 relatos.

“¿Por qué “La palabra del mudo”? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra …Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias”, escribe Julio Ramón. Su decálogo cuentístico, contenido en el prólogo del volumen, no tiene desperdicio. “Su timidez, su sensación de ser como un jugador de tercera división cuando escribía”, afirma Enrique Vila-Matas.

Sí, La palabra del mudo es una de mis catedrales cuentísticas, pero si yo tuviera que elegir el libro que me llevaría a esa mentada isla desierta a donde dicen que algún día seremos exiliados, yo me quedo con Prosas apátridas, una miscelánea de retazos filosóficos rayanos en el aforismo, textos de no más de media página impregnados de una sutil ironía y un poético desencanto. No exagero si les digo que es uno de los libros de mi vida. Ni hablar La tentación del fracaso, que para mí está entre los más sublimes diarios de escritores, a la altura de El libro del desasosiego de Pessoa, El oficio de vivir de Pavese o el pigliano Emilio Renzi.

Los dos extremos de la cuerda en Miraflores: frente a la grandilocuencia estridente de Vargas Llosa yace la tímida sobriedad de Ribeyro que en su aparente modestia alcanza una profundidad que horada en donde arde, ahí en lo más recóndito del alma.

 En fin colegas: hoy 31 de agosto Julio Ramón Ribeyro cumpliría 97 años y yo lo celebro leyéndolo.