SÉPTICO Y SEPTENTRIONAL SEPTIEMBRE
Septiembre trajo
consigo la paternidad y el Apocalipsis.
La noche del
sábado primero, luego de un martirizante
embarazo con esencia de vía crucis, Rosalía dio a luz a las gemelitas cuando
aún no cumplía la semana 36 de gestación. Conceptos como preclamsia, crecimiento intrauterino retardado y diabetes
gestacional, dieron forma a nuestras pesadillas en los meses previos al temido
parto, cuya labor resulto ser aún más larga y desgastante de lo que nuestros
pronósticos pesimistas apuntaban.
Cuando
finalmente pude ver a mis pequeñísimas
hijas yacer en la incubadora, yo estaba demasiado agotado emocionalmente como
para ceder a un liberador llanto paternal que inmortalizara el momento como el
más feliz de mi vida. Las miré con angustia e incertidumbre y con la certeza de
no querer estar ahí en ese momento.
Rosalía y las
pequeñas permanecieron en la maternidad hasta el sábado 8, cuando su condición
fue relativamente estable. Mi suegra - católica fatalista y aterrada por la
idea de la región límbica como destino de sus nietas- trajo un sacerdote para que las bautizara en
el hospital alegando peligro de muerte. Una noche, al regresar del noticiero,
me enteré que mis hijas habían sido llamadas Rosamar y Marisabel, así, en un
solo nombre.
Pensé que todo
sería mejor al llegar a casa, pero la penitencia apenas comenzaba. Mi suegra se
instaló con Rosalía en nuestra habitación y yo me autoexilié al sillón de la
sala, aunque fue imposible pegar el ojo. Lograr que las dos bebés pudieran
quedarse dormidas al mismo tiempo se transformó en una utópica obra de arte por
definición inconseguible. Aunque ninguna alcanzaba los dos y medio kilos de
peso, su llanto tenía la potencia para escucharse en todas las habitaciones. Mi
madre también se apersonó en casa solamente para iniciar una guerra de
trincheras contra mi suegra. Una pensaba que si las pequeñas lloraban había que
cargarlas y alimentarlas de inmediato, pero la otra sostenía que los horarios
del biberón debían estrictos e inviolables y que a los bebés hay que dejarlos
llorar. Rosalía estaba aún muy débil y deprimida para hacer pesar su opinión, y a mí, obvia
decir, ni siquiera se me preguntaba.
La mañana del
lunes 10 me fui al canal sin haber pegado un ojo y por la noche en el noticiero
debí usar una doble capa de maquillaje para intentar disimular mi rostro de
derrumbe.
Llegando a casa
me esperaba un campo de batalla. Pilas de pañales, cobijitas vomitadas y
biberones a medias desfilaban desde el comedor a la recámara. Rosamar y
Marisabel parecían competir por ver quién lloraba más fuerte mientras mi madre
y mi suegra se enfrascaban en una estéril discusión y Rosalía lloraba en
silencio con el rostro pegado a la almohada. Fue la peor noche de todas y
cuando estaba decidido a emprender la fuga e irme a refugiar a un hotel,
sobrevino el milagro de tener a las dos gemelitas dormidas poco después de las
cuatro de la mañana. Cedí a la tentación de tomar media pastillita que me hizo
caer despatarrado sobre el sillón para conseguir mi primer sueño profundo desde
el día del parto. Fue entonces cuando el Boeing 767 de American Airlines se
estrelló contra la torre norte del World Trade Center.
Cuando 17
minutos después un segundo avión se impactó sobre la torre sur los gritos de mi
suegra retumbaron en mis pesadillas. Instantes más tarde, una llamada urgente
del dueño de la televisora acabó de despertarme y aquí estoy, dispuesto a
atascarme de Apocalipsis frente a las cámaras.
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