Calasso y los Therians
Ahora
que los Therians están viviendo sus quince minutos de trend topic, es un momento oportuno para leer El cazador celeste,
del gran Roberto Calasso, un ensayo que con absoluta erudición diserta sobre el
eterno anhelo humano de mimetizarse o transformarse en animal.
He
pensado en iniciar una serie de posts dedicados a los colegas que debieron
ganar el Nobel de Literatura. Me refiero a unos cuantos güeyes realmente
geniales que marcaron un antes y después en mi camino de vida como lector. El
primero de ellos es Roberto Calasso, cuya vida entera parece ser una salvaje declaración
de amor a la sabiduría, la erudición absoluta como una forma de vida cotidiana.
Además de su descomunal labor como editor, Calasso fue un agudo ensayista que
trazó los hilos conductores que unen a los grandes mitos de la antigüedad con
el ser “absolutamente moderno”. Nadie como él extrae el néctar puro de las
grandes mitologías para explicar y diseccionar el espíritu de la época actual.
Yo empecé a leerlo con La locura que viene de las ninfas, me seguí con Las bodas de Cadmo y Harmonía y
de ahí pal real.
Hoy
les hablo de El cazador celeste, porque me parece un ensayo que permite
dimensionar los orígenes del actual trenecito del mame de los Therians. Con
brutal franqueza colegas, yo no sé por qué carajos hay gente que se rasga las
vestiduras condenando o ridiculizando a unos morros a los que les da por jugar
a ser bestezuelas. Porque genera reacciones tan viscerales el simple afán de
jugar a ser perros o gatos. El deseo humano de metamorfosear en animal es
anterior a la escritura y al lenguaje mismo. Prácticas chamánicas y ceremonias
guerreras en todas las latitudes tienen que ver con adquirir la fuerza o la
astucia de determinado animal. Los Sapiens envidiamos los dones de no pocas
bestias. ¿Qué es un Caballero Jaguar o un Caballero Águila? ¿Qué es un guerrero
yaqui que se coloca la piel y los cuernos de venado para danzar? ¿Qué es un
Berserker que se coloca una cabeza de lobo o de oso para combatir? Todos ellos
quieren fundirse en la esencia del animal en cuya piel se envuelven. Pero mejor transcribo textualmente al gran
Calasso: “Un día que, en verdad, abarcó
miles de años, Homo hizo algo que nadie había inventado nunca: empezó a imitar
a los otros animales, a sus depredadores. Fue así como se volvió cazador. Los
animales, entonces, no eran necesariamente animales. Podía darse el caso de que
fueran animales, pero también hombres, dioses, señores de una estirpe,
demonios, antepasados. De modo que los hombres no eran necesariamente hombres;
podían ser también la forma transitoria de otra cosa. Todo sucedía en el
interior de un único flujo de formas, desde las arañas a los muertos. Era el
reino de la metamorfosis”. En fin colega: si a ti te da por sentirte perro,
gato o zorro, Roberto Calasso tiene algo que decirte.










