Eterno Retorno

Monday, August 31, 2026

Hoy 31 de agosto Julio Ramón Ribeyro cumpliría 97 años

 


 

Julio Ramón Ribeyro escribió casi un centenar de cuentos a lo largo de 45 años. El primero fue La vida gris, de 1949, y el último fue Surf, de 1994. Cuenta la leyenda que murió escribiendo este último relato a los 65 años de edad. Parecen cuentos fáciles, escritos de una sentada y por eso mismo son geniales y complejos en su aparente sencillez. Yo creo que Ribeyro es el más chejoviano de los cuentistas latinoamericanos, aunque también podríamos hermanarlo como el alma gemela de un Raymond Carver. Más que los marginados, sus personajes son los apocados, los grises, los divinamente o catastróficamente medianos. La palabra del mundo contiene en sus 1035 páginas la totalidad de su obra cuentística. Minimalismo, sobriedad, cotidianidad repentinamente quebrada y la grisura de una eterna derrota impregnan estos 96 relatos.

“¿Por qué “La palabra del mudo”? Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra …Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias”, escribe Julio Ramón. Su decálogo cuentístico, contenido en el prólogo del volumen, no tiene desperdicio. “Su timidez, su sensación de ser como un jugador de tercera división cuando escribía”, afirma Enrique Vila-Matas.

Sí, La palabra del mudo es una de mis catedrales cuentísticas, pero si yo tuviera que elegir el libro que me llevaría a esa mentada isla desierta a donde dicen que algún día seremos exiliados, yo me quedo con Prosas apátridas, una miscelánea de retazos filosóficos rayanos en el aforismo, textos de no más de media página impregnados de una sutil ironía y un poético desencanto. No exagero si les digo que es uno de los libros de mi vida. Ni hablar La tentación del fracaso, que para mí está entre los más sublimes diarios de escritores, a la altura de El libro del desasosiego de Pessoa, El oficio de vivir de Pavese o el pigliano Emilio Renzi.

Los dos extremos de la cuerda en Miraflores: frente a la grandilocuencia estridente de Vargas Llosa yace la tímida sobriedad de Ribeyro que en su aparente modestia alcanza una profundidad que horada en donde arde, ahí en lo más recóndito del alma.

 En fin colegas: hoy 31 de agosto Julio Ramón Ribeyro cumpliría 97 años y yo lo celebro leyéndolo.

Friday, August 28, 2026

Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó del corredor industrial en Otay


 

Facto editorial del día: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, Japón se apropió de la mesa de literatura juvenil. La sección que hace década y media yacía colonizada por crepusculares vampiritos adolescentes, hoy pertenece a los gatos nipones y eso me pone contento. Vaya, corríjanme si me equivoco, pero creo que nunca antes se habían traducido tantísimos autores japoneses al español, pero la paradoja es que los encuentras en las mesas dedicados a la chaviza.

Aunque siempre ha existido el concepto de “literatura juvenil”, no siempre ha habido en las librerías una sección dedicada a la morriza. Vaya, cuando yo laburaba en Librería Castillo en los primeros noventa, no había ni remotamente una sección de la tienda dedicada a los jóvenes. En los tiempos de nuestros padres (y también en mis tiempos, pues la neta ya estoy bastante carca), lo que te vendían literatura juvenil era Sandokán o El Corsario Negro de Salgari, La Isla del Tesoro o Robin Hood. De ahí brincabas a Herman Hesse. Demian y el Estepario lobito fueron mi educación sentimental cuando era un quinceañero. Entrando a este milenio, las Gandhi empezaron a crear ínsulas exclusivas para jovenazos o para niñ0s. Acaso el mayor tsunami de literatura juvenil irrumpió a raíz de Crepúsculo. En 2009 todos los emos tenían un romance vampírico. Sin embargo, lo que hoy entendemos por literatura juvenil proviene en su mayoría del kanji.

Todavía hasta los noventa, la poquísima literatura japonesa disponible en México se limitaba a Mishima en Alianza, Kawabata en Emecé, algo de Kenzaburo Oé en Anagrama y algunos cuentos de Akutagawa editados por la UNAM. En los 90 Tusquets puso de moda a Banana Yoshimoto pero entrando los 2 mil llegó Murakami a desbancarla como el nipón estrella de la editorial. Eso era la literatura japonesa en México y solo unos cuantos eruditos como Aurelio Asiain o raritos excéntricos como Mario Bellatin navegaban con la bandera de expertos en libros surgidos por los rumbos del Sol Naciente. Hoy la literatura japonesa simplemente me desbordó. Veo la sección de literatura asiática en Gandhi y no me queda más que confesar mi radical ignorancia. A mayoría de los que exponen ni siquiera los he oído mentar.  Por una parte tienes muchísima cozy fantasy con títulos como, Antes de que se enfríe el café de Toshikazu Kawaguchi o Te receto un gato de Syou Ishida, pero por otra parte te encuentras con que un existencialista de los años 40 como Ozamu Dazai es furor entre los jóvenes, mientras que Hiromi Kawakami parece haberse quedado con el trono femenino que alguna vez perteneció a Yoshimoto. Pero además, hoy tenemos un sello como Satori Ediciones que presume un catálogo de más de 200 obras exclusivamente de nipones. Si a ello le sumas la ola feminista coreana surgida a partir del Nobel a Han Kang, la única conclusión es que Asia se apoderó de la librería como en su momento se apoderó del corredor industrial en Otay y eso, en cualquier caso, es una excelente noticia.

Wednesday, August 26, 2026

Me dan ñáñaras, cringe o algo así ver a Borges en Alfaguara



 

Facto editorial del día: me dan ñáñaras, cringe o algo así ver a Borges en Alfaguara. Nomás no me late. No tengo nada en contra de la editorial, pero visualmente nunca me ha gustado gran cosa. Vaya, no son libros para nada lucidores, aunque muy de vez en cuando se avientan una portada curada (El ejército ciego de Toscana es lo mejorcito que han hecho en siglos). Cierto, en Alfaguara he leído algunas novelas descomunales (La fiesta del Chivo o El vendedor del silencio, por mencionar solo un par) pero no son libros para lucir pimpollos en tu librero.  Digamos que si salió en Alfaguara, mejor pepénalo en Kindle. A Bolaño, por ejemplo,  le partieron su mandarina en gajos (aunque la neta no es que me importe gran cosa lo que pase con el sobrevaloradísimo Bolañito, como sí me importa lo que suceda con Georgie). En fin colegas, el caso es que no me gusta Alfaguara. Si de todas formas se lo iba a jambar el voraz pingüino insaciable ¿por qué mejor no lo pusieron en Literatura Random House? Ahora que si fuera carta a Santa Clós, yo habría pedido que Georgie se fuera a Acantilado. ¿Se imaginan lo pimpollísimo que luciría con el logo del clavadista rojo adornando su dorsal? Iría presto y sin demora a pepenarlas. Así son mis clavazones y mis compulsividades en aquellos vicios que no controlo.

Ahora que si fuera carta a Santa Clós, yo habría pedido que Georgie se fuera a Acantilado. ¿Se imaginan lo pimpollísimo que luciría con el logo del clavadista rojo adornando su dorsal? Iría presto y sin demora a pepenarlas. Así son mis clavazones y mis compulsividades en aquellos vicios que no controlo.

Tuesday, August 25, 2026

Charly salta nueve pisos y cae en una copa de vino

 


En la zona profunda de mi tejido neuronal yace una rockola en donde se toca música de Charly García. Le das “play” y los cheneques del subconsciente empiezan a tararear de memoria estrofa por estrofa. Rolitas que a estas alturas son oraciones, salmos paganos de un adolescente náufrago. Charly García es la expresión musical no metalera que más terca y profundamente ha influido en mi vida. En la tabla de mis filias sónicas ocupa un solitario altar aparte. Lo descubrí (como casi todo México) en la era de la fiebre del Rock en tu Idioma, allá por 1987-88. Sus dos rolas más comerciales - No me dejan salir y No voy en tren- sonaban en las fiestas de 15 años junto con Nada personal de Soda, la Muralla de los Enanitos y Cuando seas grande de Mateos. Para muchos adolescentes regios eso fue Charly y con eso se conformaron. Hasta que un día del verano de 1988, justo el día en que mi amigo Jordi Ferrer y yo fuimos a la central de autobuses a comprar los boletos de camión que nos llevarían a Chiapas, vi sobre avenida Colón una mesa de casetes en remate y entre ellos estaba el Yendo de la cama al living que compré en 12 mil viejos pesos. Cuando llegué a casa y lo escuché, me di cuenta que No me dejan salir era una engañosa superficie bailable y que Charly tenía una vena muchísimo más profunda y alucinada. Me alucinó No bombardeen Buenos Aires, Vos también estabas verde, Yo no quiero volverme tan loco. Aquello era harto diferente del típico popcito en español. De regreso del periplo chiapaneco, pasé por la Ciudad de México y en una tienda de Perisur pepené en un solo sablazo Piano Bar, Click modernos y el recién salido Parte de la religión. Así las cosas, ese cuarteto de discos se volvió parte de mi soundtrack existencial a los 14 años de edad. Poco después, entre los 15 y los 22 años, el Thrash, el Hard Core, el Grind, el Death y el Black Metal arrasaron con todo y acapararon la totalidad de mis neuronas. Durante años practiqué una suerte de intolerancia talibán hacia cualquier cosa que estuviera fuera de las fronteras del metal extremo (bueno, para qué me hago güey, la verdad es que sigo siendo un pinche intolerante) peeeero aún en lo más abrupto de mi tsunami metalero, Charly seguía estando ahí y jamás le perdí la pista. El último disco suyo que fue capaz de volarme la cabeza fue el Say no more,  que pepené en cd en mis tiempos de reportero de El Norte (fue el primer álbum de Charly que tuve disco compacto). Ya viviendo en Tijuana, me di a la tarea de practicar arqueología charlyana y en la Ciruela Eléctrica fui pepenando obras de Sui Generis, Serú Girán y La Máquina de Hacer Pájaros, sin dejar de adquirir las novedades que cada cierto tiempo seguía arrojando el cada vez más desquiciado García (creo que Rock and Roll Yo ha sido lo mejorcito en lo que va del nuevo milenio, o al menos el que más me ha alucinado). Charly es un gusto que comparto con Carol, así que su música ha sido omnipresente en nuestra casa. Están por cumplirse 40 años de la primera vez que escuché a Charly y mi rockola neuronal sigue clavadísima en la tecla. El pasado domingo, las sofisticadas bocinas de nuestro amigo Pedro Beas arrojaron sobre nosotros el piano envolvente de Los Dinosaurios y la noche se inflamó de nostalgia mientras arrojábamos al vino a un pequeño Charly de cartón inmortalizado en su mendocino salto de nueve pisos.

Monday, August 24, 2026

La noche se inmolaba en el altar de sacrificios del primer destello de nublada luz


 

En cámara lenta los vi caer a bordo del vochito amarillo en la abismal hendidura del taller mecánico. Yo, convenenciero espectador, aguardaba tan solo a que entre reversas, giros y malabares en H con la palanca de velocidades libraran el pozo y me dieran aventón. El vochito quedaba suspendido de trompa segundo y medio antes de caer al vacío con sus tripulantes. Había soberano chingazo y sangre pero no fatalidad. Al final me quedé sin raite. Después apareció UDO, con su  camiseta de conscripto y su silueta de mastodonte. UDO, a quien yo intentaba dibujar en un cuaderno escolar como una bola deforme con ojos vacíos, una circunferencia malograda en donde el pelo ralo irrumpía en puntas. El botín del final de la noche fue un deshojado poemario de Pessoa pepenado en alguna librería ordinaria como Cristal o Libro Club. La única certidumbre es que no era El Día. Una silueta pessoal en blanco y negro en la portada, un título que he olvidado (podría ser, peor no era, El Libro del Desasosiego). En algún momento creía ver un 1975 como año de edición (demasiado reciente para ser vendido como reliquia) y luego un 1873 encriptado, pero en aquel año ni Pessoa ni sus heterónimos habían llegado al mundo. En alguna biblioteca descubría  el resto de los ejemplares de la colección, alguna enciclopedia de grandes de la poesía en donde irrumpían Machado y la españolada en pastas rojas. La noche se inmolaba en el altar de sacrificios del primer destello de nublada luz. Nunca las siete de la mañana  de noviembre vuelven a ser tan oscuras como en estos amaneceres.

Thursday, August 20, 2026

Factos en torno al Monsi

 


 

Tiempo de tirar factos sobre una vaca sagradísima: la mera verdad es que si yo elaborara una hipotética lista de mis cien escritores mexicanos favoritos, entre ellos no estaría Carlos Monsiváis. Sí, por supuesto que reconozco su peso y estatura intelectual, su condición de ajonjolí de todos los moles de la cultura mexicana en el Siglo XX, su rol insustituible como polemista y animador, pero más allá de su omnipresencia editorial, la neta y sin que me queda nada, es que la prosa del Monsi no me parece en absoluto disfrutable. Al menos yo no nunca la he sabido disfrutar. ¿Pasa algo malo conmigo? ¿Tengo un error de apreciación?  En la adolescencia, en la época en que empecé a entrarle con fe a José Revueltas, a Carlos Fuentes, a José Agustín,  traté de entrarle al Monsi y nomás no hubo química ni disfrute. Carlos Monsiváis es uno de esos nombres que todo mundo pronuncia e identifica, incluso quienes son ajenos al mundo cultural, pero hoy,  a propósito de la muerte (o estado comatoso) de Ediciones Era, me pregunto seriamente qué tanta gente realmente lo lee actualmente o qué tanta gente lo leyó a fondo. Olvídate de la figura pública y concéntrate en los libros y en la prosa. ¿Hay alguna obra de Carlos Monsiváis que te vuele la cabeza? A mí no.

Es una escritura farragosa, densa, ensimismada,  empantanada en ese tonito irónico que no acaba de desembocar y que (al menos a mí) nunca ni por casualidad me resultaba simpática. Sin embargo, si me pidieras que hiciera una lista de cien libros fundamentales (obras, no autores), sin duda incluiría “A ustedes les consta”, la que a mi juicio es la más completa antología de la crónica mexicana que se ha publicado en nuestro país. Me gustan casi todas las crónicas incluidas (tan solo me brinco el soporífero e interminable prólogo escrito por el compilador). Tal vez incluiría también Lo fugitivo permanece, su compilación de cuentos mexicanos (que por cierto  tengo con dedicatoria del mismísimo Monsi). Vaya, aprecio a Monsiváis en su calidad de curador, pues sin duda fue un tipo cultísimo y un gran lector, pero me es imposible disfrutar su escritura. Disculparán ustedes mi brutal honestidad.

PD- Cosas del espíritu de la época. Hace poco, un escritor muerto hace 16 años se volvió trend topic  y por una semana se coló a todas las conversaciones por su supuesto affaire con un político. En el imperio de las fake news nos hemos acostumbrado a ver de todo, pero esto de sembrar frases en una antigua entrevista no lo habíamos probado. Pero esa es ooootra historia.

Georgie, Obras incompletas

 


Soy tan compulsivo, tan descaradamente voraz y tan de no tener llenadera, que veo las Obras completas de Borges recién publicadas por Alfaguara y se me antoja seriamente pepenarlas, aunque siendo brutalmente honesto no aportarían absolutamente nada (nadita de nada) a mi colección borgeana. Ni un triste parrafito que no esté ya en mi biblioteca. Vaya, cada obra incluida la tengo repetida dos o hasta tres veces, ya sea en las Obras completas de editorial Emecé o en volúmenes individuales o en el compilado de la Real Academia o el volumen de Poesía completa en Lumen. No, no hay nada que no posea, pero aun así se me antojan, por puro enfermizo coleccionismo.  La única novedad es el criterio de compilación, pues las Obras completas de Emecé y Sudamericana tienen un orden estrictamente cronológico y las de Alfaguara se basan en género: cuentos, ensayo y poesía. Ya Lumen publicó volúmenes de Poesía completa y Cuentos completos. La única novedad que ofrece Alfaguara es que hasta donde tengo entendido nunca se habían publicado juntos los ensayos.

Como bien apunta Federico Guzmán en Letras Libres, las Obras completas de Borges podrían formar una biblioteca (yo diría que son un subgénero en sí mismo) aunque irremediablemente estén condenadas a ser obras incompletas. Para empezar, cada tentativa de Obras completas marca alguna diferencia con la anterior, aunque todas se hermanan en que nunca están completas. De entrada (bien nos lo advierte el Fede Guzmán), fue el propio Georgie el primero en desear que sus obras estuvieran incompletas, pues él mismo quiso dejar fuera Fervor de Buenos Aires, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos e Inquisiciones,  por considerarlas juveniles e inmaduras, aunque después de muerto esas obras volvieron a ver la luz (extraño que Kodama no se opusiera). Pero además, hay cantidad de textos borgeanos que no aparecen nunca ni por casualidad en sus Obras completas y las de Alfaguara no son la excepción. Por ejemplo, las dos piezas borgeanas más antiguas de mi colección, son Leopoldo Lugones, en Troquel ediciones, escrita en colaboración con Betina Edelberg (la tengo en primera edición de 1955) y Literaturas germánicas medievales, escrita en colaboración con Delia Ingnieros y María Esther Vázquez. Ambas las pepené en el Parque Rivadavia de Buenos Aires y nunca han aparecido en las Obras completas, como tampoco aparecen los Textos cautivos (que es la antología de colaboraciones publicadas en El Hogar entre 136 y 1939 y que yo poseo en Alianza) o el Prólogos con un prólogo de prólogos, (publicado por primera vez por Torres Agüero Editor y que poseo también en Alianza). Ni hablar de las clases sobre literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires complidas por Lumen en Borges profesor, o sus cuatro conferencias sobre tangos y tangueros compiladas por Lumen en El tango o El aprendizaje del escritor, con sus charlas en Columbia. Ni hablar de los libros de diálogos con Sábato, con Osvaldo Ferrari o con Roberto Alifano (Borges y Shakespeare o Borges y la Divina Comedia no tienen desperdicio). Me dirán que las conferencias o clases no cuentan como obras completas, pero si a esas vamos toda la obra tardía de Borges es oral, pues su ceguera le impedía escribir, así que le dictaba a Alifano o a Manguel.

La reedición de las obras completas ahora en Alfaguara se da en el marco del 40 aniversario de su muerte. Su eslogan es “del laberinto se sale leyendo”, pero yo creo que la frase es errónea, porque una vez que se entra al laberinto borgeano ya no hay salida posible. Vaya, yo entré en la adolescencia y a la fecha ahí sigo dentro. A estas alturas, ya me quedó claro que no voy a salir nunca.

Tuesday, August 18, 2026

y Federico me sale al paso en los sitios más improbables


 

Hace 90 años fusilaron a Federico García Lorca a las afueras de Granada. Justo la semana pasada me topé con su primer libro en una mesa de remate en la Revu. Impresiones y paisajes es una obra en prosa escrita por un joven que acababa de abandonar sus estudios de música por la repentina muerte de su querido maestro, Antonio Segura, a quien está dedicado el libro. “La poesía existe en todas las cosas, en lo feo, en lo hermoso, en lo repugnante; lo difícil es saberla descubrir, despertar los lagos profundos del alma” .

Tal vez fue por nuestro invernal periplo andaluz y por el hecho de haber visitado por primera vez Granada, pero el caso es que este ha sido para mí un año muy lorquiano y Federico me sale al paso en los sitios más improbables.
Pronto se cumplirá el centenario de su muerte y el poeta sigue sin tener una tumba y el paradero de su cuerpo permanece en el misterio. Me hiere ver que hoy en España hay unos cuantos que quieren volver a entronizar a sus asesinos mientras cantan cara al sol.
En febrero me perdí caminando en las sierras granadinas y vi las cumbres nevadas pensando que acaso esos habrían sido los últimos paisajes contemplados por Lorca y que tal vez bajo alguno de esos árboles yazcan sus anónimas cenizas. “Y al pensar esto, el alma se nos llena de una melancolía plomiza”

El final de Espresate, Rojo y Azorín encarna la crónica de una muerte anunciadísima


 

Acaso la muerte de ERA sea el símbolo que ejemplifique con crudeza y desparpajo la naturaleza de este Zeitgeist-guillotina. Obviamente es muchísima la gente del medio que se ha manifestado, pero no pocas de las reacciones coinciden en señalar que el final de Espresate, Rojo y Azorín encarna la crónica de una muerte anunciadísima y mega cantada. Vaya, hay quienes lo espetan con un tonito de “se lo merecían por anacrónicos, quién les manda por pinches vejestorios anticuados”. El que sin duda lo escupe con mayor crudeza es Guillermo Schavelzon,  quien arroja su lapidaria frase con ética de capitalismo salvajón estilacho “padre rico, padre pobre”: “Las editoriales no cierran ni quiebran por culpa del mercado, sino por culpa de quienes las dirigen”. Toma paloma. De acuerdo, posiblemente Marcelo Uribe no sea exactamente un influencer  yaciente en la punta del grito de la moda en tendencias vanguardistas de mercadotecnia en TikTok e Instagram, pero tampoco creo que tuviera muchas alternativas que digamos. Cierto, tenían en su catálogo long sellers como Las batallas en el desierto (que es lectura de aula) La noche de Tlatelolco o Aura, pero aún así no les dio para mantener a flote el barco.

 “Las editoriales cierran por culpa de quienes las dirigen”. ¿Y tú que hubieras hecho Guillermo? ¿Neta tienes la clave secreta para salvarla o hacerla rentable? Caray, sería buen momento para vender un seminario (o un laboratorio, para que se oiga más cool) de supervivencia para editores ¿Cómo hacer rentable una editorial en medio del espíritu de la época más despiadado, voraz y asesino?

Hace unas cuantas semanas, mi colega Fidelia Caballero de Poetripiados me preguntó qué pienso de la crisis del libro y la industria editorial

Esta fue mi respuesta:  Desde siempre he escuchado que la industria editorial está en crisis, que la literatura está en crisis, que la gente ya no lee, pero los libros y los lectores siguen estando ahí como los salmones en la cascada”.

Miren colegas, en el ya lejano 1994 yo trabajaba en Librería Castillo sucursal San Agustín. Castillo era la cadena de librerías más exitosa de Monterrey, con seis sucursales. Además, tenía su propia editorial que publicó a no pocos escritores regios del momento y compró los derechos de unos cuantos best sellers empresariales. Parecía una empresa absolutamente sólida. Yo como empleado estaba ahogado de trabajo y vendíamos miles de libros de Isabel Allende, de Carlos Cuauhtémoc,  de apariciones de ángeles, de metafísica de Conny Méndez y el Conde St Germain y de teorías conspiranoicas en torno al asesinato de Colosio y el EZLN. Once años después la cadena quebró y cerraron las seis sucursales y la editorial. El choro del dueño fue el mismito que escuché ayer con Editorial ERA.

Nota de La Jornada del 11 de enero de 2006: “Alfonso Castillo Burgos, indicó que la situación era ya prácticamente insostenible luego que durante el último trienio las ventas registraron un descenso que, en 2005, superó 20 por ciento, lo que significó ''pérdidas millonarias". Pan con lo mismo, pero 20 años antes, aunque sospecho que hoy es mucho peor que en 2006. (Pd- No había reparado en que Librería Castillo certificó su cierre exactamente tres días antes de la muerte de mi abuelo, quien siempre habló de la “indigencia cultural” en que vivía Monterrey, pero esa es oootra historia).

Volviendo al tema: no ha habido una época de mi vida en que escuche a un librero o a un editor decir que vive en una era de vacas rechonchísimas y que su negocio encarna la multiplicación de los panes y los peces. Desde que yo tengo uso de razón, los editores, los libreros y los escritores hablan de miseria y vacas escuálidas, de que la gente ya no lee, de que habitamos en la absoluta aridez cultural. Así ha sido siempre y creo que así será mientras yo viva, aunque ahora parece que el Zeitgeist sí va en serio y no se va a tocar el corazón. Sin embargo, aunque el canijo monstruo afila sus fauces, hay colegas y amigos muy queridos que en plena década asesina emprenden proyectos editoriales. El que va más en serio por estos rumbos, creo yo, es Miguel Alberto Ochoa con Lapicero Rojo, pero también está mi carnalazo Yadivio Ortega con Urbanario, el Nayar Luna con San Blas, Siddartha con Abismos, Rafa Rodríguez con Artificios, Rosa Espinoza con Pinos Alados y eso solo por hablar de Baja California. También podría hablar de Mau y Lilia que contra viento, marea y tsunamis sostienen el barco de Nitro.

Yo no soy editor ni librero ni está en mis planes fundar una editorial, así que no voy a robarles ideas. Soy solo un comprador compulsivo y aferrado que no deja pasar una semana de su vida sin hacerse de nuevos amasijos de papel y tinta, pero mi curiosidad y mi angustia son genuinas. Neta: ¿qué carajos va pasar con esta industria libresca que ha dado sentido a mi canija vida? ¿Alguna idea colegas, más allá de los lugares comunes y las obviedades?

Pd- ¿Qué va a pasar con el catálogo de Pepe Revueltas? Nomás no me digan que se lo va a jambar el pinche pingüino tragón e insaciable, aunque ya la veo venir.