Eterno Retorno

Monday, August 17, 2026

RIP Editorial ERA (1960-2026)

 



Podemos afirmar que en este triste lunes termina una Era en la historia editorial de México. En mi camino de vida como lector, hay ciertos libros u obras que han marcado un umbral o una encrucijada. Después de leerlos ya nada es igual. Vaya, mi vereda como lector no habría sido la misma de no haberme topado un día con José Revueltas y Malcolm Lowry por mencionar solo un par de ejemplos. Pues bien, tanto Revueltas como Lowry llegaron a mí por editorial Era, uno esos faros culturales que nos dejó por herencia el exilio republicano español.

Con esos dos me hubiera bastado para prenderle un par de velas de gratitud eterna a esa casa editorial. Si a eso sumamos más de una veintena de títulos César Aira, antologías icónicas como Norte o A ustedes les consta o joyas irrepetibles como Cartucho de Campobello; Aura de Fuentes; Las batallas en el desierto de Pacheco; La noche de Tlatelolco de Poniatowska; El arte de la fuga o Domar a la divina garza de Pitol; Los indios de México de Fernando Benítez o El cuarto jinete de Verónica Munguía, solo puedo concluir que me han dado a llenar.  Más recientemente publicaron a jóvenes talentosos como Joel Flores e Hiram Ruvalcaba.  Vaya, la mayoría de los ejemplares que hay en mi biblioteca con el sello de esa editorial son piezas que han dejado huella profunda.

Este triste lunes Editorial Era apaga la imprenta y baja la cortina. La carta que acabo de leer es desoladora: “Hoy, a 66 años de la publicación del primer libro de Ediciones Era, nos vemos en la necesidad de reconocer que el mercado del libro ha cambiado tanto que no nos permite vivir de las ventas de nuestros libros”

“En estos últimos seis años hemos peleado de mil maneras para mantener la editorial viva, pero los ingresos para lograrlo no han llegado”.

En fin. El presente es una descomunal y afilada guillotina, una bestia insaciable que no deja de devorar.

Acaso en el futuro solo sobrevivirán titanes multinacionales como el voraz pingüino que todo lo traga o los quijotescos esfuerzos de salmones suicidas que emprendan proyectos artesanales por puro amor al oficio de edificar iglús en el desierto

Échenle los santos óleos a Editorial Era. Mientras haya vida, yo seguiré pepenando tus ejemplares en las mesas de antiguallas y en los sótanos empolvados donde habita la nostalgia y el olvido que ya somos.

...y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene


 

Esta historia (¿cuál historia?) debe terminar algún día y es mejor que termine hoy. Bueno, para serte franco hubiera dado lo mismo que terminara ayer o que termine mañana. La trama, si es que alguna vez la hubo, se agotó hace tiempo. En tu vida de viene-viene hay pocas variaciones, ínfimas alegrías y monumentales aburrimientos. La gran fiesta de tu día a día es el momento en que acompañas a Marichuy a tomar su calafia o el conteo final de monedas arrojando siempre cifras de dos dígitos en donde a veces hay lo suficiente para poner alguna morralla  en la mano regordeta de Narcedalia y guardar un sobrante para comprar una caguama y beberla en la esquina, siempre afuera de la casa (porque Narcedalia se ha vuelto cristiana evangélica y piensa que el alcohol es el elixir o los meados del diablo). Tu vida va cambiar radicalmente el día (probable y no tan lejano) en que la rechoncha mujer con la que compartes el lecho se decida a correrte de una vez por todas de la traila, o la noche (absolutamente improbable y bastante lejana) en que Marichuy acepte tus propuestas amorosas mientras la escoltas a la calafia. Cambiaría el día fantástico en que un excéntrico millonario, seducido por tu grácil forma de dirigir reversas, te regale su cartera rebosante de dólares y centenarios;  o cambiará el día en que las masas hambreadas e insurrectas se decidan a saquear de una vez por todas el supermercado en cuyo estacionamiento trabajas. Cambiará (o se apagará) el día que quedes entre el fuego cruzado de dos comandos de sicarios que se enfrentan en el estacionamiento y cuyas balas quedarán alojadas en tu voluminoso vientre sólo por estar en el lugar equivocado. Llegaremos al final la noche en que subas por el solitario puente peatonal que atraviesa la carretera escénica y un sudoroso asaltante urgido de su dosis de heroína adulterada te raje de un navajazo o te arroje a la carretera donde caerás despedazado. Como narrador de esta historia soy tu amo y señor y tengo la potestad para inventarte el final que me venga en gana. Un final anticipado y trágico como los que te he platicado (la bala perdida, el navajazo) puede interpretarse como un desenlace triste, pero si no te mato o te cambio el destino de golpe y porrazo ahora que estás a punto de cumplir 47 años, lo que te espera será mucho peor. Vamos, suponiendo que nadie se tome el trabajo de matarte y la aleatoriedad no te reserve un accidente o una atípica sorpresa. ¿Qué te espera entonces? Sin duda una enfermedad crónico-degenerativa que te matará a los sesenta y tantos. Diabetes, hipertensión, glaucoma, cáncer de próstata, cirrosis, venas tapadas, un corazón cansado de bombear y drenar en un cuerpo gordo y decadente. Tardarás un rato en morir y nadie, absolutamente nadie hablará de ti ni de tu estirpe viene-viene, porque pese a su omnipresencia no hay novela o cuadro costumbrista que les dedique un elogio o un malogrado escritor sin que hacer que se tome el trabajo de desparramar 20 mil palabras dedicadas a tu intrascendente paso por el mundo. Venga, seré un narrador empático y de mente abierta. Te concedo el libre albedrío para decidir tu final. Tú decides si te consumes o duermes oxidado. La única certeza es que la vida (la tuya y la mía) seguirá o se apagará, como siguen o se apagan esas cosas absurdas  que no tienen mucho sentido que digamos. 

En mi cartera había pesetas, después hubo euros y ahora no hay nada


 

 ¿Qué es un país en el Siglo XXI? Un montón de bancos fraudulentos dueños de millones de destinos y futuros, un paro raquítico que sirve para alimentar los intereses de los mismos bancos y una patera llena de africanos que juran ver destellos dorados en nuestras costas.  La España del Siglo Oro le presumía al mundo a su Quevedo, a su Góngora, a su Calderón de la Barca; Velásquez dibujaba a la Infanta Margarita rodeada de sus sirvientas y el mismísimo Dios le dictaba poemas a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz mientras nuestro católico rey exprimía las minas de Guanajuato y el Potosí para pagarle los intereses a los banqueros judíos que tenían hipotecada la Corona. La España tan culta y exquisita en donde los tercios desempleados y mutilados se mataban en los garitos por dos maravedíes entre putas rechonchas y cueros de vino pendenciero, sacando a relucir sus aceros oxidados, reviviendo miserias de guerras perdidas. Nuestra España no tiene un Velásquez ni tiene un Quevedo y tan solo le resta legarle al mundo los goles de un argentino chaparrito y un portugués petulante, encargados de mantener vivo ese viejo de negocio de poner a pelear a catalanes y castellanos, mientras nuestro rey, feliz de la vida,  mata elefantes en África para después pedir perdón como niño  regañado y hacer  como que no ve las manos tan largas de su yerno.  

Los dos últimos años han corrido lentos, a paso de tortuga. Zapatero se largó por donde vino y a Rajoy le dieron la bienvenida millones de indignados. En mi cartera había pesetas, después hubo euros y ahora no hay nada y no queda muy claro si algún día volverá a  haber ahí alguna moneda o papel que ampare alguna riqueza que no sea humo o arena mojada, con nuestra pija casa de Madrid a punto de ser embargada y rematada por el banco que es dueño de nuestro futbol y nuestras vidas. En Bruselas,  Ángela Merkel y los europeos que aun se creen habitantes del primer mundo meditan si vale la pena darnos de una buena vez una patada en el culo y expulsarnos del edén de la moneda común como quien expulsa de casa a un maloliente pordiosero que se ha acercado a pedir limosna. Pronto un gran serrucho caerá sobre los Pirineos y la miserable península se irá navegando son sus sueños de primer mundo hasta el África subsahariana, mientras Europa, con su dignidad de vieja prostituta, le entrega el culito a los jeques árabes.  

...y yo seguí aferrado al arte de ser decadencia

 



La Copa del Mundo, como era de esperar, puso muy cachondo al país. Banderas, banderas, emociones a tope, cara al Sol, Non plus ultra, no pasarán. España era campeón del Mundo, pero la burbuja inmobiliaria seguía reventada y hecha mierda. Supongo que Zapatero lo agradeció, aunque poca renta pudo sacarle a la  repentina subida en el termómetro patriotero. La Copa del Mundo es el sueño húmedo de cualquier mandatario impopular y que le pregunten sino a Mussolini y a Videla. No cualquier presidente puede gozar de unos cuantos días de gracia en que parados, especuladores, yonquis, arribistas, PSOE y PP se fundan en fraternal abrazo como si Lepanto hubiera vuelto a ganarse una y mil veces y Trafalgar se peleara nuevamente con saldo favorable. Y España va bien, decía Aznar y Vicente del Bosque para presidente. España campeón del Mundo y mi vida siguió igual de jodida que en los últimos dos años y yo seguí aferrado al arte de ser decadencia, empeñado en aparentar que no pasaba nada, que seguía siendo tan pijo y aristócrata como toda la puta vida, sin atreverme a confesar en público mis miserias, sin tener los huevos para contarle a mis ex colegas, tan desempleados, jodidos y carentes de futuro como yo, que pasaba la vida bebiendo whisky barato, contemplando mi teléfono móvil de última generación yaciente en sepulcral silencio, sin recibir la mágica llamada salvadora que me devolvería a mi estatus de pequeñoburgués tan bien instalado en mi zona de confort. Pero carajo, tampoco es que hubiera nada nuevo en la nevera de nuestra historia, tan llena de muertos de hambre empeñados en parecer aristócratas. Y que le pregunten a los miserables hidalgos del Siglo XVI, tan letrados, tan atiborrados de heráldica y rimbombancia y sin un maravedí partido por la mitad en el bolso. Mucha lectura, mucha caballería andante, mucho latinajo y en la olla sólo había huesos sin carne. Puedo ahorrarme la descripción de mi descenso a los fangos del lumpen con complejos de grandeza. Acaso no haga falta puntualizar que el coche hace tiempo que dejó de estar en mi cochera y a estas alturas doy por hecho que yace en un remate donde ha sido adquirido por un árabe o por un chino o por el banco, que con crisis o sin crisis nunca pierde.  

Friday, August 14, 2026

Felices cien años René Goscinny


 

Nació el 14 de agosto de 1926 en París, pero pasó buena parte de su infancia en Buenos Aires. Es apenas un mes y medio más joven que mi abuela (y murió muy pronto, al igual que ella). Cuando uno piensa en autores franceses, nos vienen a la mente Víctor Hugo, Balzac, Flaubert, Sartre o Houellebecq, pero este señor, del que poco se habla, es uno de los creadores galos de mayor éxito mundial, con más de 500 millones de libros vendidos y traducciones a más de 30 idiomas. Creó a Lucky Luke, a El pequeño Nicolás y al Gran Visir Iznogud, pero su hijo más célebre, el que sin duda lo sobrevivirá varios siglos más, se llama Astérix El Galo, un compañero fiel y omnipresente en mi vida. Mi primera noción de la existencia del Imperio Romano, de Julio César y Cleopatra, de los antiguos Juegos Olímpicos griegos, de las Guerras de las Galias, de los gladiadores y los leones del Coliseo, de los druidas, los dólmenes, los bardos y los adivinos se las debo a Astérix y Obélix. Llegaron a mí en mi cumpleaños número seis en 1980. Una amiga de mi mamá me regaló mis primeros tres libros de la colección: Astérix en Hispania, La vuelta a la Galia y La Hoz de Oro. Desde entonces no paré hasta tener los primeros 24 del menhir. A la fecha los sigo releyendo. Felices cien años René Goscinny. Pongan los jabalíes en la lumbre y aten al bardo, pues sobran razones para festejar.

Thursday, August 13, 2026

Al final la bomba nos dejó esperando (redes duermevelebryas)

 


No pude pepenar juego de Peñarol pero sí uno de Nacional, un dominguito por la tarde en aquel furtivo y marginal Montevideo de rascuaches trenes suburbanos en donde consultaba una guía y preguntaba a transeúntes, solo para reparar en que la información en torno al juego era difusa y que los vagones desembocaban en inciertas estaciones. No recuerdo bien, para ser sincero si las calles y trenes motevideanos olían a petate pacheco.
La escalera del Obispado ¿o era acaso el elevador? La calle cuesta arriba y curveada, la cantera de los muros y las casas. La Obispado,  el ascenso, los muros de cantera, cierta curva, cierta pendiente, un camino extraño y vedado, el presagio de algo más en las alturas, todo para arribar al final a una cabina de radio pobre estilo Imer. De la Obispado descendió el viejo Galaxy rumbo a las bocas de los fusiles guerrilleros.
Dinamitar el tren, más dudas que certezas. ¿Por qué dinamitarlo? Alguna hijaeputez había hecho esa locomotora. ¿Por qué inmolarse en plan de terrorista suicida? Aguardaba, sobre todo, la sordera que dejaría por herencia la explosión, el santísimo putazo, el metamorfosear en pedazo de carbón, pero el tren pasaba de largo y a mí solo me quedaba la urgencia de poner pies en polvorosa, de amontonar metros y metros de distancia entre la vía y mi cuerpo, porque la explosión como quiera se produciría pero yo sería la única víctima mientras el tren correría sano y salvo. Al final la bomba nos dejó esperando.

Monday, August 10, 2026

Bajo la Luz de Agosto muda de piel y veneno como una serpiente danzante



 Crónica visual de un fin de semana típicamente tijuanero. Los mil y un rostros de una ciudad que se derrite en nuestra cabeza bajo la faulkneriana Luz de Agosto.

Tardecitas de ronda con mi amada y una cita con nuestra ciudad, tan repleta de señuelos y ocultas cartografías, de omnipresentes conejos blancos de Alicia que saltan a la realidad aparte a la vuelta de una esquina entre Caesars y el Dragón Rojo.
Fin de semana de retornar al lenguaje universal de las calorías inmoladas al alba dominical y reencontrarme con un viejísimo amigo llamado Carlos Castaneda, releyendo íntegro el capítulo La muerte como consejera en Viaje a Ixtlán.
Borgeanamente husmeando en una biblioteca ajena, supe que Bert Hellinger en efecto vino a México a encontrarse con el Nahual que encarna el legado de don Juan Matus (y que según cierta leyenda urbana habita en el territorio Kumiai de Tecate).
Me reencontré con rolitas que hace años no escuchaba: Sonó el From Enslavement to Obliteration de Napalm Death, el Epitafio del Rey Carmesí y el Animalero pinkfloydiano.
También hubo tiempo para darle rienda suelta a mi vocación de pepenador de reliquias y antiguallas editoriales. Un García Lorca en Gredos, una biografía de Gabriela Mistral en Editorial Universitaria de Buenos Aires de 1966 y unos cuantos cuadernillos baratísimos editados en los setenta por Difusión Cultural de la UNAM (William Carlos Williams con traducción y prólogo de mi admirada Pura López Colomé; Efrén Hernández compilado por Alí Chumacero; los Mamotretos de León de Grieff y una aleatoria selección del gran Saúl Ibargoyen).
De pronto, me entero que los errabundos Juglares, el Samurái y mi tigrito balcánico han tenido a bien retornar a Gandhi después de un larguísimo exilio, en vecindad con el buen Rafita Saavedra.
Y no, nada errado andaba Italo Calvino al afirmar que las urbes son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje secreto y oculto. Tijuana contiene claves y señuelos como las líneas de una mano en su anárquico trazado en donde se lee su destino. Tijuana metamorfosea. Bajo la Luz de Agosto muda de piel y veneno como una serpiente danzante.

Thursday, August 06, 2026

Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos


 

Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra. Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos. El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.

El presidente Harry Truman recibió y celebró la noticia de Hiroshima mientras disfrutaba una función de boxeo entre marines a bordo del crucero Augusta al retornar de la Conferencia de Postdam.
Sin embargo, el campeón en la absoluta y total ausencia de remordimientos es Paul Tibbets, el piloto de la nave que aflojó el esfínter para dejar caer a Little Boy y desatar en un minuto el peor Apocalipsis de la historia humana, el mayor desastre acaecido después del meteorito que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años. No solo nunca tuvo un mínimo remordimiento, sino que Paul Tibbets sostuvo siempre que hizo lo correcto y lo volvería a hacer las veces que fuera necesario. Vivió una apacible existencia hasta los 92 años de edad y nadie nunca fue a confrontarlo o a reclamarle nada. “Nunca perdí una noche de sueño por el recuerdo de Hiroshima”, solía presumir Paul. “Un sentimental jamás habría piloteado aquel avión”, solía jactarse. Lo único que le frustraba era que el Museo Nacional del Espacio de Washington no exhibiera su linda aeronave a la que quería tanto, que la bautizó con el nombre de soltera de su santa mamacita: Enola Gay Hazard.
En mayo de 2016, Barack Obama se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar Hiroshima y rendir homenaje a las víctimas pronunciándose por un mundo libre de armas nucleares, pero en ningún momento ofreció algo ni remotamente parecido a una disculpa.
Robert Oppenheimer, el físico creador de la bomba, tenía sentimientos encontrados, pues sentía un enorme orgullo por el logro científico, pero sabía que tenía las manos manchadas de sangre. Hay quien asegura que en 1964, pidió perdón llorando a Naomi Shono, una sobreviviente de la bomba, pero fue en un encuentro privado y no en un acto público.
Esta semana leí en Nexos un abortivo texto firmado por un tal Ezra Shabot que sintetiza a la perfección la moral de los “genocidas buenos”. Según ese repugnante tipo, “el sufrimiento de la población de Gaza no es cuestionable, pero es semejante al de las poblaciones de la Alemania nazi bombardeada por los Aliados. En ambos casos la intención no era exterminar a los civiles, sino derrotar militarmente al enemigo”. No lo dijo, pero asumo que bajo su opinión, en Hiroshima y Nagasaki no tenían como objetivo exterminar decenas de miles de civiles inocentes, sino derrotar militarmente a Hirohito. Pearl Harbor, en donde solo murieron militares, es narrado como un crimen de lesa humanidad, pero Hiroshima y Nagasaki son solo soluciones, igual que matar a Gaza de inanición es un remedio. En el colmo de lo asqueroso, el tal Shabot se permite decir que los niños asesinados en Gaza son futuros yihadistas, mártires en potencia, así que bajo su mentalidad tan propia del antiguo testamento, supongo que está muy bien matarlos antes de que crezcan. Todo sea en nombre del triunfo del "pueblo elegido". Los "buenos" de la película tienen licencia para matar niños.
Sin embargo, más allá del horror, Hiroshima me recuerda que siempre vuelve a haber vida después del infierno. Uno de los momentos de más absoluta paz y plenitud que he experimentado en la vida adulta, lo viví una madrugada flotando en el mar bajo el Tori de Miyajima, una isla ubicada frente a Hiroshima. Había un silencio místico, una paz uterina en el lugar donde ochenta años antes irrumpió el horror.
Hiroshima se habló de tú con el averno, pero hoy el verde de los árboles y la claridad de las aguas me hace pensar en el triunfo de la vida, en el aferre de una nueva planta por germinar, de un niño por nacer.
Y entonces sentí esperanza, porque después del Apocalipsis siempre volverá a germinar una semilla y habrá flores de cerezo cayendo sobre el agua limpia.

Tuesday, August 04, 2026

Los motivos de Bibi


 

¿Existe el mal absoluto? Hasta el más desalmado criminal tiene sus motivos, sus argumentos y sus justificaciones. Un depravado carnicero no está exento de ser un amoroso padre de familia y una faceta no excluye ni anula a la otra. Un buen periodista y un narrador con oficio es el que es capaz de reflejar a un personaje en su absoluta complejidad, con todas sus circunstancias, condicionantes y complejidades a cuestas. Cierto, tal vez mi manera de odiar al primer ministro israelí sea superficial y esté condicionada por una narrativa. Acaso en otra vida yo me tomaría el tiempo de leer la autobiografía de Benjamín Netanyahu para tratar de entender sus motivos, pero con brutal franqueza no pienso abonar 500 pesos a sus regalías ni robarle tiempo a otras lecturas mucho más provechosas y disfrutables para sumergirme en 700 páginas de autoelogios de alguien que cree encarnar el destino de Israel en una divina misión contra el terrorismo mundial. Así las cosas, me quedaré con la duda y lo seguiré odiando basado en “ideas preconcebidas”, que para mí se fundamentan en un elemental sentido común. Bibi podrá decir misa, pero para mí es y será por siempre un criminal de guerra y la historia lo deberá juzgar con la misma dureza que juzga a Hitler. Y sí, les juro que no me chupo el dedo: también aborrezco las teocracias islámicas y sé lo tendenciosas que son ciertas peroratas propalestinas, pero seas de izquierda o de derecha, ateo o creyente, el genocidio de Netanyahu es humanamente indefendible e injustificable. A lo largo de los años varios contactos me han bloqueado por mis críticas a Israel (el más reciente fue Rogelio Villarreal) y como suele suceder, su dardo favorito es echarme en cara que soy “antisemita”. No se saben de otra. Bueno, entonces que acusen de antisemitas a Yuval Noah Harari y a Etgar Keret, escritores israelíes de los que soy devoto lector y que se oponen firmemente al genocidio de Netanyahu. Llamen antisemita a David Grossman o al gran Paul Auster, que hasta el día de su muerte alzó la voz contra esta carnicería. En fin, sería interesante conocer los motivos de un genocida que actúa con la bendición de los amos del mundo, pero la neta no pienso regalarle mi tiempo ni mi dinero. Ahí pa la otra Bibi.

Practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes


 

Tiempos hubo en que tuvimos una relación mucho más pasional con nuestro mar y el tijuanero Malecón formaba parte de nuestra vida cotidiana. En los primeros años del milenio los atardeceres solían irrumpir tundiendo la rocola del Terrazas Vallarta entre un inacabable desfile de chelitas mientras veíamos a gaviotas y delfines cruzar sin pasaporte la frontera y a los conjuntos norteños arrastrar sus botas de cáscara de piña entre la arena mojada. Fue en 2003 cuando Javier Cercas visitó esta continental esquina y se refirió a ella como la playa más triste del mundo. Por aquellos años yo aún solía meterme mucho a desafiar las gélidas olas y daba largas caminatas desde la barda fronteriza hasta la playa el Vigía, donde había una furtiva y oculta lonchería. Tenemos la fortuna de mirar el Pacífico todos los días de nuestra vida y les juro que nunca ha dejado de emocionarnos e inspirarnos, pero la esquina noroeste ha dejado de formar parte de nuestro paisaje. El domingo Carol y yo fuimos a dar un paseo a lo que alguna vez fue un malecón y hoy es una ruina o un vestigio de algo que nunca alcanzó a ser. Cierto, nuestra playa ha sido siempre esencialmente ruinosa, pero creo que la de hoy es su peor versión histórica, como un campo de batalla en armisticio tras un bombradeo o una masacre. El diálogo de sordos entre la Profepa y el Ayuntamiento ha dado como resultado una zona típicamente tijuaneada que pese a todo sigue siendo nuestra postal por antonomasia. Son miles los visitantes que vienen a tomarse fotos a esta esquina continental.

Eso sí, las tostadas de ceviche y las torres de atún cumplen con ser deliciosas, aunque la cerveza siempre podría estar más fría. Los cuartetos norteños siguen arrastrando los tololoches por la arena, los corridos tumbados retumban en las marisquerías, los delfines y las gaviotas siguen yendo y viniendo entre las Californias, mientras los helicópteros y las patrullas encarnizan hasta el barroquismo su paranoica vigilancia y algunos héroes que se ganarán el cielo se dan a la tarea de limpiar la basura. Las construcciones de lo que alguna vez fuera el malecón son pasteles de lodo, firmes como castillos de arena mojada, practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes.
Playa teporocha, playa desbarrancadero, playa salitrosa eternamente contaminada.
Playa post apocalíptica, playa zombi, playa siempre furtiva. A veces desearía que una gran Ola de Kanagawa irrumpiera de golpe y se tragara todo para poder empezar de nuevo y edificar un paseo costero a partir de cero, pero por ahora hay que encontrar la oculta belleza en la eternidad de la herrumbre y la cadencia de la decadencia.

Monday, August 03, 2026

¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras

 


La muerte no siempre es la gran demócrata que a todos nos iguala. También en la hora final hay contrastes. ¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras. Por separado llegan a mí dos ejemplares de Seix Barral que tratan sobre la muerte de dos tremendos genios de las letras universales: Lev Tolstói y Franz Kafka. Casi nada.

De la muerte de Kafka a los 40 años de edad, víctima de una tuberculosis laríngea, no se enteró nadie y a nivel mediático pasó absolutamente desapercibida. En cambio, la muerte de Tolstói, a los 82 años de edad, fue noticia mundial, paró prensas y generó una cobertura periodística sin precedente.

Del libro Kafka no quiere morir de Laurent Seksik ya hablé brevemente en otro post. Es una novela a tres voces que retrata los días finales de Franz Kafka en el sanatorio de Kierling a las afueras de Viena. En realidad hizo falta poquísimo para que Kafka fuera inexistente en la historia de la literatura universal. Lo obvio habría sido que ni tú ni yo supiéramos un carajo de él a cien años de su muerte. De no ser por Max Brod, hoy Franz sería una brizna de polvo, una ficha bibliográfica para eruditos en la cultura praguense de principios del Siglo XX. ¿Cuántos kafkas ha habido en este mundo de los que nunca tuvimos noticia? Debe haber varios.

Sin embargo, el texto que me parece más sorprendente e innovador es Tolstói ha muerto, del franco-ruso Vladimir Pozner. Un libro bastante atípico que sin duda habría gustado mucho a Federico Campbell, pues el telégrafo juega un rol fundamental en su construcción.

Tolstói ha muerto es esencialmente un gran reportaje y yo no dudaría en recomendárselo a estudiantes de periodismo.  Pozner reconstruye los últimos días de vida de Lev Nikoláyevich Tolstói en la estación de Astapovo. Para ello se da a la tarea de recopilar decenas de telegramas e informes policiales. En noviembre de 1910, Tolstói sale furtivamente de Yasnaia Poliana acompañado de su hija Alexandra. Con nombres falsos viajan en un vagón de segunda clase, pero el escritor cae gravemente enfermo durante el trayecto y se ve obligado a bajar del tren en la estación de la pequeñísima aldea de Astapovo en donde el guardagujas lo hospeda en su pequeña casita de madera a un costado de las vías. Tolstói trata de pasar desapercibido, pero en pocas horas toda Rusia sabe ya que está agonizando en ese recóndito rincón rural. La agonía de Tolstói es una noticia de alcance mundial. Hay que entender que a Tolstói lo leía por igual el Zar Nicolás que Lenin. Además, su condición de excomulgado de la Iglesia Ortodoxa y su rol como líder moral de los Tolstoianos, una creciente cofradía de anarquistas cristianos que promovía el rechazo al estado y las instituciones desde una posición pacifista, lo convertía en un sujeto de interés para la policía secreta zarista.

Más allá de lo interesante que resulta el tema central, lo verdaderamente sui generis de Tolstói ha muerto es que la forma en que retrata cómo fue la cobertura periodística de una noticia de interés mundial en 1910. De esa manera dimensionamos el rol fundamental e insustituible que jugaba el telégrafo para la labor periodística. También nos damos cuenta de que en la Rusia zarista ya había una encarnizada competencia entre periodistas por ganar la noticia. A Astapovo llegaron colegas reporteros de La Palabra Rusa, La Gaceta, La Voz de Moscú y Tiempo Nuevo, cada uno haciendo hasta lo imposible por escribir algo novedoso que no hubieran dicho los demás. Hoy habría sido una guerra de twits, pero en 1910 ganaba el que enviaba el telegrama más rápido. Nunca antes ni después hubo tantos reporteros, policías y curiosos concentrados en Astapovo; nunca antes ni después se utilizó tanto la Clave Morse en aquella recóndita estación y nunca antes ni después se bebió tanto en la solitaria cantina del pueblo.

Ricardo Menéndez Salmón afirma en su blog que la casita de madera en donde agonizaba Tolstói era el equivalente al establo de Belén donde nació Jesucristo. Cientos de personas se congregaron alrededor de un humildísimo tejabán en una perdida estación de villorrio para ver morir al mayor escritor de su tiempo, que para algunos era también una suerte de Mesías.