Eterno Retorno

Tuesday, August 04, 2026

Practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes


 

Tiempos hubo en que tuvimos una relación mucho más pasional con nuestro mar y el tijuanero Malecón formaba parte de nuestra vida cotidiana. En los primeros años del milenio los atardeceres solían irrumpir tundiendo la rocola del Terrazas Vallarta entre un inacabable desfile de chelitas mientras veíamos a gaviotas y delfines cruzar sin pasaporte la frontera y a los conjuntos norteños arrastrar sus botas de cáscara de piña entre la arena mojada. Fue en 2003 cuando Javier Cercas visitó esta continental esquina y se refirió a ella como la playa más triste del mundo. Por aquellos años yo aún solía meterme mucho a desafiar las gélidas olas y daba largas caminatas desde la barda fronteriza hasta la playa el Vigía, donde había una furtiva y oculta lonchería. Tenemos la fortuna de mirar el Pacífico todos los días de nuestra vida y les juro que nunca ha dejado de emocionarnos e inspirarnos, pero la esquina noroeste ha dejado de formar parte de nuestro paisaje. El domingo Carol y yo fuimos a dar un paseo a lo que alguna vez fue un malecón y hoy es una ruina o un vestigio de algo que nunca alcanzó a ser. Cierto, nuestra playa ha sido siempre esencialmente ruinosa, pero creo que la de hoy es su peor versión histórica, como un campo de batalla en armisticio tras un bombradeo o una masacre. El diálogo de sordos entre la Profepa y el Ayuntamiento ha dado como resultado una zona típicamente tijuaneada que pese a todo sigue siendo nuestra postal por antonomasia. Son miles los visitantes que vienen a tomarse fotos a esta esquina continental.

Eso sí, las tostadas de ceviche y las torres de atún cumplen con ser deliciosas, aunque la cerveza siempre podría estar más fría. Los cuartetos norteños siguen arrastrando los tololoches por la arena, los corridos tumbados retumban en las marisquerías, los delfines y las gaviotas siguen yendo y viniendo entre las Californias, mientras los helicópteros y las patrullas encarnizan hasta el barroquismo su paranoica vigilancia y algunos héroes que se ganarán el cielo se dan a la tarea de limpiar la basura. Las construcciones de lo que alguna vez fuera el malecón son pasteles de lodo, firmes como castillos de arena mojada, practicantes del desmoronamiento como una de las bellas artes.
Playa teporocha, playa desbarrancadero, playa salitrosa eternamente contaminada.
Playa post apocalíptica, playa zombi, playa siempre furtiva. A veces desearía que una gran Ola de Kanagawa irrumpiera de golpe y se tragara todo para poder empezar de nuevo y edificar un paseo costero a partir de cero, pero por ahora hay que encontrar la oculta belleza en la eternidad de la herrumbre y la cadencia de la decadencia.

Monday, August 03, 2026

¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras

 


La muerte no siempre es la gran demócrata que a todos nos iguala. También en la hora final hay contrastes. ¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras. Por separado llegan a mí dos ejemplares de Seix Barral que tratan sobre la muerte de dos tremendos genios de las letras universales: Lev Tolstói y Franz Kafka. Casi nada.

De la muerte de Kafka a los 40 años de edad, víctima de una tuberculosis laríngea, no se enteró nadie y a nivel mediático pasó absolutamente desapercibida. En cambio, la muerte de Tolstói, a los 82 años de edad, fue noticia mundial, paró prensas y generó una cobertura periodística sin precedente.

Del libro Kafka no quiere morir de Laurent Seksik ya hablé brevemente en otro post. Es una novela a tres voces que retrata los días finales de Franz Kafka en el sanatorio de Kierling a las afueras de Viena. En realidad hizo falta poquísimo para que Kafka fuera inexistente en la historia de la literatura universal. Lo obvio habría sido que ni tú ni yo supiéramos un carajo de él a cien años de su muerte. De no ser por Max Brod, hoy Franz sería una brizna de polvo, una ficha bibliográfica para eruditos en la cultura praguense de principios del Siglo XX. ¿Cuántos kafkas ha habido en este mundo de los que nunca tuvimos noticia? Debe haber varios.

Sin embargo, el texto que me parece más sorprendente e innovador es Tolstói ha muerto, del franco-ruso Vladimir Pozner. Un libro bastante atípico que sin duda habría gustado mucho a Federico Campbell, pues el telégrafo juega un rol fundamental en su construcción.

Tolstói ha muerto es esencialmente un gran reportaje y yo no dudaría en recomendárselo a estudiantes de periodismo.  Pozner reconstruye los últimos días de vida de Lev Nikoláyevich Tolstói en la estación de Astapovo. Para ello se da a la tarea de recopilar decenas de telegramas e informes policiales. En noviembre de 1910, Tolstói sale furtivamente de Yasnaia Poliana acompañado de su hija Alexandra. Con nombres falsos viajan en un vagón de segunda clase, pero el escritor cae gravemente enfermo durante el trayecto y se ve obligado a bajar del tren en la estación de la pequeñísima aldea de Astapovo en donde el guardagujas lo hospeda en su pequeña casita de madera a un costado de las vías. Tolstói trata de pasar desapercibido, pero en pocas horas toda Rusia sabe ya que está agonizando en ese recóndito rincón rural. La agonía de Tolstói es una noticia de alcance mundial. Hay que entender que a Tolstói lo leía por igual el Zar Nicolás que Lenin. Además, su condición de excomulgado de la Iglesia Ortodoxa y su rol como líder moral de los Tolstoianos, una creciente cofradía de anarquistas cristianos que promovía el rechazo al estado y las instituciones desde una posición pacifista, lo convertía en un sujeto de interés para la policía secreta zarista.

Más allá de lo interesante que resulta el tema central, lo verdaderamente sui generis de Tolstói ha muerto es que la forma en que retrata cómo fue la cobertura periodística de una noticia de interés mundial en 1910. De esa manera dimensionamos el rol fundamental e insustituible que jugaba el telégrafo para la labor periodística. También nos damos cuenta de que en la Rusia zarista ya había una encarnizada competencia entre periodistas por ganar la noticia. A Astapovo llegaron colegas reporteros de La Palabra Rusa, La Gaceta, La Voz de Moscú y Tiempo Nuevo, cada uno haciendo hasta lo imposible por escribir algo novedoso que no hubieran dicho los demás. Hoy habría sido una guerra de twits, pero en 1910 ganaba el que enviaba el telegrama más rápido. Nunca antes ni después hubo tantos reporteros, policías y curiosos concentrados en Astapovo; nunca antes ni después se utilizó tanto la Clave Morse en aquella recóndita estación y nunca antes ni después se bebió tanto en la solitaria cantina del pueblo.

Ricardo Menéndez Salmón afirma en su blog que la casita de madera en donde agonizaba Tolstói era el equivalente al establo de Belén donde nació Jesucristo. Cientos de personas se congregaron alrededor de un humildísimo tejabán en una perdida estación de villorrio para ver morir al mayor escritor de su tiempo, que para algunos era también una suerte de Mesías.

Friday, July 31, 2026

Un Océano de gratas sorpresas


 

El ladrido de Pappo delata la presencia del mensajero que ni siquiera necesita timbrar. Cuando un paquete llega a casa a nombre de Daniel Salinas, el 97 por ciento de las veces se trata de un libro. La caja de cartón dice Océano y yo anticipo una sorpresa agradable. Abro con la emoción de un niño en Navidad y de la caja brotan Kolijós de Emmanuel Carrére; La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut y En palabras sencillas, de Richard Ford ( el segundo ejemplar de Feltrinelli que entra en mi biblioteca). Qué lindo es saber que mi primera casa editorial aún se acuerda de mí y se las arregla para ponerme contento la noche un viernes. Tiempo de estamparles el rojo sello nipón que certificará la bienvenida a mi biblioteca.

Wednesday, July 29, 2026

El cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo


 

Cuando trabajas en un periódico aprendes a trabajar duro y producir resultados aún sin un gramo de inspiración. Aprendes que el cierre no puede esperar, que la nota sale porque sale y que 500 palabras son 500 palabras, no 510 ó 490. Aprendes a eliminar paja innecesaria, a ir al grano, a decir más con menos. Esa actitud de productor en serie me fue muy útil en el periodismo y es fundamental en los libros por encargo (sí, también trabajo a petición de parte y como un buen carpintero, le entrego al cliente un mueble con las medidas solicitadas). A la fecha lo sostengo: si de verdad quieres dedicarte profesionalmente a esto, entonces debes transformarte en un obrero, un minero capaz de picar piedra por largas horas, pero ojo, no basta. Vaya que no basta. La chispa que enciende ese motor capaz de trabajar por horas debe ser la misma que me llevaba en la adolescencia a escribir por escribir, por el puro y vil placer onanista de hacerlo, sin esperar llegar a nada. Se puede trabajar maquinalmente y hace falta un engranaje un poco robótico para la talacha, pero el cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo.

El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera



 Soy un cazador de amaneceres. Es una hora embrujada. Es como si el tejido neuronal fuera la arena de una playa aún mojada por la marea alta de los sueños. El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera y puedes sentirte un perfecto extraño en medio del gran caos universal. Creo que nunca podría escribir a las tres de la tarde, después de comer. A veces escribo en la noche después de una siesta vespertina, pero solo cuando ando retrasado con alguna fecha fatal. Yo jamás caigo en el estereotipo del escritor que aporrea el teclado a la media noche entre el humo del cigarro. Mi mantra sagrado es escribir con café y leer con whisky. Esa es la fórmula. No digo que sea infalible, pero a mí me ha funcionado.

Tuesday, July 28, 2026

Postergar la tormenta de mierda

 


Un ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos 60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo. Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura, pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces (como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera. Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”, pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré peleando.

Monday, July 27, 2026

...pero whisky ya no tanto como antes

 


Escribir con café y leer con whisky. Escribir en la mañana y leer en la noche. Café sigo bebiendo muchísimo, pero whisky ya no tanto como antes. Suelo trabajar en la mañana y siempre en el mismo lugar, justo en donde estoy en este preciso momento, la cabecera de la mesa del comedor, de espaldas al patio, mirando a la sala, junto a un baúl que funge como librero. Es mi oficina, mi línea de producción desde hace casi 15 años y de este rinconcito ha brotado más del 90% de lo que he publicado. Mi primer ritual matutino, después de beber el primer café del día y antes de encender la computadora o mirar el teléfono, cuando aún no ha amanecido, es escribir a mano, siempre a mano. La primera escritura del día siempre es a mano y trato de postergar en la medida del posible el inevitable momento de entrar en contacto con las pantallas y empezar a recibir dosis de mierda y contaminación.

Friday, July 24, 2026

Adiós Lou Koller

 

16 de febrero de 1992, Arena López Mateos de Tlalnepantla.


Nunca olvidaré aquel sábado. Tocaban los thrashers Nuclear Assault y los blasfemos deathmetaleros Deicide, pero de última hora en el cartel colaron a una improbable banda de hardcoreros neoyorquinos llamados Sick Of It All de la que no sabíamos qué esperar. En aquel entonces no era común mezclar Metal y Punk en las tocadas. Para muchos la atracción morbosa del evento era la oscura brutalidad de Deicide, pero Glen Benton y su horda quedaron como unos pobres pendejos pretenciosos frente al ciclón de adrenalina que resultó ser Sick Of It All. Aquella noche en Tlane el Hard Core ganó la batalla por goleada y todo cambió para mí. Nunca había visto semejante descarga de fuerza y energía tan positiva como la que recetaron los neoyorquinos. Sobre todo recuerdo el derroche energético de su cantante, Lou Koller, un tipo flaco y alto, de pelo muy corto, que entonces tendría 25 años. Lo recuerdo brincando sobre las bocinas, tirándose stage diving, pasándole el micrófono a la raza y y aventándose al pogo. A partir de esa noche el Hard Core se volvió parte de mi vida. A la fecha, 34 años después, la considero la música ideal para hacer ejercicio, el imprescindible soundtrack cuando requieres una dosis de energía positiva en tu vida. Letras de resistencia, de coraje, de ser tú mismo y construir tu propio camino frente a la opresión del sistema. Y sí, el Hard Core es un camino de vida, una suerte de apostolado pacifista dentro de su aparente agresividad extrema. Todo esto lo narro porque hace unas horas el cáncer se llevó a Lou Koller, aquel energético cantante que provocó el slam más extremo de la metalera catedral mexiquense. Hoy más que nunca, cuando Estados Unidos vive sus horas más pestilentes, corruptas y oscuras, hace falta la rabia contestataria y la ética del Hard Core. Sick Of It All, Hartos de Todo! We Must Fight, Injustice System! Buen viaje Lou. Sangre, Sudor pero Nunca Lágrimas!

Regios Tabaqueiros

 

Hace un par de semanas me tocó valorar los proyectos presentados por aspirantes a las becas que otorga un centro estatal de escritura. Lo primero que me sorprendió fue la cantidad de proyectos inscritos: 171, de los cuales debíamos elegir solo cinco. Es decir, solo uno de cada 34 tendría éxito, mientras que 166 se quedarían con el “gracias por participar”. Ahí empieza para mí la parte triste, porque al menos había unos 25 o 30 propuestas que a mi juicio valían la pena.

Salvo casos atípicos en donde hay una obra clara e indiscutiblemente superior, todo certamen literario está condenado a una terrible subjetividad, pero mucho más duro y subjetivo es cuando lo que evalúas no es un libro terminado, sino un proyecto, una promesa a futuro, algo que podría ser pero aún no es. Vaya, más que a un concienzudo análisis le apuestas a la corazonada, a la primera impresión, a la química vil y me es inevitable no tener la sensación de estar cometiendo una injusticia. Podría decirles (al menos a unos 30 aspirantes) que si no ganaste no te desanimes. Tu proyecto tenía idénticos méritos para quedar, pero solo había lugar para cinco. Y al quinteto seleccionado también podría decirle: no te creas la chucha cuerera por este campanazo, que estuviste a nada de no quedar y había por lo menos otros 30 que tenían los mismos méritos. En realidad, esto se parece más a ganar la lotería.

Aún así, lo verdaderamente increíble es que en la era de inmediatez y la atención dispersa, en los tiempos de Blitzkrieg digital, cuando TikTok e Instagram te bombardean sin clemencia a cada minuto, haya 171 personas en una sola entidad apostándole a la poesía, a la narrativa o a la dramaturgia. Vaya, inmersos en un Zeitgeist que endiosa la brevedad extrema, en un mundo donde 40 segundos apestan a eternidad o a proustiana historia del tiempo perdido, hay 171 personas que se la juegan a construir con purititas palabras escritas proyectos de largo aliento, obras que te exigen lo que más le cuesta a la gente hoy en día: tiempo y concentración, capacidad de abstraerte en una sola cosa.  

Más canijo aún si tomamos en cuenta que estos 171 proyectos proceden de la entidad donde se practica el capitalismo más salvaje y en donde habita la sociedad más competitiva del país cuyo gobernador transpira en cada partícula de su ser los valores del Zeitgeist reinante: frívolo, banal, materialista, nuevo rico. Y lo peor de todo es que hace muchos años, a principios de los noventa, yo quise jugar a ser poeta en esa tierra. Divina utopía.

 En fin. Veo la larguísima lista de aspirantes y pienso en decenas de salmones subiendo una cascada.

Y claro, como suele suceder en estos casos,  acabo siempre recitando Tabaquería de Pessoa:

“¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del mundo
genios-para-sí-mismos a esta hora están soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, de veras altas y nobles y lúcidas-
quizá realizables, no verán nunca la luz del sol real ni llegarán a oídos de la gente?”.

Hace pocos años solían pedirme con cierta frecuencia si podía darle algún consejo a los nuevos escritores.

Solía decirles que escriban con café y lean con whisky, que asuman la labor como si fueran albañiles y carpinteros, no artistas iluminados.

Hoy más bien les sugeriría que nunca se enamoren de su propia obra ni se crean que han escrito algo sublime. Nada me da más lástima que un escritor convencido de que ha escrito una obra descomunal e irrepetible que el mundo no comprende. El chiste se cuenta solo. Pero sobre todo les diría que la escritura creativa es un fin en sí mismo y no un medio, que el viaje es el destino y lo mejor es disfrutar viajando. Si disfrutas mientras lo haces, que te valga reverenda madre si esa carretera absurda te lleva a algún sitio o si más bien estás viajando al final de la noche, a donde quiera que ese improbable lugar se encuentre.