Bajo la Luz de Agosto muda de piel y veneno como una serpiente danzante
Crónica visual de un fin de semana típicamente tijuanero. Los mil y un rostros de una ciudad que se derrite en nuestra cabeza bajo la faulkneriana Luz de Agosto.
Crónica visual de un fin de semana típicamente tijuanero. Los mil y un rostros de una ciudad que se derrite en nuestra cabeza bajo la faulkneriana Luz de Agosto.
Hay fechas que encarnan el horror, como si la hoja del calendario fuera un hierro ardiente. Yo no puedo amanecer un 6 de agosto sin dejar de pensar que hoy es el aniversario del infierno en la Tierra. Cierto, la historia humana podría curarnos de espanto con tantos avernos para elegir, pero para mí Hiroshima sigue siendo punto y aparte, el eterno recordatorio de nuestra capacidad para autodestruirnos en segundos. El cielo del 6 de agosto siempre nos hiere en su desnudez. Es la faulkneriana luz de un azul punzante. Así, desierto de nubes era el cielo por donde irrumpió el Enola Gay. Tal vez esta fecha me duele particularmente porque hemos visitado un par de veces la ciudad y me siento absolutamente conectado con su espíritu. Pero acaso lo que más me aterra, lo que más me horroriza, es que en la narrativa oficial, Hiroshima y Nagasaki forman parte de los infiernos válidos, los holocaustos políticamente correctos, los crímenes que al ser cometidos por los “superhéroes de la Historia”, son considerados soluciones, remedios tal vez dolorosos, pero remedios al fin.
¿Existe el mal absoluto? Hasta el más desalmado criminal tiene sus motivos, sus argumentos y sus justificaciones. Un depravado carnicero no está exento de ser un amoroso padre de familia y una faceta no excluye ni anula a la otra. Un buen periodista y un narrador con oficio es el que es capaz de reflejar a un personaje en su absoluta complejidad, con todas sus circunstancias, condicionantes y complejidades a cuestas. Cierto, tal vez mi manera de odiar al primer ministro israelí sea superficial y esté condicionada por una narrativa. Acaso en otra vida yo me tomaría el tiempo de leer la autobiografía de Benjamín Netanyahu para tratar de entender sus motivos, pero con brutal franqueza no pienso abonar 500 pesos a sus regalías ni robarle tiempo a otras lecturas mucho más provechosas y disfrutables para sumergirme en 700 páginas de autoelogios de alguien que cree encarnar el destino de Israel en una divina misión contra el terrorismo mundial. Así las cosas, me quedaré con la duda y lo seguiré odiando basado en “ideas preconcebidas”, que para mí se fundamentan en un elemental sentido común. Bibi podrá decir misa, pero para mí es y será por siempre un criminal de guerra y la historia lo deberá juzgar con la misma dureza que juzga a Hitler. Y sí, les juro que no me chupo el dedo: también aborrezco las teocracias islámicas y sé lo tendenciosas que son ciertas peroratas propalestinas, pero seas de izquierda o de derecha, ateo o creyente, el genocidio de Netanyahu es humanamente indefendible e injustificable. A lo largo de los años varios contactos me han bloqueado por mis críticas a Israel (el más reciente fue Rogelio Villarreal) y como suele suceder, su dardo favorito es echarme en cara que soy “antisemita”. No se saben de otra. Bueno, entonces que acusen de antisemitas a Yuval Noah Harari y a Etgar Keret, escritores israelíes de los que soy devoto lector y que se oponen firmemente al genocidio de Netanyahu. Llamen antisemita a David Grossman o al gran Paul Auster, que hasta el día de su muerte alzó la voz contra esta carnicería. En fin, sería interesante conocer los motivos de un genocida que actúa con la bendición de los amos del mundo, pero la neta no pienso regalarle mi tiempo ni mi dinero. Ahí pa la otra Bibi.
Tiempos hubo en que tuvimos una relación mucho más pasional con nuestro mar y el tijuanero Malecón formaba parte de nuestra vida cotidiana. En los primeros años del milenio los atardeceres solían irrumpir tundiendo la rocola del Terrazas Vallarta entre un inacabable desfile de chelitas mientras veíamos a gaviotas y delfines cruzar sin pasaporte la frontera y a los conjuntos norteños arrastrar sus botas de cáscara de piña entre la arena mojada. Fue en 2003 cuando Javier Cercas visitó esta continental esquina y se refirió a ella como la playa más triste del mundo. Por aquellos años yo aún solía meterme mucho a desafiar las gélidas olas y daba largas caminatas desde la barda fronteriza hasta la playa el Vigía, donde había una furtiva y oculta lonchería. Tenemos la fortuna de mirar el Pacífico todos los días de nuestra vida y les juro que nunca ha dejado de emocionarnos e inspirarnos, pero la esquina noroeste ha dejado de formar parte de nuestro paisaje. El domingo Carol y yo fuimos a dar un paseo a lo que alguna vez fue un malecón y hoy es una ruina o un vestigio de algo que nunca alcanzó a ser. Cierto, nuestra playa ha sido siempre esencialmente ruinosa, pero creo que la de hoy es su peor versión histórica, como un campo de batalla en armisticio tras un bombradeo o una masacre. El diálogo de sordos entre la Profepa y el Ayuntamiento ha dado como resultado una zona típicamente tijuaneada que pese a todo sigue siendo nuestra postal por antonomasia. Son miles los visitantes que vienen a tomarse fotos a esta esquina continental.
La
muerte no siempre es la gran demócrata que a todos nos iguala. También en la
hora final hay contrastes. ¿Cómo se mueren los escritores? Se mueren de mil
maneras, como todos los seres vivos, pero hay aquí un par de muestras. Por
separado llegan a mí dos ejemplares de Seix Barral que tratan sobre la muerte
de dos tremendos genios de las letras universales: Lev Tolstói y Franz Kafka.
Casi nada.
De la
muerte de Kafka a los 40 años de edad, víctima de una tuberculosis laríngea, no
se enteró nadie y a nivel mediático pasó absolutamente desapercibida. En
cambio, la muerte de Tolstói, a los 82 años de edad, fue noticia mundial, paró
prensas y generó una cobertura periodística sin precedente.
Del libro
Kafka no quiere morir de Laurent Seksik ya hablé brevemente en otro post. Es
una novela a tres voces que retrata los días finales de Franz Kafka en el
sanatorio de Kierling a las afueras de Viena. En realidad hizo falta poquísimo
para que Kafka fuera inexistente en la historia de la literatura universal. Lo
obvio habría sido que ni tú ni yo supiéramos un carajo de él a cien años de su
muerte. De no ser por Max Brod, hoy Franz sería una brizna de polvo, una ficha
bibliográfica para eruditos en la cultura praguense de principios del Siglo XX.
¿Cuántos kafkas ha habido en este mundo de los que nunca tuvimos noticia? Debe
haber varios.
Sin
embargo, el texto que me parece más sorprendente e innovador es Tolstói ha
muerto, del franco-ruso Vladimir Pozner. Un libro bastante atípico que sin duda
habría gustado mucho a Federico Campbell, pues el telégrafo juega un rol
fundamental en su construcción.
Tolstói
ha muerto es esencialmente un gran reportaje y yo no dudaría en recomendárselo
a estudiantes de periodismo. Pozner
reconstruye los últimos días de vida de Lev Nikoláyevich Tolstói en la estación
de Astapovo. Para ello se da a la tarea de recopilar decenas de telegramas e
informes policiales. En noviembre de 1910, Tolstói sale furtivamente de Yasnaia
Poliana acompañado de su hija Alexandra. Con nombres falsos viajan en un vagón
de segunda clase, pero el escritor cae gravemente enfermo durante el trayecto y
se ve obligado a bajar del tren en la estación de la pequeñísima aldea de
Astapovo en donde el guardagujas lo hospeda en su pequeña casita de madera a un
costado de las vías. Tolstói trata de pasar desapercibido, pero en pocas horas
toda Rusia sabe ya que está agonizando en ese recóndito rincón rural. La agonía
de Tolstói es una noticia de alcance mundial. Hay que entender que a Tolstói lo
leía por igual el Zar Nicolás que Lenin. Además, su condición de excomulgado de
la Iglesia Ortodoxa y su rol como líder moral de los Tolstoianos, una creciente
cofradía de anarquistas cristianos que promovía el rechazo al estado y las
instituciones desde una posición pacifista, lo convertía en un sujeto de
interés para la policía secreta zarista.
Más
allá de lo interesante que resulta el tema central, lo verdaderamente sui
generis de Tolstói ha muerto es que la forma en que retrata cómo fue la
cobertura periodística de una noticia de interés mundial en 1910. De esa manera
dimensionamos el rol fundamental e insustituible que jugaba el telégrafo para
la labor periodística. También nos damos cuenta de que en la Rusia zarista ya
había una encarnizada competencia entre periodistas por ganar la noticia. A
Astapovo llegaron colegas reporteros de La Palabra Rusa, La Gaceta, La Voz de
Moscú y Tiempo Nuevo, cada uno haciendo hasta lo imposible por escribir algo
novedoso que no hubieran dicho los demás. Hoy habría sido una guerra de twits,
pero en 1910 ganaba el que enviaba el telegrama más rápido. Nunca antes ni
después hubo tantos reporteros, policías y curiosos concentrados en Astapovo; nunca
antes ni después se utilizó tanto la Clave Morse en aquella recóndita estación
y nunca antes ni después se bebió tanto en la solitaria cantina del pueblo.
Ricardo
Menéndez Salmón afirma en su blog que la casita de madera en donde agonizaba
Tolstói era el equivalente al establo de Belén donde nació Jesucristo. Cientos
de personas se congregaron alrededor de un humildísimo tejabán en una perdida
estación de villorrio para ver morir al mayor escritor de su tiempo, que para algunos
era también una suerte de Mesías.
El ladrido de Pappo delata la presencia del mensajero que ni siquiera necesita timbrar. Cuando un paquete llega a casa a nombre de Daniel Salinas, el 97 por ciento de las veces se trata de un libro. La caja de cartón dice Océano y yo anticipo una sorpresa agradable. Abro con la emoción de un niño en Navidad y de la caja brotan Kolijós de Emmanuel Carrére; La Antártica empieza aquí, de Benjamín Labatut y En palabras sencillas, de Richard Ford ( el segundo ejemplar de Feltrinelli que entra en mi biblioteca). Qué lindo es saber que mi primera casa editorial aún se acuerda de mí y se las arregla para ponerme contento la noche un viernes. Tiempo de estamparles el rojo sello nipón que certificará la bienvenida a mi biblioteca.
Cuando trabajas en un periódico aprendes a trabajar duro y producir resultados aún sin un gramo de inspiración. Aprendes que el cierre no puede esperar, que la nota sale porque sale y que 500 palabras son 500 palabras, no 510 ó 490. Aprendes a eliminar paja innecesaria, a ir al grano, a decir más con menos. Esa actitud de productor en serie me fue muy útil en el periodismo y es fundamental en los libros por encargo (sí, también trabajo a petición de parte y como un buen carpintero, le entrego al cliente un mueble con las medidas solicitadas). A la fecha lo sostengo: si de verdad quieres dedicarte profesionalmente a esto, entonces debes transformarte en un obrero, un minero capaz de picar piedra por largas horas, pero ojo, no basta. Vaya que no basta. La chispa que enciende ese motor capaz de trabajar por horas debe ser la misma que me llevaba en la adolescencia a escribir por escribir, por el puro y vil placer onanista de hacerlo, sin esperar llegar a nada. Se puede trabajar maquinalmente y hace falta un engranaje un poco robótico para la talacha, pero el cimiento y la sustancia, el flujo vital de una creación yace en el deseo.
Soy un cazador de amaneceres. Es una hora embrujada. Es como si el tejido neuronal fuera la arena de una playa aún mojada por la marea alta de los sueños. El mundo alucinante de la duermevela aún impregna la atmósfera y puedes sentirte un perfecto extraño en medio del gran caos universal. Creo que nunca podría escribir a las tres de la tarde, después de comer. A veces escribo en la noche después de una siesta vespertina, pero solo cuando ando retrasado con alguna fecha fatal. Yo jamás caigo en el estereotipo del escritor que aporrea el teclado a la media noche entre el humo del cigarro. Mi mantra sagrado es escribir con café y leer con whisky. Esa es la fórmula. No digo que sea infalible, pero a mí me ha funcionado.
Un
ritual del alba, cada vez más sólido y consciente, consiste en postergar por lo
menos una hora el encendido de las pantallas. Mi reloj biológico suele
despertarme antes de la primera luz y para mí esa hora es sagrada. El nivel de
sensibilidad que se tiene en ese momento no vuelves a experimentarlo en el
resto del día. Es como si el tejido neuronal fuera una playa aún mojada por la
marea alta del océano subconsciente en retirada. El embrujo es efímero, pero
hago lo posible por prolongarlo. Es por ello que me aferro a conservar al menos
60 minutos libres de basura digital. Nada de mirar el celular ni encender la
lap top o el iPad. Con la primera taza de café en la mano, dejo patinar la
pluma por la estepa blanca del papel. Si algunos peces oníricos sobreviven en
la red duermevelera, entonces hago el infructuoso intento de transformarlos en
palabra. Esa escritura solo es posible a mano y se agota en sí misma. No solo
no tengo la intención de publicarla, sino que a veces ni siquiera la releo.
Mucho tiempo hablé de escribir con café y leer con whisky. Tradicionalmente mi
tiempo destinado a la lectura eran las esperas, las filas, los traslados o las
noches, mientras que el amanecer era territorio exclusivo para la escritura,
pero hasta eso ha cambiado. Desde un tiempo para acá me ha dado por leer al
amanecer y solo puedo decirte que es fascinante, sobre todo porque a esa hora
elijo leer poesía (a veces poemas encubiertos en el mentiroso disfraz de una
supuesta prosa). Escribir a mano, leer páginas al azar, subrayar con color de
madera, a veces copiar a mano un verso o una frase y al final, ya cuando voy
por el tercer café, resignarme a mirar por primera vez la pantalla. Reviso el
WhatsApp, los correos, las redes, los portales de noticias y solo entonces
(como diría Bolaño en Nocturno de Chile) empieza la tormenta de mierda. Sí, yo
sé que esto es un contrasentido y podrás decir que soy un hipócrita, pues este
texto lo escribí para compartirlo contigo en una pantalla y para poder leerlo
necesitas sumergirte en este torrente de inmundicia digital. Sí, lo acepto, yo
formo parte de esta porquería, pero creo que antes era un poco más llevadera.
Vaya, llevo 24 años ininterrumpidos en la blogósfera y el periodismo ha sido mi
modus vivendi, por lo que estoy acostumbrado a estar “conectado” y “enterado”,
pero nunca como ahora la pantalla encendida había sido tan descaradamente
contaminante y vomitiva. Ruido, mierda, peroratas de influencers y líderes de
opinión, dogmas de fe y mala entraña. Contaminación absoluta. Sí, también sé
mirarme la cola y admitir que formo parte de esto, pero al menos quiero
conservar ciertos momentos y espacios libres de contaminación. A mí me encantan
mis 60 minutos de poesía sin pantalla al amanecer y saber bajar el switch al
caer la noche. Nada de celular en la cama. Solo lectura de largo aliento. Esos
momentos son mi aldea de Astérix que resiste ahora y siempre al invasor
digital. Sí, lo sé, es una batalla infructuosa, pero les juro que moriré
peleando.