Toscana y sus alfaguaridad
Con David Toscana empecé por el
principio. El 21 de abril de 1993, día de mi cumpleaños 19, alguien (creo que
mi tía Rocío Lozano, pero no estoy tan seguro) me regaló su primera novela,
Las Bicicletas, recién publicada entonces en Tierra Adentro. Así comencé a
recorrer su sendero narrativo. Conservo ese primer libro de Tierra Adentro, hoy
con la firma de David, sobrio y escueto en sus dedicatorias.
No tengo su obra completa, pero todo lo que he
leído, desde las Bicicletas hasta El peso de vivir en la tierra, me ha dejado
huella profunda y me hace caer en la tentación de la relectura. El último
lector inspiró incluso un capítulo en mi Estrella muerta y hace poco volví a
entrarle a Olegaroy y al Duelo por Miguel Pruneda. Hace 32 años, Juan Carlos Martínez,
entonces reportero de El Norte, le hizo su primera entrevista extensa a Toscana.
Mi tocayo Daniel de la Fuente compartió dicha entrevista en 2018 y hoy puedo
decir que es histórica. Me permito robarle una foto de entonces. Un documento
imperdible. Yo tardé algo en saberlo,
pero las primeras novelas de David Toscana se escribieron a unos metros de en
donde yo entonces vivía, en Colinas de San Jerónimo.
“Hay un ermitaño imprudente en
una de las puntas de la sinuosa Colinas de San Jerónimo: Encerrado en su
"cueva'' construida con páginas de Golding y Faulkner, David Toscana
teclea su silenciosa voz en una computadora personal”, escribe Martínez. Pues
bien, yo vivía entonces en esas sinuosas colinas, en la muy literaria calle
Francisco Petrarca. Hace ya un buen rato
que no me tomo el tiempo de leer al Premio Alfaguara, pero obvia decir que el
libro de Toscana lo leeré con deleite apenas lo publiquen. Por primera vez en
años veremos Literatura con mayúsculas en el Alfaguara. Además,
independientemente de que sea Toscana, el tema del libro es uno de los pasajes
más crueles y bizarros de la ya de por sí cruel y bizarra historia bizantina, como fue la batalla de Clidio o batalla de
Belásica el 29 de julio de 1014. Como ustedes saben colegas, a mí me apasiona
la historia balcánica y en el pueblo búlgaro de Klyuch se enfrentaron las
tropas del emperador bizantino Basilio II y el búlgaro Samuel. Los bizantinos
hicieron pedazos a los búlgaros. Las crónicas de la época dicen que los
bizantinos tomaron más de 15 mil prisioneros de guerra, pero en lugar de matarlos,
Basilio ordenó sacarles los ojos. Los dividió en grupos de cien, de los cuales
99 eran cegados, mientras que a un solitario soldado solo le sacaban un ojo
para que en su calidad de tuerto (en el reino de los ciegos el tuerto es rey)
condujera al resto de regreso a Bulgaria. Dicen que la cruel medida fue en
represalia por el asesinato de Botanites, el lugarteniente favorito de Basilio.
El búlgaro Samuel murió de un ataque cardiaco el 6 de octubre de 1014 cuando
frente a su palacio irrumpió el ejército ciego. Recuerdo con claridad cuándo y
en dónde estaba cuando leí por primera vez ese pasaje en la revista española
Historia y Vida, en una solitaria sobremesa en una fondita china de Mexicali en
2011. Escribiera quien escribiera la novela yo la leería con emoción, pero
siendo de Toscana, apuesto doble contra sencillo a que será simplemente chingona.











