DEEPEST PÚRPURA DUERMEVELEBRYO
Un concierto con boleto pagado para ver a Deep Purple en Donnington, al
aire libre. Basta tomar el metro y llegar, pero no…la onda, la verdadera buena
onda se celebrará en Sidney ¿por qué no ir hasta allá? Claro, cosa de agarrar
el avión. Sidney está cerca de Londres después de todo. ¿Cerca? Cuando alego
que Australia está del otro lado del mundo, alguien me dice que existe un
truquito, un atajo aéreo para cubrir esa ruta en minutos. Por herencia solo
queda el metro en Londres, de madrugada como marca el canon de la duermevela,
con accesos cerrados que solo se abren con una tarjetita color amarillo de prepago que llevo en mi cartera y que pese
a ser del trolley sandieguino ¡milagro! funciona en Londres.
Describiré ahora la desafiante y
presagiosa verticalidad de la torre, con su cúpula de medieval aldea y sin
reloj ni utilidad a la vista, pero eso sí, altísima y marcada por la negritud
de una profecía. La torre ardería como una vela, se partiría en dos y con ella
todo el villaje, pero para hablar del ardor por venir, es preciso describir el
retablo en llamas y el carro de mulas pintadas cargado con tres inodoros en
forma de trono que Ortiz arrastró desde Sonora atravesando la Rumorosa solo
para promover el folklore de su terruño coyotero. En el retablo en llamas
bailaban las negrísimas sombras de los demonios y tuve la fatal certidumbre de
que la total incineración de la aldea partiría de ahí, y que mi providencial
irrupción de bombero salvador estaría condenada a fracasar, pero la manguera
cumplió con arrojar con furia su torrente y el retablo ardiente (verso sin
esfuerzo), con todo y sus demonios danzantes, fue pronto brasa empapada, humo
recién bañado. La misión fue un éxito, pero la fatalidad del incendiario
Apocalipsis por venir no había sido conjurada. Ardería, sin duda ardería.
Soñaba con algún concierto de Maiden, yo en primera fila y el predecible ritual de la segunda rola, 2
minutes to midnight con todo y sarcófagos egipcios, cuando hizo su aparición el alba en plan de
hada invernal sugiriendo calcetines y tornando impostergable un inoportuno
residuo de meada. Imposible retornar al sueño perdido. Imposible fundirme en
ficciones sin fe, personajes que no creen en sí mismos, sombras sin sustancia.
De cualquier caso, si hay un territorio con un vestigio de fertilidad
narrativa, son estos oscuros amaneceres con cinco horas de sueño a cuestas y
cierta predisposición a parir fantaseo y creer en cheneques capaces de dictar
historias susurrando al oído. Pronto vendrá el sol de la mano del ruido y la
furia del día, la dosis de perorata intolerante en las redes, tus pastillitas
de verdad absoluta y tu inmersión en mil monólogos de sordos mientras la Parca
va separando las piececitas con las que jugará esta jornada.








