Eterno Retorno

Sunday, March 29, 2026

DESPANZURRAR AL CENTAURO (revisited 2026) Manual de pepena y caza para ensayistas rejegos

 


En ningún género soy tan brutalmente honesto como en el ensayo.  Cuando escribo ficción soy (como todos) un poco o bastante chapucero, pues al final de cuentas se trata de contar mentiras creíbles e inventar amigos imaginarios y aunque me divierta mucho haciéndolo, no deja de ser una treta. En cambio, en mi fase de ensayista soy yo pensando en voz alta, hablando solo mientras camino a la deriva  o  bajo el fresco chorro de la regadera. Cuando escribo ensayo estoy charlando frente a ti en un café o en una cantina. Estoy iniciando una conversación contigo, planteándote mis dudas y mis pensamientos contradictorios. Aunque la escritura pueda parecer una actividad solitaria, cuando escribo ensayo siempre siento que le estoy hablando a alguien sobre un tema que me obsesiona. 

 

Yo escribo ensayos a partir de la duda y la curiosidad. Si todo en mí fueran certezas, lo más probable es que no sintiera  impulso alguno para empezar a escribir. Escribo sobre temas que llevan un buen rato bailándome en la cabeza, que son tercos y machacones como una mosca panteonera en verano e irrumpen del mar de la duermevela cuando despierto en la madrugada. Escribir es interrogarme e interrogarte. Podría decirte que busco respuestas pero a menudo encuentro más preguntas. 

Creo que de una u otra forma siempre estoy escribiendo y leyendo ensayos. La absurda paradoja, es que pese a hacer de mi vida cotidiana un ritual ensayístico, hoy reparo en que no tengo muy claro cómo poder guiar o aconsejar a alguien para escribir un ensayo.

Hoy será la primera vez que impartiré un taller de ensayo. Apenas el viernes de la semana pasada terminé un taller de cuento y el mes pasado impartí uno de periodismo narrativo, pero aunque me considero un ensayista hormonal, la realidad es que carezco de un método estandarizado de trabajo. Vaya, sigo más reglas y parámetros cuando empiezo a escribir un cuento y a menudo naufrago en varias tentativas de arranque antes de poder encender el motor. En cambio, con el ensayo la escritura fluye tan natural como el pensamiento y me doy cuenta que a menudo empiezo a navegar a la deriva sin tener muy clara la ruta. 

Lo extraño y lo contradictorio es que para mucha gente  el ensayo es el género formal por excelencia. La sombra proyectada por  la academia es  densa y castrante, pues a menudo  me encuentro con colegas estereotipan al ensayo como un acartonado mamotreto encorsetado en el calabozo del marco teórico, la metodología, el abstract, las conclusiones y un inabarcable océano de citas textuales y referencias bibliográficas a pie de página que a menudo acaban por desbordar y sepultar las ideas propias, si es que las hay o alguna vez las hubo. No pretendo denostar a los académicos y su mundo. Asumo que ellos tienen una labor que cumplir en esta vida y sin duda es respetable. Sucede simplemente que jugamos en divisiones diferentes y por nada del mundo me gustaría jugar en la suya. Yo estoy aferrado a la literatura porque soy un hedonista vil que solo concibe la lectura asociada al principio del placer, un furtivo pepenador de palabrería, un escapista vocacional.   

El ensayo literario es libertad. Mi paisano Alfonso Reyes lo definió como el Centauro de los géneros. También podríamos concebirlo como el gran ajolote prosístico en donde caben todos los géneros. El ensayo parte de una idea o varias ideas, pero al irlas desmenuzando puedes echar mano de la novela, el cuento o la poesía. El ensayo no es periodismo pero se lleva de maravilla con la crónica. El ensayo es ideal para cruzar furtivamente la frontera narrativa… 

 

Así las cosas, aquí les comparto un mentiroso decálogo que ba a ser de diez pero acabó en doce ideas y conceptos para despanzurrar al Centauro

 

AdvertenciaAquí estamos hablando de ensayo literario, es decir de creación e imaginación. Olvídense del abstract, los objetivos,  el  marco teórico- metodológico o las conclusiones. Aquí lo que se valora sobre todo y ante todo  es la inventiva, pero  también la riqueza de la prosa, su claridad y fluidez, la originalidad de la exposición y la capacidad de establecer un diálogo franco con un hipotético lector. 

 

1.     Ante todo sé creativo y suéltale las riendas a tu imaginación.  En el ensayo literario la creatividad lleva mano sobre la erudición.  

2.   Me gusta concebir el ensayo como una conversación y no como una conferencia. Cuando escribo ensayo tengo el ánimo de una charla de café o cantina. El ensayo es el fluir el pensamiento en voz alta. 

3.   Olvídate de los límites. Cualquier tema es susceptible de ser desarrollado en un ensayo. Puedes bucear en profundidades ontológicas, desmenuzar la quintaesencia de la poesía mística o simplemente disertar sobre el rol de los corta uñas y los cepillos de dientes en la vida moderna. 

4.   ¿Cuál es el mejor tema? Uno que te emocione pero sobre todo que te inquiete, que  te haga dudar y reflexionar mientras caminas, te bañas o intentas conciliar el sueño. Es deseable (obvia decir) dominar dicho tema pero importa más que tengas algo diferente e imaginativo que expresar. 

5.    Hazte preguntas y hazle preguntas a tu lector. Atiborra tu ensayo de signos de interrogación.  Nada errado andaba Sócrates con su mayéutica.  Los mejores ensayos son los que siembran dudas, no los que imponen certezas. Pregúntate, respóndete,  vuélvete a preguntar y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones. 

6.   Escribe preferentemente desde el yo. La neutralidad y la distancia son deseables en la nota periodística o el reportaje, pero si hablamos de ensayo se trata de darle voz a tu pensamiento y de razonar tus ideas. 

7.    Lee tu ensayo en voz alta e intenta sentir su ritmo y cadencia. De acuerdo, un ensayo no es un poema, pero siempre es mucho más rico leer a un ensayista capaz de expresarse en una prosa rítmica plena en imágenes, juegos de palabras o metáforas que a un hacedor de ladrillos. 

8.   Narra historias. Echa mano de tu anecdotario personal, de tus recuerdos o tus lecturas. Recurre a personajes de cuento o de novela, a estrofas de poemas o a escenas de películas o a cualquier elemento de la cultura popular que te ayude a expresar mejor una idea. 

9.   Aunque existen riquísimos ensayos miscelánea en donde se habla de todo un poco y se da rienda suelta a la dispersión, lo ideal es no salirse por la tangente y cambiar de tema abruptamente. Desarrolla tu tema a profundidad sin dejar de tender puentes y bifurcar senderos.  

10.                     En el ensayo la sabiduría se aplaude pero aquí no se trata de derrochar conocimientos. No te aferres a demostrar lo mucho que sabes sobre un tema amontonando datos y estadísticas. No cuestión de emular a Wikipedia sino de expresar puntos de vista, lanzar interrogantes, formular hipótesis.  

11.                       Ante todo lee.  Sé un lector omnívoro y lee a cuantos ensayistas puedas pepenar. Lee a Montaigne, que es el papá de los pollitos y después lee a Thomas de Quincey, a Rousseau, a Nietzsche y Zweig. Lee la obra ensayística de Borges (sin duda lo más parecido a eso que llaman deidad). Lee a Susan Sontag y a Margo  Glantz. Lee  a Alfonso Reyes y lee a Vasconcelos. Lee a Sergio González Rodríguez, a Juan Villoro, a Laura Sofía Rivero, a Neige Sinno y a Heriberto Yépez.  Lee a Gabriel Zaid y  por favor lee a Octavio Paz aunque te hayan dicho que es un mamón y lee a Cristina Rivera Garza (aunque a veces me harte su estilo). Lee Cumpleaños de César Aira y El último lector de Piglia.  Lee a Sergio Pitol y a Alberto Manguel y si quieres estar a la moda lee a Irene Vallejo y a Yuval Noah Harari (de moda o no, ambos son buenísimos). Léelos, cuestiónalos, duda de ellos, ponlos de cabeza y vuélvelos a leer. 

12.                      Mejor no me hagas caso. Deja las reglas y los inviolables mandamientos para la academia.  Tú imagina, crea y sobre todo duda y hazme dudar. Ten siempre afilado y al acecho el signo de interrogación.  (DSB) 

 

 

El Centauro despanzurrado, siete años después-

 

Escribí Despanzurrar al Centauro en 2019 como carta de presentación para primer taller de ensayo que impartí en mi vida.

He desempolvado el texto siete años después y reparo en que sigo pensando esencialmente lo mismo y las reglas de mi juego no cambian.

Claro, el arsenal de lecturas sobre el arte del ensayo sigue creciendo y en los últimos meses he dado con algunos conceptos que refuerzan mi sentir. Un grato descubrimiento ha sido El mundo como ensayo, del español Juan Malpartida, un sui generis diccionario enciclopédico ensayístico que derrocha esencia de Montaigne.

Precisamente, evocando al señor de la Montaña, Malpartida diserta: Montaigne tituló su libro en plural, porque el ensayo nunca es, por definición, singular: su poética implica pluralidad tentativas- A diferencia del tratado, que dice siempre no me interrumpa, el ensayo sonríe ante las interrupciones porque sabe que son una fuente de inspiración. Es un reciclador perpetuo, un aprovechado con descaro que usa incluso los olvidos, y sobre todo la ignorancia.

Malpartida dice que el ensayista es un  flâneur, no un atleta de maratón ni tampoco un científico cuya prueba supone una verificación o, mejor dicho, una eliminación del error.

Nada errado que anda Malpartida. Es en las caminatas como nacen mis ensayos. La primera fase de la escritura no brota frente al teclado o con una pluma en la mano, sino en las dispersas caminatas. Acaso en mi decálogo para ensayistas tendría que agregar un consejo infalible. Camina, camina mucho para que escribas caminando. Lo de las caminatas suelo recomendárselo a los colegas reporteros: la mejor manera de tomarle el pulso a tu ciudad y encontrar nuevas betas informativas es caminando sus calles. Pues, bien, creo que lo de gastar las suelas aplica también para el ensayo.

En el Libro tercer de sus Ensayos, Montaigne confiesa que la mayoría de sus ideas le surgen de manera anárquica y espontánea casi siempre cuando está cabalgando. Esa es la columna vertebral del ensayo Montaigne a caballo de Jean Lacouture, una biografía intelectual que rompe el mito del Señor de la Montaña como un ermitaño confinado en su torre en total aislamiento del mundo real. Aunque fue un gran lector, Montaigne se inspiró más de la contemplación y la vivencia que del estudio.

Tal vez porque la cabra tira al monte, tiendo abrevar en libros que tan solo refuerzan mi concepto del ensayo como el más espontáneo y conversacional de los libros. Una lectura reciente es Ensayismo, del irlandés Brian Dillon, una amena reflexión sobre el sentido y el placer de leer y escribir ensayos en el mundo actual. La etimología del verbo francés essayer parte del latín exagium que significa balanza, o exagiare que significa pesar. Partiendo de Montaigne a Francis Bacon para desembocar en Pascal, Rousseau y Nietzsche. Ensayismo, dice Dillon, no es la mera práctica de la forma, sino una actitud hacia la forma, a su espíritu de aventura y a sui naturaleza  inacabada.

El ensayo es preguntarse y responderse y en ese sentido, para disertar sobre la naturaleza del género e intentar explicar su naturaleza, nada mejor que responder unas cuantas preguntas que me hace llegar mi colega Marco Ángel en torno al decálogo del centauro despanzurrado.

Pregunta Marco Ángel: cuando dices que el ensayo es una conversación, ¿qué tipo de conversación es? ¿Una discusión, una confesión, una exploración conjunta, todas estas opciones a la vez? (me gustaría mucho saber de tu experiencia)

Claro que es una conversación con un hipotético lector imaginario que siempre está a mi lado. A menudo, mi proceso escritural no se da frente al teclado de la computadora o con una pluma en la mano, sino caminando.

El ensayo es como invitar a ese lector a caminar conmigo por un terreno que yo mismo estoy descubriendo, una vereda donde voy abriendo brecha. No parto de certezas absolutas que quiero imponer, sino de una inquietud que deseo compartir.

Cuando digo que el ensayo es una conversación, me refiero a algo que combina varias dimensiones al mismo tiempo, aunque no de forma equilibrada ni premeditada en todos los casos. Para mí, el ensayo es ante todo una exploración conjunta.

En ese sentido, el lector no es un espectador pasivo, sino alguien que, idealmente, se suma al ejercicio de disección. El mejor lector de ensayos es el que los complementa con su mirada o su experiencia personal, el que los contradice o los pone de cabeza.

El ensayo es una discusión interna que se vuelve externa: discuto conmigo mismo, con tradiciones literarias o intelectuales que admiro o que me irritan.

 

Pregunta Marco:  ¿Qué tipo de pensamiento solo puede ocurrir en el ensayo y no en la ficción ni en el periodismo?... O sea: ¿qué diferencia esa conversación del ensayo de la conversación que ocurre en la crónica o el periodismo narrativo?

 

Me encanta esta pregunta, porque creo que la semilla o el gusanito que hizo germinar en mí el deseo ensayístico nace de mi labor reporteril. El ensayo y la crónica son géneros que se complementan y maridan en plena armonía como el ceviche y el vino blanco, pero aunque son un matrimonio perfecto, nunca olvido que el ceviche es pescado y el vino un fermento de uva. El pensamiento ensayístico se permite dudar, cavilar, contraponerse. El ensayo saca a la superficie una tormenta interior, mientras que el periodismo narrativo describe lo que está en el exterior. No se puede hacer periodismo limitándose únicamente al pensamiento o las ideas. Tanto al ensayista como al reportero les recomiendo caminar, pero mientras la caminata ensayística sirve ante todo para estimular el pensamiento y la creatividad, la caminata periodística tiene como finalidad la observación de la realidad y entorno para describirlos y narrarlos.

Por lo que a la ficción respecta, el pensamiento debe ser sumamente estructurado. Dado que a priori jugaré a ser un mentiroso, tengo que hacer todo lo posible para que mis mentiras sean creíbles. Tal vez hablo a título estrictamente personal, pero para expresar y desarrollar una idea solo requiero dar rienda suelta a mis pensamientos, mientras que para construir un personaje verosímil requiero delinear ciertos parámetros

En la ficción, el pensamiento suele estar dramatizado o encarnado en personajes, en la trama o en la voz narrativa. Aunque un personaje pueda reflexionar profundamente, esa reflexión siempre está al servicio de la historia, de la construcción estética o de la ilusión narrativa. Un buen narrador de ficciones debe desaparecer o fragmentarse, mientras que un ensayista debe ser brutalmente honesto y transparente.

 

¿Qué tipo de duda es la que produce un ensayo?, ¿Hay un estado ensayístico de la mente? ¿La duda es un método o una actitud?

Caray colega, me encantó ese concepto y te lo voy a robar: estado ensayístico de la mente. En efecto, you name it: mi red neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por un crónico signo de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las dudas. Nada más ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío es desentrañar, destripar, despanzurrar conceptos.

La duda que produce un ensayo es, para mí, una duda activa, productiva y encarnada. No es la duda escéptica que paraliza ni la duda retórica que solo busca confirmar lo que ya se sabe. Es una duda que genera movimiento: una inquietud que obliga a seguir abriendo, cuestionando y desmontando.

El estado ensayístico es una disposición mental caracterizada por la insatisfacción con las respuestas cerradas y por una especie de alerta permanente ante lo que parece demasiado pulido, demasiado mítico o demasiado cómodo. Es una mente que se siente incómoda en las certezas prefabricadas y que prefiere habitar la zona intermedia, la grieta, el intersticio. Es una mente que camina con la pregunta abierta en la mano en lugar de con la conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo describía como “ensayar” en el sentido literal: probar, experimentar, poner a prueba las propias ideas como quien prueba un arma o un caballo.

Esa actitud genera, casi por necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin saber exactamente adónde se llega, permitiendo que las contradicciones aparezcan en la página y dialoguen entre sí. No es el método cartesiano de la duda sistemática para llegar a certezas indudables, sino más bien una duda montaigniana: dubitativa, corporal, provisional y siempre dispuesta a revisarse a sí misma. En eso consiste el despanzurramiento del Centauro.

 

 

Si dices que el ensayo es libertad, entonces ¿Hay algo que el ensayo no pueda hacer? ¿Existen límites para el ensayo?

El límite es cambiar el signo de interrogación por el mandamiento. Pontificar y catequizar en lugar de invitar al libre pensamiento.
El ensayo vive de la provisionalidad. Si el texto se cierra en una tesis dogmática, deja de ser ensayo y se convierte en tratado, manifiesto o artículo académico convencional.

Creo que tienes que ser honesto contigo mismo y por ende con el lector. Puedes contradecirte, pero no puedes mentir conscientemente ni manipular con mala fe. Creo que si esa frontera ética se transgrede,  el texto pierde su valor ensayístico.

El ensayo literario no puede pretender suplantar al conocimiento científico. El ensayo puede reflexionar sobre la ciencia, la historia o la filosofía, pero no puede reemplazar la investigación sistemática ni la demostración científica. Yo puedo escribir un ensayo sobre Darwin, pero no puedo pretender suplantar a Darwin o afirmar categóricamente que la Teoría de la evolución es falsa. Puedo cuestionar la interpretación de un hecho histórico o sus efectos, pero no negar categóricamente la existencia de ese hecho histórico. Vaya, yo puedo escribir un ensayo sobre las diversas interpretaciones que la figura de Cristóbal Colón ha generado a lo largo de la historia, pero no puedo de buenas a primeras decir que Cristobal Colón no existió o que en realidad era una mujer. Podría construir una ucronía ensayística y tratar de imaginar un mundo en donde Cristóbal Colón no hubiera existido, pero en el entendido de que es una suposición

El ensayo puede iluminar, cuestionar o humanizar el conocimiento, pero no puede fabricarlo desde cero sin caer en la vil charlatanería.

El ensayo nace de una voz subjetiva que piensa, diserta, reflexiona y cuestiona. Si se elimina por completo esa voz, corre el riesgo de convertirse en artículo periodístico o en ensayo académico impersonal. El límite aquí es sutil: el yo del ensayo no es narcisista, pero sí es necesario.

Thursday, March 26, 2026

En ese primer cuaderno

 


En ese primer cuaderno narraste la muerte de tu abuela Emilia; tu expulsión del Liceo Anglo Francés de Monterrey por mala conducta;  la fiebre futbolera de 1986;  tu primer orgasmo (aunque no entraste en detalles); el nacimiento de tu hermana Elisa; tu caída en el tutelar para menores por robar en un Súper 7; tu forzada mudanza a la Ciudad de México por el trabajo de tu padre adoptivo; tus primeros escarceos con la chilanga banda; las madrizas, vagancias y tu primer toque de mota; tu primera compulsiva escritura a bordo de un avión al iniciar un  idílico auto exilio de meses a paisajes de ensueño en  Colorado y Wyoming; tu entrada a una prepa hostil infestada de juniors malcriados; tu improbable desquinte en el verano del 89 con una tabasqueña a la que conociste en una callejoneada de Guanajuato;    el nacimiento de tu hermano Adrián en los días en que el muro de Berlín acababa de caer; la fiebre del Mundial 90 que te sorprendió inmerso en martirizantes exámenes extraordinarios; tu primer tatuaje y todo lo que cabe en una vida de los 10 a los 16 años. Tu diario comenzado en 1984 tuvo su punto final en la Navidad de 1990. En las últimas páginas hacías una letra microscópica, pues deseabas que el cuaderno concluyera al acabar el año. Empacaste un sexenio de vida en unas 200 páginas, pero justo es aclarar que aunado a tu letra  pequeñísima, los textos de aquel entonces no eran tan largos y tampoco tan constantes. A veces llegabas a pasar semanas sin escribir, sobre todo en los  primeros dos años del diario, pero con el correr del tiempo la escritura se fue tornando compulsión. Vivir implicaba necesariamente narrar la vida.

Wednesday, March 25, 2026

La sociedad de los poetas muertos

 



Signo de nuestro tiempo o acaso de la edad de quienes integran nuestros círculos profesionales, pero las muertes repentinas poco a poco se van volviendo ritual de lo habitual. Una tarde cualquiera curioseas en tu teléfono y de pronto, como si tal cosa, ahí está en blanco y negro la foto de un contacto con su moño oscuro. Horas después empiezan a aparecer las condolencias y los testimonios:  yo lo conocí, tengo todos sus libros dedicados, gran escritor, amoroso padre de familia, apenas la semana pasada tuvimos una mesa redonda en Zoom, recién ayer  platicamos por Whatts…

No lo sé, pero tengo la sensación de que últimamente escribo muchos obituarios En los últimos tres meses se han muerto cuatro poetas a quienes conocí y traté. La argentina Mónica Maristain y el  tijuanense Eduardo Hurado murieron con unas horas de diferencia el pasado mes de diciembre. Mónica me entrevistó varias veces y me publicó no pocos textos en su página Maremoto Maristain. A Eduardo Hurtado lo tuve como jurado en un premio estatal que gané con el libro Furtividad bajo palabra y nos tocó coincidir en no pocas presentaciones y eventos. Hace un mes murió Miguel “El Oso” Manríquez, un inmenso poeta sonorense con quien alguna vez compartí un viaje de ida y vuelta de Hermosillo a Obregón, mismo que aún recuerdo por lo ameno de su charla. Desde entonces nos hicimos amigos y hablábamos mucho a la distancia. Esta mañana murió Rael Salvador, el caudillo cultural ensenadense que con pura terquedad y entusiasmo mantuvo vivo el suplemento cultural Palabra del periódico El Vigía, donde publiqué regularmente desde 2014 a la fecha. De pronto, tengo una fatal conciencia de la inminencia de la muerte. Voy a cumplir 52 años y debo decir que me siento mucho mejor que en el 2025. He bajado mucho de peso, hago ejercicio todos los días y me siento con energía como para durar y dar lata en este mundo otro buen rato, pero sé que un día cualquiera, un contacto echará una mirada distraída a las redes y de pronto aparecerá mi foto con su moño negro, tal vez alguna esquela y al cabo de un par de días, el manto del olvido absoluto que seré. Me siento bien, pero sé que tampoco puede faltar demasiado para mi turno. En cualquier caso estoy mucho más cerca del día de mi muerte que del de mi nacimiento.

Sin escalas hasta el final de la noche y más allá

 

Hace diez días, en la mañana dominical de los Idus de Marzo, Rael Salvador me escribió como hacía siempre que brotaba un nuevo ejemplar de Palabra. En los últimos doce años, la regla no escrita es que cada que salía un número del suplemento cultural al que cuidó y mantuvo vivo con tanto esmero, él me enviaba el archivo. En esta ocasión la portada estaba dedicada el cineasta húngaro Bela Tarr. Sin importar las circunstancias y ajeno a cualquier angustia por bonos de popularidad, Rael se la jugó siempre por la alta cultura. Palabra fue el suplemento bajacaliforniano que dio cabida a expresiones artísticas más complejas además de reunir una variopinta y sofisticada legión de colaboradores (Federico Campbell entre ellos). Desde 2014 a la fecha le envié periódicamente mi colaboración, a la que bauticé como Aleatoriedades. Obviamente me tocó coincidir con él no pocas veces en charlas y mesas redondas. Rael era un intelectual de otro tiempo, de la estirpe, vocación y estilo de un filósofo existencialista de los sesenta, una suerte de Sartre perdido en la Cenicienta del Pacífico. Derrochaba esencia de vieja escuela. Su estilo no era complaciente y sus convicciones no eran negociables. Caminaba por el sendero de la izquierda más tradicional, pero hizo de Palabra un suplemento plural en donde cabían todas las ideologías. Sé que amaba profundamente la obra de Eduardo Galeano (al que alguna vez entrevistó) y aún así me publicó un texto satírico sobre el uruguayo. Adoraba a Facundo Cabral (a quien también entrevistó) y su desafiante poesía navegaba en un cementerio marino entre las oscuras ínsulas de Breton, Jim Morrison y Rimbaud. Escribió hasta el último día su columna El último lector y es de los pocos colegas de quien puedo decir que se murió con la suya, abrazado a su bandera y su trinchera. Hoy, como el Rey Lagarto, tomó la autopista hacia el final de la noche.

 

 


Monday, March 23, 2026

Adiós Chesito

 


Se llamaba Jorge Castillo, pero todos lo conocíamos como el Che o el Chesito. Creció en       el barrio de Villa Devoto, el llamado jardín de Buenos Aires, y me narraba que siempre camino a la escuela pasaba por la famosa cárcel porteña. Fue hijo de un fotógrafo de quien heredó el oficio, la sagacidad y el buen olfato periodístico. Llegó a Tijuana a finales de los 80 y empezó a trabajar en el periódico El Mexicano. Hincha de River Plate y cristiano militante, tenía un fino humor y un natural don de gentes. A mí siempre me echaba carrilla por los Tigres y nunca dejó de recordarme la final de Libertadores que perdimos en el Monumental de Núñez. Los años pasarán y nunca olvidaré que en 2010, cuando trabajaba en la Comisión de los Festejos del Bicentenario que dirigía Patricio Bayardo,  el Chesito me dio un empujón clave para poder publicar mi primer libro. Alguna vez me invitó  platicar con su grupo en el Cecyte y pude constatar lo mucho que lo querían. No deja de ser una gran paradoja que haya dicho adiós justamente un 23 de marzo, pues cuenta la leyenda que exactamente 32 años antes, en 1994, el Che Castillo fue el único fotógrafo que logró colarse al Hospital General de Tijuana en donde Luis Donaldo Colosio fue oficialmente declarado muerto. Descansa en Paz Chesito. Hoy, como el Capitán Beto, navegas por el espacio con un banderín de River Plate en el comando.

Saturday, March 21, 2026

Lo que dicen mis colegas cimarrones sobre la piedra de la locura


 

Estudiantes y autor exploran simbolismos, ambiguedad y multiples interacciones en una obra que rompe con la narrativa tradicional.


En la reciente sesión del círculo de lectura “Nopales de leer” tomada el 18 de marzo del 2026, los estudiantes reflexionaron sobre el cuento. “Yacen las piedras de la locura en la rumorosa” caracterizado por su complejidad simbólica y estructura poco convencional.
Desde el inicio, se destacó la presencia de elementos como “la piedra de la locura” y la ambientación en La Rumorosa, los cuales despertaron interpretaciones diversas sobre la locura, la realidad y la construcción de significado dentro del texto. 
Durante la sesión, varios lectores coincidieron en que la obra presenta una fuerte carga semiótica, integrando referencias a otras obras, contextos históricos y elementos culturales, también se mencionó la relación entre la literatura, la religión y la política. 

Uno de los puntos centrales del diálogo fue la dificultad para comprender el relato, especialmente en comparación con lecturas anteriores más accesibles. Algunos estudiantes señalaron que el texto resultó confuso en cuanto a su temporalidad, personajes y desenlace, lo que generó dudas sobre el papel de figuras como Ximena y la coherencia de los eventos narrados. 

A partir de estas inquietudes, surgió una reflexión sobre los distintos tipos de literatura. Se debatió la idea de que no existe una “mejor” literatura, sino diferentes formas de expresión: desde textos ligeros y de fácil comprensión hasta obras densas que requieren mayor interpretación. En este sentido, se resaltó la importancia de no descalificar ningún estilo, sino de explorar diversas propuestas literarias. 

La sesión tomó un giro significativo con la participación del autor del cuento Daniel Salinas Basave, quien explicó que su obra busca imitar la lógica de los sueños. Reconoció que se trata de un relato intencionalmente caótico, sin un cierre definitivo, en el que el lector tiene la libertad de construir su propia interpretación. Asimismo, reveló que se inspiró en experiencias personales, leyendas locales y referencias artísticas para crear una atmósfera ambigua y sugestiva. 

Finalmente, los alumnos valoraron la experiencia como un ejercicio enriquecedor que permitió confrontar distintas perspectivas de lectura. A pesar de las dudas generadas por el texto, se concluyó que su carácter abierto fomenta la reflexión y el diálogo, consolidando el objetivo principal del círculo de lectura: explorar la literatura desde múltiples miradas. 

Les recordamos que este circulo de lectura está abierto para todos aquellos estudiantes interesados en aprender y expandir su conocimiento literario, la próximas sesion será el próximo 8 de abril en la sala de posgrado de la facultad. 

Thursday, March 19, 2026

Remontada matadora


 

Aunque suelo ser un pesimista hormonal, confieso que en esta ocasión siempre tuve fe en la remontada, si bien no imaginé un guion tan en extremo cardiaco. Esta es la mejor manera de despedir el invierno y con excelentes augurios para la primavera que comienza. A veces necesitas un juego así para que tus emociones y endorfinas se transformen en lava volcánica y hagan erupción. En cualquier caso, aunque la concachaforrya suela valerme un carajo, el golazo de Gorriarán a pase de Gignac ya está inscrito en los instantes inmortales de la épica Tigre.

Nopales de Leer

 


Ayer tuve el gusto de convivir a la distancia con mis colegas del círculo de lectura Nopales de Leer (vaya nombre más creativo) de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la UABC que coordina la maestra Liz Camacho. Mis colegas leyeron Yacen las piedras de la locura en La Rumorosa, acaso el cuento más surrealista que he publicado en mi vida. Me sorprendieron gratamente los comentarios e interpretaciones de los chicos. Un colega me preguntó si el nombre del personaje principal, Galaor Roa, estaba inspirado en el caballero Galaor, hermano de Amadís de Gaula y la respuesta es sí. También encontró paralelismos entre la hechicera del Amadís, Urganda la Desconocida y Ximena, la enfermera del manicomio de La Rumorosa. Yacen las piedras de la locura en La Rumorosa no es mi cuento más representativo y es muy diferente a mis otras historias. Me inspiré en la sensación tan alucinante que me invade cuando me ha tocado cruzar solo La Rumorosa al caer la noche y en las leyendas populares que se cuentan sobre esa carretera. También en la historia del manicomio de La Rumorosa, que aborda Federico Campbell en Pretexta y en el cuadro La extracción de la piedra de la locura de El Bosco. En cualquier caso, a mí siempre me parecerá un pequeño gran milagro que alguien se tome el tiempo de leer y analizar una historia nacida en tu cabeza y lo único que puedo decirles es Gracias infinitas colegas.

Monday, March 09, 2026

Era una foto horrible, por supuesto, pero solo una foto es la primera.

 


En el partido contra Avellino ocurrió lo increíble, una ceremonia de unidad y camaradería que marcó el cruce de un umbral: Radelgardo te dio por primera vez a beber de su pomo de whisky. Hasta ese momento su pacha de licor había estado reservada a un consumo personalísimo.

-      Venga, toma un trago, carajo. Así de tenso no podrás conseguir  nunca una buena foto. Para capturar la esencia del juego tienes que estar un poco entonado  y esta es mi poción mágica.

Bebiste de ese mal whisky con la solemnidad y la devoción de un templario que de pronto bebe elixir divino del Santo Grial.

Quince días después el  trago compartido  consumó su embrujo. Después de darte de beber,  Radel te puso un reto relativamente fácil. Debías tomar la foto del momento en que el veterano delantero inglés, Trevor Francis, era sustituido en el segundo tiempo por un novato. Que el entrenador Nedo Sonetti se atreviera a ordenar el cambio sacrificando al jugador más caro del club era toda una declaración de principios, una nota periodística en sí misma. Claro, tomar la quietud de un jugador que sale a paso de tortuga del campo de juego mentando madres contra su entrenador no es un reto tan complicado como captar el lance de un arquero o un penalti cañoneado. El resultado de tu intento fue más bien mediocre, pero Radel cumplió con palomear tu humilde fotografía  que ilustró una pequeña nota anexa en la edición de L Eco de Bérgamo en donde se hablaba de la inconformidad del delantero británico al ser sustituido. Aquella noche en el bar Botticelli, Radel derramó un tarro cervecero sobre tu cabeza.

-      Este es tu bautizo. Yo también recuerdo cuando publiqué mi primera fotografía. Fue en marzo de 1948, en la temporada en que fuimos quintos en Serie A. Era una foto horrible, por supuesto, pero solo una foto es la primera.