DESPANZURRAR AL CENTAURO (revisited 2026) Manual de pepena y caza para ensayistas rejegos
En ningún género soy tan
brutalmente honesto como en el ensayo. Cuando escribo ficción soy
(como todos) un poco o bastante chapucero, pues al final de cuentas
se trata de contar mentiras creíbles e inventar amigos imaginarios y aunque me
divierta mucho haciéndolo, no deja de ser una treta. En cambio, en mi fase de
ensayista soy yo pensando en voz alta, hablando solo mientras camino a la
deriva o bajo el fresco chorro de la regadera. Cuando
escribo ensayo estoy charlando frente a ti en un café o en una cantina. Estoy
iniciando una conversación contigo, planteándote mis dudas y mis pensamientos
contradictorios. Aunque la escritura pueda parecer una actividad solitaria,
cuando escribo ensayo siempre siento que le estoy hablando a alguien sobre
un tema que me obsesiona.
Yo escribo ensayos a partir
de la duda y la curiosidad. Si todo en mí fueran certezas, lo más probable es
que no sintiera impulso alguno para empezar a escribir. Escribo
sobre temas que llevan un buen rato bailándome en la cabeza, que son tercos y
machacones como una mosca panteonera en verano e irrumpen del mar de la
duermevela cuando despierto en la madrugada. Escribir es interrogarme e
interrogarte. Podría decirte que busco respuestas pero a menudo encuentro más
preguntas.
Creo que de una u otra forma
siempre estoy escribiendo y leyendo ensayos. La absurda paradoja, es que pese a
hacer de mi vida cotidiana un ritual ensayístico, hoy reparo en que no tengo
muy claro cómo poder guiar o aconsejar a alguien para escribir un ensayo.
Hoy será la primera vez que
impartiré un taller de ensayo. Apenas el viernes de la semana pasada terminé un
taller de cuento y el mes pasado impartí uno de periodismo narrativo, pero
aunque me considero un ensayista hormonal, la realidad es que carezco de un
método estandarizado de trabajo. Vaya, sigo más reglas y parámetros cuando
empiezo a escribir un cuento y a menudo naufrago en varias tentativas de
arranque antes de poder encender el motor. En cambio, con el ensayo la
escritura fluye tan natural como el pensamiento y me doy cuenta que a menudo
empiezo a navegar a la deriva sin tener muy clara la ruta.
Lo extraño y lo
contradictorio es que para mucha gente el ensayo es el género formal
por excelencia. La sombra proyectada por la academia
es densa y castrante, pues a menudo me encuentro con
colegas estereotipan al ensayo como un acartonado mamotreto
encorsetado en el calabozo del marco teórico, la metodología, el abstract, las
conclusiones y un inabarcable océano de citas textuales y referencias
bibliográficas a pie de página que a menudo acaban por desbordar y sepultar las
ideas propias, si es que las hay o alguna vez las hubo. No pretendo
denostar a los académicos y su mundo. Asumo que ellos tienen una labor que
cumplir en esta vida y sin duda es respetable. Sucede simplemente que jugamos
en divisiones diferentes y por nada del mundo me gustaría jugar en la suya. Yo
estoy aferrado a la literatura porque soy un hedonista vil que solo concibe la
lectura asociada al principio del placer, un furtivo pepenador de
palabrería, un escapista vocacional.
El ensayo literario es
libertad. Mi paisano Alfonso Reyes lo definió como
el Centauro de los géneros. También podríamos concebirlo como el gran
ajolote prosístico en donde caben todos los géneros. El ensayo parte de una
idea o varias ideas, pero al irlas desmenuzando puedes echar mano de
la novela, el cuento o la poesía. El ensayo no es periodismo pero se lleva
de maravilla con la crónica. El ensayo es ideal para cruzar furtivamente la
frontera narrativa…
Así las cosas, aquí les
comparto un mentiroso decálogo que ba a ser de diez pero acabó en doce ideas y
conceptos para despanzurrar al Centauro
Advertencia- Aquí estamos hablando de ensayo literario, es
decir de creación e imaginación. Olvídense del abstract, los
objetivos, el marco teórico- metodológico o las
conclusiones. Aquí lo que se valora sobre todo y ante todo es la inventiva,
pero también la riqueza de la prosa, su claridad y fluidez, la
originalidad de la exposición y la capacidad de establecer un diálogo franco
con un hipotético lector.
1. Ante todo sé creativo y suéltale las riendas a tu
imaginación. En el ensayo literario la creatividad lleva mano
sobre la erudición.
2. Me gusta concebir el ensayo como una conversación y no
como una conferencia. Cuando escribo ensayo tengo el ánimo de una charla de
café o cantina. El ensayo es el fluir el pensamiento en voz alta.
3. Olvídate de los límites. Cualquier tema es susceptible de
ser desarrollado en un ensayo. Puedes bucear en profundidades ontológicas,
desmenuzar la quintaesencia de la poesía mística o simplemente disertar sobre
el rol de los corta uñas y los cepillos de dientes en la vida moderna.
4. ¿Cuál es el mejor tema? Uno que te emocione pero sobre
todo que te inquiete, que te haga dudar y reflexionar mientras
caminas, te bañas o intentas conciliar el sueño. Es deseable (obvia
decir) dominar dicho tema pero importa más que tengas algo diferente e
imaginativo que expresar.
5. Hazte preguntas y hazle preguntas a tu lector. Atiborra
tu ensayo de signos de interrogación. Nada errado andaba Sócrates
con su mayéutica. Los mejores ensayos son los que siembran dudas, no
los que imponen certezas. Pregúntate, respóndete, vuélvete a
preguntar y deja que sea el lector quien saque sus conclusiones.
6. Escribe preferentemente desde el yo. La neutralidad
y la distancia son deseables en la nota periodística o el reportaje, pero si
hablamos de ensayo se trata de darle voz a tu pensamiento y de razonar tus
ideas.
7. Lee tu ensayo en voz alta e intenta sentir su ritmo
y cadencia. De acuerdo, un ensayo no es un poema, pero siempre es mucho
más rico leer a un ensayista capaz de expresarse en una prosa rítmica
plena en imágenes, juegos de palabras o metáforas que a un hacedor de
ladrillos.
8. Narra historias. Echa mano de tu anecdotario
personal, de tus recuerdos o tus lecturas. Recurre a personajes de cuento
o de novela, a estrofas de poemas o a escenas de películas o a cualquier
elemento de la cultura popular que te ayude a expresar mejor una idea.
9. Aunque existen riquísimos ensayos miscelánea en donde se
habla de todo un poco y se da rienda suelta a la dispersión, lo ideal es no
salirse por la tangente y cambiar de tema abruptamente. Desarrolla tu tema a
profundidad sin dejar de tender puentes y bifurcar senderos.
10.
En el
ensayo la sabiduría se aplaude pero aquí no se trata de derrochar
conocimientos. No te aferres a demostrar lo mucho que sabes sobre un tema
amontonando datos y estadísticas. No cuestión de emular a Wikipedia sino
de expresar puntos de vista, lanzar interrogantes, formular hipótesis.
11.
Ante todo
lee. Sé un lector omnívoro y lee a cuantos ensayistas puedas
pepenar. Lee a Montaigne, que es el papá de los pollitos y después lee a Thomas
de Quincey, a Rousseau, a Nietzsche y Zweig. Lee la obra ensayística de Borges
(sin duda lo más parecido a eso que llaman deidad). Lee a Susan Sontag y a
Margo Glantz. Lee a Alfonso Reyes y lee a
Vasconcelos. Lee a Sergio González Rodríguez, a Juan Villoro, a Laura Sofía
Rivero, a Neige Sinno y a Heriberto Yépez. Lee a Gabriel Zaid
y por favor lee a Octavio Paz aunque te hayan dicho que es un mamón
y lee a Cristina Rivera Garza (aunque a veces me harte su estilo). Lee
Cumpleaños de César Aira y El último lector de Piglia. Lee a Sergio
Pitol y a Alberto Manguel y si quieres estar a la moda lee a Irene Vallejo
y a Yuval Noah Harari (de moda o no, ambos son buenísimos). Léelos,
cuestiónalos, duda de ellos, ponlos de cabeza y vuélvelos a leer.
12.
Mejor no me
hagas caso. Deja las reglas y los inviolables mandamientos para la
academia. Tú imagina, crea y sobre todo duda y hazme dudar. Ten
siempre afilado y al acecho el signo de
interrogación. (DSB)
El Centauro
despanzurrado, siete años después-
Escribí Despanzurrar al
Centauro en 2019 como carta de
presentación para primer taller de ensayo que impartí en mi vida.
He desempolvado el texto
siete años después y reparo en que sigo pensando esencialmente lo mismo y las
reglas de mi juego no cambian.
Claro, el arsenal de lecturas
sobre el arte del ensayo sigue creciendo y en los últimos meses he dado con
algunos conceptos que refuerzan mi sentir. Un grato descubrimiento ha sido El
mundo como ensayo, del español Juan Malpartida, un sui generis
diccionario enciclopédico ensayístico que derrocha esencia de Montaigne.
Precisamente, evocando al
señor de la Montaña, Malpartida diserta: Montaigne tituló su libro en
plural, porque el ensayo nunca es, por definición, singular: su poética implica
pluralidad tentativas- A diferencia del tratado, que dice siempre no me
interrumpa, el ensayo sonríe ante las interrupciones porque sabe que son una
fuente de inspiración. Es un reciclador perpetuo, un aprovechado con descaro
que usa incluso los olvidos, y sobre todo la ignorancia.
Malpartida dice que el
ensayista es un flâneur, no un atleta de maratón ni
tampoco un científico cuya prueba supone una verificación o, mejor dicho, una
eliminación del error.
Nada errado que anda Malpartida. Es en las caminatas como
nacen mis ensayos. La primera fase de la escritura no brota frente al teclado o
con una pluma en la mano, sino en las dispersas caminatas. Acaso en mi decálogo
para ensayistas tendría que agregar un consejo infalible. Camina, camina mucho
para que escribas caminando. Lo de las caminatas suelo recomendárselo a los
colegas reporteros: la mejor manera de tomarle el pulso a tu ciudad y encontrar
nuevas betas informativas es caminando sus calles. Pues, bien, creo que lo de
gastar las suelas aplica también para el ensayo.
En el Libro tercer de sus Ensayos, Montaigne
confiesa que la mayoría de sus ideas le surgen de manera anárquica y espontánea
casi siempre cuando está cabalgando. Esa es la columna vertebral del ensayo Montaigne
a caballo de Jean Lacouture, una biografía intelectual que rompe el
mito del Señor de la Montaña como un ermitaño confinado en su torre en total
aislamiento del mundo real. Aunque fue un gran lector, Montaigne se inspiró más
de la contemplación y la vivencia que del estudio.
Tal vez porque la cabra tira al monte, tiendo abrevar en
libros que tan solo refuerzan mi concepto del ensayo como el más espontáneo y
conversacional de los libros. Una lectura reciente es Ensayismo,
del irlandés Brian Dillon, una amena reflexión sobre el sentido y el placer de
leer y escribir ensayos en el mundo actual. La etimología del verbo francés essayer
parte del latín exagium que significa balanza, o exagiare que
significa pesar. Partiendo de Montaigne a Francis Bacon para desembocar en
Pascal, Rousseau y Nietzsche. Ensayismo, dice Dillon, no es la mera práctica de
la forma, sino una actitud hacia la forma, a su espíritu de aventura y a sui
naturaleza inacabada.
El ensayo es preguntarse y responderse y en ese sentido, para
disertar sobre la naturaleza del género e intentar explicar su naturaleza, nada
mejor que responder unas cuantas preguntas que me hace llegar mi colega Marco
Ángel en torno al decálogo del centauro despanzurrado.
Pregunta Marco Ángel: cuando
dices que el ensayo es una conversación, ¿qué tipo de conversación es? ¿Una
discusión, una confesión, una exploración conjunta, todas estas opciones a la
vez? (me gustaría mucho saber de tu experiencia)
Claro que es una conversación con
un hipotético lector imaginario que siempre está a mi lado. A menudo, mi proceso
escritural no se da frente al teclado de la computadora o con una pluma en la
mano, sino caminando.
El ensayo es como invitar a ese
lector a caminar conmigo por un terreno que yo mismo estoy descubriendo, una
vereda donde voy abriendo brecha. No parto de certezas absolutas que quiero
imponer, sino de una inquietud que deseo compartir.
Cuando digo que el ensayo es una
conversación, me refiero a algo que combina varias dimensiones al mismo tiempo,
aunque no de forma equilibrada ni premeditada en todos los casos. Para mí, el
ensayo es ante todo una exploración conjunta.
En ese sentido, el lector no es un
espectador pasivo, sino alguien que, idealmente, se suma al ejercicio de
disección. El mejor lector de ensayos es el que los complementa con su mirada o
su experiencia personal, el que los contradice o los pone de cabeza.
El ensayo es una discusión interna
que se vuelve externa: discuto conmigo mismo, con tradiciones literarias o
intelectuales que admiro o que me irritan.
Pregunta Marco: ¿Qué tipo de pensamiento solo puede ocurrir
en el ensayo y no en la ficción ni en el periodismo?... O sea: ¿qué diferencia
esa conversación del ensayo de la conversación que ocurre en la crónica o el
periodismo narrativo?
Me encanta esta pregunta, porque creo que la semilla o el
gusanito que hizo germinar en mí el deseo ensayístico nace de mi labor
reporteril. El ensayo y la crónica son géneros que se complementan y maridan en
plena armonía como el ceviche y el vino blanco, pero aunque son un matrimonio
perfecto, nunca olvido que el ceviche es pescado y el vino un fermento de uva.
El pensamiento ensayístico se permite dudar, cavilar, contraponerse. El ensayo
saca a la superficie una tormenta interior, mientras que el periodismo
narrativo describe lo que está en el exterior. No se puede hacer periodismo
limitándose únicamente al pensamiento o las ideas. Tanto al ensayista como al
reportero les recomiendo caminar, pero mientras la caminata ensayística sirve
ante todo para estimular el pensamiento y la creatividad, la caminata
periodística tiene como finalidad la observación de la realidad y entorno para
describirlos y narrarlos.
Por lo que a la ficción respecta, el pensamiento debe ser
sumamente estructurado. Dado que a priori jugaré a ser un mentiroso, tengo que
hacer todo lo posible para que mis mentiras sean creíbles. Tal vez hablo a
título estrictamente personal, pero para expresar y desarrollar una idea solo
requiero dar rienda suelta a mis pensamientos, mientras que para construir un
personaje verosímil requiero delinear ciertos parámetros
En la ficción, el pensamiento suele
estar dramatizado o encarnado en personajes, en la trama o en la voz narrativa.
Aunque un personaje pueda reflexionar profundamente, esa reflexión siempre está
al servicio de la historia, de la construcción estética o de la ilusión
narrativa. Un buen narrador de ficciones debe desaparecer o fragmentarse,
mientras que un ensayista debe ser brutalmente honesto y transparente.
¿Qué tipo de duda es la
que produce un ensayo?, ¿Hay un estado ensayístico de la mente? ¿La duda es un
método o una actitud?
Caray colega, me encantó ese
concepto y te lo voy a robar: estado ensayístico de la mente. En efecto, you
name it: mi red neuronal vive en permanente estado ensayístico, alimentada por
un crónico signo de interrogación, paseando por el voltaireano jardín de las
dudas. Nada más ajeno a mí que el dogma de fe o las verdades absolutas. Lo mío
es desentrañar, destripar, despanzurrar conceptos.
La duda que produce un ensayo es,
para mí, una duda activa, productiva y encarnada. No es la duda escéptica que
paraliza ni la duda retórica que solo busca confirmar lo que ya se sabe. Es una
duda que genera movimiento: una inquietud que obliga a seguir abriendo,
cuestionando y desmontando.
El estado ensayístico es una
disposición mental caracterizada por la insatisfacción con las respuestas
cerradas y por una especie de alerta permanente ante lo que parece demasiado
pulido, demasiado mítico o demasiado cómodo. Es una mente que se siente incómoda
en las certezas prefabricadas y que prefiere habitar la zona intermedia, la
grieta, el intersticio. Es una mente que camina con la pregunta abierta en la
mano en lugar de con la conclusión guardada en el bolsillo. Montaigne lo
describía como “ensayar” en el sentido literal: probar, experimentar, poner a
prueba las propias ideas como quien prueba un arma o un caballo.
Esa actitud genera, casi por
necesidad, un método: el de avanzar escribiendo sin saber exactamente adónde se
llega, permitiendo que las contradicciones aparezcan en la página y dialoguen
entre sí. No es el método cartesiano de la duda sistemática para llegar a
certezas indudables, sino más bien una duda montaigniana: dubitativa, corporal,
provisional y siempre dispuesta a revisarse a sí misma. En eso consiste el
despanzurramiento del Centauro.
Si dices que el ensayo
es libertad, entonces ¿Hay algo que el ensayo no pueda hacer? ¿Existen límites
para el ensayo?
El límite es cambiar el signo de
interrogación por el mandamiento. Pontificar y catequizar en lugar de invitar
al libre pensamiento.
El ensayo vive de la provisionalidad. Si el texto se cierra en una tesis
dogmática, deja de ser ensayo y se convierte en tratado, manifiesto o artículo
académico convencional.
Creo que tienes que ser honesto
contigo mismo y por ende con el lector. Puedes contradecirte, pero no puedes
mentir conscientemente ni manipular con mala fe. Creo que si esa frontera ética
se transgrede, el texto pierde su valor
ensayístico.
El ensayo literario no puede
pretender suplantar al conocimiento científico. El ensayo puede reflexionar
sobre la ciencia, la historia o la filosofía, pero no puede reemplazar la
investigación sistemática ni la demostración científica. Yo puedo escribir un
ensayo sobre Darwin, pero no puedo pretender suplantar a Darwin o afirmar
categóricamente que la Teoría de la evolución es falsa. Puedo cuestionar la
interpretación de un hecho histórico o sus efectos, pero no negar
categóricamente la existencia de ese hecho histórico. Vaya, yo puedo escribir
un ensayo sobre las diversas interpretaciones que la figura de Cristóbal Colón
ha generado a lo largo de la historia, pero no puedo de buenas a primeras decir
que Cristobal Colón no existió o que en realidad era una mujer. Podría
construir una ucronía ensayística y tratar de imaginar un mundo en donde
Cristóbal Colón no hubiera existido, pero en el entendido de que es una
suposición
El ensayo puede iluminar,
cuestionar o humanizar el conocimiento, pero no puede fabricarlo desde cero sin
caer en la vil charlatanería.
El ensayo nace de una voz subjetiva
que piensa, diserta, reflexiona y cuestiona. Si se elimina por completo esa
voz, corre el riesgo de convertirse en artículo periodístico o en ensayo
académico impersonal. El límite aquí es sutil: el yo del ensayo no es
narcisista, pero sí es necesario.








