Escribir cuando el telar encantado aún está húmedo
Dos imprescindibles rituales del amanecer: beber el primer café del día (siempre más negro que mi alma) y escribir a mano lo que soñé, si es que algún pez queda en la red de la duermevela. Para convertir lo onírico en palabra escrita es preciso hacerlo recién despiertos. Si dejas pasar demasiados minutos todo irremediablemente se esfumará. El cerebro es como una playa que por la noche es cubierta por el océano inabarcable del subconsciente. Al alba la marea baja y nuestro tejido es neuronal es una playa mojada condenada a secarse. Si quieres de verdad extraer néctar onírico es preciso escribir cuando el telar encantado aún está húmedo. Antes escribía a mano los hechos del día, pero desde hace ya bastantes años que en mis diarios solo hay sueños. No busco interpretarlos ni comprenderlos, solamente narrarlos. Los más recurrentes son estuarios en el Pacífico, colas de cetáceos, la casa de mis abuelos al anochecer e interminables laberintos aeroportuarios. Cuando duermo siempre estoy de viaje, aunque a veces también leo y escribo.
En la antología Poder del sueño, Roger Callois recopila
relatos antiquísimos y modernos inspirados por el misterio de lo onírico. Una
buena dosis de mitología china e india, pero también relatos de Poe, Gautier,
Borges.
En la literatura fantástica y en
el psicoanálisis la obsesión es recurrente: alguien sueña con soñar el
sueño de otro.
El sueño, emanación del
subconsciente, es en sí mismo otredad, pues revela esos deseos y
temores de nuestro ser que a menudo nosotros mismos desconocemos.
Al enfrentar al subconsciente, de una u otra forma enfrentamos al
otro. Eso es lo que hicieron Tabucchi y Borges en Sueños de sueños y Libros de
sueños: imaginar el mundo onírico de filósofos, poetas y pensadores.
Me gusta particularmente el libro
de Tabucchi
Y es que resulta de lo
más atractivo imaginar qué pudieron soñar pintores como Francisco de Goya
o Tolousse Lautrec, o poetas como Arthur Rimbaud, Fernando Pessoa o
Federico García Lorca por mencionar solo algunos. El primer sueño narrado es
el de Dédalo, un personaje de la mitología griega
padre de Ícaro y aeronauta por vocación y concluye, vaya paradoja,
con el intérprete de sueños Sigmund Freud, en lo que es por cierto
una de las mejores narraciones del libro.
Rodolfo Fogwill, en cambio, hizo lo que ahora hago yo: anotar los propios
sueños, aunque el resultado sea una escritura por momentos caótica e incoherente
Por fortuna, en los
territorios de la literatura y el sueño, no hay reglas que
valgan.
Todo, absolutamente todo, es posible. En mi caso esos
cuadernos no son escritos con afán de publicación y ni siquiera me ha dado por
pasarlos en limpio. ¿Para qué limitarse
entonces?
Pd- Últimas palabras tras recorrer la absurda cartografía de
Daxdalia: Desde entonces hay una certeza
que no me abandona: tú, al igual que yo, estás soñando este instante, pero no
nos basta con despertar. Somos el sueño de otro. Alguien más nos sueña, pero
ese alguien ya no despierta.