Eterno Retorno

Thursday, May 22, 2003



Letras en aguachile

El amante de Janis Joplin
Élmer Mendoza
Tusquets Editores, Colección Andanzas

David Valenzuela es algo así como un Forrest Gump de la sierra sinaloense, un prototípico tonto del pueblo al que la aleatoriedad, o una suerte de sombra fatal propia de tragedia griega, lo toma en sus manos y lo arrastra por un laberinto de improbabilidades.
La vida del pobre David transcurre en Chacala, un pueblo serrano del Triangulo Dorado, en donde vive inmerso en un diálogo interno que sostiene a cada momento con su parte reencarnable y admirando en secreto a la bella Carolta Amalia, la güera de rancho que todos codician y que por supuesto, está en manos del narcotraficante más sanguinario de la región.
La fuerza de su brazo, que lo mismo le permite lanzar una pedrada fatal que conectar una recta imparable de 90 millas, lo convierte en asesino involuntario, prófugo de la ley y prospecto para convertirse en pítcher estrella de los Dodgers de Los Ángeles.
Huyendo de la sanguinaria familia Castro, que quiere a toda costa vengar a la muerte de su primogénito muerto por la certera pedrada, David llega a ocultarse a casa de sus tíos en el corazón de la “Col Pop” en el violento Culiacán de 1971, en donde la guerrilla comunista y los capos de la droga, sostienen, cada uno por su lado, encarnizada batalla contra la Judicial Federal.
A partir de entonces, su vida se convierte en una serie de aventuras y desventuras que lo mismo lo llevan a la antesala de un contrato millonario en las Ligas Mayores que a un encuentro amoroso casual en la cama de la mismísima Janis Joplin, primera y única experiencia amorosa en la vida de David y a la cual mantiene una fidelidad a prueba de la olorosa seducción de Rebeca, una morena de Altata con quien realiza extraños rituales en altamar.
Con El amante de Janis Joplin, Élmer Menoza vuelve a ratificarse como el primer exportador literario de la jerga culichi, algo que había conseguido ya con la voz de su Asesino solitario, que le valió la posibilidad de sacar sus libros de las bibliotecas de la UAS para ponerlo en el escaparate internacional de Tusquets.
En el asesino solitario, Mendoza explotó la fórmula de la primera persona con favorables personajes. Todo el libro es el monologo interno de un sicario sinaloense. En el Amante de Janis Joplin recurre al narrador omniscente alternando con los diálogos permanentes entre David y su traicionera voz interior. Sus personajes, todos invariablemente sinaloenenses (con excepción de Janis Joplin claro está), no niegan la cruz de su parroquia al hablar.
Pese a toda la carga de ficción, la ambientación histórica enriquece la historia, pues Mendoza elabora un bien logrado retrato de una familia sinaloense de clase media en medio de los azares de los años setenta. Un padre beisbolero con un hijo guerrillero y una hija ecologista, pretendida a su vez por un narcotraficante, resulta una combinación por demás interesante.
Con el sello de agilidad que caracteriza a este autor culiacanense, El amante de Janis Joplin es de esas obras que pueden leerse en un par de sentadas. Quizá no tenga la trascendencia del solitario asesino ni sea la mejor creación de su autor, pero al menos tiene la fuerza como para motivar a un nostálgico a comerse unos camarones aguachile mientras en un viejo tocadiscos escucha una voz aguardientoza cantar A little piece of my Herat