Eterno Retorno

Monday, May 11, 2026

Hay una inocultable atracción en la profundidad abisal


 

Más que una actividad o un estudio, la espeleología es una forma de vida, una manera de estar en el mundo y relacionarse con él.

Como en la caballería andante o en las órdenes guerreras, el impulso que guía al explorador de cuevas a sumergirse en las entrañas de la tierra parece más una iluminación divina o un deseo ontológico que se sobrepone a toda lógica o actitud racional.

De otra manera no puede entenderse cómo alguien puede voluntariamente arriesgar la vida al someterse a condiciones tan extremas para el cuerpo humano.

Hay una inocultable atracción en la profundidad abisal, un magnetismo que seduce al tiempo que aterra. De una u otra forma, intuimos que la profundidad es un cofre de secretos y enigmas.

Acaso el más célebre y antiguo pasaje relacionado con la espeleología en la literatura universal, sea el descenso de Don Quijote a la Cueva de Montesinos.

Esta gruta, ubicada en la provincia manchega de Albacete, mide apenas 18 metros de profundidad, pero fue capaz de alimentar la fantasía cervantina.

Don Quijote desciende a sus entrañas y cae en un sueño profundo estando en la cueva en donde tiene un encuentro con el propio Montesinos, personaje de leyendas castellanas, dentro de un palacio de paredes transparentes.

También en la profundidad de la cueva encuentra el sepulcro del Caballero Durandarte, quien junto con su escudero Guadiana, la Dama Ruidera y sus hijas, es víctima de un encantamiento del Mago Merlín.

También en esa profundidad ve a su Dulcinea encantada por Frestón. Don Quijote emerge de la cueva después de unas horas que para él resultan ser tres días.

Por su descripción tan fiel de la cueva, podemos intuir que Miguel de Cervantes la conocía, aunque no queda claro si penetró en ella. ¿Fue el Manco de Lepanto un espeleólogo? Fue tantas cosas en su vida, que tampoco debería de extrañarnos.

Sin embargo, el gran clásico de la espeleología en la literatura universal es sin duda Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne.

Publicada en 1864, la novela de Verne narra la expedición emprendida por el profesor Otto Lidenbrock, experto en mineralogía, a quien su joven sobrino Axel muestra un extraño y críptico manuscrito creado por el alquimista islandés Arne Saknussemm con las claves para descender al centro de la Tierra a través de un volcán.

Con muchísimas licencias ficcionales y dando vuelo su riquísima imaginación, Verne imagina el descenso a las profundidades como un viaje a la prehistoria.

En cualquier caso, tanto Cervantes como Verne coinciden en narrar que en las entrañas de la tierra aguardan secretos y enigmas ocultos y vedados al común de los mortales.

Fascinante ser el primer humano en tocar formaciones rocosas que llevan millones de años yacientes en la más absoluta oscuridad o sentir el frío de aguas subterráneas en donde nunca se había sumergido un homo sapiens.

A diferencia de lo que sucede con los alpinistas, los espeleólogos no tienen la oportunidad de tomarse espectaculares fotografías frente a paisajes imponentes, pues la culminación de sus exploraciones suele ser la oscuridad extrema, pero en esos reinos que en millones de años jamás han visto un resquicio de luz, puede experimentarse una catarsis.