Solo al lisboeta recuerdo. Los otros dos se aferrarán a su condición de enigma.
El rostro de Pessoa en la portada de Zeta. Sería una edición histórica,
digna de enmarcarse. El mismísimo Pessoa en la tapa, libre como el viento e
infiltrado sin duda en algún quehacer narcolépsico o de otra forma no se
hubieran ocupado de él. El gran misterio tiene que ver con los otros dos
rostros que ocuparían las otras dos portadas. Pessoa no estaba solo. Aquello
era un trío. Tres personajes improbables. Tres. Solo al lisboeta recuerdo. Los
otros dos se aferrarán a su condición de enigma.
Los monitos de plastilina cuyo acento degeneraba del pijo español al fresa
regio. Supongo, sin conceder, que anunciaban un carro, o unas llantas o algo
relacionado con la alta calidad y la estabilidad de un viaje en un vehículo
confiable, pero aquellos gnomos ridículos usaban la marca equivocada. Quedaban
tirados o acaso volcados y entonces brotaba su perorata minión con acento de
youtuber madrileño que de inmediato mutaba en paseante del ángel de Garza Sada.
Regios risibles e insoportables (y hacia ellos me dirijo ahora mismo, espeté
desde una mal surtida librería antes de tomar ruta rumbo al aeropuerto con mis
calcetines de colores arrastrándose percudidos por la calle corriente, donde
yacía en plan pordiosero, proclamando las delicias de la mendicante elegancia).
