Eterno Retorno

Saturday, July 04, 2026

Dubrabka y Lobo Antunes


 

Portugal fue uno de mis primeros amores futbolísticos, pues fue la primera selección a la que alenté desde una tribuna. En el Mundial 86 a los lusos les tocó jugar en canchas regias y como mi abuelo era el cónsul honorario de Portugal en Monterrey, le correspondía recibirlos y darles la bienvenida oficial. En aquella selección jugaban estrellas hoy olvidadas como el veterano portero Manuel Bento, Joao Pinto, Carlos Manuel Correira y un jovencísimo Paolo Futre. El equipo (lo supe después) estaba fracturado e inmerso en una conspiración contra sus directivos. Contra todos los pronósticos le ganaron a Inglaterra, pero luego perdieron contra Polonia y Marruecos y quedaron eliminados. Pasaron 16 años antes de volver a un mundial.

Una década antes, a mi abuelo le tocó recibir en casa al mismísimo Eusebio Da Silva, la mítica Pantera Negra, que hasta hace una semana ostentaba el récord como el mayor goleador mundialista de Portugal. Resulta que en 1976 Eusebio vino a jugar a rayados y como ese equipo es y ha sido siempre una basura, sus directivos lo maltrataron e incumplieron promesas de contrato y la Pantera pidió la intervención de mi abuelo en su calidad de cónsul.
El récord goleador de Eusebio conseguido en un solo mundial, fue roto por Cristiano Ronaldo al cabo de seis mundiales. De una u otra forma yo sigo queriendo mucho a Portugal y cuando finalmente Carol y yo pudimos visitar ese país, nos enamoramos de él. Sí, sería lindo ver a los lusitanos como campeones mundiales, pero hay algo que me impide emocionarme con ellos y ese algo es Cristiano Ronaldo. Yo sé que Cristiano es la única causa por la que hoy Portugal tiene millones de aficionados en todo el mundo, cuando hace dos décadas nadie los pelaba, pero en mi caso ocurre exactamente lo contrario: Cristiano es la causa por la que ya no puedo emocionarme demasiado con Portugal e incluso acabo odiándolos un poquito.
¿Por qué tengo esta reacción? Quizá porque a Cristiano le falta la Saudade, que es la esencia de poesía portuguesa. Demasiado culto a sí mismo, demasiado ego, diría Charly García. Sospecho que Pessoa y Mario De Sá- Carneiro no habían sido amigos de Cristiano (o quién sabe: a lo mejor se habrían enamorado de él), aunque tal vez un poeta espadachín como Luis de Camoens, aferrado y tozudo como era, se habría visto reflejado en su esencia voluntariosa. Tal vez Cristiano no debería caerme tan mal. En el fondo es un héroe desgraciado. Odioso, pero desgraciado al fin. Alguien aferrado a demostrar que el triunfo de la voluntad todo lo puede, aunque al final no es suficiente. Alguien que pudo ser el Zeus del Olimpo futbolístico, pero tuvo que conformarse con ser un semidios, eternamente a la sombra de una rosarina deidad chaparrita
En cualquier caso, ayer sentí mucha rabia, porque así como tengo una filia lusitana, padezco una añeja obsesión por la cultura balcánica y por lo que Croacia encarna para historia del futbol. Nunca olvidaré el verano del 96, cuando la naciente selección croata irrumpió pisando fuerte en la Euro de Inglaterra. ¿Cómo es posible que once prófugos de guerra enfundados en trajes de arlequines jueguen tan endiabladamente bien? Desde entonces la camiseta del mantel de cuadros se volvió sinónimo de Jogo Bonito. Ayer lo sufrí sobre todo por Luka Modrić, un héroe triste si los hay. A diferencia de Cristiano y su voluntad de poder, a Modrić le sobra saudade y su rostro, siempre nostálgico y melancólico, no niega al niño que vio morir a su abuelo en la guerra balcánica.
Pero claro, ayer rabié también por la tiranía asesina del algoritmo arbitral. El VAR es la esencia de un coitus interruptus, el mayor responsable de que los goles ya no sean orgásmicos y su festejo no sea una plena liberación de endorfinas. Ya en cualquier partido se anulan tres o cuatro goles porque el aura, los pensamientos, la gota de sudor, el pelo de la nariz o el piojo en el copete están un milímetro por delante del maldito vector. Alguien tiene que acabar con esta carnicería.
Ayer durante el partido pensé en un escritor portugués y una escritora croata que debieron ganar el Premio Nobel. António Lobo Antunes y Dubravka Ugrešić eran dos nombres que solían estar en las quinielas de Estocolmo. Lobo dijo adiós este año y Dubravka hace tres. Lobo fue el gran buceador de las abruptas densidades neuronales y Dubravka encarnó la límbica esquizofrenia de la diáspora balcánica, la vida entera yaciente en una mochila. Luka ya se despidió sin ser campeón del mundo y Cristiano difícilmente lo será (España se encargará de echarlo). Croacia y Portugal serán huérfanos de sus deidades y difícilmente esas selecciones levantarán una copa, de la misma forma que Lobo y Dubravka se quedaron sin el Nobel. Tiempo de leer El Museo de la Rendición Incondicional sin siquiera conetmplar rendirnos