La primera gran atracción de Tijuana fue la fiesta brava.
Su
nueva morada en nada se parecía a Madrid o a Ciudad Real. Oficialmente, Tijuana
había sido fundada en 1889, junto a la mojonera y el pequeño río que marcaban
el límite con Estados Unidos. La Tijuana
de 1941 era una pequeña ciudad fronteriza de 21 mil habitantes cuya explosión
demográfica se había dado durante la década de los veinte como consecuencia de
la prohibición del alcohol en territorio estadounidense. Sin embargo, años antes de las cantinas, los
prostíbulos, el hipódromo y los casinos, la primera gran atracción de Tijuana
fue la fiesta brava.
Cuando
aquel yermo andurrial fronterizo aún se llamaba el rancho de la Tía Juana, ya
se celebraban corridas de toros y los estadounidenses viajaban muchas millas
para poder verlas.
El
primer coso taurino del que se tiene memoria fue edificado en 1903 en la que
después se llamaría calle Sexta, en el centro de la ciudad, justo en el sitio
donde 50 años después se construiría el Cine Roble. La Tijuana de ese entonces
era un rancho que ni siquiera sumaba 500 habitantes y cuyas únicas atracciones
eran las aguas termales y las corridas de toros.
Cierto,
no eran grandes carteles los que se ofrecían en aquel fundacional ruedo
tijuanense, pero hay testimonios que hablan de visitas del mítico Francisco
Alonso Paquiro, originario de Palencia y descendiente de una mítica estirpe de
matadores.
Paquiro
había destacado toreando en Ciudad Juárez y al parecer llegó a visitar Tijuana
en la primera década del Siglo XX.


